ISOLDA Y TRISTÁN
—Merlín, sabio mío: hemos llegado a la colina de la Cruz Bermeja. ¿Sabías que entre unos álamos están ahora durmiendo Isolda y Tristán?
—¿Qué intentas ahora?
—Llegar hasta su lecho con el primer rayo de sol; ver cómo se enlazan bajo el orvallo de ámbar y miel. ¿Sabías que yo fui quien elaboró el filtro que hace arder perennemente sus entrañas?
—¿Qué les hiciste, perversa?
—Inmortales.
—A costa de un lento morir.
—Morir de sentirse vivir intensamente. Morir del deleite más profundo: sentirse, gota a gota, fluir la vida. Verás cómo sonríen cuando dulcemente les hiera el sol.
—¡Eres diabólica!
—El diablo cuentan que tienes tú por padre.
—¡Es falso! Yo soy hijo de toda la antigüedad.
—Pedante alcurnia, hecha de secas virutas de pergamino. Pero yo convertiré ese pergamino yerto en epidermis viva. Quiero, hiedra mía, que aprendas el arte de enroscar tus miembros a mi fiebre. Quiero que aprendas el arte de fundir nuestras bocas. Isolda y Tristán son dos buenos maestros.
—Tus mejores discípulos.
—Son los enamorados más ilustres de toda nuestra _enorme_ Edad, que ellos, por la virtud de mi filtro, Merlín, por la virtud de mi filtro, hecho de savia femenina, sabrán hacer _delicada_. Vamos a ver cómo despiertan.
Se internan en el bosque. Van apartando ramas, asomándose por entre ellas, en silencio, como rapaces que buscan misteriosamente un nido.
—¡Aquí, aquí están! —susurra Viviana.
Bajo un frondoso baldaquino, hecho de bruñidos troncos y anchas hojas verdes, reposan los dos enamorados. Tristán anduvo todo el día persiguiendo un ciervo; Isolda se fatigó más que nunca recomponiendo su brial. Duermen profundamente, juntas las cabezas, cogidas las manos, ocultos bajo brazadas de heno.
—Mira sus ojos, agrandados por la fiebre. Y sus manos delgadas, y sus mejillas consumidas por la brasa de tu filtro. Eres diabólica, Viviana.
La hierba comienza a chispear alrededor del tálamo. Al través de la techumbre, una hebra rubia, encendida, comienza a electrizar las hojas, resbala por los troncos, baja a anillarse con las hebras rubias de Isolda, esparcidas por la hierba, sus hermanas; tropieza y juguetea con unos dedos pálidos, hundidos en el pecho de Tristán.
—Mira el anillo de esmeraldas del rey Marco. Va a perderlo. Tanto enflaqueció el amor a la cuitada, que acabará por desprendérsele el anillo... Viviana, debemos evitar que siga enflaqueciendo.
—Merlín, Merlín, ¡qué niño eres! Eres tan infantil como todos los sabios; ¡cuánta falta estaba yo haciendo en tu vida, viejo mío! ¿Pensabas que nuestro viaje aquí solo tenía por objeto esta contemplación inútil?
—¿Qué intentas?
—Ahora verás. Por donde quiera que vayamos, nuestra Edad, diabólicamente, es decir, bajo los signos de la gracia y de la sabiduría, debe transformarse. Dame tu espada, ese aburrido acero oculto bajo tu hopalanda. ¡Quieto!
Viviana llega hasta los dos amantes; aparta el haz de heno y sonríe al contemplar el espectáculo escondido bajo el haz; ordena, maternal, las ropas; abre una púdica zanja entre los cuerpos, y en ella instala solemnemente la espada de Merlín.
Desnuda, categórica, la espada de Merlín garantizará en aquel amanecer la pureza de Isolda y de Tristán.
Ni un rizo de viento. Ya ni las hojas se besan. El baldaquino verde y oro se convierte en un altar. Ginebra y Lanzarote podrían aquí aprender una celeste lección de amor. Amor purísimo, como el aliento del querube.
Viviana sonríe entre las miradas asombradas del sabio. Cuando termina de componer el escenario, se prende del brazo de Merlín.
—Viejo niño, vamos ya a buscar nuestro dosel. En la fuente de las hadas hay maravillosos lechos. ¿Lo quieres al gusto clásico o hecho de pieles, al gusto primitivo? ¿De lino o de paja, como en los mitos cristianos? ¿Quieres por techumbre las estrellas o un tropel de estalagmitas?
—No te burles, Viviana. Yo soy viejo. ¿Para qué yacer contigo?
—Cuanto yo toco, rejuvenece. No reconozco edad. Haré de ti una brasa.
—Pondré mi espada entre los dos.
—Niño, niño mío... ¿Para qué piensas que vine yo aquí sino para despojarte de ese inútil símbolo?
—No resisto más tu burla, Viviana. Voy a recuperar mi espada.
—¡Quieto! Marco va a venir, y es preciso salvarlos.
—Quiero salvarme yo.
—La castidad no salva a nadie. Solo tiene la virtud de enmohecer la vida. ¡Vámonos, Merlín!
Pero se oye un ruido sospechoso, como de chasquidos de armas, de voces que ordenan con imperio. Merlín aguza los oídos.
—Alguien viene, y muy precipitado.
—Es el rey. Vamos a escondernos, Merlín. Esta es la hora en que Marco debe sorprender dormidos a Isolda y Tristán. La escena será divertidísima.
—Me resigno. Lo contaré después todo a los juglares.
—¡Pobrecillos! Ellos no dirán nunca la verdad. Contarán la verdad que acaricie los oídos de quien pague.
—Creo en la tradición. ¿Para qué descifro yo mis pergaminos?
—Te diviertes así, viejo mío. Es un juego.
—Una ciencia.
—Un lento juego inútil. Porque la tradición se te escapa; el tiempo viejo —donde estás siempre sepultado— se te borra. Solo yo, solo quien vive intensamente el día de hoy, podrá interpretar fielmente los signos del pasado.
Suben a una rama. La barba flotante de Merlín se enreda en la hojarasca. Desde su escondite contempla al rey Marco, que baja del corcel. Un guarda le sostiene el estribo y ata las riendas del caballo a una rama de encina. Merlín comienza a temblar.
—¡Vamos a presenciar un doble asesinato!
—Merlín, Merlín, ¿para qué estoy yo aquí, en mi atalaya, dirigiendo este capítulo de nuestra Edad?
—¿Historia o leyenda?
—¿Quién es capaz de separarlas? Ni tú ni nadie.
—Tiemblo, a pesar de todo.
—El rey no matará a nadie. Míralo.
Marco desenvaina su espada y se encamina hacia los dos amantes dormidos. Aparta las hojas cómplices, asoma la cabeza entre los troncos; luego irrumpe todo él bajo el casto baldaquino, blandiendo la espada.
Merlín sigue asustado; Viviana no puede contener la risa; pero Marco nada advierte; toma la risa por un susurro.
El rey se ha desprendido del manto; la cadenilla del broche tintinea contra las ramas. El rey se ha desprendido de su enojo; su cólera se le desliza, nervio a nervio, hasta sumirse en tierra. Viviana ha cortado la corriente.
—Merlín, no tiembles por los enamorados. El rey ha visto la espada. Oye a Marco: verás qué divertido es un esposo que tiene fe.
Marco, absorto, contempla la centelleante muralla divisoria, el sacro muro infranqueable. Dos gorriones, que asisten a la escena, bosquejan tímidamente un trino. Va a estallar el pecho del rey. Se anuncia el aria con una doble y patética exclamación:
—¡Cielos! ¿Qué veo?
Los gorriones contienen su chiar; Viviana, su risa retozona, y Merlín, de inquietud, está a punto de caerse del chopo. El rey prosigue:
—¿Voy a matarlos? ¡Tanto tiempo viviendo juntos en el bosque, sin sucumbir a su deseo! Si en ellos anidase la perfidia, ¿hubieran colocado esa espada entre los dos? ¡Oh, esposa mía, atormentada y fiel! Porque tú sabes que esa espada desnuda, al separar los cuerpos, asegura también las almas contra todo deseo impuro. Si ellos se hubiesen amado frenéticamente, ¿hubieran desafiado la cólera divina, desnudando así el acero? ¿Reposarían con tan casta inocencia? ¡No! ¡No seré yo quien destruya esta paz angelical! ¡No seré yo quien los mate! Sería un crimen sacrílego derramar esta sangre; sería pisotear villanamente una sagrada tradición. Si ellos muriesen a mis manos, por todos los siglos yo, ilustre representante de mi Edad, me vería escarnecido; por todos los castillos los juglares publicarían mi vileza. Yo... Yo...
Se pasa la mano por la frente. Parece haber olvidado alguna cosa. Los dos gorriones repiten el trino, como para alentarle. Viviana da con el codo a Merlín.
—El pobre ha perdido la memoria. No recuerda su papel.
Por fin, Marco prosigue:
—Yo quiero, eso sí, hacerles presente que anduve cerca de ellos; que no quise su muerte y admiré su castidad... ¡Y Dios tenga lástima de todos!
—¡Muy bien! —susurra Viviana, mientras respira satisfecho Merlín.
El sol cae de lleno sobre la frente de Isolda. El rey se arranca sus guantes de armiño y cierra con ellos las rendijas por donde se filtra el haz rubio. Después toma el anillo de su esposa —fácilmente, porque el dedo está esquelético— y en su lugar coloca el rey aquel otro anillo que un día le fue regalado por Isolda. Luego toma la espada de Merlín y la cambia por su real acero. Contempla meditabundo a los amantes, y suspira:
—¡Qué escena para un bello romance!
Y se va.
—¿Lo ves? —dice Viviana—. Se ha portado muy bien el pobre Marco.
—¡Si no acertamos a venir!
—Le creías tan fiero, y ya ves... Aparte del monólogo, un poco pedante, el rey ha estado discreto. Vamos. Que ellos continúen su historia, como nosotros vamos a continuar la nuestra.
—¿Y mi espada?
—No te hace falta. Si quieres armas yo te regalaré mi cofrecillo de flechitas de oro con la punta mojada en mi filtro.
—Siempre tu filtro. ¡Tu humorismo!
—Pero mi filtro no mata. Azuza, estimula, hace vivir con más intensidad. Estos desdichados me deben su amor que es toda su vida, como el rey Marco me debe su preciosa cornamenta de oro. Es el ciervo más decorativo de toda nuestra enorme Edad.
—Eres cruel, Viviana.
—Traviesa, nada más. Y, ahora, vámonos, viejo mío. Nos aguarda el dragón de entrañas de hierro que ya tiene apagados los ojos. Antes de que el sol nos queme, arderán juntas nuestras bocas.
—¡Mi espada!
—Entre nosotros dos solo podrá haber ya un ramo de mirtos.
Se van. Los dos gorriones bajan saltando hasta posarse en el pomo cincelado de la espada. Lo picotean creyéndolo forjado de luminosos granitos de trigo. Se detienen ante dos menudas esmeraldas, vivaces ojillos de reptil que asustan a los pájaros. En su vuelo rozan la frente de Isolda, que se despierta azorada.
—Tristán, amor mío.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Un pájaro vino a despertarme. Vamos a continuar nuestra leyenda. Somos los enamorados más ilustres de la época, y es preciso inventar algo interesante. Piensa en nuestros altos destinos.
Tristán, malhumorado, se incorpora; su brazo tropieza con la espada del rey.
—¡Estamos perdidos, Isolda! ¡Nos ha sorprendido el rey! ¡Huyamos!
Contemplan atónitos la espada. Por fin, Isolda añade solemnemente:
—Recuerda, amor mío, que nuestra frenética pasión pertenece a la posteridad. No pierdas nunca gallardía, ni en el gesto ni en la frase. Desde todos los pupitres del mundo, millares de ojos nos contemplan.