EL RAPTO

A la tarde siguiente, Viviana penetra de puntillas, sin interrumpir al mago, que sigue meditabundo sobre el atril. Viviana dejó en el umbral todas sus travesuras; su misma alegría la ha colgado del dintel, como un pandero.

Ensaya una faz de pajarillo asustado. Roza el pavimento un jirón de gasa, que hace volver los ojos a Merlín. El mago sonríe al verla —perrillo medroso— acurrucarse bajo el atril.

Viviana, en silencio, contempla embelesada a Merlín.

¿Por qué mirar ahora el cielo, Merlín, si aún no está abierto el enorme grimorio astral donde tú lees la historia futura?... Viviana, en silencio, comienza —¡oh, taimada!— a sonreír.

Merlín, Merlín... ¿Por qué contemplar ahora el cielo si por él solo cruzan nubes —nubes corinto, nubes malva, nubes de color de sangre—, jirones de gasa de alguna aérea Viviana, quizá de esta misma —perrillo medroso, que se acurruca bajo el atril— que afila sus uñas para caer sobre la presa?

¿Vas a buscarle el contorno a una nube? ¿Por qué sigues la estela de ese pájaro, el nerviosismo de esa rama? ¿Vas a formular una ley o a forjar un hexámetro?

En silencio, centelleantes las pupilas, asiste Viviana a la contemplación del mago. Le sigue el perfil de cada estremecimiento. Ve retornar a sus cuencas las miradas fugitivas de Merlín; las ve encogerse en su reducto, erizadas de angustia; las ve caer al suelo, fulminadas por un pensamiento asesino.

Viviana oyó la explosión. Viviana oyó engarzarse, fundirse en el cerebro de Merlín las fatales palabras: _Una palabra de ella tenía ya más sentido que las frases de todos los filósofos del mundo_.

Y Merlín quiere huir de ese pensamiento que, dentro de él, todo lo va desmoronando. ¡Huir, huir!... Ya su vida, ante la callada invasión, solo podría tener este sentido: _el de una perenne huida_.

¡Huir! ¿Adónde? Merlín siente un vehemente deseo de escuchar otra vez a la enemiga, de verla brincar, retozar, traviesa, loca. Y Viviana enmudece, astuta.

Inclina Merlín la cabeza. La yergue, triunfal, Viviana. Merlín intenta articular alguna frase; pero su voz describe absurdas espirales dentro de la garganta. Viviana refrena, al mismo tiempo, el ímpetu de su claro alborozo.

Merlín, Merlín... ¿Por qué no estudiar ahora en el enorme pergamino astral, que solemnemente se va desarrollando, ya barrido, al pasar, el frágil escenario de la tarde? ¿Vas a formular una ley o a forjar un hexámetro?

Una mano, la piña ardiente de unos dedos entre otras manos temblorosas. Una mano que va lentamente subiendo hasta una boca. Estalla la roja chispa que rompe tanta eléctrica tortura. Una mano de Viviana asciende hasta la boca de Merlín, como el manojo de jazmines del Cantar. Una mano que va después bajando hasta perder su calidad de flor y ensayar dulcemente su calidad de argolla.

Una mano que acaricia y, sin dejar de acariciar, empuja. Viviana sale del torreón, arrastrando a Merlín, como se arrastra a un niño.

Viviana lleva en alto una lámpara. Cruzan un largo corredor, bajan al patio. Todos duermen ya, menos el centinela que se inclina, absorto, al pasar el mago. Baja, apenas rechinante, el puente levadizo.

Ya están en el campo. Viviana arroja al foso la lámpara y se cuelga a Merlín, toda temblando. Se le ciñe voluptuosamente, le susurra:

—Te llevaré al fondo de mi fuente encantada, donde hay para nosotros un lecho de coral. Nos llevará un monstruo, obediente a mi voz, que conoce todos los caminos de Bretaña.

—¿Un monstruo? ¿Algún dragón? Conozco el de Andrómeda... Conozco muchos, pero suelen ser indómitos.

Viviana sonríe.

—¿Creíste que mis manos nunca podrían domar un potro, como las valquirias; ni disparar el arco, como las amazonas; ni remar entre la tempestad, como las euménides?... Me creíste frágil, porque me viste subrayar mi condición de sierpe femenina. Eres un niño, Merlín. No sabes que poseo unos ojos capaces de seducir al hierro, de domesticar al rayo, de hacer pasar las fuerzas desconocidas de la tierra por los nervios de este dragón inmóvil, por unas entrañas duras, inertes, que al sentirse fecundadas por un rocío que tú no conoces, que yo —mujer de todos los siglos— ya conozco, comienzan a vibrar con tal ímpetu que toda la máquina rompa a andar más rápida que un corcel, más ágil que una nave, con la vehemencia de un pájaro... Merlín, ven conmigo. Su lomo se hiende, sumiso, para que nosotros podamos injertarnos en él, vibrar con él, rasgar con él los espacios.

—Soy tu víctima, Viviana.

—Mi juguete quizá, pero solo unos momentos. Después, en el reposo, seré un cojín para tu pulso en fiebre.

Allí aguarda el monstruo, dando resoplidos. Se le encienden bruscamente los ojos, sus dos ojos enormes de dragón. Viviana y Merlín se sumen en un vientre, donde la voz se ahoga y las entrañas acarician.

Un crujido férreo del monstruo, un ronco alarido, y de pronto, el paisaje se rasga en dos para abrir paso a los encantadores.

Viviana y Merlín se lanzan alegremente hacia la selva. Merlín va viendo desfilar atropelladamente, por las mejillas de Viviana, tropeles de fantasmas. Árboles, muros, colinas, proyectan ellas sus perfiles inconcretos, precipitados. En este pequeño _ring_, que tantas veces se disputan dos emociones hostiles, se entabla hoy una escaramuza, en la que luchan, embozados, todos los elementos del paisaje. El campo inicia una infernal zarabanda que deja atónito a Merlín. Teme ser víctima de algún poder diabólico, y pregunta con los ojos a Viviana.

No, no es un diabólico artilugio; es un hallazgo del hombre, que no se contó entre las profecías de Merlín. Porque Viviana no tiene edad ninguna y escoge de cualquier época sus medios de seducción y de transporte.

—Mira esa rueda. Con ella se tortura el espacio. Este maravilloso tormento de la rueda nunca lo vi en tus profecías.

Merlín está ya sosegado. Siente frío, se apretuja contra Viviana, que le va arrancando sombras de la frente. Y otra vez la mano de Viviana se alza como una flor. Los trémulos dedos —pilluelos ateridos— se acurrucan de nuevo en el quicio de una boca.

Por los nervios de Merlín van subiendo, reacios, torpemente, los yertos posos del ayer, fríos cadáveres de emociones, que se derraman hechos ceniza, dejando libre el pecho para instalarse en él un nuevo amor.

Y siguen yendo y viniendo sombras por el rostro, por las manos de Viviana: palomas que repiten su vuelo, alborozadas, hacia el nido caliente de unos labios.

Merlín, Merlín... ¿Qué fue de aquella frase de Plotino, de aquella austera frase que hizo añicos Viviana? No juntarás ya los pedazos, porque de pronto se te hizo visible esta otra verdad:

_Una palabra de ella tenía ya más sentido que las frases de todos los filósofos del mundo._