EL CONSEJO
Al amanecer, la luna de cobre que cuelga en medio del patio de Caradigán, deja escapar tres gemidos. Un paje la golpea, llamando a consejo. Todo el palacio de Arturo se agita confusamente, sin saber a punto fijo lo que ocurre. Lo que ocurre es que ha perdido la cabeza.
Ha perdido a Merlín.
Escuderos, marmitones, pajes, dueñas, hombres de armas, paladines, reyes, todos van de un lado a otro en angustiosa convulsión. En la angustiosa convulsión de un cuerpo decapitado que sigue rebullendo unos instantes.
Poco después, en la sala del consejo, Ginebra y Arturo declaran abierta la sesión. Todos se miran consternados. El sillón de la derecha del rey está vacío. Está vacío, pues, todo el consejo. La Tabla Redonda se mira los brazos, ya inútiles, sin cerebro que enfile los golpes; se mira los pies, ya sin sentido, porque han perdido la brújula.
Lanzarote del Lago está a punto de llorar. Ginebra llora, efectivamente. Comienza el consejo con una insensatez que será famosa. ¿No fue entonces cuando Arturo inició su discurso con las famosas palabras:
—Nosotros, los caballeros de la Edad Media...?
Arturo se detiene, compungido. Los caballeros cuchichean. Lanzarote mira al techo, en espera de uno de esos celestes ababoles que, en los días de gran espectáculo, suelen bajar a arder sobre las frentes ilusionadas. El consejo es apenas un sordo rumor en tomo a un sillón vacío.
Solo el paje Bernardino, enamorado en secreto de Carmen, piensa en el hada traviesa; la busca por todas partes, entre las dueñas, entre los mesnaderos, entre los marmitones. Baja a las cocinas, a los sótanos, sube de nuevo a la gran sala abovedada, tímidamente pregunta a un camarada:
—¿Viste a Carmen?
—Dos días ha que no la veo. Anoche nada nos recitó.
—Sufría un fuerte dolor al costado; yo le traje hierbas para hacerle un cocimiento... Tenía calentura.
El camarada contempla en silencio a Bernardino. Después, sonríe y le susurra al oído:
—También tú tienes calentura. Cuando de Carmen hablas, tus ojos fosforecen como tizones del infierno.
Bernardino inclina la cabeza, consternado. Ya conocen su secreto. Y el amor en el castillo de Arturo ha de ser invisible, recatado hasta la mudez y la tortura.
—Cállate.
—Callo. Pero quiero decirte que evites la mirada de Carmen. Hay en ella tal alegría que no parece de este mundo. Hay en ella tal malicia que ese otro mundo no puede ser el de los ángeles.
—Mientes.
—Te perdono, porque siempre suelen ir juntos demencia y amor, y tú estás enamorado de Carmen. Pero ella se cuida poco de ti.
—La encontraré, aunque se esconda en el mismo Tabernáculo.
—No blasfemes y busca mejor.
Bernardino sigue buscando. Cuando todas las entrañas del castillo le han ya defraudado, piensa en acometer la atrevida empresa de hurgar en el cerebro. ¿Qué importa, si ya Merlín no ha de asustarle con sus barbas arriscadas y su varita mágica que puede convertir a un paje en un ratón? Bernardino entreabre la puerta de la cámara prohibida. Nadie. Recorre el interior. Nada. Contempla el atril. Hay un grimorio abierto; un pergamino prendido al grimorio; en el pergamino, unas letras de fuego... Bernardino lee:
“Os robo a Merlín, porque sois indignos de tenerlo por cabeza, infelices esclavos del corazón: Tú, pobre Arturo, cuya frente no acaba de retoñar; vosotros, Ginebra y Lanzarote, cuyo amor es tan inmaculado como necio. Os robo a Merlín, cuya sabiduría es inútil entre gentes cobardes que voluntariamente se mutilan. Cuando lleguéis a completaros y la frente predestinada definitivamente retoñe, mientras el verdadero amor retoña, quizá os restituya el pensamiento. Entretanto, infelices, seguid en vuestro mezquino y puro arrobo. Caballeros de la Tabla Redonda: no salgáis en mi busca. No soy una tímida gacela ni un medroso ciervo. Soy la serpiente cuyo filtro enardece o petrifica. No soy Carmen, soy Viviana”.
Bernardino está a punto de un desmayo. Desprende el pergamino y baja a ponerlo en manos de su señor, el caballero Franconio, quien lo lee atropelladamente, mientras su rostro se esconde bajo un vaho de púrpura.
—Señor, Carmen nos ha engañado.
—Callad, paje. Destruyamos este horrible pergamino. Yo diré en voz alta la verdad acerca de la Pérfida. Llevadlo, hacedlo trizas y arrojadlo al foso.
Bernardino corre a destruir aquella burla y Franconio grita:
—Señor. Acabo de saber la verdad. Merlín huyó con Viviana.
—¿Cómo pudo llegar aquí la hechicera? —claman desde todos los ángulos del recinto.
—Porque Viviana llegó aquí bajo el disfraz de una cuitada juglaresa, de Carmen. En su boca florecía siempre un verso, pero en su pecho se fraguó siempre nuestra ruina.
—¿Cómo lo sabéis, Franconio?
—Mi paje los vio cruzar el puente levadizo.
—¿Cómo los centinelas pudieron darles paso? ¿Cómo estos villanos de nada dieron cuenta?
—Señor... Olvidáis que Viviana es hechicera, y seguramente la guardia, bajo el filtro satánico se convirtió en un piquete de sonámbulos.
Todo el consejo enmudece. La verdad les abruma. Rebullen un poco entre la niebla de su propia indecisión, hasta que Didonel, el rubicundo Didonel, de áureas guedejas y corazón intrépido, dice en alta voz:
—¡Busquemos a Merlín!
Corean los paladines:
—¡Busquemos a Merlín!
Júbilo, algazara. Arturo humilla su cabeza, en la actitud de pensar; aunque no piensa porque le falta el cerebro.
De pronto, una pregunta helada:
—¿Dónde?
Porque si a Merlín se lo llevó Viviana, la concubina de Marco, ¿no estarán ya los dos en Tintagil? Y, si así aconteció, ¿no habrá que declarar al rey la guerra? Lanzarote insinúa:
—¿Se habrán refugiado en Tintagil?
—¡Guerra a Tintagil! —claman algunas voces.
—¡Guerra al impúdico Marco! —claman todos los caballeros amantes.
La Tabla Redonda hierve de impaciencia. Crujen los hierros, rechinan los dientes, golpean el pavimento los recios espadones.
—¡Guerra a Marco, el obsceno!
—¡A Tintagil!
Pero Ginebra —mujer al fin— alza su voz.
—Viviana no roba a Merlín para llevarlo al castillo del príncipe. Se lo lleva para esconderse juntos en algún palacio encantado.
—¡Al bosque! —dice Didonel—. ¡Estarán en el corazón del bosque!
—¿Y cómo topar con la argolla?
—¿Qué argolla?
—La de la piedra de entrada al subterráneo.
—Andaremos a gatas por todo el bosque.
—¿Y si encontramos muchas? El bosque está lleno de espíritus diabólicos.
—Iremos probando una por una.
—¿Y el conjuro?
Todos callan aterrados. Falta la fórmula. _El sésamo_. Y el archivo de las fórmulas es Merlín. Falta Merlín. Han dado la vuelta al círculo de su ignorancia. Arturo sigue en la actitud de pensar.
—¡Caballeros de la Tabla Redonda! —vuelve a gritar el rubicundo Didonel—. Vayamos por parejas al bosque. Busquemos, investiguemos.
—¿Al azar?
—Al azar. Y el cielo nos proteja.
Se levanta la sesión, y se disponen a salir. ¿Y la fuente de las hadas? ¿Cómo no pensaron en ella? Solo Tintagil es su obsesión.
Ginebra aconseja proceder con astucia. Teme las armas de Viviana; teme su risa, su acerba ironía. Viviana guarda en su carcaj un manojo de secretos que, al dispararlos sobre la hostil mesnada, enrojecerían los rostros de los más gélidos paladines. No olvidar nunca que la Tabla Redonda inauguró sus hazañas persiguiendo unos cuernos de oro.
Entretanto, Bernardino llega hasta una ventana abierta sobre el foso. Saca del pecho el pergamino y se dispone a destruirlo y arrojarlo; pero antes lo lleva amorosamente a su pecho, lo acaricia, busca el nombre idolatrado, lo besa, aun a riesgo de quemarse la boca... Comienza a romperlo; pero recorta cuidadosamente el trozo donde está escrito “Viviana”. El resto lo va arrojando al foso. Un centinela grita:
—¿Qué arrojas ahí?
—Un secreto de Estado. Es orden de mi señor Franconio.
Pero los trozos no llegan al suelo. Los arrastra el viento unos instantes; el mismo viento los agrupa y recompone. Bernardino advierte aterrorizado que alguien le arranca del corazón el trozo oculto; es el mismo viento quien lo conduce a los otros, quien lo incrusta en su exacto hueco. Y, ya reconstruido, el pergamino caracolea un momento en el aire, toma bien la dirección y se lanza a hundirse de nuevo en el torreón del sabio, se introduce, diabólico, silbando irónicamente, en el cráneo del castillo.