EL LÁTIGO DE VENUS

Viviana desciende al corazón del castillo. En cada rellano, su frente, ensombrecida por la repulsa del sabio, va deshaciendo un frunce. Cuando acaba de bajar la escalera, y un paje se le acerca tímidamente pidiéndole sonrisas, Viviana ya ha recuperado toda la jocunda luminosidad de su rostro. Merlín ha despertado en ella una violenta ambición de nuevas seducciones. Ensayará otra sonrisa, la empapará de ingenua picardía, la hará seguir de un guiño truhan, inventará un gesto púdico, una mirada abatida, que al caer sobre su cuerpo como para huir del ave de rapiña que es toda mirada de varón, para buscar un refugio honesto entre el brial, desgarrará el brial, subrayará cada ondulación de su carne, conducirá los ojos del hombre al mismo nido de donde las vírgenes querrían apartarlo. Y los ojos de Viviana, cerrados sobre su cuerpo estremecido, serán los cómplices ladinos de estos otros ojos desmesuradamente abiertos del doncel que la contempla, del paje Bernardino.

—¡Carmen!

—¿Qué quieres?

—Fuiste a profanar el recinto del sabio.

—A profanarlo, no; a mezclar en él un poco de júbilo.

—Merlín no quiere tu alegría.

—¿Por qué?

—Porque la alegría de una mujer precede siempre a la tristeza del amor, y Merlín no gusta del amor. Piensa y vigila mientras los amantes sueñan.

—Mi amor es alegre.

—Dámelo.

—Eres un niño. Te arrollaría, como arrolla el turbión a una caña. Solo quiero a Merlín, porque Merlín es una roca y me haría estallar en espuma de siete colores. Mi amor, en su firmeza, se multiplicaría como las palmas en el techo de un templo y las joyas de sol en un vitral. En tu fragilidad, mi amor se convertiría en un pajarillo asustado. Eres pequeño para resistir un torrente. Conténtate con mis versos, lluvia menuda que empapa y estremece, pero no mata.

—Dilos para mí solo.

—Mis versos, como el pan y los peces de Jesús, son para todos. Solo mi amor es para Merlín.

Avanzan por una galería. En un recodo oscuro, el paje, bruscamente, intenta abrazar a Viviana. Se oye una carcajada. Bernardino, entre sus brazos, solo encuentra un poco de aire violento, que le derriba, que le azota el rostro. Mientras, escucha la voz burlona de Carmen:

—¡Pobrecita caña!

—¡Bruja! ¡Vagabunda! De alguna banda de bufones habrás huido para no caer en manos del verdugo que iría a llevarte a la hoguera.

Llora de rabia, en el suelo; recuerda a aquellas volatineras que, entre mendigos, acróbatas y tañedores de arpa y de lira, recorren los caminos divirtiendo a los señores cuando vuelven de caza. ¡Un salto mortal le hizo brincar de sus brazos! Bien hicieron los concilios en escribir inexorables preceptos contra estas desdichadas. Concurrían al campamento de los reyes, asistían a las coronaciones, sembraban el impudor en torneos, ferias y mercados. Carmen será alguna de aquellas vagabundas que seguían a los cruzados por los caminos benditos de Judea; alguna de aquellas hábiles soldaderas que atisban el bolsillo y el deseo de los rijosos caballeros andantes. ¿Es doncella? ¿Es viuda? ¿Es alguna esposa repudiada por una de esas torpezas de que hablan los _fabliaux_?

Se incorpora. Flota en el aire un perfume. ¿El perfume de un verso? Bernardino echa a andar. Desciende a los sótanos del castillo. De pronto, la voz de Carmen le atrae como el cebo atrae al pez. Rodeada de otros pajes, entre marmitones, dueñas y mesnaderos, Carmen sigue recitando:

_Tu cuello, amor, se me escapa, como un tallo sensitivo. Tus flancos se me deslizan como los de un potro sin domar. Tus senos huyen de mis manos como esquivas tórtolas._

_¿Por qué?_

_En cambio, si tú abrieses mi carne, si tú rasgases mi piel, verías en cualquier punto nuestros nombres enlazados. Y el hervor de mi sangre, encendida por tus ojos._

_¡Rásgame, amor!_

En las entrañas del castillo, todos los instintos se han puesto de pie. Carmen los va despertando uno a uno con su látigo florido. Alarga el auditorio las cabezas, estrechando el cerco. Cuando la domadora los tiene a todos en un haz, comienza a jugar con ellos en la pista. Hace pasar los más audaces por aros de plata, por falsos panderos de papel de seda. Los hace pasar al reino de lo maravilloso, al país de las leyendas, donde el amor es presa difícil, como una ciudadela defendida siempre por los inexorables concilios. Los versos fueron el violento, el asesino golpe de tralla. Ahora viene, como una fina lluvia —que empapa y estremece, pero no mata—, la leyenda.

El paje escucha, embelesado, el romance de _El látigo de Venus_. Un día, el abad Restituto quiso rectificar la Naturaleza. Había en el huerto una cascada dividida en dos porciones muy semejantes a dos piernas transparentes de mujer. Henchíanse al comienzo, se apretaban forjando dos rodillas perfectas, volvían a henchirse hasta perderse en la corriente. Aquellas dos caderas diáfanas perturbaban el sueño del abad Restituto y, un día, quiso por sus propias manos desviar unas piedras para juntar en uno aquellos dos voluptuosos manojos de agua. Alzó una mañana el pico, iba a dejarlo caer furiosamente contra la grupa desnuda; pero una densa rama de fresno le azotó la frente, le cegó los ojos, le obligó a dejar caer el pico ya blandido. Cuantas veces alzó el arma destructora, otras tantas le azotó la frente el latigazo de una rama. Desistió. Se acogió humildemente a la clemencia divina, y ahí quedó el agua modelando a su gusto los dos preciosos muslos, obra maravillosa de la Naturaleza, designio inescrutable del sumo poder. Henchíanse al comienzo, se apretaban forjando dos rodillas perfectas, volvían a henchirse hasta perderse en la espuma como en un lecho de novia. El abad prohibió a los monjes pasar por allí sin recitar el salmo: “¡Bendice, oh agua, al Señor!”. También hizo escribir un poema en dos cantos donde se comparaba los haces de agua a las columnas del templo de Sión. Pero las gentes profanas que supieron lo ocurrido, llamaron muy pronto a la cascada _El látigo de Venus_. El abad Pretextato quiso más tarde torcer, desde fuera del huerto, el curso de las aguas; pero los picos y palas se destrozaban inútilmente sin lograr rectificar la sabia Naturaleza. Otra vez se desistió...

Hasta que un día...

Un novicio cándido, un adolescente, se olvidó, frente a la cascada, de rezar el versículo sagrado, y fue tal el ardor púdico que irradiaban sus mejillas de niño que las dos columnas voluptuosas se fundieron, se soldaron para siempre. Porque solo aquel novicio, entre todos los monjes, había visto en la cascada, no un cuerpo truncado de mujer, sino el olvido de un versículo. Y aquellas piernas transparentes no volvieron a abrirse más.

Carmen, previo un mohín candoroso, enmudece. Comienza a hervir el comentario en torno de la astuta juglaresa. Bernardino avanza, decidido a desenmascarar a la vagabunda volatinera; pero en aquel momento Carmen extiende los brazos y reanuda sus leyendas.

—Os contaré ahora el milagro de un cuadro que pudo llamarse _La manzana_; pero por misericordia del Altísimo se llamó _Fe, Esperanza y Caridad_. Una noche...

¿Quién abrió la puerta cautelosamente? ¿No es Merlín, el alto Merlín, quien viene a oír a la hechicera? Se desliza sin ruido, se incorpora, como una sombra, al último aro de oyentes. Como viene embozado hasta los ojos, nadie, excepto Viviana, ha sorprendido la presencia del mago. Un marmitón le toma por algún caballero de la Tabla, que desea mantenerse incógnito, y quiere, respetuoso, abrirle acceso hasta la primera fila de oyentes; pero Merlín, con un sobrio ademán, impone silencio y quietud.

Viviana prosigue su relato. Chispean sus ojos de color tabaco, y sus labios húmedos moldean las palabras, tiñéndolas de roja voluptuosidad, tiembla su pulso de alegría, y por las puntas de nácar de sus dedos fluye la savia eléctrica de sus nervios.

Y sigue contando su romance:

El mendigo pintor vino pidiendo albergue y trabajo. Lo encerraron en un aposento donde había de pintar todas las virtudes, porque allí reposaría luego una doncella, huérfana de reyes, a punto de llegar al castillo. El mendigo pidió de comer para seis días, y rogó que nadie, durante aquel tiempo, penetrase en la estancia. Así ocurrió. Pero, finado el plazo, y viendo que el pintor no daba señal alguna de vida, penetró el señor en la estancia y allí, entre un olor a azufre, contempló lleno de cólera los muros pintados. ¡Estaban llenos de ninfas desnudas, de faunos en celo y de impúdicas meretrices del Olimpo! Frente al lecho de la virgen, Paris ofreciendo la manzana. Huele a azufre; la ventana está abierta. Las tres diosas desnudas sonríen cínicamente al caballero.

Cuando vino la doncella, ya los muros habían sido recubiertos de espesa cal, y las tres diosas vestidas púdicamente de Fe, Esperanza y Caridad. ¡Era muy pronto para resucitar los dioses; y solo Satán podía ya pensar en traerlos nuevamente al mundo! Paris fue trocado en monje, y en lugar de la manzana, le fue pintada en la mano una azucena, la azucena del candor.

Nadie pudo dar con el pintor mendigo. Anduvo recorriendo la comarca, dejando una estela de lúbricas imágenes. Algún día tomó cuerpo de mujer. Una mañana despertó con su canto a todas las gentes de un castillo. Al borde de un foso, comenzó a bailar desnuda. Cuando fueron a atraparla para meterla en un horno encendido, se convirtió en humo espeso, huyó de sus perseguidores, dejándoles en las manos un olor insoportable a azufre.

Merlín se retuerce dentro de su disfraz. Querría lanzarse contra Viviana y apagar en aquellos labios encendidos el satánico relato. Cuantas veces evoca Viviana una forma desnuda, una escena voluptuosa, sus dedos, como sierpes rosadas, trazan líneas ardientes en el aire, llenándolo de curvas superficies, de perversas geometrías. La escuchan todos jadeantes, como sumidos también en el horno encendido, en un aire azuzado por invisibles centellas. Viviana, por fin, calla. Teme haber sacudido con demasiada violencia aquellos cuerpos. Quisiera despedirlos, correr tras de Merlín, que le lanza su primer mirada turbia, su primer mirada de vencido.

Viviana quisiera correr en pos del mago, pero el mago desaparece. Y el auditorio aguarda en silencio otro romance. En un silencio tan preñado de voluptuosidad, que Viviana teme de pronto verse desgarrado su brial y mordida su carne; teme verse ceñida súbitamente por estos brazos nervudos que tiemblan de deseo...

Y, sonriendo, se despide y huye, dejando abrasada la noche, rotos los frenos, abiertas todas las esclusas del deleite. Las entrañas del castillo arderán en el mismo fuego diabólico de los labios de Viviana hasta el amanecer.