LA SEDUCCIÓN

Aquí está Viviana adiestrando sus ojos color tabaco en mirar como solo pueden mirar las hechiceras; en rizar su pelo castaño, como solo puede rizarlo quien lo quiere utilizar como red; en afilar el pulido nácar de sus uñas, como solo lo afila quien quiere producir a lo largo de una carne ese eléctrico surco capaz de hacer vibrar, durante horas enteras, el pobre cuerpo hechizado.

Aquí está Viviana de piel color pan tostado, tejida en el bosque con hebras de sol, a merced del viento. No quiere ser blanca, de ojos azules, para no confundirse con Ginebra. No quiere ser negra, como la monótona esposa del Cantar, para no hacer de la sensualidad una triste melopea. Ni puro espíritu, ni sola carne quejumbrosa. Colores intermedios, elaborados, cautelosos, de serpiente, son los que forman hoy su máscara.

Su cuerpo, diestramente escamoteado, al mismo tiempo insinuado bajo un tenue brial —¿no la vimos siempre así en el cuadro de Burne Jones?—, se ajusta a cánones eternos; pero hay en toda su estructura esas menudas elipsis por donde suelen asomarse los diablillos de la provocación. No quiere ahilarse, como sus compañeras de época, ni destacar demasiado sus tersas convexidades. Viviana distribuye sus encantos con la precisa maestría para insinuarlos, mejor que ofrecerlos, al hirsuto Merlín.

El palacio está vacío de reyes y señores, de damas y escuderos. Fueron al bosque, de caza. Junto a Ginebra sigue hablando Lanzarote del modo de adiestrar un halcón, de cómo ha de preparársele la comida, del arte de cubrirle los ojos. Habla de su halcón como de un noble camarada. Mientras, sus ojos queman a la reina.

Arturo cabalga junto a su prima, la prometida de un ilustre caudillo de la Tabla. Les siguen los caballeros, comentando las escasas virtudes domésticas de Carmen, la hermosa fugitiva que tomó Ginebra a su servicio. Quizá ya aman todos a Viviana; pero en la corte del rey Arturo, el amor se encierra en las conchas más duras; serpea, silencioso, por las médulas; podrá quizá mover el sol y todas las constelaciones; pero que nunca moverá indiscretamente un brazo, ni menos una boca.

Solo los ojos, este pobre y cobarde sentido —el dócil sentido, el de la blanda holgazanería—; solo los ojos se mueven lánguidamente, recogiendo copiosos botines de miradas; trama diáfana de espíritus que se cruzan en vuelos sumisos, como de aves de corral. Amor purísimo que puede nutrirse cada día de una mirada; cada noche, de un suspiro. Amor que podría cantarse en bien limados tercetos.

Pero olvidamos a Viviana, a esta Viviana, que trajo al castillo de Arturo el filtro envenenado de Tristán. Entra en el castillo, no por la puerta principal, como los amores por contrato, sino por el postiguillo, como los amores por amor. Viborilla que se desliza por la escalera del torreón del sabio, que entreabre otro postigo, que husmea el interior.

Merlín, cerca de un ventanal, está releyendo a Plotino. Aprende a despreciar la belleza —sombra, estela, vestigio efímero de la única belleza, de la Belleza Infinita—. Merlín está leyendo:

“Es preciso huir hacia el objeto de quien estas bellezas son imágenes...”.

Medita en la fábula del hombre aturdido que pereció sumergido por querer atrapar en las ondas su propia imagen. “De la misma manera, aquel que quiere asir la belleza de los cuerpos, que es incapaz de desprenderse de ella, se hundirá...”.

—¡Merlín, Merlín! —susurra el hada.

Merlín se vuelve, colérico, y al ver en el umbral a Viviana, dice bruscamente:

—¡Vete! ¡Me has hecho perder una frase de Plotino!

Viviana rompe a reír, cierra tras sí la puerta y va hacia el hechicero:

—Vengo a hacerte compañía. Me encantan los librotes. Apenas los leo, porque suelen estar escritos por gentes vanidosas e insufribles; pero siempre hallo en ellos lo que falta ahí abajo. Arturo, el pobre, es tonto. Y toda la Mesa Redonda.

—Viviana, te prohíbo sembrar la discordia en el palacio. Hablaré de ti a la reina y te arrojará a los perros.

—¡Bah! La sorprendí embelesada bajo los ojos del purísimo Lanzarote. Y blandiré mi secreto, como una daga.

—Eres perversa.

—Cauta, nada más. Guardo ya muchos de esos secretos. Una fortuna en “papeletas” de intimidades, como decís vosotros; las precisas para sostenerme aquí hasta el día en que huyamos juntos.

—¿Estás loca?

—Merlín, Merlín: ¿qué haces aquí con la nariz hundida en el texto de Plotino? ¿Por qué no sales a cazar con el rey? ¿Por qué no bajas al patio, donde los pajes y las doncellas de Ginebra te enseñarán —¡oh, huraño maestro!— lecciones de coquetería que no sabes? Archivo ambulante: si no estudias para vivir más intensamente, ¿por qué estudias? Te va a derrengar el pasado. Te arrastra el porvenir. Eres, a un tiempo, guardián y profeta, historia y futuro, y no sabes erguirte en el umbral de cada día para exprimir el zumo del minuto que pasa. Estás abarquillado, reseco, porque en ti no hace mella lo que sucede mientras no te lo ofrezcan ya momificado. Vives de fiambres, de despojos... ¡Eres necio, Merlín! Mi amigo tiene razón: “Eres una pobre bestezuela condenada a rumiar eternamente el mismo pasto”. ¡Eres necio, Merlín!

Merlín se encoleriza, y Viviana ríe jovialmente. Merlín quiere arrojar por la angosta escalerilla a la traviesa Viviana; la amenaza con denunciarla al rey; pero el hada comienza a danzar ante el mago, inventa diabluras nuevas. Ahora cuenta anécdotas del castillo; imita el escorzo angelical del purísimo Lanzarote cuando contempla a Ginebra, el melifluo ademán de Ginebra cuando recoge las palabras impolutas del sin par caballero Lanzarote.

Viviana multiplica sus travesuras, acentúa su picante gesto de golfillo... Merlín acaba por sonreír. ¿Qué hacer con tal diablejo? Merlín va desarrugando su hurañía. La retozona gatita va a vencerle. Se le acerca, se le ciñe, le quema. Él reacciona.

—¡Vete!

—Merlín, Merlín... Quiero ser entre tus manos uno de esos librotes que acaricias con tanto mimo; uno de esos librotes que abres tembloroso, como se desnuda a una virgen.

—¡Vete!

—Merlín, Merlín... Quiero ceñir tus sienes con mis dedos rojos de fiebre, tejer para tu cabeza una eléctrica guirnalda que haga hervir tus pensamientos.

—¡Vete!

—Merlín, Merlín... Quiero ser una florecilla de granado que sangre en tu boca, que queme tus labios como la brasa del profeta.

—¡Vete!

—Merlín, Merlín... Quiero ser una mosquita de oro que se prenda dócilmente en el lino enfurruñado de tu barba.

—¡Vete!

—Merlín, Merlín... Deja que mi voz se filtre por tus oídos, que te arañe en la médula, que prenda en tus miembros esa inquietud que van perdiendo en el sitial.

—¡Vete!

—Merlín, Merlín... No me dejes. No quiero vivir ahí abajo, oyendo contar cómo se caza el jabalí, cómo se adiestra el halcón. Abajo hay guerreros de ancho pecho y brazo robusto, que han aprendido la cómoda ciencia de amar sin aventura. Su cerebro eres tú, y yo te quiero a ti, vivir fundida en ti, sabio mío. Soy la tenaz aventurera de los siglos, que cada día sale a caza del espíritu más alto de la tierra. Soy en estos días la única aventurera, a quien a todas horas amenaza el cuchillo y la pira.

—¡Bah! Tintagil te aguarda. Eres la concubina de un rey. Allí te aguarda nuestro peor enemigo, Marco, el astuto, el mendaz.

—Nadie me aguarda en Tintagil. Allí estuve, porque también he querido conocer el reino de la astucia y de la mentira; pero yo nunca podría enlazarme al rey Marco sino en una noche de cólera, cuando el mundo me cerrase todos los caminos de la clara verdad, de esa clara verdad que tú creas desde el atril mirando a las estrellas y a los hombres. Nadie me aguarda en el reino de la angostura de espíritu, de la burla maligna, de la negación, en suma. Quiero afirmar contigo el verdadero imperio de la luz. Enlazada a ti, quiero crear un mundo nuevo.

Merlín vacila, se pasa la mano por la frente, quiere preguntar a los astros, consultar a Plotino, buscar en Heráclito la definitiva respuesta... Balbuce.

—No te comprendo, Viviana.

—Me comprenderás en cuanto recobres tu plena libertad, en cuanto el palacio se abra para nosotros y nos dispare hacia el ardiente corazón del mundo. Quiero estar sola contigo. Quiero llevarte conmigo. ¡Te quiero, Merlín!

¿Dejarse raptar como si Viviana fuese el héroe, y él, Merlín, un viejo mago, la tierna doncella? Merlín sonríe ante estos nuevos modos de entender la galantería. ¡Toda la historia caballeresca derribada por un capricho de Viviana! ¿Adónde querrá llevarle esta diosa infernal, después de convertirlo en una voluble Proserpina? ¿A qué guerra de Troya querrá empujarle, después de hacer de Merlín una Helena casquivana? Hubo unas mujeres fuertes en Siria, en Germania, en la misma Roma, que hacían de su virginidad un broquel y de su palabra viril un dardo. Se apartaban del amor y se consagraban al combate. Unas fueron jueces, otras generales, otras diosas de rojos cabellos y de pechos metálicos, donde rebotaban las miradas viriles sin lograr hacerlos nunca estremecer. Habían estrangulado su sexo, o habían hecho de él un hendido pedernal inaccesible y soberbio sobre las praderas floridas del amor que desdeñaban. De su pecho nunca fluía la leche, ni de su boca el néctar que reaviva el corazón de los hombres. Llegaban a amputarse un pecho, si el pecho era un obstáculo a sus maniobras guerreras. Disparar un dardo fue para ellas más noble que amamantar a un niño. Derribar un ciervo fue para ellas más gozoso que besar en plena boca a un doncel... Estas vigorosas doncellas, en cuyo cuerpo ceñudo se iban lentamente allanando los voluptuosos alcores, estirando las líneas ondulantes, apagando la lumbre de los ojos, endureciendo los labios, petrificando el vientre y los flancos hasta quedar inhábiles para ese temblor glorioso que solo puede sentirse bajo el peso del varón; estas mutiladas doncellas pudieron algún día lanzarse a los bosques y el mar, hacerse cazadores y piratas, arrebatar hombres y joyas, pieles y oro... Pero Viviana, la frágil y tierna Viviana, sierpe de rosa y de ámbar que se enrolla al tronco del atril, como aquella por quien el hombre cambió de rumbo se enrollaba al tronco bíblico cuyas ramas eran otros tantos folios colmados de ciencia divina, ¿cómo podrá lanzarse a los bosques o al mar llevándose a la grupa, o en el buque fantástico, el cerebro del castillo de Arturo? Ahora Viviana se retuerce a los pies del hechicero, adiestrando sus finos dedos en acariciar las rodillas de Merlín, sus manos, que nunca podrían manejar los remos ni las riendas, manos de serafín caído, hechas solo para pasar lentamente las hojas de un gran libro coral, de un grimorio hermético, donde los nerviosos dedos femeninos forjarían el mejor arabesco, donde la cabecita diabólica compondría la mejor viñeta... Sería un escudero incomparable en estas lentas batallas de la sabiduría. Un escudero silencioso, capaz de bruñirle el arma de una intuición, de aligerarle todo el peso del abrumador instrumental por quien la ciencia se adquiere, grado a grado, estrella a estrella. En el frío lecho de este monarca de la sabiduría, quiere filtrarse otra vez la juventud de una mujer...

Cuando Merlín llega a este punto, palidece, crispa las manos, tiembla su barba florida. ¡Viviana junto a él, pegada su carne diabólica a la serena carne del sabio! Ruge:

—¡Vete!

Pero Viviana sonríe. Uno a uno, fue leyendo todos los trances del pensamiento de Merlín. Conoce en qué punto surgió la forma de una manecita rosa arrastrando el folio, cuándo el pecho desnudo calentando el frío sueño del monarca. Quiere avanzar. Acaso se precipita. Porque Merlín, al sentirse enlazado, al percibir en su mejilla el roce de los labios incandescentes, realiza un último y desesperado esfuerzo, se desembaraza del pérfido escudero, brinca del lecho, aparta bruscamente todas las imágenes asesinas, empuja, violento, a Viviana, que cae derrumbada al pie del atril, sin fuerza para reanudar su ruego, empañadas sus pupilas, sin resortes sus brazos, helada su boca, vencida.

—¡Vete!

Se levanta, sin mirar a Merlín. Silenciosamente, abandona el torreón.