EL RETABLO

En los alrededores del castillo aguarda Viviana el regreso de la corte. Se tiende en un ribazo, pega el oído al corazón de la tierra, escucha la palpitación tranquila de los gérmenes. Sigue el curso del día por la floración sucesiva de las hierbas, porque Viviana conoce que cada botoncillo se abre a hora distinta, como en el cielo asoma a cada hora una estrella diferente. Ella dictará más tarde a algún botánico el programa de este maravilloso espectáculo, ella forjará algún día el _reloj de Flora_.

Viviana acaricia una planta diminuta, el _rocío del sol_, amiga de crecer entre el musgo, a un tiempo coquetona y púdica. El sol fragua en las hojas un perpetuo rocío que no puede ya desvanecer, porque las menudas hojas rezuman un sudor brillante, una goma, un solapado barniz para prender insectos. Viviana va siempre buscando estas hojitas diabólicas, como ella misma, que siembran el campo de trampas invisibles, donde van cayendo los infelices aturdidos. Hay oculto en la verde epidermis un escuadrón de lanzas microscópicas, en alerta perenne, aguardando el paso del insecto. Cuando el insecto llega, las lanzas se abaten sobre él y la víctima es sacrificada para nutrir el _rocío del sol_.

¡Menudas, deliciosas astucias del campo, que Viviana conoce, como conoce las grandes astucias del castillo, los mohínes cándidos de las damas que van acorralando, entre rosas, a un incauto corazón! ¡Trampas, en apariencia, de inocente seda, que luego se cierran sobre una vida como pesadas puertas de roble y de hierro!

El campo está lleno de diabólicas bromas, como el aire y el mar; de caprichos sutiles que el juglar no sabe recoger en sus romances, donde todo es monótona fiebre humana, turbio deseo disfrazado de culto. Viviana sonríe pensando en un nuevo y verdadero poema del amor, en un libro pícaro y risueño, donde se revelaran a las gentes todos estos graciosos misterios de la vida, todas estas sutiles burlas de una menuda hierba, de una brizna de luz, de un poco de trémulo sudor.

Viviana planea su ataque al cerebro del castillo. El corazón lo tiene ya a sus pies. Todos los caballeros de la Tabla Redonda, el mismo Arturo y el sin par Lanzarote, han escuchado ya, con la boca de par en par, los endiablados romances de Carmen, la doncella protegida de la reina. Una noche refirió los amores de David con la rubia Betsabé y otra noche los del rey Salomón con la morena inmortal. Todas las mujeres enamoradas de la historia encendían en la gran sala abovedada el corazón de los caballeros de Arturo; hacían enrojecer el rostro de las damas, con el relato de tanta sagrada desnudez; la desnudez de Betsabé sorprendida, de Susana inocente, de Jezabel moribunda entre los dientes de los perros... La desnudez de Magdalena ensayando caricias para quebrantar el duro ceño de los príncipes de Judá, hasta el día en que derramó sus perfumes a los pies del Nazareno... Y la desnudez de las santas colgadas sobre el brasero, o sumergidas en la tina de pez hirviente, o estiradas en el potro y desprendidas de sus senos, aún floridos e intactos. Y aquella maravillosa desnudez de Inés en el prostíbulo, entre soldados trémulos de lujuria... Viviana fue sembrando entre las gentes de Arturo toda la artera voluptuosidad que hay escondida en los sagrados libros, y la Tabla Redonda, con sus reyes y súbditos, fue cayendo en la trampa, como cándidos insectos entre las hojas del _rocío del sol_.

Pero Viviana quiere lograr algo más alto: quiere conquistar a Merlín, a Merlín desdeñoso, que nunca ha accedido a escuchar a la doncella desvalida. Viviana quiere cautivar al viejo arisco, que solo mira a las estrellas.

A las estrellas y a las flores del valle. A veces desciende de su inaccesible torreón y pasea por los alrededores, deteniéndose ante algún raro arbusto, ante alguna hierba mágica. Pero es en vano intentar seguirle, salir a su encuentro. Viviana lo esperó un día, en un recodo; pero el sabio torció su rumbo, escamoteó su presencia. ¿Teme perder su fértil soledad? ¿Oyó hablar de la hermosura de Carmen? Sí, oyó hablar de la huérfana; pero la belleza de las mujeres ya no le conmueve, porque hace tiempo que conoce la hermosura abstracta de los libros de Plotino. Desprecia lo perecedero, se venda los ojos ante el hechizo de unos ojos corruptibles. Oyó hablar de Carmen, la gentil narradora; pero él estas narraciones las conoce directamente por los textos, textos legítimos, sin interpolaciones caprichosas de juglares. Merlín lee en hebreo el cuentecillo de Ruth, y no quiere oírlo en bretón, quizá impregnado de malicia y picardía.

Viviana ya ha meditado bastante. Esta noche habrá cambio de programa. En lugar de piadosos romances, presentará a la corte de Arturo un caballero digno de sentarse en la Mesa Redonda. Un caballero enamorado. Un amor purísimo, según hoy se elaboran en el gran salón abovedado del castillo de Caradigán.

Al anochecer, dejan los perros de ladrar; enmudecen los criados, dejan de corretear los pajes y de cuchichear las dueñas. La Tabla Redonda va tomando asiento a lo largo de los muros. Entra, al fin, Lanzarote, los reyes. Ante la estupefacción de todos, Viviana ha tendido en el muro del fondo un amplio tapiz de color de plata; dispone una cajita donde se apretujan algunos granos de oro luminosos, como un racimo de moscatel. Viviana contempla a los espectadores; advierte, como siempre, la ausencia de Merlín; se resigna otra vez y sonríe. Después ruega a Arturo que apaguen las antorchas...

—¿Qué intentas?

—Llevo la luz dentro de esta cajita. La luz y el espectáculo. Hoy el cuento os lo dirá el claroscuro.

—No comprendo.

—Que apaguen las antorchas, y entonces comprenderéis.

—Apagad.

El salón queda en tinieblas. En el tapiz de plata tiemblan unos álamos, avanzan unas sombras... Un ¡ah! muy prolongado acoge la aparición. Viviana manipula en la cajita de grumos de oro. Los caballeros de la Tabla Redonda alargan las cabezas. Quintañona alza los brazos; Ginebra, Arturo y Lanzarote lanzan un grito.

—¡El tapiz está embrujado!

—Callad, señores. Yo conozco bien ese tapiz inofensivo y esta cajita milagrosa. Ved en calma cómo llega por ese camino un muy gentil caballero.

Avanza el caballero. Es alto, huesudo, esquelético. Trae un bacín por yelmo, un puñado de hojalatas por armadura, un penco por corcel. La Tabla Redonda contempla despavorida a aquel intruso. Se rehace. Didonel, el más nervioso, lanza el primer apóstrofe:

—¡Villano! ¡Bufón! ¡Quiere burlarse de nosotros!

—¡Fuera ese truhan! ¡Que den azotes a la intrusa!

—¡Abajo el del bacín!

—¡Es un mendigo, un espectro!

—¡Un mascarón!

Los caballeros se levantan indignados. Viviana retira del tapiz al enjuto personaje, y exclama:

—Damas y caballeros. Este que aquí habéis visto es un insigne paladín... Protector da doncellas desamparadas, redentor de cautivas...

—¡No! ¡No! ¡Es un farsante!

—¡Es un loco disfrazado!

—Calma, señores míos. Es un loco, tal vez; pero un loco enamorado, como todos vosotros, que en nada pretende ofenderos. Dejadlo llegar. Tiene su alma cautiva por la sin par Dulcinea.

—¿Quién es esa dama?

—¡Alguna ramera!

—¡Alguna mendiga!

—¿Dónde tiene su castillo?

—Calmaos. Hay en el Toboso, lugar famoso de España, un espléndido palacio, donde mora esta dama. El caballero se llama Don Quijote, y no es culpa suya si ha enflaquecido tanto. Permitidme haceros ver...

El tapiz se ilumina y el penco avanza trabajosamente, seguido de un labriego montado en un burro.

—¿Quién es ese?

—El escudero.

—¡Fuera! ¡Fuera!

La gritería es espantosa. Silbidos, mueras, cortezas de fruta, hienden el espacio. Todos los pajes, todos los escuderos arremeten contra el infortunado labriego, que se borra del tapiz, precipitadamente. Vuelven a encenderse las antorchas, y todos los puños se alzan contra Viviana, que intenta huir. En el umbral blanquean unas barbas solemnes.

—¡Merlín, Merlín!

El hervor se apaga, bajo la ducha fría de las barbas.

—¿Qué sucede? Oí el tumulto desde mi atril. Cuéntame, Arturo.

—Señor, una burla sangrienta...

—¿De quién?

—De Carmen, la juglaresa. Traedla a Merlín.

Llega Viviana, oculto el rostro por las manos; apenas logra contener su regocijo.

—Señor...

Se retiran los caballeros; dejan solos a Viviana y Merlín.

—Te conozco, demonio —dice el sabio en voz baja—. Debí figurarme que eras tú, cuando me contaron tus hazañas. Has querido burlarte de nosotros.

—Vine en tu busca, Merlín, sabio mío.

—Calla, insensata. No quiero descubrirte por no suscitar la guerra con tu amante.

—Solo te quiero a ti. Lo demás, son despreciables aventuras.

—Vete del castillo.

—No, mientras no lo domine por completo. Me fastidia esta sala, corazón plañidero, donde solo florece el suspiro y el mandoble; quiero escalar el torreón donde tú piensas; quiero posarme en el cráneo del castillo.

—No lo intentes. Te denunciaré a Arturo. Arrostraremos la aventura de una guerra con Marco, el infiel.

—Te quiero, Merlín.

—¡Silencio!

Y Merlín, dirigiéndose a la corte, dice:

—Dejad tranquila a Carmen, y marchaos ya a descansar. La juglaresa abandonará pronto el castillo, y en tanto permanezca en él, no usará de esa máquina endiablada, donde tiene encerrado el espectro del bacín. No llegó aún el tiempo de que podamos soportar nuestra propia caricatura. Salid todos. Podéis dormir tranquilos.

Todos besan la mano del anciano, y salen. Viviana intenta seguir al sabio.

—Vete.

—Quiero subir contigo.

—Enrolla tu tapiz y duerme. No pretendas lo imposible. Me debo hoy a la Vía Láctea.

Y lentamente, abandona el salón.

Viviana arroja su maquinita al foso, y acurrucándose en un sitial, fragua nuevas travesuras.