ESTRATAGEMA
Ginebra, Arturo, Lanzarote, todos los caballeros van a salir de caza. Primero baja la reina, seguida de sus pajes. Una mujer enlutada se acurruca en el patio del castillo; cuando la reina aparece, la enlutada se le arroja, sollozando, a los pies.
—¿Quién sois y qué os sucede?
—Señora... Soy una infeliz mujer que perdió a sus padres en la guerra contra el infiel. Quedé sola en el mundo, sin amparo. Desde entonces anduve errante de castillo en castillo, narrando historias de piedad y de amor puro.
—¿Sois juglaresa? ¿Sabéis alguna primorosa leyenda de amantes sin fortuna?
—Una conozco, mi señora, de tan ardiente y puro amor como el que vos sentís por...
La voz se le apaga, se le anega en llanto. A través del velo cristalino de sus lágrimas, la astuta ha contemplado el azoramiento de Ginebra, que corre a poner en contacto sus oídos con la boca de Viviana, mientras susurra:
—¿Por quién?
—Por...
—¿Cómo lo sabes, cuitada?
La voz dejó fluir el nombre idolatrado. Un arrullo como ninguna voz, excepto la voz de Ginebra, podrá nunca armonizar. Una sirena, un querubín. Empapado en caliente rocío, surca el nombre la minúscula distancia.
—Lanzarote.
—Callad, callad, hermosa... Quizá sois una hechicera. Venid.
—Señora...
La lleva aparte. En un ángulo, mientras los caballeros aguardan y los corceles relinchan impacientes, Viviana, ya destocado el rostro, semioculto entre los dedos, deliciosos mameles que enjaulan su risa retozona, como la ventana ojival contiene el alborozo de una mañana de abril que pugna por invadir un templo, habla a Ginebra:
—Un día...
La historia es encantadora, y Viviana la urde entre sollozos. Una vez, en el bosque, muerta de hambre y de cansancio, se dejó arrebatar por unos siervos. Tan miserable y flaca la vieron, que ninguno pensó en cebar en ella su lujuria, sino ejercitar su piedad. La condujeron al castillo, donde recuperó las fuerzas y todo el esplendor de su hermosura. Les pagó recitándoles gestas de santos y caudillos. Pero el ritmo de los versos atrajo al señor del castillo... Una noche asomó a lo lejos, en el umbral de las cocinas donde se agrupaban los oyentes en torno a ella; aguardó al final del romance, y después, la llamó con voz dulce, cautiva... Se llevó a su cámara a la huérfana.
—Perdonadme, señora. ¿Se había prendado de mí? Yo no lo creo. Quise rechazarlo, pero me fue imposible. Al día siguiente, el sol me sorprendió llorando mi terrible infortunio.
—¡Villano! ¿Quién es? ¡Castigaremos su vileza!
—Marco.
—¡Callad! Temo a ese príncipe hechicero que tiene a Viviana consigo. Es el hada más funesta para toda la cristiandad. A nadie contéis lo que a mí... Yo os protegeré.
—Seré un sepulcro.
—Porque si os oyese Arturo, querría en seguida vengaros, y la lucha sería más sangrienta que nunca, y acaso perdiera allí él la vida. Viviana es infernal... Y, decidme, ¿qué habéis oído allí? ¿Qué se trama? ¿Qué se piensa?
—Señora... Hacen burla de vuestro inmaculado amor. Esta pasión celeste que han de cantar todas las arpas de la tierra se toma allí a chacota. Mi señor Lanzarote...
—¡Callad! Aquí llega, junto al rey.
Apuesto doncel, aunque flacucho. La pasión le fue arañando toda la pompa retórica del cuerpo, y solo queda de él un sutil esquema —tan puro como un terceto—, un paladín estilizado, hecho de marfil y de morenos músculos ceñidos.
—Señora. ¿Es él? —susurra la perversa—. ¡Es un arcángel!
—Silencio.
Ginebra, acongojada, posa sus dedos en la boca de Viviana, mientras se aproximan los ojos del doliente caballero; sus ojos entornados que aún guardan, avarientos, la postrer mirada de Ginebra; sus ojos que solo se entreabren para cambiar de inefable botín; ojos inmensos, profundos, ebrios, insaciados, donde la reina se contempla como en una eternidad de amor.
—Mi señora...
El saludo es ritual; pero se ve temblar al caballero como un feble arbustillo, en arco ante Ginebra. Viviana se aparta, llena de respeto y de risa; deja libres los saludos que ataja el rey:
—El día avanza.
—Salgamos —añade Ginebra.
—¿Quién es esta mujer? —pregunta Arturo.
—Es una huérfana desvalida, que sabe recitar leyendas de santos... Podría alegrar nuestras veladas... ¿Queréis, señor, darle albergue?
—Vuestra voluntad es siempre la mía. ¿Cómo os llamáis?
—Carmen, señor, porque en mi boca hay siempre un verso.
—Sabréis entonces referir el rapto divino del profeta.
—Lo sé. Conozco el Carmelo como si en él me hubieran dado a luz. Conozco también al discípulo de Elías, y la aventura de los osos. Y la del clavo de Jael, que atravesó la cabeza de su huésped.
—Quedaos, pues.
—Gracias, señor.
Viviana se inclina ante los reyes, que desfilan hacia el bosque al son de las trompas. Viviana atisba en los amantes ese chisporroteo de locura, que hasta hoy solo pudo sorprender en Isolda y Tristán, dos de sus víctimas.
Llena de júbilo, se sumerge Viviana en las entrañas del castillo, penetra en las cocinas y, en nombre de Ginebra, pide a un marmitón carne asada, vino y pan. Mientras come, refiere lastimosas leyendas de amantes sin fortuna, que conmueven a los siervos. Van estos acudiendo, rodean a Viviana, embelesados. Por algunas mejillas, tostadas al fuego lento del fogón, corren las lágrimas.
Cuando el aro de oyentes se espesa, Viviana cambia de tono. ¡Basta de sufrir! Ahora comienza el cuento del filón de plata, que hace estallar de risa a todo el auditorio. ¡A la alta cima de la gracia por los más fáciles caminos! Llena un relato de donosa picardía... Un monje, alucinado por el broche de una liga de cortesana que amó en la montaña a un paje, cree haberse tropezado con un filón de plata. Sueña, desde el ventanillo de su celda, con cavar en el terruño hasta encontrar espléndidos tesoros. Fundará opulentos monasterios, donde él será siempre el abad. Al amanecer, coge un azadón y se dispone a seguir, a toda costa, el senderillo alucinante, el rayito de luna del broche... Pero la cortesana acude, el monje se ve acosado, burlado, enloquece, quiere asesinar a la hembra diabólica, corre por la montaña blandiendo el azadón, se vuelve loco...
La gente menuda escucha atónita la voz fascinadora. No comprende el sentido del cuento: el monje fue víctima de una humilde metáfora vista surgir del cascarón de la anécdota galante. No comprende los laberintos retóricos, donde un broche puede aprisionar estrellas y un flanco de cortesana desnuda equivale a una loma teñida de amanecer. Pero aplaude al hechizo de aquella garganta primorosa, que sabe urdir al mismo tiempo los cuentos que arrancan el gemido y los que hacen estallar la risa. Agasajan a la huésped. Corre la fama de Carmen por las entrañas del castillo. Viviana ha conquistado el vientre del palacio de Arturo... Pero es preciso llegar al corazón, y desde allí, con una audaz pirueta, brincar hasta el cerebro.