EL BALADRO

Merlín recorre el bosque del brazo de Viviana. Al pasar los amantes, los arroyos acrecen su caudal, los troncos rebrillan más tersos, los pájaros multiplican sus primores. Pero Merlín avanza cabizbajo, silencioso.

—Ríe conmigo, Merlín. Alza esa frente, que yo voy a desarrugar con mis besos. Quiero presentarte a mis gnomos, que usan barba florida como tú; a Mab, la diminuta; a un silfo, que tañe su laúd hecho de juncos; a Titania, mi gran amiga, que te contará sus divertidos sueños.

Merlín nada responde.

—Quiero presentarte las maravillas de mi reino. Mira esta gruta, siéntate en esta silla hecha de troncos. Hace siglos hubo cerca de aquí un monasterio. En esta silla se sentaba un juglar, a quien los monjes hospedaban a cambio de himnos para las fiestas de los santos, que el juglar componía con facilidad y galanura. Pero un día los monjes sorprendieron aquí sentado al diablo. El poeta había compuesto un licencioso epitalamio para las bodas de una alta princesa; el padre, ofendido, lo arrojó de la mesa del festín, y por temor al abad, no mató al atrevido. Mientras el poeta acudió al banquete, el diablo ocupaba la silla. Por toda la comarca circularon copias de aquel epitalamio, hasta enfurecer al príncipe que delató al juglar. Fue el insolente condenado al tormento de la gota de agua en esta misma silla, y aquí murió repitiendo endecasílabos obscenos y blasfemias... ¿No me escuchas?

—Sí. Todo el bosque está embrujado.

—También cuentan que Juno, arrojada otra vez del Olimpo, vino a pedir albergue al monasterio, disfrazada de azafata. Mintió que le habían despedido de la corte por intrigas del bufón, y el abad lo creyó todo. Le hizo sentar en el césped, le trajo de comer y allí quedó dormida. Al día siguiente, el mismo abad la condujo a esta gruta, donde Juno, mientras dormía, provocó los apetitos del abad. El abad quiso besarla; pero Juno despertó y, llena de olímpica soberbia, dio al monje una ruidosa bofetada, que fue reproduciéndose por el contorno. Porque Juno, sabio mío, no quería abades, sino dioses y subdioses. El abad se colocó un pañuelo, como si le hubiese atacado un terrible dolor de muelas; pero durante un año no se le desinfló la mejilla. Tuvo que ir a confesarse con el Papa, y al volver de Roma, levantó aquí un altar a la Virgen, que después destruyeron mis gnomos. Pero las gentes llamaron siempre a este lugar “La siesta de Juno”... ¿Qué tienes, viejo mío?

—Nada... Pensaba en ese infeliz monje.

—Otros dicen que ella no era Juno, sino cierta altiva castellana, fugitiva de un caballero que la sorprendió en brazos de otro. Lo cierto es que desapareció de esta comarca sin dejar más huella que una magnífica hinchazón en la mejilla del abad... ¿Crees en la vuelta de los dioses?

—Volverán si Viviana los llama. Eres diabólica.

—Te quiero, Merlín. No quisiera aburrirte mucho con las leyendas de mi bosque... Pero hacía falta en tu cerebro un poco de bruma de poeta. Cegar los ángulos de esa pura geometría de tu razón con lindos arabescos... ¿Te dejas engañar, sabio mío?

Flota la barba de Merlín, según el capricho del viento, y sus deseos, según el capricho de la amante. Lejos del atril, de su anteojo y de sus pergaminos, siente que se le va haciendo visible el sentido profundo de la vida. Por cada estrella que se le huye, rozan sus dedos la epidermis satinada de una flor; por cada yerto símbolo que se le borra, acarician sus pies el lomo curvo de una vida palpitante. Merlín va asistiendo a una lenta resurrección de las cosas. El brazo de Viviana le pone en ardiente contacto con la misteriosa electricidad de la tierra.

—Tenías el orbe encasillado, Merlín; eras el mejor entomólogo del orbe, viejo mío; pero el orbe se te iba helando entre los dedos, se te iba petrificando allá, en tu torreón; creías tocar una vida y solo tocabas un esquema. De las cosas solo te llegaba su irradiación abstracta. Vivías en un mundo categórico... No vivías.

—Pero me fatiga prender mi pensamiento a tanta cosa voluble y caediza. Tu inquieto mundo abre ante mí, cada minuto, una encantadora rosa de los vientos. Comienzo a ser víctima de una plural seducción.

—Merlín, viejo mío... Antes podías formular una ley; pero ¿no es más hermoso formular una duda?

—Eres cruel, Viviana. De la roca firme, me has lanzado a una lancha que perennemente zozobra.

—Te has incorporado a la verdadera vida. Ahora tu ritmo es el mismo ritmo de estos árboles, de estos insectos, de estas nubes.

—¡Yo, que solo miraba hacia los astros!

—De los astros solo baja la fría luz de una norma. De la tierra sube siempre el cálido jadeo de una fecundación.

—¡Yo, que solo contemplaba el cielo!

—El cielo es una cosa que nosotros mismos creamos contemplándole. La tierra es algo que, al contemplarla, nos recrea.

—¡Yo, que solo sabía la ciencia de los números exactos!

—Pero olvidabas la ciencia de las cosas humildes. Eras altanero, Merlín, como uno de esos dioses que no aceptan la duda. Era preciso que yo te convirtiese en hombre, prendiendo en ti mi incurable fiebre.

De pronto, un estruendo. Los Caballeros de la Tabla Redonda van juntando sus parejas, avanzan ya en escuadrón por lo más espeso del bosque. Cuando tropiezan con el rubicundo Didonel, hecho inmóvil estatua, prorrumpen en alaridos, en maldiciones, en blasfemias. Algunos, medrosos, retroceden; otros, más audaces, prefieren seguir la pista de los encantadores, arrostran locamente el peligro de ser incorporados al reino mineral.

—Nos buscan, Viviana.

—Poblaremos el bosque de estatuas.

—¿Son mis amigos de Caradigán, o los esbirros del rey Marco?

—El rey Marco no piensa ya en nosotros. Recuperó a Isolda, la de los rubios cabellos, y todo lo demás le deja indiferente.

—¿Cómo lo sabes?

—Titania, mi amiga, me lo contó esta noche. Marco no ha advertido nuestra burla. En cambio, Arturo ha leído mi mensaje.

—¿Qué mensaje?

—Lo escribí mientras dormías y lo prendí en un grimorio de los tuyos.

—¿Un reto?

—Una broma.

—Quiero volver a mi atril, Viviana. Me fatigan ya tus travesuras. ¡Déjame!

—Descansa aquí, viejo mío, en la hornacina de este tronco.

—¿Por qué no salir al encuentro de las buenas gentes de Arturo? Al fin, son mis amigos.

—Querrían llevarte en seguida a tu sitial, y tú ya perteneces a la vida libre.

—A la vida nerviosa, abrumadora.

—No hay otra. Solo la muerte no desmorona ni fatiga. Descansa aquí, viejo mío, en el hueco de este roble. Duérmete al abrigo del aire y del sol, mientras yo salgo al encuentro de la Tabla Redonda, que pretende arrebatarnos. Los convertiré a todos en piedra. De toda la corte de Arturo haré un ejército de estatuas. Después adornarán las avenidas del mundo para que las institutrices enseñen más cómodamente la historia a los niños.

Merlín, abrumado, se deja conducir por Viviana; penetra con ella en el interior del árbol; se sienta allí, en silencio. Viviana le da un beso en la frente y, de puntillas, comienza a girar alrededor del tronco. Las palabras del conjuro son apenas una leve palpitación en sus labios. A la tercera vuelta, Merlín prorrumpe en su famoso, en su formidable grito:

—¡Viviana! ¿Qué has hecho? ¡¡Viviana!!

—Duérmete ya, viejo mío, hasta que definitivamente podamos los dos, fundidos en uno, dominar la tierra. Descansa ahí mientras yo enfurezco y petrifico a estos hombres de hierro y de cuero. Yo volveré por ti cuando de todos ellos solo quede su sentido decorativo.

Y Viviana se hunde, retozona, en lo más espeso del bosque en busca de la Tabla. Los árboles se retiran a su paso, como las aguas del mar ante los favoritos de los dioses.

Su alegría se va prendiendo a las ramas, que estallan en vivaces retoños. Va dejando una estela de pájaros, su única guardia de honor.

Ladinamente, sin ser vista, va girando Viviana alrededor de sus perseguidores. De su boca, eternamente lozana, va fluyendo el terrible conjuro.

Cuando los caballeros advierten la presencia de su mortal enemiga, es ya tarde para atravesarla con sus flechas. Una argolla de nieve oprime sus gargantas; desde los pies al cráneo, toda su carne se les va pavorosamente endureciendo, hasta cambiarse en piedra.

Toda la Tabla Redonda está ya paralítica; se convierte en ornamento escultórico del bosque. En los calveros, en las encrucijadas, se yerguen, alta la frente enfurruñada, asustando a los pájaros, los paladines de Caradigán.

Excepto Arturo y Lanzarote que, en la gran sala abovedada, uno a cada lado de la reina, ensartan frases sin sentido comentando la tardanza de sus infortunadas huestes.

Excepto Arturo, Lanzarote y Ginebra, cuya parálisis es de otro linaje. Porque es el alma lo que tienen paralítico: el amor ha petrificado dentro de ellos todas las palancas, todas las espirales de la acción. Aunque, como sus caballeros, son también un ilustre ornamento de toda la cristiandad.

¡Blanco triángulo amoroso, incapaz de hacer retoñar nada! ¡Conflicto puro! Viviana repite una delgada melodía que acaba de enseñarle un jilguero, mientras, de nuevo ceñida a Merlín, aparta de los labios de mármol los suyos retozones, e increpa en voz sonora al inmóvil ejército:

—Yo, cuando me plazca, volveré a estos miembros queridos la vibración que hoy les robo; pero vosotros, soldados, cuyas ideas son tan romas como aguda es vuestra espada, continuaréis siempre ahí, todo piedra, cerebro y corazón. Yo, cuando me plazca, haré que arda otra vez esta máquina yerta, y de la brasa surgirá siempre un Merlín nuevo, capaz de arder sin consumirse; pero en vosotros nada puede arder ni renacer, hombres indecisos entre el miedo —sabiduría vergonzante— y la violencia —falso dinamismo—. Siempre será joven la tierra mientras estalle un beso en nuestras bocas, niño mío, mientras se enlacen nuestros miembros forjando un tronco robusto; pero la tierra seguiría rápidamente envejeciendo en manos de esos hombres cuya ley es desmoronar, aniquilar todo lo vivo. ¡Ahí quedad, hombres duros, cuyo cerebro está aquí entre mis manos, ceñido con la diadema de mis guedejas! ¡Nunca volverá a vosotros esta preciosa ebullición por quien el mundo es habitable y adorable!

Estampa un último beso en la frente de Merlín, y en voz más alta dice:

—Hombres de hierro y de piedra, vanos hombres paralíticos, que en todas las avenidas del mundo hacéis ondear al viento vuestros inútiles penachos: ¡os desprecio!

Y asomándose a los ojos profundos de Merlín, se queda embelesada, cautiva.

Los tiesos guerreros siguen petrificados. En sus hombros comienzan a posarse los gorriones.

Así siguen... Aún siguen...