APOTEOSIS
Viviana —embelesada— sigue contemplando a Merlín, dormido. La flotante barba de lino reposa, hecha fibras de alabastro, sobre el inmóvil corazón del hechicero. La piedra ensaya en ella sus proyectos de evasión; quiere dejar de ser masa abrumadora y convertirse en ágil instrumento del espíritu; quiere pasar del reino inerte mineral al reino vivo de los símbolos. La piedra quiere romper su cárcel y alzarse a las nubes, atrevida como un surtidor, exacta como un dardo. La piedra ha cambiado de linaje; el alabastro ensaya en la barba de lino sus proyectos de cardina, de macolla, de gablete. Viviana asiste a los ensayos de la piedra; anuda, destrenza, retuerce las fibras de alabastro, crea maravillosas tracerías.
Viviana está mirando de hito en hito a Merlín, y como en sueños, repite el conjuro, el terrible conjuro por el cual la vida se convierte en piedra... Y, entonces, súbitamente, se da cuenta del poder de su hechizo: ¡Hacer vivir a la piedra, hacerla entrar en la zona del espíritu, castigarla, domeñarla como a un cuerpo asceta, para hacerla dócil instrumento de una idea! Si la vida puede trocarse en piedra, ¿por qué la piedra, al mismo conjuro, no podrá vivificarse?
Con un dulce salmo, como un versillo insinuante del Cantar, Viviana repite su conjuro. Y todo en torno se va transfigurando. Les cobijaba una densa glorieta, les defendían del sol ramas entremezcladas, les aislaban del mundo enormes troncos; pero todo va modificando sus perfiles, su color, su pompa inútil; de pronto, la glorieta va adquiriendo una clara expresión de eternidad. Los árboles estrían sus troncos, las ramas se lanzan con más ímpetu al encuentro de otro empuje semejante. Ya no quedan troncos, sino fustes; ya no quedan ramas, sino ojivas; ya no quedan hojas, sino la bóveda apretada; ya no quedan redondeles de sol, sino florones de oro. Y cuando alguna rama rebelde no acierta a encajarse dentro de los haces interiores, brinca a la intemperie y allí fragua un caprichoso botarel.
¡Divino conjuro! La piedra ya no es ese pobre cuerpo pesado que tiende a hundirse en el polvo, sino un ímpetu sabio y gracioso que tiende a rasgar el cielo. ¡Gracia y sabiduría! El conjuro de los dos amantes ha creado un mundo nuevo de formas. Deja inerte a la fuerza bruta, pero empapa de agilidad la fuerza eterna. ¡Viviana y Merlín han inventado un arte!
El álamo se ha convertido en palmera; la algarabía, en armonía. La luz se ha tamizado, se ha hecho trigo rubio y sutil. Los florones de sol se han extinguido, son como joyas mates, gigantescas, donde se besan los remates de las palmas; la luz está gozando de una voluptuosa transfiguración, porque de pronto se rasgan los muros, comienzan a penetrar en el recinto paisajes enteros luminosos; todas las leyendas de Viviana se van escribiendo en imágenes centelleantes, verdes y rojas, violetas y malvas, amarillas y azules...
El lecho de Merlín se alarga, se cubre de un tapiz de alabastro como el de un devoto fundador, como el del sabio fundador de un arte peregrino. Viviana se tiende junto a él, con un dedo en los labios, inclinada hacia el corazón inmóvil.
Y los mismos pliegues del brial de Viviana se van quedando rígidos, inmóviles. Un tenue soplo frío le va acariciando las manos, las mejillas, la frente. Su piel va apretando los poros... Cae en un profundo sopor. El milagro ojival le ha devuelto su conjuro en oleadas fascinadoras. Su misma creación la ha deslumbrado. Lentamente se le van endureciendo los pies; le trepa el hielo por los flancos, por el vientre, le llega al corazón... Viviana ha quedado dormida.
Como la piedra es ya, aquí, todo espíritu, los dos amantes se han incorporado a la maravillosa fábrica donde se acaba de resolver el gran problema: armonizar la fuerza con la gracia y la sabiduría. Que los nervios sean a un mismo tiempo canal de energías y abanico de filigranas, robusto esqueleto y primoroso relieve.
Como la piedra es ya, aquí, todo vehemencia, vida en plenitud, los dos amantes se funden en su propia maravilla. La piedra sacude sus grillos, es tan libre, es tan audaz como la fantasía. Coquetea como una mujer, se disfraza con arreos de fragilidad, de sutileza. Piensa en esconder toda su robustez como un pecado, en solo ofrecer a los ojos gracia luminosa, vibración inerme, carne en vivo, perfil desnudo.
Los gnomos se apretujan en el corazón de los fustes. En los ventanales, un tropel de obreros sigue ejecutando diestramente los proyectos de la reina Mab. Titania se arranca un sueño de la frente, y con él forja un retablo. Fino encaje, patéticas escenas dibujadas. Lo forja tan alto que araña la bóveda, pero un nuevo empuje alza la construcción hasta las nubes. La techumbre desaparece, solo quedan allá arriba besos de palmas que se cruzan, antiguas savias vegetales convertidas en fe, hechas claro, flexible, palpitante misticismo.
Viviana y Merlín duermen. ¿Pasan meses? ¿Años?
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Ya no hay pájaros ni céfiros, pero una mañana rompe el silencio un turbión de arpegios, que brota de un bosquecillo de tubos de metal, de un haz de gargantas infantiles... La primera en despertarse es Viviana. Cuando abre los ojos, al verse tallada en alabastro, sonríe; porque no tardará en convertirse en músculos rojos, flexibles, juguetones, ondulantes. Aún contempla unos momentos a Merlín, tendido en su lecho de santo fundador... Deshace el conjuro. Merlín se pasa la mano por los ojos.
—¡Merlín!
—¡Viviana!
—Es preciso abandonar esta glorieta que nuestro conjuro ha convertido en nave. ¡Ya ves qué maravillas ha podido crear un beso nuestro!
Merlín se incorpora, mira alrededor, aguza los oídos.
—¿Qué es esto?
—Piedra que quiere vivir. Se ha vengado de nosotros, Merlín.
—¡Pero esto es imposible!
—Puesto que es, es posible.
—No sutilices, Viviana. Esta enorme fábrica está enferma, es un producto de la fiebre, padece delirio de grandezas.
—Es vehemencia pura. Lo más hermoso de la tierra.
—Pero la vehemencia no puede resistir mucho tiempo. Es un estado de tránsito.
—Tránsito —dicen— que es toda la vida, Merlín. Puesto que el milagro se obró, solo nos resta admirarlo. Al fin, es obra nuestra.
—¿Y esa música?
—Son unos niños que vinieron a relevar a los pájaros.
—Aguarda. Quiero oírlos.
—Nos queda mucho por hacer en el mundo. Vámonos.
Merlín la sigue, en silencio. Otra vez en el campo, le dice Viviana:
—Merlín, ¿te acuerdas del caballero que velaba las armas en la venta? Vete a la cueva de Montesinos, y allí prepárale una sabrosa aventura.
—No conozco esa cueva.
—La hallarás en España.
—¿En la tierra de Rodrigo, ese célebre aventurero?
—Rodrigo pelea por Cristo y pelea por Mahoma; pero la fama solo repara en el ímpetu de su brazo. No ve intenciones, sino hazañas.
—No me gusta Rodrigo. Hay en él una sequedad y una violencia insoportables. No me gusta lo que se cuenta de España. Allí todo es reseco o enfático. Un día leí la aventura de Florinda con el rey Rodrigo... ¡Es insoportable! Sin delicadeza, sin ternura alguna. Todo crespo, enjuto, hostil... Lleno de báculos, de anatemas. Sensualidad desnuda, brutal, que implacablemente se espía: eso es hoy toda España.
—¿Crees que todo iba a suceder como en Caradigán, donde la única misión del obispo es bendecir los platos? En cambio, en la corte de Rodrigo, un monje cualquiera obliga al rey a meterse en una tinaja llena de serpientes... De unas serpientes que comienzan por comerse al rey, ¿sabes por dónde?
—No te burles, Viviana. Y déjame aquí, entre nuestros juglares. Nuestra vida es muy dulce. Tenemos piedad del mismo Judas. Una vez, san Brandán fue a visitar al infeliz.
—Lo sé. Está en el Polo, subido a una roca. Allí padece su infierno.
—Al Polo va san Brandán, una vez a la semana, a consolar al exapóstol. Le lleva refrescos... ¡Qué ternura!
—Merlín, Merlín, ¿a quién pudo ocurrírsele instalar en el Polo una sucursal del infierno?
—Es verdad. ¡Qué humorismo! Veo en ello tu mano.
—Ternura y humorismo son mis dos alas, viejo mío. Quisiera volar con ellas sobre España.
—Va a serte difícil. La dulzura celta está muy lejos de la adustez castellana. No hay una sola sonrisa en toda la vida de ningún Rodrigo. Sensualidad brutal y penitencia brutal... Florinda, después del deleite, envía a su padre, como signo de la desfloración, un huevo corrompido.
—Yo, con tu ayuda, quisiera suavizar la hosquedad de esas vidas. Prepararé inofensivas burlas... Voy a pedir albergue en el castillo de unos duques.
—No te recibirán.
—Me cambiaré el nombre, como siempre. Es mi destino: ir siempre embozada por el mundo. Ya sabes por qué. Allí me haré llamar Altisidora. En cuanto el caballero termine su aventura con los duques, iré a buscarte a la cueva.
—Vamos, pues, Viviana.
—Vamos, Merlín.
Se besan apasionadamente; el dragón de ojos de llama abre su lomo, y los amantes, incrustados en él, se lanzan alegremente al espacio en dirección a España. Mientras un rollizo clérigo, en la capilla gótica, comprueba azorado la fuga de dos estatuas.
EXHORTACIÓN
_El juglar se adelanta hasta las baterías; con un gesto, detiene a los impacientes que iban a salir, y dice:_
Damas y caballeros, la leyenda ha terminado. Aplaudid si me di maña para abrirles el vientre a estos dos muñecos; silbad, si realicé con poca destreza tan arriesgada autopsia.
Y ahora, oíd:
Que en todos nuestros actos nunca olvidemos lo que hay de más humilde —lo que es zócalo y basamento— en nuestra vida: La raíz vegetal, el turbio instinto. Que lleguemos a dominar el pensamiento después de atravesar y conocer nuestras zonas más oscuras.
Solo así podremos conocer y amar el humorismo, producto vital, no fruto de biblioteca; savia humana que de lo más bajo del hombre puede subir a las estrellas.
No lo comparéis con sus muchas imitaciones: el humorismo es incomparable. Porque es un producto claro y limpio del alambique espiritual, con sabor a toda la fábrica humana: sexo, corazón y mente.
Por eso el humorista es el poeta verdadero, quien solo puede manejar totalmente esa magnífica lira que vibra entre la tierra y el sol: el hombre.
Del símbolo más ceñudo es capaz de construir un risueño balón para que lo zarandee un niño. De lo más infantil es capaz de hacer lo más profundo.
El terreno donde opera es ilimitado; pero nunca se desvía por laberintos de perversa razón. Si Viviana busca a Merlín, es porque Merlín es un niño que juega con sus grimorios y catalejos, como el niño juega con sus menudos orbes de papel.
Gracia, verdad, bondad y poesía: he aquí los cuatro puntos cardinales del humor. Nunca en la sabia mezcla de estos componentes podrá entrar la amargura. El humor es un producto sano. Su única efervescencia es la risa. La del niño, o del hombre que sabe convertirse en niño.
A quien el alegre espectáculo del mundo o la felicidad de alguno de sus hombres contriste, el humorismo nunca podrá servir de estimulante, sino de tóxico. Envenena a quien no puede bien asimilarlo.
No lo tomen los enfermos del espíritu. Téngalo siempre a mano —ya hay magníficos almacenes en el gran arte de estos tiempos— el sano del espíritu, el limpio de corazón.
Y aquí termino.
Que en todos nuestros actos, aun en los más menudos, vayamos siempre del brazo con la pareja más encantadora de toda la Edad Media y de todas las edades.
Con la gracia y la sabiduría.
Con Viviana y Merlín.
GRATIAE ET SAPIENTIAE LAUS
ÍNDICE
Págs.
AÑOS DE APRENDIZAJE Y ALEGRÍA (Nota autobiográfica) 9
I. — El castillo 37
II. — Estratagema 49
III. — El retablo 61
IV. — La seducción 75
V. — El látigo de Venus 91
VI. — El rapto 107
VII. — Isolda y Tristán 117
VIII. — El consejo 133
IX. — El hechizo 147
X. — Altisidora 157
XI. — El baladro 169
XII. — Apoteosis 185
Exhortación 199
ACABOSE DE IMPRIMIR LA PRIMERA EDICIÓN DE ESTE LIBRO EN LOS TALLERES TIPOGRÁFICOS DE GALO SÁEZ, MESÓN DE PAÑOS, 8, MADRID, EL DÍA 10 DE JULIO DE 1930