ALTISIDORA

—Mira. El agua es transparente, como el aire. ¿Qué ves en el fondo?

—Un hombre inmóvil.

—Bajo esta lente mágica vibrarán los hombres y los siglos.

—Veo el patio de un castillo.

—También, ofuscado. Es una venta. Es el corral de una humilde hospedería del sur.

—Veo una lanza.

—Sí, ese es el prodigio, Merlín. De pronto, en ese corral, ha brotado una lanza, un retoño bélico en medio de la aldeana paz. Es un puntero enfilado hacia nosotros, hacia la enorme pizarra donde cada guarismo es un orbe maravilloso. Mira cómo gira la noche en tomo a esa lanza: lugar geométrico de muchas ilusionadas trayectorias; perpendicular trazada desde un astro al plano monótono de la tierra; eje estremecido de todo un orbe espiritual nuevo; delgado puente tendido entre dos mundos; tallo enjuto que arranca de una tierra esquilmada y se hunde en la sombra, vibrante por la savia que recorre el brazo de un loco; trémulo pararrayos que hace besarse dos fluidos —el sublime patetismo que rezuman las nubes y la carcajada risueña de la razón que se ríe de sí misma—. Yo provocaré en la punta de esa lanza un ozono, una temperatura enrarecida que no podrán resistir todos estos guerreros petrificados. Yo arrancaré de esa punta de hierro una chispa genial.

—¿Qué intentas?

—Merlín, Merlín... Ahora me toca a mí profetizar. Calla y mira... ¿Ves ese muchacho asomado a la ventana? No puede dormir. Pasó la jornada acurrucado en una carreta que le dejó tullidos los huesos. Oye, Merlín, los ruidos de la venta. Hombres, pájaros, mulos, perros... Y las risas destempladas de dos prostitutas que luchan con los arrieros por algún maravedí. Vagos gemidos de catres agobiados por cabriolas placenteras. El rapaz abandonó su montoncillo de paja y contempla la noche colmada de luceros. Esta es la noche de tus tiempos, Merlín. La noche en que tus tiempos van a desvanecerse bajo la sal del genio. Mira cómo se van apagando los candiles, con todos sus nimbos de borrosas caras, de mohínes pícaros. Solo quedan las estrellas jugando al escondite entre las nubes, retozando tras los aros de sus órbitas, que parece van a romperse en un choque con los ebrios cometas, con esas estrellas aturdidas, disparadas por algún serafín mal entrenado.

—Ese hombre está contando las estrellas.

—Sí.

—¿Pretende sorprender la luminosa telegrafía que gobierna en silencio los mundos? ¿El divino idioma incomprensible?

—No. Es un loco. Solo pretenderá lo que yo quiera, Merlín. Es Lanzarote, que sueña con la reina.

—¿Cómo?

—Ya verás. Mira cómo avanzan de puntillas las dos mozas. Vienen desgreñadas, húmedos los ojos, con restos de vino en el pecho, medio desnudas. Quieren ofrecer al loco una virginidad ya muchas veces revendida. Son las dos primeras hembras que vienen a reírse de ti.

—¿De mí?

—De ti, de tus caballeros de hojalata, de tus guerreros de piedra, de tus libros cabalísticos, de toda tu Edad, de todo tu mundo. Y ya las ves, son dos rameras. Después vendrán duquesas, doncellas andantes, damas doloridas, burguesitas domésticas... Pero había que comenzar por el peldaño más bajo, la ramera. Mira los ojos de una de ellas.

—¡Tú misma! ¿Qué te propones?

—Sí, soy yo misma. Después seré otras muchas, aunque el disfraz que más me gusta es el de Altisidora... No la conoces; ya la conocerás, Merlín. Ahora sigue mirando. Las doncellas y el rapaz, de pechos en el alféizar, siguen contemplando al loco. Frenan su alborozo, porque el huésped de la lanza comienza a sentirse contemplado, escruta el nuevo fenómeno venteril. No gusta de que le interrumpan. Las mozas conocen los arrebatos del loco, que acaba de poner a un arriero en trance de morir. Callan. El loco nada ve, porque los tres rostros están sumergidos en la sombra que proyecta el alero. Cansado de atisbar, suspira profundamente, piensa en alguna travesura mía, piensa en ti, Merlín, en Arturo, en la Tabla Redonda. Hunde los ojos en el pozo, de donde espera ver surgir alguna forma de mujer: ¿Ginebra, Dulcinea o Beatriz?... El loco no se aparta del brocal, ventana abierta hacia la intimidad de la tierra, por donde se vislumbran, allá abajo, esos ojos azules, tan serenos, del agua que amamanta las raíces. El brocal abre un sendero hacia el país de los fecundos silencios. Por él se va a la ciudad encantada. Por él se va hacia el perenne regocijo creador. En la caliente entraña de la tierra se dan cita los gérmenes para lanzar, jubilosos, contra la dura epidermis, su lluvia de flechas verdes... Pero el loco nada sabe de esas cosas y sigue pensando en vagos esquemas de mujeres. Mira cómo las mozas, al oír suspirar al huésped, suspiran también cómicamente. Va abriendo el loco ondas risueñas que rebasan el corral, que saltan al campo, que inundan los caminos, que van mudando el paisaje espiritual del orbe. El loco es un signo de admiración, es una firme antena, es, además, una columna de escarnio. Bosqueja el gesto soberano de la fuerza —capaz de mantener enhiesto un símbolo—. Va a ingresar en una Orden nueva de Caballería, donde él será el gran maestre y el caballero único.

—¡Un mentecato! Es el hombre de tu estuche de luz. ¡Un comediante!

—Es un muñeco genial. Ahora mismo va a ser armado caballero.

—¡Una farsa!

—Serénate, Merlín. Contempla la augusta ceremonia. Mira cómo brota de los establos una tímida luciérnaga. Es el ventero, con un cabo de vela en una mano y un libro en la otra. Les haces señas a las mozas y al chicuelo... Mira, ya están ahí todos. El muchacho sostiene el cabo de vela y el ventero busca una fórmula entre las cuentas del pienso: la oración ritual por la que un hidalgo español loco ha de convertirse en genial caballero del mundo. De ese librote, Merlín, lleno de raterías, va a salir la palabra mágica. De ahí, de ahí, mejor que de ningún tieso antifonario. Quien toma un bacín por yelmo, un penco por alazán, unas rameras por vírgenes y un truhan por caballero, bien puede tomar el libro de la cebada por la Biblia. Muchos ideales menesteres le han sido confiados a este loco. La ceremonia —esa momia rígida, helada, que queda de las religiones cuando de ellas se ha exprimido la médula— es esta noche puesta en la picota.

—¡Blasfema!

—Calla, Merlín, y sigue contemplando al loco. Ahora el libro comienza a hervir de signos mágicos, como el tuyo. El ventero está mascullando alguna deuda fielmente anotada. Dos piensos, tres piensos no cobrados... Estos números, los más viles, han vuelto hoy a ser aquellas divinas cápsulas repletas de sentido. Mira cómo tiembla la llama entre los dedos del muchacho. Cómo las dos meretrices le ciñen al loco la espada, le calzan las espuelas... Se mofan de su propia virginidad alquilada que el huésped cree intacta, como el libro del pienso se mofa de los santos Evangelios, y el cabo de vela de las siete lámparas, y las bárbaras frases del ventero de todas tus fórmulas, Merlín, ¡de todos los hechizos por los que se crean los reyes, los pontífices, los dioses! En esta noche se resquebrajan, se derrumban todos esos espectros que suele apuntalar la lanza. Este falso caballero es el eje de una espléndida mascarada. Vamos a contemplarla, Merlín; vamos a contemplar la noche de tus tiempos, la transmutación de todos los valores —como suele decir mi mejor amigo—. Todos se han sumergido en una danza jovial. Yo inventé el humorismo que nunca podrá ninguna Tabla Redonda comprender. Yo he inventado esa lanza que ahora está ahí apuntando a las estrellas, presta a hundirse en el vientre de algún malandrín, única verdad que acatará siempre el arriero; yo he inventado ese brocal, camino abierto hacia las fértiles entrañas de la tierra, hacia el febril latido de los gérmenes incansables que hoy producen una espiga y mañana un genio: sola verdad que admitirá siempre el poeta.

—Déjame, Viviana.

—¿No quieres asistir al desfile?

—No.

—Verás a Altisidora burlarse, como yo, de Lanzarote.

—No, no. Eso es cruel.

—Como lo fue siempre la vida con todo lo que quiere huir de ella.

—No puedo seguir tus travesuras. Tú no tienes edad; yo soy de estos siglos. Solo mis nietos podrán caer en tus brazos, Viviana.

—Merlín, viejo mío: descansa en mi seno, hazte niño en mi regazo.

—Quisiera volver al castillo, derrumbarme con él. Soy su cerebro.

—Tu puesto son mis brazos, no el sitial del castillo de Arturo. Allí piensas, pero no dominas. Aquí, mis travesuras son tus dóciles siervas; solo tu pensamiento es el rey.

—Y ¿cuándo, en dónde, podrá ser rey el pensamiento?