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—¿Qué vas a hacer?
Mi mujer asomaba entre las cortinas su cara de cera, los planchados y brillantes bandos de su tocado y un brazo, envuelto en seda tornasolada.
—Nada —contesté—; hacía un simulacro de suicidio. Esto siempre es grato... no llegando hasta el final.
Y guardé la pistola impertérrito en uno de los cajones de la mesa.
—¿No piensas realmente en matarte?
—No. ¿Por qué he de pensarlo?
Me hizo mucha gracia la cara de espanto y desconcierto que tenía mi mujer.
Por un momento pensé, a seguida, que todo aquello había sido una farsa y que debía terminar ya.
—Bueno: dejémonos de tonterías. Es muy tarde; vamos a acostarnos —le dije con la mayor naturalidad, a tiempo que acudí a enlazarla por la cintura. Fue la última vez que toqué la realidad con la punta del pie. Mi mujer vaciló un momento; pero después me rechazó con asco.
—¿Olvidas que no soy tuya, que pertenezco a otro hombre?
¡Otra vez el obstáculo! ¡Qué lata! Era como cuando se hace un nudo en los cordones del zapato. Y como cuando esto ocurre, me puse furioso. Habrá que cortar ese nudo —me decía sin remates—. Y lo corté.
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