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No recuerdo exactamente las palabras que precedieron al suceso. Sé que mi mujer me repitió muchas veces que no podía ser mía, que me odiaba. Yo apuré hasta el último instante mi paciencia. Cuando esta se acabó, cogí un puñalito que de cortapapeles me servía y con él corté el nudo de mi zapato en la garganta de mi mujer, que de allí a poco se extinguió, repitiendo dulcemente el nombre el su amante.
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