Advertisement

Sentí un desconsuelo imponderable. El frío del conticinio se me había metido en los huesos. Tosí, y aquella tos seca de fumador impenitente me hizo sentir cómo estaba de desganado por dentro. Advertí por primera vez todo el asco y la podredumbre de una muela que nos ha roído la carie; todo el frío de las canas que se acusan como alfileres en los parietales entre la negrura del cabello, fuerte aún. Me molestaban los omóplatos: mis piernas habían adelgazado, y la barba, crecida en unas horas, se me antojó la excrecencia de mi sangre, que se fosilizaba allá dentro. Volví los ojos hacía mi interior y me encontré reseco, extinto. Bajo la bóveda craneana un gusanillo tragón rebañaba lo poco que de mi sustancia quedaba ya.

Me levanté con la premiosidad de una maquinaria desarticulada. Alcé el brazo hacia una de las panoplias que decoraban mi estudio y engarfié una pesada pistola de desafío. Metí el ojo por la boca del cañón. ¿Cómo se cargaban estas pistolas? —pensé—. ¡Ah, sí! Se cargaban por la boca. Saqué de un armario la carga. Esto es, el fulminante, la pólvora, la bala... Ahora hay que atascarla bien con la baqueta. Hay que ajustarla bien: luego fallan y se hace el ridículo. Ea, ya está. Ahora...

Abrí la ventana y el jardín se escondió más aún en la sombra y se quedó muy calladito, esperando en qué pararía aquello. ¡Cómo va a retumbar la detonación!

Volví a sentarme a la mesa con la pistola en la mano. ¿Qué me falta? Nada, nada. Me sonreí. Había pensado en un espejo. ¡Qué tonterías se le ocurren a uno! Es muy difícil, a veces, mantener la serenidad, por muy discreto que se sea.

Alcé la pistola hasta la sien...

Advertisement