Donde se cuenta el descubrimiento de las minas del rey Salomón, la vuelta á España del Caballero de la Virgen, y cómo lloró en una iglesia escuchando al sacristán.
Cuatro naves procedentes de España fondearon ante Isabela con admirable oportunidad. Traían nuevos cargamentos de víveres para la colonia y otra vez reinaba en ésta el hambre, produciendo numerosas víctimas.
Obligados á trabajar para los extranjeros, los indígenas del interior habían adoptado la más desesperada de las resoluciones. Flojos é indolentes por naturaleza para toda labor continua y eficaz, consideraban la peor de las esclavitudes tener que trabajar unos cuantos días cada tres meses para pagar el tributo impuesto por el _Guamiquina_ de la ciudad vecina al mar. Habían buscado voluntariamente granos de oro para los blancos al ver con qué satisfacción acogían este regalo los hijos del cielo; pero desde el momento que dicha busca se convertía en obligación, la consideraron intolerable.
Parcos en la comida, acostumbrados á conseguirla con rápidas y superficiales labores del suelo, empezaron á quejarse en sus lamentosos cánticos de tener que cultivar la tierra de un modo regular para las cosechas periódicas que les exigían sus nuevos amos. Muchos de ellos preguntaban á los españoles cuándo pensaban volverse á _Turey_, esperando ver todos los días los bosques flotantes que los habían traído, extender otra vez al viento su blanco follaje, alejándose para siempre. Pero en lugar de esto, nuevos bosques flotantes y más hijos de _Turey_ iban llegando á la isla, y en señal de posesión interminable, creyendo de poca duración los bohíos, arrancaban piedras á las montañas para construirse sólidas cavernas, pues esto les parecían las casas y también los fortines, cada vez más numerosos en el interior de la isla.
Convencidos de que los blancos nunca se volverían á _Turey_ voluntariamente, decidieron expulsarlos valiéndose del hambre. Huyeron de los valles fértiles para refugiarse en los montes, después de talar los campos y quemar las cosechas almacenadas. Así los blancos no tendrían maíz y las raíces alimenticias de aquella tierra que habían adoptado para su nutrición.
Reapareció otra vez el hambre en Isabela y los fuertes, pero de todos modos los europeos conseguían mantenerse, gracias á la cruel limitación de las raciones y á los aportes de algunos buques españoles que iban llegando de tarde en tarde.
El piloto Juan de la Cosa, buen conocedor de personas y cosas, movía la cabeza negativamente al comentar esta decisión de los indios, inútilmente heroica.
--No conocen--decía--la propiedad de los españoles, que cuanto más hambrientos mayor tesón tienen y más duros se muestran para sufrir ellos y hacer sufrir á los demás.
Eran los indígenas quienes experimentaban los efectos más desastrosos de su propia conducta. Para no ser alcanzados por las guarniciones del interior, que cazaban á los indios con el propósito de obligarles á trabajar los campos, se habían refugiado en los lugares más áridos y desiertos de la isla, donde sólo se encontraba alimento, en épocas ordinarias, para pequeños grupos errantes. Las muchedumbres fugitivas morían de inanición en su aislamiento. Enfermedades contagiosas, engendradas por el hambre, aumentaban el estrago general, y al fin los supervivientes descendieron á los valles, á pescar en sus ríos, á cazar en sus arboledas y á cultivar la tierra, aceptando humildemente la nueva servidumbre.
Después de esta cruel experiencia, tan escarmentados quedaban de su intento de rebelión, que un cristiano completamente solo podía viajar por toda la isla sin peligro alguno, llevándole los mismos indios á cuestas, de un lugar á otro, para que no se fatigase.
En medio de la miseria provocada por la fuga de los indios, habían llegado las cuatro carabelas, siendo acogidas con entusiasmo por los famélicos españoles. Algo más que víveres traía esta flota. Venía en ella, como enviado regio, un antiguo caballerizo de los reyes, Juan Aguado, para examinar sobre el terreno si eran ciertas las quejas formuladas ante la corte por el padre Boil, el caudillo Margarit y otros fugitivos de la colonia.
En Isabela habían quedado muchísimos que pensaban de igual modo, quejándose de la absorbente autoridad de Colón, el duro carácter de su hermano don Bartolomé y el fervor excesivo por la grandeza de su familia que mostraba el ignaro don Diego. Protestaban del mal reparto de comestibles que hacían los Colones todas las quincenas, favoreciendo á los que se mostraban ciegamente partidarios de ellos y castigando con mermas ó una supresión absoluta de raciones á los que se permitían criticar los actos del gobernador.
--Los reyes--clamaban estos descontentos--envían comestibles de España para todos. Son Sus Altezas quienes los pagan, cuidándose de nuestra salud, y los Colones no deben hacernos morir lentamente de hambre, disponiendo de lo que no es suyo.
El Almirante, que estaba en el interior de la isla, volvió sin prisas á Isabela. Deseaba hablar con Aguado y temía al mismo tiempo avistarse con él. Todos los descontentos de la colonia mostrábanse enardecidos por la presencia del enviado real.
Había venido Aguado solamente con el encargo de adquirir informes, mas el ambiente hostil para Colón le hizo extralimitarse en sus funciones, tomando aires de juez. También los jefes indígenas se reunían en casa del hermano de Caonabo, enviando desde allí una queja contra Colón, al que atribuían lo que era resultado de sus defectos, y también la obra aparte de sus subordinados.
Cuando Aguado hablaba ya de volverse á España y sus cuatro naves estaban listas para zarpar, descargó sobre Haití un ciclón propio de los trópicos, arrasando gran parte de la isla. Los indígenas no recordaban haber visto nada semejante. Bosques enteros fueron descuajados por el huracán. Los naturales corrían á refugiarse en las cavernas viendo desaparecer sus chozas en un instante. Tres de los buques anclados en Isabela se fueron á pique instantáneamente, perdiéndose con ellos todos sus tripulantes. Otros se hicieron pedazos, ó llevados por las olas, penetraron á enormes distancias tierra adentro.
Esta horrible tempestad aterró á los indígenas tanto como á los blancos. Unos creían que la habían enviado sus propios dioses ó espíritus protectores para indicar á los hijos de _Turey_ que debían marcharse. Otros imaginaban que eran los mismos blancos quienes habían ordenado al aire, al agua y á la tierra que se agitasen con tan horrorosas perturbaciones para alterar la vida apacible de la isla, exterminando á sus antiguos habitantes.
El único buque que se mantuvo á flote fué la carabela _Santa Clara_, ó sea la antigua _Niña_ del primer viaje de descubrimiento, buque pequeño, de vida durísima, que había de realizar aún numerosos viajes á las nuevas tierras, mientras otros barcos más flamantes y poderosos naufragaban, y que acabó muchos años después en una de sus travesías del Océano por hundirse de puro viejo, haciendo agua á través de los numerosos remiendos de su casco.
Dió órdenes el Almirante de que se reparasen las averías de la _Niña_ y se construyese otra carabela con los restos de las destrozadas, á la que puso el nombre de _Santa Cruz_. Deseaba volver á España con Aguado, temiendo los informes que daría éste á la corte. Necesitaba defenderse con su elocuencia imaginativa, hablando una vez más de la proximidad de las tierras del Gran Kan que no había llegado á ver, pero que indudablemente estaban muy cerca. Lo temible para Colón era no poder llevar más muestras de la riqueza asiática que unos cuantos adornos áureos tomados á los caciques de la isla y las eternas carátulas de huesecillos de pescado con orejas y narices de chapa delgadísima de oro.
Afortunadamente para él, mientras esperaba que las dos naves estuviesen reparadas, fueron descubiertas las minas más importantes de la Española.
Fernando Cuevas conocía el origen de este descubrimiento, tan interesante como un relato novelesco. Un joven aragonés llamado Miguel Díaz era gran amigo suyo desde que vinieron juntos en la carraca mandada por don Alonso de Ojeda. Figuraba entre los de á pie, combatiendo en la hueste mandada por don Bartolomé Colón. Gustaba de ruidos y pendencias, y Cuevas evitó por esto un trato frecuente con él, pues en su calidad de hombre casado prefería vivir pacíficamente. Una noche se peleó Miguel Díaz con otro grupo de españoles en Isabela, hiriendo gravemente á uno de ellos, y seguido de cinco amigos suyos, igualmente comprometidos, huyó de la colonia. Vagando por la isla llegaron á un pueblecito indio en la costa Sur, cerca de la desembocadura del río Ozama, donde había de levantarse luego la ciudad de Santo Domingo.
Dicho territorio estaba gobernado por una cacica, que al poco tiempo se enamoró de Díaz, llevándolo á vivir con ella públicamente y haciéndole compartir su autoridad sobre la tribu. Pero el joven aragonés sentía la nostalgia de su lengua y sus compatriotas, deseando volver á la colonia y temiendo al mismo tiempo el castigo que le impondrían por su delito. La enamorada india, para evitar que se marchase y atraer á los españoles á la parte Sur de la isla, dió conocimiento á Díaz de ciertas minas muy ricas existentes en la vecindad.
Después de convencerse el mancebo de la existencia del oro y observar la fertilidad del país, la hermosura del río y la seguridad del puerto natural en que desembocaba, volvió á Isabela, distante unas cincuenta leguas. Al llegar supo que su adversario estaba ya restablecido de su herida, y animado por ello se presentó á Colón, relatando sus descubrimientos.
Vió el Almirante en todo esto una influencia providencial para que pudiera justificarse al volver á España. Su hermano don Bartolomé, guiado por Díaz y al frente de una partida de españoles, atravesó la isla en busca del pequeño territorio gobernado por la apasionada cacica. Encontraron oro más profusamente que en ninguna otra parte de Haití, incluso la famosa provincia de Cibao. Las corrientes de agua abundaban en granos auríferos. En las montañas observaron profundas excavaciones, siendo interpretadas como indicios de que se habían explotado las minas en otros tiempos. Además, el lugar era más sano para la fundación de una ciudad que el suelo de Isabela, siempre húmedo y favorable á las fiebres.
Miguel Díaz quedó perdonado, pasando á ser favorito de los Colones. Cuevas iba á conocerle algún tiempo después alcaide de la fortaleza de Santo Domingo, cuando don Bartolomé Colón fundó dicha ciudad, y casado con la cacica, de la que tuvo varios hijos, bautizándola antes con el nombre de Catalina.
Al oir Colón el relato de su hermano y enterarse de que las minas abundaban en antiguas excavaciones, su geografía delirante resucitó, encontrando nuevos puntos de apoyo. No se había equivocado al afirmar que esta isla, llamada por él Española, era el antiguo Ofir.
--Creo, hermano--dijo--, que hemos descubierto las minas de donde sacaba oro el rey Salomón para edificar el templo de Jerusalén. Sus buques, pasando por el golfo de Persia y Taprobana, llegaban á esta isla, que se halla enfrente de la punta de Asia, ó sea el promontorio que las gentes de aquí llaman Cuba.
Como ya estaban reparadas las dos carabelas, se apresuró Colón á embarcarse. Le era necesario perder de vista á Juan Aguado, que le trataba con petulancia. Cada uno ocuparía distinto buque. Además, debía sacar de la colonia todos los descontentos que deseaban marcharse de ella.
Sólo iban á quedar en Isabela quinientos blancos. Doscientos veinte se volvían á España. El resto, varios centenares, había perecido en pocos meses.
Entregó el gobierno de la isla á don Bartolomé, al que había conferido el título de Adelantado, ordenando que en caso de morir le sucediese su hermano don Diego.
Ojeda también se volvía á España, desengañado como los otros, habiendo perdido su fe en el Almirante.
--Donde estén los Colones--decía--todo es para ellos y nada queda para los demás. Les ofende tener amigos; sólo admiten servidores. Si vuelvo á estas tierras de Asia, será por mi cuenta.
Cuevas y Lucero no quisieron seguirle. ¿Qué podían hacer en el viejo mundo?... Los más de sus amigos, al embarcarse, huían del hambre próxima, de las enfermedades. Veían en la patria lejana la abundancia y la felicidad, por mísera que fuera allá su existencia, mientras que ellos dos se verían siempre favorecidos en la colonia, dentro de la escasez general.
Como habían figurado en el primer viaje, esto les daba cierta jerarquía sobre los otros. El Almirante no olvidaba á su antiguo paje Lucero, de tan novelesca historia, y los demás Colones los favorecían á los dos, como protegidos de su familia. Cuevas sentíase además impresionado por la buena suerte de su amigo Díaz. Él había venido á las islas asiáticas en busca de un éxito semejante. ¿Por qué iba á tener menos ventura que su camarada?...
--Mi gusto sería seguir á vuesa merced, don Alonso--dijo á su capitán--, pero tengo mujer y un hijo y creo preferible quedarme; sobre todo, ahora que se han descubierto las minas del rey Salomón. Además, espero que pronto volveremos á verle por aquí.
Ojeda asintió. Nunca había pensado desistir de su empresa en las tierras del Gran Kan. Pero cuando regresase á ellas sería por su cuenta, sin que nadie le mandase, capitaneando gente propia, por creerse con más cualidades para ello que el Adelantado don Bartolomé, el cual los trataba á todos como subalternos.
Salieron el 10 de Marzo las dos carabelas para España, cargadísimas de gente. Esta pareja de buques pequeños llevaba, además de sus tripulaciones y numerosos cautivos indios, más de doscientos pasajeros fugitivos de la colonia. La miseria y desaliento de tales gentes sólo era comparable con las exageradas ilusiones que les habían acompañado al emprender el viaje, dos años antes, á las ricas Indias, vecinas al Ganges, que Colón creía haber descubierto.
Para exacerbar aún más sus males, esta navegación de vuelta resultó larguísima. Duró tres meses, por haberse empeñado el Almirante en poner desde el principio su rumbo á Oriente, en vez de tomar el rumbo Norte, como á la vuelta de su primer viaje, teniendo que sufrir continuamente vientos contrarios ó las calmas del trópico.
Llegaron á escasear de tal modo las provisiones, que muchos hablaban ya de la conveniencia de dar muerte á los cautivos indios, para mantenerse con su carne. Otros menos feroces se limitaban á proponer que los arrojasen al agua, para librarse de bocas inútiles.
En el curso de esta penosa travesía murió Caonabo, el «Señor de la casa dorada», que el Almirante quería mostrar á los reyes españoles. Una profunda melancolía se había apoderado de él al verse humillado, siendo esto la principal causa de su muerte. El poderoso guerrero, del que hablaban los blancos con admiración en los primeros tiempos creyéndole rey de Cipango «la de los tejados de oro», acabó siendo arrojado al mar como un animal muerto.
Cuando las dos carabelas fondearon en la bahía de Cádiz, después de tan duro viaje, vió inmediatamente Colón que la impopularidad salía á su encuentro.
Recordaban todos sus estupendas promesas al emprender el segundo viaje en busca del Gran Kan. Iba á traer sus buques repletos hasta las escotillas de oro y especias preciosas. Y los españoles sólo vieron un desfile de gente miserable, marineros y colonos extenuados por las enfermedades, amarillentos por el hambre, color que recordaba de un modo trágico el resplandor igualmente amarillo de un oro quimérico que nunca habían logrado encontrar.
Habló mucho Colón, intentando por medio de su oratoria vehemente reanimar aquel entusiasmo que lo había saludado á la vuelta de su primer viaje, pero los oyentes sonreían, mirándose entre ellos, ó movían sus cabezas con expresión incrédula. Ya no le escuchaban como en Barcelona al explicar su primera expedición. El nombre del Gran Kan era acogido con risas.
Inútilmente relató su exploración de las costas de Cuba, diciendo que esta tierra firme se hallaba cerca del Quersoneso Áureo de los antiguos y era el límite avanzado de las más ricas comarcas de Asia. En vano se jactó de haber descubierto las ricas minas del rey Salomón en la isla Española, que era el antiguo Ofir. Todos escuchaban los esplendores de su geografía fantástica con incrédulo sarcasmo.
Como era naturalmente elocuente y poseía un raro arte para comunicar sus ilusiones á los demás, lograba algunas veces fascinar, como en otros tiempos, á sus oyentes; pero bastaba que éstos viesen ó escuchasen después á cualquiera de los hombres vueltos de allá, para considerar ilusorias todas las afirmaciones del Almirante.
Los reyes no le abandonaban. Había recibido de ellos, al llegar á Cádiz, una carta invitándolo á ir á verlos luego que descansase. Mas la opinión pública mostrábase enemiga, ó lo que el Almirante consideraba peor, indiferente é incrédula para sus empresas. Se había extinguido el interés por el Gran Kan.
Hombre de gran vehemencia en la expresión de sus alegrías y sus decepciones, reflejaba Colón exteriormente el estado de su ánimo. En vez de mostrarse con ropas de almirante y espada de oro, como á la vuelta de su primer viaje, iba vestido á modo de fraile, con una especie de hábito franciscano y una cuerda de nudos pendiente de la cintura y se había dejado crecer la barba.
Deseaba desarmar con estas muestras de humildad y abatimiento á las gentes que, bajo la influencia de los que volvían de allá, mostrábanse hostiles á su persona. Buscando nuevos amparos pasó una temporada en el monasterio de Guadalupe, el más famoso de entonces, cuya comunidad vivía en frecuente trato con los reyes. Allí bautizó á algunos de sus indios y cumplió los votos que había hecho á la mencionada Virgen.
Al mismo tiempo, el navegante, que se había vestido de fraile para excitar la conmiseración pública, mostraba los mismos gustos teatrales de antes, igual afición á organizar pompas, para deslumbramiento de las multitudes.
Al ir camino de Burgos, donde estaban los reyes, hacía formar en procesión á todos sus acompañantes, indios y blancos, para que se viese, exageradamente agrandado, el oro traído de allá.
Ponía al frente de su comitiva á todos los indios prisioneros, ataviados con sus galas de guerra, y detrás á un hermano menor de Caonabo que tenía treinta años y á un sobrino de aquél que no pasaba de diez. Al entrar en los pueblos hacía que le colocasen al hermano de Caonabo un collar y una cadena maciza de oro, presentándolo como el legítimo rey del aurífero país de Cibao. Esta cadena, que pesaba unos seiscientos castellanos (cantidad equivalente á 3.200 dólares actuales), era lo mejor que había traído de su expedición. A causa de esto, apenas salían de un pueblo se apresuraba el Almirante á quitar la cadena al hermano de Caonabo, guardándola en su propio equipaje. El resto de la comitiva mostraba máscaras indias ó imágenes de algodón y madera con rostros fantásticos de animales, que la muchedumbre tomaba por representaciones del demonio.
Don Alonso de Ojeda se había separado fríamente del Almirante al llegar á Cádiz. También él empezaba á dudar de la exactitud de sus afirmaciones geográficas, y aun en el caso de que encontrase finalmente al Gran Kan, los resultados de tan magnífica aventura serían para los Colones, gente ávida, capaz de disputar hasta las migajas á cuantos les siguiesen. Y se despidieron para no verse más.
El valeroso hidalgo se fué á Sevilla á saludar á su protector el arcediano Fonseca, que ya era obispo y seguía ocupándose en la organización de las expediciones á las nuevas tierras.
Fonseca, que siempre había vivido en malas relaciones con Colón, oyó con interés lo que Ojeda fué contando de allá, aunque el joven capitán no se mostraba tan extremadamente hostil contra el Almirante como los otros que habían vuelto desesperados de la remota colonia.
Le fué imposible á don Alonso permanecer más de dos días en Sevilla y se marchó, asegurando á su protector una pronta vuelta así que arreglase ciertos asuntos que le esperaban en Córdoba.
Desde su desembarco había buscado inútilmente noticias de doña Isabel. Encontró quien le hablase del licenciado Herboso, por ser jurisconsulto de fama, al servicio de los reyes. Seguía viviendo en Córdoba, y los que le habían visto últimamente comentaban su prematura vejez, atribuyéndola á una enfermedad misteriosa que lo iba royendo interiormente. De su hija doña Isabel únicamente sabían que estaba recluída por su padre en un convento. Esto era frecuente en aquellos tiempos de extremada devoción y no excitaba la curiosidad de nadie.
Al llegar á Córdoba, como necesitaba pasar inadvertido, evitó el dar aviso de su presencia á los amigos que le quedaban en la ciudad. Un soldado enfermizo le servía de escudero desde que salió de la isla Española, y con él fué á alojarse en el Mesón de los Tres Reyes Magos.
Mostróse contrariado al saber que su dueño Buenosvinos había muerto un año antes. El mesón pertenecía ahora á otras gentes desconocidas para él, á las que no quiso dar su nombre.
Empezaba á atardecer, y don Alonso juzgó oportuno aguardar la llegada de la noche para ir en busca de sus amigos. Pero como nadie conocía aún su presencia en Córdoba, aprovechó esta circunstancia para pasear un poco por las callejuelas inmediatas al gran convento donde vivía desde dos años antes doña Isabel Herboso.
Este paseo significaba una decisión absurda, digna de un enamorado. De nada podía servirle. Isabel estaba encerrada en un edificio enorme, con numerosos claustros y extenso huerto.
La vida monástica era entonces de disciplina floja y más libre que en épocas posteriores. Monjas y novicias se asomaban á las rejas para hablar por señas con galanes que paseaban la calle ó cambiar cartas con ellos por medio de un hilo; pero no era fácil que el azar le deparase la fortuna de que la hermosa novicia estuviese detrás de la celosía de una de las ventanas, esperándolo, como si una voz misteriosa le hubiese avisado su llegada.
Inútilmente paseó por las diversas callejuelas que circundaban la enorme masa del convento. No alcanzó á ver en las esquinas á ninguno de aquellos hidalgos desocupados y platónicos á los que apodaba la gente «galanes de monjas», ni columbró silueta alguna detrás de las celosías.
Se le ocurrió meterse en la iglesia del convento con la esperanza de encontrar un sacristán locuaz al que iría arrancando informes sobre la novicia. ¿Quién sabe si hasta podría servirle de intermediario?...
Regresaba pobre de su viaje, con arreglo á las ilusiones que había concebido antes de emprenderlo, pero su fortuna era mayor que cuando vagaba ante las rejas del caserón de Herboso.
Un mercader genovés establecido en Sevilla le había dado una bolsa llena de monedas de oro llamadas «castellanos», á cambio de varias pepitas auríferas de las que había recogido en sus expediciones por el interior de la Española, y aún dejaba guardados en poder de dicho comerciante más pedazos del precioso metal. Naturalmente generoso en sus dádivas, estaba convencido de que acabaría por encontrar un amigo dentro del convento.
Al entrar en la iglesia de las monjas, la sorpresa casi le hizo dar un paso atrás, llevando instintivamente su diestra á la empuñadura de su espada. Un hombre había tropezado con él al salir del templo, y este hombre era el licenciado Herboso, el mayor de sus enemigos.
Luego experimentó una emoción no menor al fijarse en el aspecto humilde y desalentado del gran legista. Apenas si mostró asombro el áspero Herboso al reconocer á Ojeda, y eso que ignoraba completamente su llegada á Córdoba.
Le miró con ojos tristes, enrojecidos, lacrimosos. Pareció vacilar sobre sus pies por obra de un instinto que le impulsaba hacia el joven, como si quisiera caer en sus brazos y apoyar su cabeza en uno de sus hombros. Pero en el duro jurisconsulto no podían durar mucho estas efusiones de su dolor y siguió adelante, lanzando á Ojeda una última mirada, triste, fraternal, que parecía quedar entre los dos como un hilo unidor de sus destinos.
Un criado viejo y otro joven acompañaban al licenciado Herboso con la atenta solicitud que inspira un enfermo. Mientras uno empujaba la cancela de la iglesia, su compañero ofrecía el apoyo de uno de sus brazos al avejentado personaje, para evitar que sus pies vacilantes tropezaran en el umbral.
Tan miserable era su aspecto, que acabó por inspirar compasión á Ojeda, mientras lo seguía con sus ojos.
Luego, en el interior de la iglesia encontró el informador que venía buscando.
Un castellano de oro deslizado en la diestra de un sacristán hizo que éste hablase con rápida verbosidad, dando noticias que obligaron al intrépido Ojeda á apoyar su espalda en una pilastra del templo, mientras se llevaba las manos á la frente y le temblaban las piernas.
El licenciado venía de visitar á su hija. Ninguna tarde dejaba de hacerlo.
Doña Isabel Herboso estaba ahora en la iglesia. Un mes antes había bajado de las celdas del convento á una de las capillas, quedando en ella para siempre.
Y don Alonso se dió cuenta de que aquel cuerpo adorado se hallaba á pocos pasos de él y empezaba á consumirse bajo una losa blanca adornada con una breve inscripción, que no pudieron descifrar sus ojos, turbios y cegados por el agolpamiento de las lágrimas.
PARTE SEGUNDA
EL ORO DEL REY SALOMÓN