Donde Colón descubre el Paraíso terrenal, es llevado con cadenas á España, y muere en la horca la reina Flor de Oro.

Seis años transcurrieron antes de que Fernando y Lucero volviesen á ver á don Alonso de Ojeda.

Fué este período de su vida el más abundante en cambios de domicilio y de oficio, y al mismo tiempo el de menos provecho. El Adelantado don Bartolomé Colón los protegía algunas veces, recordando que habían acompañado á su hermano en el primer viaje; pero tal apoyo sólo servía para que el antiguo paje Andújar y su mujer viviesen un poco más desahogadamente que muchos otros recién llegados á la isla.

La ansiada riqueza revoloteaba diariamente ante sus ojos, sin dejarse nunca capturar. Cuevas veía cada vez más oro, pero no era para él. La juventud de los dos parecía relegarlos á una situación secundaria, teniendo siempre delante otros más favorecidos.

Habían acabado los españoles de abandonar la malsana ciudad de Isabela, dejando enterrados en sus alrededores muchos centenares de compatriotas. Surgía á orillas del río Ozama, en las tierras de la cacica, que era ahora esposa de Miguel Díaz, la ciudad de Santo Domingo. Cuevas, por ser de los primeros pobladores de la isla, obtenía un solar cerca del río y levantaba en él una casa indígena, semejante á la de Isabela. Varios indios mansos «encomendados» á él, por obra de una esclavitud disimulada, trabajaban en provecho suyo, constituyendo lo más importante de su naciente riqueza. Poseía igualmente unos campos en las inmediaciones de la ciudad, que le proporcionaban el cazabe y otras raíces del país para su alimentación.

Vivían con más desahogo que en Isabela. Los cereales y las legumbres de Europa se desarrollaban rápidamente en este suelo opulento. Había ya en las praderas caballos y vacas. En los montes formaban manadas los cerdos descendientes de aquellas ocho puercas que Cuevas había visto embarcar en Canarias pocos años antes. Una prosperidad material, grosera y primitiva, hermoseaba la existencia de los colonos.

Ya no sufrían las terribles hambres de Isabela, teniendo que alimentarse solamente con aquella especie de conejillos llamados hutías y con perrillos mudos. Estos gozques, privados de ladrido, empezaban á extinguirse. Los mismos que los habían devorado por primera vez con repugnancia los buscaban ahora tenazmente, atraídos por su escasez.

Años adelante, Cuevas, como otros de los primeros colonos, al verse ya viejo, recordó muchas veces á los españoles nuevos en la isla este animal, completamente desaparecido. Vacas, cerdos, pavos y pollos, engordados suculentamente en las ricas praderas, parecían sin valor para ellos. El recuerdo de los perrillos mudos les hacía expresarse con goloso entusiasmo. «Aquello era lo bueno. Lástima que ya no quede ni rastro.» Los tales perrillos, asados sobre las ascuas de una hoguera en pleno bosque, representaban la juventud.

Fernando tuvo que ausentarse largas temporadas de su nueva casa de Santo Domingo para trabajar en las minas. El Adelantado necesitaba allá hombres de confianza que evitasen los robos de los blancos y la pereza de los trabajadores indígenas. Habían venido de España gentes experimentadas en el laboreo de las minas, y los indios tenían que someterse á un trabajo regular.

Cuevas pasó mucho tiempo como veedor de las minas del rey Salomón, tomando nota de las cantidades de metal que se extraían, custodiando éstas en el bohío que le servía de vivienda, y llevándolas hasta el depósito real, establecido en Santo Domingo.

Cuando muchos años después oyó hablar de las enormes cantidades de oro obtenidas en Méjico y el Perú, dióse cuenta de que la producción aurífera de la Española era poca cosa; pero en el tiempo de su juventud las minas del rey Salomón merecían su título por ser la primera riqueza positiva encontrada en las tierras del Gran Kan, y justificaban el título bíblico de Ofir que el Almirante había dado á la isla.

La prodigiosa fuerza de aquella tierra, transmitida á plantas y animales, parecía haber acelerado igualmente el desarrollo de los dos jóvenes. Cuevas era ahora un hombrón vigoroso, grande de estatura. Una barba luenga empezaba á esparcirse sobre su pecho, dando á su juventud una serenidad autoritaria de hombre madurado en toda clase de aventuras. Lucero se había robustecido igualmente. Manteníase esbelta, mas con el cuerpo duro y fuerte, notándose bajo la delicadeza femenina de su piel el vigoroso andamiaje de un esqueleto revestido de músculos enjutos, pronto á vibrar con ágil dinamismo.

Como había conseguido librarse de las mortandades del primer momento de la colonización, su facilidad racial para toda clase de adaptaciones hizo de ella, en pocos años, una mujer fuerte. Al verla, Fernando apenas si lograba acordarse del paje Lucero, tímido y delicado. Era una verdadera compañera de conquistador.

Algunas veces volvía á vestir ropas varoniles para acompañar á su marido, como si fuese un soldado más, en las excursiones por el interior. Sólo al volver á su bohío y su huerta en Santo Domingo recobraba las sayas mujeriles. En las minas gustaba de vestir á lo hombre, compartiendo las preocupaciones de su marido. Únicamente se acordaba de que era madre cuando Alonsico, que ya tenía varios años, cometía alguna diablura capitaneando á los chicuelos indios, que le obedecían en todo, por su condición de blanco.

Aunque no conocían aún la deseada riqueza, su existencia era tranquila y abundante. Por desgracia, sus plácidos goces los veían perturbados frecuentemente á causa de las rivalidades que dividían á los españoles. Cuevas procuraba mantenerse alejado de unos y de otros, mas esto no impedía que sufriese en muchas ocasiones las consecuencias de la guerra civil.

El Almirante había salido de España en un tercer viaje, y al llegar á los mares antillanos enviaba una parte de su flota á Santo Domingo, siguiendo él la navegación con los buques restantes hasta dar con el Imperio del Gran Kan y el estrecho del Quersoneso Áureo.

En Santo Domingo surgía la rebelión contra su hermano. Un protegido del Almirante, llamado Roldán, hombre iletrado pero enérgico y con más condiciones de mando que los Colones, se sublevaba contra don Bartolomé, poniéndolo repetidas veces en una situación angustiosa. Al mismo tiempo, el Adelantado tenía que hacer guerra á los caciques del interior, que habían vuelto á sublevarse, consiguiendo al fin dominarlos.

Llegaba el Almirante á la isla en Agosto de 1498, y ambos hermanos se abrazaban después de una separación que había durado dos años y medio. Cuevas y su mujer, al ver desembarcar á don Cristóbal, notaron los estragos que empezaban á causar en su organismo la edad y las enfermedades.

Agravábase en él aquella manía mística que había hecho creer á Lucero, durante el primer viaje, que su amo hablaba á solas con Dios.

En este tercer viaje había tenido frecuentes visiones. Se le aparecían en el alcázar de su barco personajes celestiales, ó el mismo Dios, para darle consejos é infundirle ánimo en las horas de desaliento.

Había explorado las costas de Asia en una extensión de muchas leguas, encontrando el golfo de Paria, abundante en perlas, de las que traía varias libras. Tan considerable era tal riqueza, que á una de las islas vecina á la costa la había dado el título de Margarita, por ser este nombre sinónimo de perla.

No hallaba por ninguna parte vestigios que demostrasen la vecindad del Gran Kan, pero en cambio había encontrado el emplazamiento exacto del Paraíso terrenal y hecho el descubrimiento de que la tierra «no es redonda, como creen muchos, sino en forma de pera ó de pecho de mujer», estando en su cúspide ó pezón el jardín edénico donde vivieron Adán y Eva.

Las grandes corrientes del golfo de Paria le hacían creer que el mar era pendiente en dicho sitio y había que remontar su cuesta, viendo en ello una demostración de que la tierra no es exactamente redonda, sino con una enorme altura terminal.

También había observado que el mar era dulce en un espacio de muchas leguas: la corriente del río Orinoco, que penetra considerablemente en el Océano. Y Colón reconoció en este río enorme uno de los cuatro que bajan de la cúspide del Paraíso para regar toda la tierra... Esta convicción de hallarse próximo á la montaña en cuya cumbre florece el Edén de nuestros primeros padres le afirmó una vez más en su certeza de que estaba costeando una parte de Asia, ya que para todos los autores el Paraíso está en dicha parte del mundo.

El mal estado de sus buques y la escasez de víveres le obligaron finalmente á tornar á la Española. Deseaba conocer la nueva ciudad de Santo Domingo, estaba satisfecho de los descubrimientos que llevaba realizados, y tenía prisa en describirlos con su pluma á los reyes.

Su presencia en la Española sirvió para restablecer las buenas relaciones entre el Adelantado y Roldán, pasando este último á ser otra vez defensor de Colón, luego de haber capitaneado á todos los españoles descontentos de él, que eran los más.

Algunos meses después, Fernando Cuevas se enteró con gran contento, lo mismo que muchos amigos suyos, de que don Alonso de Ojeda, mandando cuatro buques, había anclado al Occidente de la isla.

Por obra del relativo aislamiento en que vivía la colonia, los más de sus habitantes sólo se enteraban de lo ocurrido en su país con enorme retraso. Los reyes habían comprendido que era absurdo conservar á Colón el monopolio de hacer viajes de descubrimiento. Muchos navegantes españoles, inferiores á él en imaginación pero con un sentido más práctico para observar la realidad, solicitaban incesantemente el permiso real para realizar á su costa nuevos viajes.

Ninguno creía ya en el Gran Kan, ni tampoco que las nuevas tierras fuesen de Asia. Colón era el único que se mantenía aferrado á su geografía fantástica. Este hombre, que ocho años antes pasaba por un innovador, era ahora el más atrasado y tenaz en los viejos errores.

Los aspirantes á descubrir sólo pedían una licencia y no dinero, mientras que Colón hacía siempre sus viajes á costa de los reyes. Éstos, por espíritu de economía y por satisfacer á los solicitantes, habían resuelto al fin dejar libre el Océano á los que quisiesen buscar nuevas tierras, suprimiendo el egoísta y absurdo privilegio.

Cuevas y Lucero se enteraron de que el primero en partir había sido Ojeda, llevando como piloto mayor á su amigo Juan de la Cosa, y como navegante teórico, que hacía su aprendizaje, á aquel empleado florentino del rico mercader de Sevilla Juanoto Berardi, al que llamaban todos Américo Vespucio, españolizando su nombre de Amerigo Vespucci. Los cuatro navíos habían fondeado en el Occidente de la Española sólo para cortar palo campeche, llamado palo de brasa ó «brasil» por su color rojo, y llevarlo á España, siendo este cargamento el único resultado comercial del viaje.

Circulaban por Santo Domingo cuantas noticias habían dado sus tripulaciones al desembarcar, poniéndose en relación con los contados españoles que habitaban dicha costa.

Su viaje había sido agitado é interesante, pero sin ganancias. Sostenían grandes combates en las islas pobladas de caribes y en las mismas costas de Tierra Firme, frente á las cuales había pasado semanas antes el almirante don Cristóbal.

Sonreía Cuevas al escuchar tales noticias. Mandando don Alonso la expedición, era natural que hubiese abundado en batallas.

Cruzaban el mar dulce formado por el desagüe del Orinoco, y ni Juan de la Cosa ni su discípulo Vespucio eran capaces de descubrir que procedía del Paraíso. Luego Ojeda, navegando siempre hacia Occidente, entraba en una especie de golfo cerrado, mar interior, en el que iba encontrando poblaciones con calles de agua y grupos de edificios sobre pilotes, lo que les hacía recordar á Venecia. Y don Alonso daba á este país el nombre de pequeña Venecia ó Venezuela, que años adelante había de ensancharse, siendo el de toda una nación.

Se alarmó Colón al saber la llegada á su isla de este nuevo navegante. Conocía la audacia de su antiguo capitán y los nuevos sentimientos de éste hacia él. Todos los descontentos de la isla, abandonados por Roldán, se enardecieron al conocer la llegada de don Alonso, viendo en él á su futuro caudillo.

Ojeda, por su parte, al hablar con los pocos españoles que encontró en la costa, se fué expresando con animosidad contra don Cristóbal, haciendo saber su descrédito en España, cada vez más grande, y mostrándose dispuesto á apoyar con sus hombres toda empresa que tuviese por objeto arrojar á los Colones de la Española.

Corrió Roldán con la gente que pudo reunir á aquella costa lejana para evitar el desembarco de Ojeda. Éste, después de varias semanas de maliciosas relaciones con Roldán, en las que cada uno procuraba engañar al otro, acabó por levar anclas y se volvió á España, pues el estado de sus buques y la escasez de provisiones le aconsejaron de pronto tal determinación.

Luego que se alejó don Alonso vió Cuevas completamente perturbada otra vez la tranquilidad de la isla. Fué ahora el amor quien dió al traste con la paz que había creado el Almirante entendiéndose con Roldán.

Fernando volvió á oir á todas horas el nombre de la bella Anacaona, la reina Flor de Oro, que vivía desde años antes en Jaragua, al lado de su hermano el cacique Behechio.

La hija de Anacaona, habida con su difunto esposo Caonabo, estaba en todo el desarrollo de una pubertad que es siempre temprana en las hembras indígenas. Muy admirada por su belleza, tenía las mismas aficiones de su madre por músicas y «aeritos», mostrándose siempre en público vestida de flores.

Un hidalgo joven de ilustre familia, llamado don Hernando de Guevara, buen mozo y de modales distinguidos, fué á vivir en Jaragua, desterrado de Santo Domingo por Colón á causa de sus pendencias de espadachín y su conducta disoluta de mujeriego. Su propósito era embarcarse en los buques de Ojeda, pero llegó á la costa lejana cuando éstos ya habían partido, quedándose en los dominios de Anacaona, que lo recibió con mucha afabilidad, como á todos los blancos.

Guevara y la hija de la reina Flor de Oro se amaron inmediatamente y el hidalgo quiso casarse con ella. Pero el astuto y violento Roldán también estaba enamorado de la virgen india y empezó á molestar á Guevara, ordenándole que se marchase de allí cuanto antes. Era pariente el joven español de Adrián de Mujica, uno de los tenientes más activos de Roldán, y los dos antiguos camaradas empezaron á tratarse con creciente enemistad.

Roldán despojó á Guevara de sus perros y halcones para la caza y acabó por arrestarlo dentro de la mansión de Anacaona, en presencia de su futura esposa. Mujica se sublevó entonces contra Roldán, y todos los antiguos partidarios de éste tomaron las armas.

Reprodújose la antigua rebelión de Roldán, ahora contra él; mas como era hombre acostumbrado á conspiraciones, supo estorbar á tiempo la de sus antiguos camaradas ayudado por Colón y por su hermano, que aprovecharon esta circunstancia para vengarse de sus enemigos personales.

Mujica, con sus principales amigos, fué sorprendido y llevado preso al fuerte de la Concepción. El Almirante, para aterrar á los otros conspiradores, dispuso su muerte inmediata, ordenando que lo colgasen del asta de la bandera del fuerte, después de confesarlo. Y como Mujica dilatase mucho su confesión, pidiendo hacer nuevas declaraciones, para ganar tiempo, mandó Colón que lo matasen arrojándolo de las murallas abajo.

El Adelantado don Bartolomé rivalizaba con su hermano en actividad para el castigo. Llevaba un sacerdote con él, para que confesase sin perder tiempo á muchos de los españoles que prendía, ahorcándolos luego en el lugar mismo. Otros los metía en la fortaleza de Santo Domingo, llegando á tener diez y siete de ellos en una mazmorra subterránea, á modo de pozo, en espera de la horca.

Cuevas manteníase aparte de esta lucha, reconociendo en su interior que, como ocurre muchas veces, los dos bandos tenían razón y los dos igualmente eran culpables.

Los españoles se resistían á obedecer á estos Colones, imperiosos, faltos de condiciones de mando, sin generosidad alguna y con una rapacidad que acababa por alejar de ellos á las gentes. Muchos de los rebeldes habían cometido faltas, pero los Colones agravaban la mala situación atormentándolos por medio del hambre, quitándoles las raciones de víveres que les correspondían, por haberlos enviado los reyes para todos, sin hacer ninguna excepción.

Además, el Almirante y su hermano se guardaban el oro de las minas hacía ya dos años, negándose á repartir á los colonos la parte á que tenían derecho por su trabajo. Y no había que olvidar su calidad de extranjeros, aunque no se sabía en realidad de dónde eran, pues las gentes diferían al hablar de su origen.

En esta situación, cuando los Colones, guiados por Roldán, despeñaban ó ahorcaban á los españoles enemigos suyos, y otros de la misma clase huían viendo abortada su conspiración, Cuevas, que estaba entonces en Santo Domingo, vió anclar en la desembocadura del Ozama dos carabelas, procedentes de España.

Venía en una de ellas, como enviado de los reyes, don Francisco de Bobadilla, comendador de una de las órdenes militares y funcionario importante de la casa real.

En los últimos tiempos la impopularidad de Colón y su familia había tomado en España tales proporciones, que los reyes consideraban necesario enviar un funcionario de su corte á la isla Española, con plenos poderes, para averiguar lo ocurrido é impedir la continuación de los abusos. Todo buque que regresaba de las nuevas tierras sólo traía enfermos y desesperados, con la cara «color de oro», como se decía irónicamente aludiendo á su enfermiza amarillez. Gritaban contra Colón y los de su familia, contando las medidas arbitrarias y violentas que habían tomado contra los españoles, más propias de un buque que de una colonia.

Hasta los mayores amigos del Almirante empezaban á reconocer que éste era de excelentes condiciones para el mar, pero no debía descender del alcázar de su buque, pues en tierra resultaba el más inoportuno y desorientado de los gobernantes. Su condición de extranjero servía igualmente para que supusieran en él deseos de proclamarse soberano independiente ó de vender á otra nación unas tierras que tanta sangre y dinero costaban á España.

Un día, estando los reyes en Granada, viéronse rodeados al salir de la Alhambra de muchos hombres que acababan de llegar de las Indias, todos enfermos y quejumbrosos, profiriendo denuestos contra el Almirante. Los dos hijos de Colón, Diego y Fernando, que por ser pajes de los reyes estaban presentes, tuvieron que ocultarse, tales eran los gritos y amenazas de estas gentes llegadas de los dominios de su padre. Apodaban á los dos muchachos «los mosquitillos», por ser hijos del hombre que había chupado su sangre como un insecto insaciable, según ellos decían en sus pintorescas y desesperadas expresiones.

Venía Bobadilla predispuesto contra los Colones, y su llegada á Santo Domingo no pudo resultar más fatal para éstos. Al entrar en el río las carabelas del comendador, vió éste en cada orilla una horca con dos españoles recientemente ejecutados. Siete más habían sido ahorcados aquella misma semana, y otros, en número mayor, aguardaban sumidos en un pozo que el Almirante ó el Adelantado decretasen su última hora.

Al enterarse de la llegada de este enviado real, todos los enemigos de los Colones cobraron ánimos, mostrándose agresivos. Muchos partidarios del Almirante declararon ahora á gritos que nunca habían creído en él. Otros, incapaces de imitar tal felonía, se preparaban á huir.

Colón estaba ausente, velando por la tranquilidad de la Vega Real después de la ejecución de Mujica. Su hermano don Bartolomé andaba por Jaragua con Roldán ahorcando españoles. Para mayor desgracia de don Cristóbal, había quedado de gobernador en Santo Domingo el clerical don Diego, quien con una torpeza propia de su menguado entendimiento intentó no reconocer á Bobadilla, poniendo reparos á los documentos de los reyes que presentaba acreditando su misión. Hasta intentó resistirse con las armas, haciendo un llamamiento secreto á los protegidos de su hermano para atacar todos juntos á Bobadilla.

Cuevas fué de los solicitados por él, pero todos se mostraban flojos y cohibidos por el entusiástico movimiento de opinión que había despertado Bobadilla con su presencia. Miguel Díaz, esposo de la cacica Catalina, que era gobernador de la fortaleza, se negó á entregar ésta al enviado de los reyes, mas no encontró quien se pusiera á sus órdenes para defenderla. Y el comendador, al frente del vecindario de Santo Domingo, penetró sin resistencia en la fortaleza, poniendo en libertad á los presos que esperaban el momento de ser ahorcados.

Volvió Colón lentamente á Santo Domingo, lo mismo que años antes al llegar Juan Aguado, el otro emisario de los reyes. Circulaba por la ciudad la noticia de que había pedido el Almirante á los caciques de la Vega Real que armasen á su gente y le ayudasen para expulsar á Bobadilla, rebelándose de este modo contra las órdenes de los reyes.

A medida que los Colones tardaban á someterse montaba en cólera Bobadilla, extremando sus procedimientos dictatoriales. Durante los dos años que estuvo luego gobernando á Santo Domingo, pudo apreciar Cuevas el carácter de este personaje. Era hombre de honradas costumbres, propenso á equivocarse por la violencia de su temperamento, pero incapaz de dejarse sobornar, íntegro en sus resoluciones y poco apegado al dinero. Su carácter altivo no permitía que nadie pusiera en duda la autoridad ejercida por él.

Al ignaro don Diego Colón, que intentó acogerlo con desprecio, le puso grillos en los pies, primera medida que se empleaba entonces con todo preso, fuese quien fuese, para tenerlo más seguro. Aherrojar á un detenido era la primera disposición de los jueces, y bastaba ser llevado en Europa á una cárcel, aunque sólo fuera por pocos días, para sentir inmediatamente en manos y pies las argollas de hierro.

Cuando al fin se presentó Colón en la ciudad, Bobadilla dió orden también de que le pusieran cadenas y lo llevasen á una carabela, y lo mismo hizo, pasados algunos días, con su hermano don Bartolomé, instalándolo en otro buque.

Nadie protestó de estas resoluciones del nuevo gobernador. El pueblo las aplaudía. Los vecinos de más importancia, que por haber navegado con don Cristóbal estaban acostumbrados á reverenciar su persona, vieron todo esto con un sentimiento de compasión, pero silenciosamente. Uno que había sido cocinero del Almirante le remachó los hierros de los pies con verdadera alegría.

Dentro de las carabelas se vió tratado Colón con respeto. Al partir los buques, la muchedumbre aglomerada en la orilla del río le despidió con insultos y maldiciones, expresando su deseo de no verle más.

Andrés Martín, capitán de la carabela que le llevaba, apenas salida ésta al mar intentó quitarle los hierros de los pies, pero Colón, extremado en sus resoluciones, quiso guardar los grillos, viendo en ellos una prueba material de la ingratitud de los reyes con él.

Cuevas había sabido después que, á pesar de tal jactancia, se presentaba á la reina Isabel humilde como un reo que pide indulto, y no con la altivez del que se considera víctima de una injusticia. Muchas acusaciones de sus enemigos eran apasionadas y falsas, pero le era imposible explicar sus violencias como gobernante, sus crueldades en el reparto de víveres, y sobre todo por qué razón él y sus hermanos guardaban tanto tiempo almacenado el oro de las minas, sin dar su parte á los que trabajaban en ellas.

Los reyes le perdonaban públicamente, diciendo que «más bien querían verle enmendado que castigado», y para que se justificase y recobrara su prestigio, le costeaban un cuarto y último viaje en busca del Imperio del Gran Kan, pues se mostraba ahora más seguro que nunca de encontrar el estrecho del Quersoneso Áureo, llegando hasta las bocas del Ganges.

El gobierno de Bobadilla era para Cuevas un período de recuerdo poco grato. Veíase alejado de las minas del rey Salomón. Ya no le protegían los Colones, si es que merecía tal nombre el leve apoyo que le dispensaba el Adelantado. Su juventud, su carácter prudente y los buenos consejos de Lucero, que le mantenían alejado de las contiendas de la colonia, fueron librándole de las persecuciones sufridas por otros amigos fieles del Almirante.

Se limitó á vivir en su casa de Santo Domingo del producto de sus tierras. Estaba seguro de que Colón y sus hermanos no volverían más á la colonia.

Pensaba con frecuencia en don Alonso, su amigable protector y el más admirado de sus señores. Esperaba algunas veces verle llegar á la isla. En otras ocasiones dudaba de ello.

Llegaban hasta Santo Domingo los ecos de viajes emprendidos por nuevos descubridores. Tal vez Ojeda navegaba en aquel momento por tierras lejanas, realizando fabulosas ganancias. ¡Y él, hombre de espada, se veía trabajando como labriego en las afueras de una ciudad naciente!...

Bobadilla, que sólo gobernaba con título provisional, se vió reemplazado por otro gobernador en propiedad, don Nicolás de Ovando, personaje importante que llegó á Santo Domingo con la flota mayor que hasta entonces se había visto en aquellos mares.

Se componía de treinta navíos que llevaban más de mil quinientas personas. Muchos de los pasajeros eran caballeros principales y traían con ellos á sus familias. Por primera vez desembarcaban en la colonia mujeres casadas, con autorización pública del gobierno. Iba á empezar la verdadera vida de la pequeña ciudad, que hasta entonces había sido á modo de un campamento.

Ovando, semejante á Bobadilla y á muchos hombres de su época, era noble de carácter, pero orgulloso y altivo en sus resoluciones, mostrando una generosidad caballeresca con los de raza blanca y tratando como seres inferiores é irracionales á los indígenas.

Los abusos y crueldades de los españoles acababan por impulsar á la guerra á los naturales del país que aún eran capaces de oponer resistencia. Para prevenir la sublevación invitaba Ovando traidoramente á una fiesta en el campo á los principales caciques, y los exterminaba á todos.

Anacaona, acusada de haber intervenido en los preparativos de una sublevación general, era cargada de cadenas y conducida á Santo Domingo. El gobernador la condenaba finalmente á morir en la horca, y los habitantes de la ciudad acudían en masa á presenciar el suplicio de la reina Flor de Oro.

Todos los llegados con Ovando, que eran ahora la mayoría del vecindario, sólo sabían de la fiereza de Caonabo y la hermosura de Anacaona por los relatos de los colonos antiguos. Fernando era de los pocos que conocía á la famosa reina.

Lucero no la había visto nunca, y con femenil curiosidad quiso presenciar sus últimos momentos. Una ejecución equivalía en aquellos tiempos á una fiesta pública, aun en las naciones más civilizadas. Fernando tuvo que acompañarla, evocando en su memoria la escena de aquella tarde, con su voluptuosa tentación y su valeroso sacrificio, que Lucero no conocería nunca.

Vió pasar á la soberana india con las manos esposadas como Caonabo, casi desnuda, sin guirnaldas de flores, llevando un simple delantal de algodón arrollado á sus caderas. Parecía joven á pesar de los años transcurridos, con una juventud incesantemente renovada, sin inviernos, sin hojas secas, como los jardines eternamente primaverales del trópico.

Iba á la muerte sin la serenidad estoica de los de su raza, mas no por eso con miedo. Avanzaba ligeramente, con pie seguro, sin deseo de prolongar su existencia algunos instantes más... pero no ocultaba su tristeza. Sus ojos de animal dulce tenían el brillo cristalino de las lágrimas.

¡Morir ella, que amaba tanto las cosas hermosas de la vida!... ¡Y morir por voluntad de aquellos hombres blancos á los que había admirado siempre!...

Tal vez pensaba, frente á la horca, en aquel joven señor de los centauros, vestido de luz, cuyo pecho brillaba como los ríos y los lagos á las horas de sol. De estar él presente, no la habría dejado morir.

Y no podía imaginarse que el héroe luminoso como un astro estaba á pocos pasos de ella, perdido en la muchedumbre que presenciaba su muerte.

Su aspecto era ahora distinto; algo avejentado por la amargura de las decepciones, sin su arrogancia de «jefe blanco».

Minutos después, Cuevas la vió en alto, por encima de las cabezas del populacho, con la mandíbula inferior clavada en el pecho, la luenga cabellera caída sobre el rostro, balanceándose al final de una soga que la unía al extremo de un madero saliente cruzado sobre otro madero vertical.

¡Pobre reina Flor de Oro!