Donde se cuenta lo que hicieron Cuevas y don Alonso en una visita á la bella reina Flor de Oro
La prisión de Caonabo generalizó en toda la isla la hostilidad contra los españoles.
Uno de los hermanos de dicho cacique, llamado Manicaotex, igualmente osado en las operaciones de guerra, se entendió con los demás reyezuelos de Haití, organizando un ataque general contra los blancos. La hermosa Anacaona (nombre que en lengua del país significaba Flor de Oro), esposa del prisionero, influyó con su hermano Behechio, soberano de los ricos territorios de Jaragua, los más poblados de la isla, para que entrase en dicha coalición. El astuto y flojo Guanacarí fué el único que se mantuvo amigo de los españoles, informando á Colón de los preparativos de los otros caciques y ofreciéndose como aliado, aunque sus servicios no podían ser de gran importancia en caso de guerra.
Durante la enfermedad del Almirante cuidó Alonso de la defensa de Isabela y del fuerte de Santo Tomás, por conocer el terreno y el carácter de los enemigos mejor que don Bartolomé, el hermano de Colón.
Cuatro buques habían llegado de España cargados de provisiones, volviéndose allá al poco tiempo con una remesa de esclavos indios, enviada por el Almirante para que los vendiesen en el mercado de Sevilla. Los víveres de refresco vigorizaron á los habitantes de la ciudad, haciendo recobrar la salud á muchos enfermos. También Colón se sintió restablecido, y como recibía continuas noticias de que los caciques aliados estaban aglomerando fuerzas enormes en la Vega Real, á dos días de marcha de Isabela, con la intención de asaltar la ciudad, resolvió tomar la ofensiva, combatiendo á los enemigos en sus propios territorios.
Sólo pudo reunir unos doscientos infantes, marchando como vanguardia los veinte jinetes capitaneados por Ojeda. Sus armas de fuego consistían en las llamadas espingardas, especie de cañones de mano que se apoyaban en una horquilla de hierro ó eran montados sobre ruedas. Tenían los blancos la ventaja de sus corazas y sus escudos, que compensaba lo exiguo de su número; pero de todos modos, la victoria no era fácil--caso de tener los enemigos el coraje y el tesón de Caonabo--, por resultar su número enormísimo.
Otra nueva arma, usada algunas veces en Europa, había sido organizada por Colón. Los cristianos llevaban con ellos una jauría de perros amaestrados para la guerra, mastines feroces, comprados á los pastores de las montañas de Andalucía, que resultaban para los indios tan asombrosos como los caballos. En su isla, lo mismo que en Cuba, sólo existían unos gozques, pequeños y mansos, con la particularidad de ser mudos, animales que en breve iban á escasear y desaparecer, pues los españoles, en sus hambres continuas, acabaron por comérselos todos, reputándolos como manjar exquisito. Los perros de presa atacaban ferozmente á los indios, cuyos cuerpos no ofrecían ningún obstáculo á sus dentelladas. Al ver á un hombre desnudo, lanzábanse sobre él, derribándolo para despedazarlo con sus colmillos.
Salió el pequeño ejército de Isabela en Marzo de 1495, avanzando hacia el interior en una marcha lenta de diez leguas diarias, pues los obstáculos del terreno no permitían mayor celeridad. Otra vez subieron el llamado Paso de los Hidalgos, viendo á sus pies la vasta llanura de la Vega Real. Pero ahora todas sus poblaciones eran á modo de campamentos enemigos, y al son de bocinas y caracolas se iban juntando huestes de hombres desnudos, llegados de todos los extremos de la isla.
La imaginación hiperbólica de algunos españoles aumentaba todavía el número de los enemigos.
--Muchos aseguran que pasan de cien mil--dijo Cuevas, que cabalgaba al lado de don Alonso, á la vanguardia del pequeño ejército.
El belicoso hidalgo alzó los hombros.
--Aunque sean más de un cuento[B], monta lo mismo.
Para él, ya no representaban peligro alguno estas muchedumbres desnudas que arrojaban sus flechas y dardos con gran vocerío, avanzando osadamente, y al sentir el primer empuje de los cristianos abandonaban sus armas, huyendo despavoridas.
Era imposible, en realidad, calcular su número. Se mostraban por todas partes, dando alaridos y disparando sus armas arrojadizas, para ocultarse inmediatamente en las arboledas próximas. Parecían entusiasmados por la enormidad numérica de sus tropas. Creían llegado el momento de exterminar á los blancos con esta alianza general, imaginándose que después ya no llegarían nuevas expediciones.
También se veían, por su parte, en la imposibilidad de calcular la cantidad de invasores. Su aritmética sólo llegaba al número 10, y á partir de aquí colocaban aparte un grano de maíz por cada guerrero, juzgando la importancia de un ejército por el montón que formaban los granos.
Una nube de espías iba siguiendo á través de las espesuras ó de roca en roca el avance del ejército de Colón, y estos informadores volvían á presencia del hermano de Caonabo y los reyezuelos aliados, presentando nada más que un puñadito de maíz que representaba la suma total de los enemigos. Esto era motivo de risa para los jefes indios, que no podían comprender la osadía de los blancos, dispuestos á arrostrar en tan escaso número una multitud innumerable.
Atacó Colón á los indígenas en las inmediaciones del lugar donde se edificó después la ciudad de Santiago de los Caballeros. La infantería, al mando de don Bartolomé Colón, avanzó en diversas direcciones, siempre al amparo de las arboledas, con mucho estruendo de trompetas y tambores, descargando sus armas de fuego. Estos relámpagos y truenos que esparcían la muerte iniciaron la confusión en la muchedumbre cobriza. Inmediatamente Alonso de Ojeda y sus jinetes cargaron á todo galope, penetrando con la lanza horizontal en la masa de hombres, que empezaron á desbandarse y á huir.
Corrían los perros de presa entre los caballos, saltando á las gargantas de los indígenas para arrastrarlos por el suelo, haciéndolos pedazos. Hasta se imaginaban los indios en su ignorancia que los caballos eran igualmente mordedores y ávidos de sangre humana.
Lanzando lamentos se refugiaron muchos grupos de guerreros cobrizos en las alturas inmediatas, y desde allí daban alaridos, pidiendo perdón y achacando su rebeldía á los caciques. La confederación de éstos quedaba disuelta. Cada uno de ellos huyó á su territorio, seguido del resto de sus gentes, procurando por separado restablecer sus buenas relaciones con los invasores.
Aprovechó Colón este desaliento general para organizar la tributación de los vencidos, preocupado siempre de encontrar oro. Muchos de los caciques se ofrecían á darle algodón ó maíz, sometiendo para esto á cultivo extensos territorios, yermos hasta entonces; pero lo que deseaba el Almirante era verles trabajar las minas y los lavaderos de oro en los ríos.
Ojeda, con unos cuantos jinetes nada más, iba audazmente por el interior de la isla, imponiendo á los caciques las exigencias de su jefe. Estos áureos tributos no eran, en realidad, de enorme importancia, pero la producción de oro resultaba escasa en aquella tierra por la flojedad de los indígenas para el trabajo. Las cantidades recogidas por los blancos en el primer momento procedían de los depósitos que se habían ido formando en las familias. Los reyezuelos importantes tuvieron que entregar cada tres meses una calabaza llena de granos de oro. Los jefes de familia debían dar el polvo áureo que cupiera en un cascabel.
Reía Ojeda de estas medidas al hablar con sus compañeros.
--Los cascabeles que buscaban tanto, cuando llegamos aquí, son ahora la medida de su servidumbre.
El atrevido hidalgo recibió un día á una mensajera de Anacaona, india algo vieja que había vivido en Isabela con los blancos al fundarse dicha ciudad, aprendiendo cierto número de sus palabras. Tal vez había servido de espía á Caonabo, volviendo después al servicio de su esposa favorita.
Anacaona, que residía aún en los dominios de su marido, deseaba servir de intermediaria para restablecer la paz entre su cuñado Manicaotex y los blancos. Luego--según dijo la india intérprete--pensaba retirarse á las hermosas tierras de Jaragua, donde había nacido, y que eran gobernadas por su hermano Behechio. Explicó la vieja por qué razón su señora había preferido dirigirse al «Pequeño jefe blanco», mejor que al viejo _Guamiquina_ que gobernaba en Isabela. Sentía una admiración de mujer vehemente ante las hazañas de este joven señor de los centauros, siempre vestido de luz, que brillaba como las aguas de ríos y lagunas bajo el sol, y unas veces era hombre, marchando con sus pies como los demás, y otras se acoplaba á su caballo, formando una sola bestia divina.
No le guardaba rencor por la prisión de Caonabo. Admiraba su astucia con un entusiasmo de soberana india. Además, la vieja mensajera daba á entender con gestos, más que con sus palabras, que la bella Anacaona tal vez se consideraba más dichosa en su nueva situación, libre para siempre del caribe Caonabo, al que había tenido que entregarse á la fuerza. Era bárbaro, predispuesto á la violencia, interesándose frecuentemente por las hembras que robaba á los otros caciques. Ella gustaba de tratarse con músicos é improvisadores de aquellas canciones de la isla llamadas «aeritos», y estaba convencida de que el aislamiento respetuoso en que la dejaba Caonabo lo debía únicamente al hecho de ser hermana del reyezuelo de Jaragua, que podía vengarla en caso de ofensa.
Esperaba Anacaona al grupo de guerreros blancos en uno de los mejores pueblos de los dominios de su esposo. Su cuñado estaba lejos, después de la derrota sufrida en la Vega Real. El «Pequeño jefe blanco» sólo hablaría con ella. Según dejó entrever la enviada, sentía un ansia femenil por contemplar de cerca á estos guerreros venidos del cielo, de los que todos hablaban y que ella sólo había entrevisto de lejos y fugazmente.
Algunos de los compañeros de don Alonso temieron que tal invitación fuese una estratagema inventada por la esposa y el cuñado de Caonabo para vengar la prisión de éste, apoderándose de Ojeda; pero el joven capitán, siempre atraído por el peligro, mostró aún más empeño en acudir á dicho llamamiento desde que los otros supusieron que ocultaba una celada.
Los jinetes no eran mas que ocho, por andar los otros corriendo la Vega Real para la cobranza de los primeros tributos, y en tan escaso número emprendieron el viaje, guiados por la vieja india y un pelotón de hombres cobrizos venidos con ella.
En dos jornadas llegaron al pueblo donde les esperaba Anacaona, ocupando sus mejores bohíos. Ojeda se alojó en uno de ellos, al borde de una explanada que servía de plaza, y Cuevas fué á vivir con él, en su calidad de escudero y confidente.
No tardaron en convencerse de que ningún peligro inmediato les amenazaba. La mayoría de los habitantes de aquel pueblo eran mujeres y niños. Los hombres debían estar con el hermano de Caonabo ó temían presentarse á los guerreros celestiales, después del desastroso combate en la Vega Real, donde tantos de su raza habían perecido.
Fué al día siguiente de su llegada cuando Anacaona vino á verles, procurando rodearse de toda la pompa bárbara é ingenua usada por los reyezuelos de la isla, y que ella había modificado con arreglo á sus gustos suaves.
Alonso de Ojeda ya no tuvo que hacer vanos esfuerzos para conocerla, como le había ocurrido meses antes, al ir á la población donde residía Caonabo. Ahora era Anacaona la que venía en su busca, como una de aquellas reinas de países salvajes enamoradas de paladines andantes, tal como él lo había leído en novelas caballerescas.
Ojeda y Fernando, de pie bajo el sombrajo de su bohío y teniendo en torno á los otros seis camaradas, la vieron acercarse llevada en andas por varios indígenas. Abrían la marcha cuatro músicos bárbaros soplando en caracolas nacaradas ó en bocinas de una especie de papiro, de las que colgaban cuerdecitas de colores rematadas por conchas. Venían después más hombres, agitando ramas de palmera y otras hojas largas á guisa de abanicos, para alejar á los insectos de la persona de la reina.
Cuatro indígenas forzudos traían á hombros unas andas cubiertas de hierbas olorosas, y sobre ellas iba sentada Anacaona, moviendo lentamente una especie de abanico hecho de plumas de colores, insignia de su alto rango. Cerraba el séquito un grupo de mujeres de Jaragua, las más famosas de la isla por su hermosura, las cuales seguían siempre á esta soberana, nacida en su mismo país.
Los blancos, vestidos con calzas de diversos colores y el pecho acorazado despidiendo luz, contemplaron con cierta emoción á todas estas hembras de epidermis menos obscura que las otras mujeres de la isla, y que en este momento les parecían tan blancas como las de España. Todas iban adornadas con pinturas y tatuajes, incluso la misma reina. En torno á la redondez de sus muslos, pechos y brazos se extendían dibujos circulares. No llevaban mas que un corto delantal de algodón teñido, que ocultaba su sexo por delante, dejando completamente desnudo el lado opuesto.
Ostentaba Anacaona su cabellera negra, partida en dos crenchas y brillante de olorosos jugos vegetales, una corona de flores rojas y blancas, é igualmente traía arrolladas á sus brazos y piernas ajorcas y brazaletes floridos, que le envolvían en una atmósfera de fresco perfume. Las mujeres de su cortejo llevaban sobre platos de fibras tejidas montoncitos de granos de oro ó hutías muertas, adornadas con flores, maíz tostado y todas las raíces empleadas por los indígenas en su alimentación, presentes que iban á utilizarse después en el banquete con que la reina obsequiaba á sus huéspedes.
Cuevas miró con admiración á Anacaona, de la que tanto había oído hablar. Semejante á la mayoría de los españoles desembarcados en las nuevas tierras, sentía un respeto instintivo hacia los indígenas que las gobernaban. Todos, al otro lado del mar, habían sido educados en un respeto supersticioso á los reyes, considerándolos seres distintos por su esencia á los demás hombres, y esta veneración perduraba en el mundo nuevo, transmitiéndose parte de ella á los soberanos indios. Eran capaces de atropellarlos y matarlos si les estorbaban, pero esto no impedía que normalmente los respetasen, viendo en todo cacique un reyezuelo.
Anacaona era para Cuevas «la reina», y sus compañeros de armas pensaban como él. El mismo Ojeda sintióse impresionado por el porte majestuoso de la bella salvaje. Los ojos de estos europeos, acostumbrados ya á los rasgos fisonómicos de las indígenas y á su epidermis cobriza, admiraron de buena fe la hermosura de Anacaona y de las mujeres de su cortejo. Uno de los jinetes españoles, que había sido estudiante en Salamanca antes de dedicarse á las armas, las comparó con las ninfas que surgían de los bosques para recibir á los héroes de los poemas antiguos. Anacaona le parecía la majestuosa Juno, bajada del Olimpo para saludar a ciertos paladines de los relatos homéricos.
Sintió una gran turbación Cuevas al notar que los ojos de la reina, después de ir pasando sobre Ojeda y sus compañeros, venían á inmovilizar en él una mirada insistente. Eran de cejas oblicuas, párpados largos y demasiado juntos, córneas húmedas y obscuras pupilas. Su mirar suave recordaba la expresión de algunos animales mansos.
La desnudez de la reina, que en otras hembras indígenas le parecía bestial y repugnante, despertó en su interior una inquietud excitadora de los sentidos. Se ruborizó ligeramente el mancebo y apartó su vista de Anacaona, pareciéndole insolente seguir cruzando sus miradas con las de una reina.
Ojeda y los otros jinetes, aunque muy jóvenes, eran mayores que Cuevas. Esta diferencia de pocos años marcaba la importante separación que existe entre una juventud casi adolescente y otras juventudes ya sazonadas. La vida colonial, con sus rudezas y faltas de reposo, había hecho que estos mancebos españoles olvidasen en las nuevas tierras las costumbres observadas en su patria, dejándose crecer las barbas y el cabello. Además, se iba difundiendo entonces en Europa la moda de no rasurarse, implantada por los humanistas, admiradores de la antigüedad griega.
Don Alonso, que sólo tenia veintiún años, llevaba cubierto parte del rostro por una barba rizosa. Los otros jinetes eran igualmente barbudos. Sólo Fernando Cuevas tenía el rostro lampiño, con un ligerísimo bozo sobre el labio superior, semejante al aterciopelamiento de las frutas que empiezan á madurar.
Había crecido mucho desde que estaba en la isla, como si esta tierra virgen, pletórica de energías concentradas, que reproducía agigantados todos los frutos en plazos cortísimos, influyese también en el desarrollo de su estatura. Con la coraza cubriendo su pecho, la gola férrea, que le obligaba á mantener erguida su enérgica cabeza, y las dos manos apoyadas en la cruz de su espada, aquel compañero de armas aficionado á las Letras lo había comparado muchas veces con un San Jorge muy joven que había visto en la vidriera de una catedral, descansando después de haber dado muerte al dragón, tendido á sus pies.
Se detuvo el séquito regio ante el grupo de europeos, y Anacaona bajó de sus andas para ver de más cerca al «Pequeño jefe blanco», hablándole con lentitud, sin dejar de mover aquel abanico de plumas colorinescas que Cuevas comparaba con un cetro.
El obstáculo del lenguaje se interpuso entre estas mujeres desnudas, adornadas con aros de flores, y los ocho españoles vestidos de hierro. La vieja intérprete, con sus palabras balbuceantes, llegó á explicar lo que decía Anacaona. Deseaba vivir en paz con el _Guamiquina_ y todos los blancos de la nueva ciudad crecida junto al mar. Daría lo que pidiesen en nombre de Caonabo y del hermano de éste, que iba á sucederle en el gobierno. Ella quería retirase á Jaragua, al lado de su hermano el reyezuelo de estas tierras lejanas, situadas en el extremo occidental de la isla, y procuraría que Behechio se sometiese igualmente á los españoles, á pesar de que ninguno de éstos había pisado todavía dicha región. Los invencibles guerreros venidos de _Turey_ podían disponer de todo lo del pueblo como si fuese suyo.
--Anacaona... reina... quiere... estéis contentos.
La vieja india calló después de estas palabras finales, preocupándose de vigilar cómo los portadores de las andas, en las que había vuelto á sentarse la desnuda reina, las levantaban en alto suavemente, y el cortejo se alejó con iguales sones de trompas y caracolas, agitándose en lo alto las hojas y ramas que servían de abanicos, y moviéndose lentamente, como un ave multicolor, el manojo de plumas con que se refrescaba el rostro la beldad coronada de flores.
La comida de los ocho españoles fué muy abundante en pescados de río, hutías asadas, raíces nutritivas y frutas gustosas. Además, Cuevas y los pocos que ya estaban acostumbrados á los alimentos del país, comieron los lomos de una iguana, reptil con patas, de aspecto repugnante, cuya carne blanca comparaban con la de la gallina, encontrándola algunos superior.
Fuéronse á dormir la siesta en sus chozas una parte de estos compañeros de armas; otros á vigilar los caballos que estaban pastando en unas praderas inmediatas al río, y don Alonso quedó solo con Fernando.
El joven capitán estaba aún conmovido por la aparición de Anacaona, y hablaba de ella continuamente, llamándola Flor de Oro, y recordando todo lo que había averiguado sobre su persona.
Resultaba difícil conocer la edad de esta belleza indígena, pues los indios contaban mal, enredándose siempre en sus cálculos. Ojeda opinaba que no debía tener más allá de veintiocho años. Caonabo la había hecho su esposa cuando aún era considerada como una tierna virgen en este país donde las mujeres llegaban á la nubilidad tras breve niñez. De su matrimonio tenía una hija única que sólo debía contar unos diez años.
Anacaona era joven, y los enemigos de Caonabo contaban infidelidades maritales de ella para vengarse así de la brutalidad del heroico caribe. Bien mirado, dichas infidelidades, de ser ciertas, no tenían el mismo valor que entre los cristianos. Los caciques vivían en incesante poligamia, renovando á cada guerra el personal de su harén, y las mujeres, por su parte, no conocían otro obstáculo moral que el del miedo, siendo de otros hombres con voluntaria sumisión apenas tenían oportunidad para entregarse. Aquellas gentes no parecían dar valor á la fidelidad matrimonial ni considerar el adulterio delito extraordinario.
--Todos son ladrones--siguió diciendo Ojeda--. Tú sabes que para evitar robos le corté las orejas á un cacique poco después que llegamos á la Española, pero el ejemplo ha resultado huero. Necesitan robar, y lo mismo se hurtan las hembras que las cosas.
Luego hacía elogios del carácter de Anacaona, absteniéndose de mencionar sus cualidades físicas, por lo mismo que aún tenía presente en su memoria todos los detalles plásticos de aquella beldad desnuda. Alababa sus gustos delicados, su predilección por las flores y los perfumes, su voz melancólica para entonar «aeritos» compuestos por ella, y una afición á lo maravilloso, que le hacía admirar á los guerreros blancos, aun reconociendo que iban á ser los opresores de su raza.
Esta tarde no habló á Cuevas, como otras veces, melancólicamente, de la lejana doña Isabelita y de sus esperanzas de casarse con ella al volver á España. Sólo pensó en Anacaona, dándole el nombre de «reina» voluntariamente, como galante homenaje.
Hallábanse los dos tendidos en sus hamacas, y Ojeda hablaba con creciente lentitud, soñoliento por la influencia de aquella hora, silenciosa y cálida.
--Muy bella la reina india--siguió diciendo con los ojos ya entornados--. Y no me mira mal después de lo que yo hice con Caonabo... Tendré que devolverle la visita, tal vez hoy mismo, cuando caiga el sol, y entonces... entonces...
Cuevas notó que se había dormido, y él cerró igualmente los ojos, dejándose rodar por la blanda y obscura pendiente del sueño.
Despertó de pronto, no pudiendo atinar si sólo habían transcurrido unos momentos ó una hora entera. El rectángulo de luz solar que entraba por la puerta de la choza había oblicuado un poco sobre el suelo.
Una cabeza asomaba cautelosamente al borde de dicha puerta, invitándole á salir con sus movimientos oscilantes y maliciosos guiños de ojos. Reconoció á la vieja indígena que les había servido de intérprete.
Sin saber por qué, bajó de su hamaca con precaución, procurando no hacer ruido. Don Alonso seguía durmiendo, y él llegó hasta la entrada de puntillas, para no turbar su sueño.
Sintió en una oreja el aliento de la indígena y sus palabras semejantes á un susurro entrecortado.
--Reina quiere verte... Tiré piedrecita para despertarte... ¡Ven!
Y Cuevas, con la misma inconsciencia que le había hecho saltar de la hamaca, volvió al interior del bohío, tomando su espada y su casco para seguir á la indígena. Era una precaución instintiva de soldado en país inseguro. Además, su respeto natural á las jerarquías le hacía preocuparse de su buen aspecto. Anacaona era de raza inferior é ignorante de las verdades del cristianismo, mas no por esto dejaba de creerla una soberana.
Siguió á la indígena por veredas turtuosas que eran las calles de esta población, donde chozas y empalizadas se habían levantado al capricho de sus constructores. El sol se mantenía alto, el calor era bochornoso, y sólo rasgaba el silencio de aquella hora soñolienta el continuo zumbido de los insectos. Celebró Cuevas haberse despojado de su coraza antes de comer, dejándola en el bohío lo mismo que su rodela. La soledad en que estaba el pueblo á dicha hora alejaba de él toda sospecha de peligro.
Lo entró la india por la abertura de una empalizada, atravesaron otras que limitaban varios terrenos á modo de corrales, y penetraron finalmente en uno de aquellos bohíos enormes, redondos y de techo cónico, semejantes á los alfanaques ó grandes tiendas de los campamentos cristianos.
Parpadeó Fernando para acostumbrar sus ojos á la penumbra de una habitación cerrada. Un fuerte perfume de flores saturó su olfato, unido á otro más suave de carne femenil ungida de bálsamos silvestres y refrescada por frecuentes baños.
Al mirar en torno de él vió que había desaparecido la vieja, y fué distinguiendo á corta distancia un cuerpo blanco tendido en el suelo. Habituados sus ojos á la luz verdosa que penetraba por dos aberturas de la techumbre, después de filtrarse entre el ramaje de un árbol gigantesco, fué reconociendo que este cuerpo era el de una mujer, con un codo hundido en un lecho de plantas odoríferas y la cabeza apoyada en una mano.
Los ojos de la reina Anacaona estaban fijos en él con la misma expresión de horas antes. Quiso decir algo y desistió de ello inmediatamente. Era inútil. La vieja ya no estaba allí para servir de intérprete. A pesar de esto, la reina empezó á hablarle, empleando al mismo tiempo los expresivos gestos de los indígenas de clase elevada, caciques ó hechiceros, asombrosamente expertos en el lenguaje mímico.
Le indicó que se sentase en el suelo cerca de ella, y el joven, que se había quitado el casco para saludarla, se apresuró á obedecer.
¿Qué podía desear la famosa Anacaona?... ¿Dudaría del «Pequeño jefe blanco», queriendo emplearlo á él como intermediario para entenderse con el Almirante?... ¿Por qué se había ausentado aquella mujer que podía servirles de intérprete?... Estas suposiciones y dudas de Fernando se disolvieron apenas nacidas.
Estaba sentado en el suelo, á corta distancia de la beldad india. Ésta había renovado sus adornos de flores; todas sus guirnaldas eran frescas, pero los perfumes vegetales quedaron anulados repentinamente para él. Era otro el olor que le envolvía, con un mareo semejante al de la embriaguez. ¡Aquella carne de suave color de canela, que parecía respirar como un jardín y era más blanca en la penumbra tentadora de este lugar cerrado y misterioso!... Por los orificios del techo, junto con la luz verde y temblona filtrada por el follaje, descendía el voluptuoso arrullo de unas tórtolas silvestres que se acariciaban en la copa del árbol coloso.
Fernando creyó ver una nueva Anacaona. Los ojos de ella le miraban lo mismo que en la mañana, fijos y dominadores, con una seguridad femenil que se creía irresistible; pero eran menos majestuosos, más humildes y tiernos. Además, la reina sonreía. Sus labios abultados, de un rojo obscuro, habitualmente unidos por un gesto de majestad salvaje, se abrían ahora ingenuamente, como la boca de cualquiera de aquellas ninfas de Jaragua que formaban su cortejo, dejando brillar en la sombra el resplandor nacarado de una dentadura sana y fuerte.
Al mismo tiempo que Anacaona sonreía, notábase en ella cierta preocupación, como si se esforzase mentalmente por recordar algo que escapaba á su memoria. Luego se aclaró su rostro con una expresión infantil y triunfante. Ya había alcanzado al rebelde y fugitivo recuerdo.
--Beso... beso...--repitió entre risas de niña.
Era la palabra que le había enseñado la vieja, conocedora de los usos de los hombres blancos.
Como todos los de su raza, ignoraba este uso de las gentes venidas del cielo, que necesitan juntar sus bocas como gesto preliminar de las mayores voluptuosidades que guarda la vida.
Había reído de dicha caricia, nueva para ella, aprendiendo la palabra que la expresaba. Quería repetirla con aquel joven _turey_ que horas antes había surgido ante sus ojos como una aparición celeste, entre sus compañeros más rudos y de aspecto temible.
--Beso... beso...
Y uniendo ella la acción á la palabra, sintió Fernando sobre su boca los labios carnosos y frescos de Flor de Oro.
En su sorpresa creyóse el mancebo casi absorbido por la succión de una bestia feroz, acariciante y perfumada, propia de aquel mundo nuevo y misterioso. Para completar esta ilusión, dos tentáculos se arrollaron en torno á su cuello, pero eran redondos, tibios, de satinada epidermis y olían á intensos jazmines nunca vistos por los hombres de su raza.
Los brazos de la reina lo apretaban, al mismo tiempo que las gruesas valvas de su boca, sensual y fresca, insistían en sus caricias absorbentes, como si pretendiesen sacar sangre de los labios de él.
Intentó defenderse, respetuoso y desesperado al mismo tiempo, pero sus manos, al repeler el busto femenil medio levantado sobre el lecho de hierbas floridas, se posaron en dos globos cuyo contacto hizo estremecer al mancebo de la cabeza al centro de su organismo.
En esta penumbra no se veían los adornos pintados de la beldad indígena. Toda ella era blanca, y había prescindido del corto delantal de algodón con que se mostraba en público.
El pobre mancebo la reconocía en aquel momento muy superior á las mujeres del viejo mundo. No había en ella el menor rastro de los lejanos hedores animales que flotaban en muchas ocasiones tras el revoloteo de las luengas faldas cristianas. Este cuerpo desnudo se sumía diariamente tres veces en cristalinos arroyos, lo mismo que las mujeres de su séquito. Una simple vestidura de flores incensantemente renovada había acabado por saturar su piel, como si todo su cuerpo fuese un jardín hecho carne.
Los diez y ocho años del mancebo levantáronse pujantes, con pasional agresividad. Se encabritó como un caballo salvaje herido por el látigo, olvidando lo que le rodeaba y quién era. Su deseo tomó un carácter ofensivo. Apretó las firmes redondeces que tenía entre sus dedos como si quisiera estrujarlas, casi mordió aquella boca que pretendía absorberle con sus caricias. Su pasión tenía algo de la cólera belicosa con que repartía furiosos golpes en los combates. Necesitaba luchar con aquel cuerpo que se enroscaba al suyo hasta llegar á vencerlo, y esto le hizo sentir la necesidad de librarse del estorbo de su espada, ceñida aún á su costado.
Ella, como si adivinase sus deseos, aflojó los anillos del doble enroscamiento de sus brazos y sus piernas, y el mancebo, al incorporarse y no respirar de tan cerca aquel perfume carnal, olvidó repentinamente á la hermosa reina.
Vió en cambio con su imaginación el interior de un bohío pequeño y pobre, con la luz del sol entrando libremente por las aberturas de sus puertas y ventanucos. Una mujer menos alta que Anacaona, sin perfumes, con cierta palidez enfermiza, rastro de pasadas enfermedades y alimentaciones incompletas, tenía sus ojos vagos puestos en el infinito, como si no pudiera hacer otra cosa que seguir con su pensamiento á un ausente.
Tenía uno de sus pechos al aire, y con sus dos manecitas puestas en el hinchado globo, un pequeñuelo chupaba y chupaba, adormeciéndose en esta glotonería plácida que había cortado sus llantos caprichosos. ¡Su Lucero!... ¡Su Alonsico!... Tal vez á aquellas horas su mujer temblaba y rezaba, suponiéndolo en peligro de muerte. ¡Y él...!
Casi trató á la perfumada beldad como á uno de aquellos guerreros cobrizos con los que se había batido en diversos encuentros. Repelió el desnudo cuerpo con un brutal empujón que lo hizo rodar sobre el lecho florido hasta la pared. Y recogiendo su casco del suelo, huyó á tientas, hasta salir de la casa por una puerta distinta, encontrada casualmente.
Fué vagando por el pueblo, que aún estaba solitario, como media hora antes. No encontró quien pudiera servirle de guía. Luego de marchar inútilmente hasta salir fuera de la población, volvió sobre sus pasos, hallando al fin, después de nuevas desorientaciones, el bohío que les servía de alojamiento á don Alonso y á él.
Encontró vacía la hamaca de su capitán, é inútilmente lo buscó por las inmediaciones de la casa. Tal vez el ardiente deseo que Anacaona le había inspirado aquella mañana era la causa de su ausencia. El atrevido hidalgo procedía en su vida osadamente, lo mismo que en sus operaciones de guerra.
Pasó la tarde el joven á la puerta del bohío, sin ver llegar á su capitán. Los otros camaradas, que vagaban por el pueblo en busca tal vez de aquellas mujeres compañeras de Anacaona, preguntaban por Ojeda al pasar ante Fernando. Nadie lo había visto.
La frescura del atardecer impulsó al pensativo mancebo á salir de su casa. Ya se sentía tranquilo, después de una calma reflexiva de varias horas. Mostrábase orgulloso de su sacrificio, de la energía brutal con que había rechazado la tentación.
Dirigió sus pasos hacia el río inmediato, atraído por su frescura, pero cerca de él volvió atrás, internándose de nuevo en el pueblo. Había reconocido marchando lentamente por una pradera á don Alonso y á la reina Anacaona. También vió cómo se besaban. La beldad india repetía con Ojeda este gesto, cuyas primicias habían sido para él. Detrás de los dos, y á cierta distancia, iba la vieja india con cierto aire protector.
Entrada ya la noche, volvió Ojeda á su bohío. A la luz de una antorcha atada á uno de los postes del sombrajo vió su rostro ojeroso, pálido, con un estiramiento en las facciones que denotaba cansancio.
Estando ya Cuevas acostado en su hamaca, don Alonso, de espaldas á él, juntó las manos é inclinó la cabeza ante el pequeño cuadro de la Virgen que había colgado del poste central sostenedor de la techumbre del bohío.
Rezaba en voz queda, con una expresión humilde. Adivinó Fernando que imploraba perdón por lo que había hecho aquella tarde: perdón á la Virgen, su protectora; perdón á la mujer amada, en la que había dejado de pensar algún tiempo, y que le esperaba siempre al otro lado del Océano.
Su oración era sincera. En su alma compleja amalgamábase la osadía cruel del hombre de guerra con una credulidad religiosa igual á la de un niño.
Cuevas tuvo la certeza de que había poseído á la mujer de Caonabo con la violencia de un conquistador, sin consultar su voluntad, sorprendiéndola, lo mismo que en una población tomada por asalto. Y la esposa del guerrero indio había acabado por aceptar con entusiasmo á este otro guerrero, más poderoso é invencible, que saciaba su femenil curiosidad, ansiosa de conocer cómo eran las caricias de los hijos del cielo.
Ahora el hidalgo, siguiendo las complicaciones de su fanatismo heroico, pedía perdón á su Virgen y á su dama por tan monstruosa infidelidad. El cansancio de la hartura hacía aún mayor su arrepentimiento.
Antes de dormirse, su alma religiosa encontró una excusa á su pecado. Anacaona no era una criatura de Dios. Nunca había sido bautizada. La Virgen y doña Isabelita debían perdonarle. Su falta era leve, por haberla cometido con una criatura irracional, ignorante de las verdades divinas.