Una noche de boda

Al cabo de algunos instantes hallóse nuestro poeta en un cuartito abovedado, bien cerrado y caliente, sentado delante de una mesa que estaba convidando á alzar el brazo y sacar algo de una alacena inmediata, con la esperanza de tener una buena cama, y mano á mano con una linda chica. La aventura parecía cosa de encantamiento. Empezaba él á creerse seriamente un personaje de los que figuran en los cuentos de hadas; miraba de cuando en cuando en torno suyo por ver si el carro de fuego tirado por dos quimeras aladas, único que hubiese podido trasportarle con tanta rapidez del Tártaro al Paraíso, estaba todavía por allí.

Por momentos clavaba también con ahinco sus miradas en los agujeros de su jubón, á fin de palpar la realidad y no perder enteramente el seso. Su razón, vagando por los espacios imaginarios, estaba asida únicamente á este hilo.

La muchacha no hacía al parecer caso de él; todo era idas y venidas, quitar de su lugar alguna silla, hablar con su cabra, y hacer tal cual mueca; hasta que por último se sentó cerca de la mesa, de modo que Gringorio pudo contemplarla despacio.

Absorto más y más en sus sentimientos.--¿He aquí, pues, se decía á sí mismo, siguiéndola con ojos vagorosos, lo que es la esmeralda? ¡una criatura celestial! ¡una bailarina de calle! ¡tanto y tan poco! Ella es la que ha dado el golpe de muerte á mi misterio esta mañana; ella la que me salva la vida esta noche. ¡Mi mal genio! ¡mi buen ángel!--Una buena moza, ¡por vida mía!--y que debe amarme con extremo para haberme aceptado del modo que estoy.--¡Y á propósito de casamiento, dijo, levantándose repentinamente, con aquel aire de verdad que hacía el fondo de su carácter y de su filosofía, ya no sé cómo es esto; pero lo cierto es que yo soy su marido!

Encasquetada esta idea en su cabeza y pintada en sus ojos, acercóse á la joven de un modo tan marcial, y con una galantería, que la hizo retroceder.

--¿Qué me queréis, pues?, dijo ella.

--¿Podéis preguntármelo, adorable Esmeralda? respondió Gringorio con acento tan apasionado, que él mismo se admiró al oirse hablar así.

La gitana abrió sus grandes ojos.

--No sé lo que queréis decir.

--¿Y qué?, replicó Gringorio enardeciéndose cada vez más, y calculando que en resumidas cuentas no las había, sino con una virtud de la Corte de los Milagros, ¿no soy yo tuyo, dulce amiga? ¿no eres tú mía?

Y con la mayor llaneza la cogió por el talle.

El justillo de la gitana se le deslizó de entre las manos como si fuera una anguila. Dió ella un salto de un cabo al otro de la celda, bajóse, y volvió á enderezarse con un puñalejo en la mano, antes que Gringorio hubiese tenido tiempo de ver de dónde salía tal instrumento; irritada, enfurecida, los labios abultados, hinchadas las narices, sus ojos encendidos como la escarlata, y centelleando sus niñas. Al mismo tiempo la blanca cabrita se puso delante de ella, presentando á Gringorio un frente de batalla armado de dos lindos cuernos dorados y muy puntiagudos; y todo este bélico aparato se verificó en un instante.

La mariposa se había convertido en avispa, y ya sólo deseaba picar.

Quedóse cortado nuestro filósofo, mirando con aire de estupidez, ya á la cabra ya á la muchacha.

--¡Virgen Santísima!, exclamó al fin vuelto de su asombro, ¡qué par de hembras!

La gitana rompió también el silencio:

--¡Menester es que seas un bellaco bien atrevido!

--Perdonad, señorita, dijo Gringorio sonriéndose. Pero ¿para qué me habéis tomado por marido?

--¿Querías que te hubiera dejado ahorcar?

--Con que al casaros conmigo, replicó el poeta, viendo desvanecerse sus esperanzas amorosas, ¿no habéis tenido otra mira que la de librarme del palo?

--¿Y qué otra idea quieres que haya tenido?

Gringorio se mordió los labios.

--Ya lo veo, dijo, no soy tan venturoso en las banderas de Cupido como yo creía. Pero entonces ¿á qué santos haber roto aquel pobre cántaro?

Durante estas palabras, el puñal de la Esmeralda y los cuernos de la cabra permanecían sobre la defensiva.

--Señorita Esmeralda, dijo el poeta, capitulemos. Yo no soy escribano de cámara del Châtelet, y no os armaré una zancadilla por llevar esa daga dentro de París á las barbas de las órdenes y prohibiciones del señor preboste. No ignoráis, sin embargo, que Noël Lescriban ha sido condenado hace ocho días á diez sueldos parisis por llevar consigo un rejón. Mas esto no me importa, y voy al caso. Yo os juro por el lugar que se me reserve en el paraíso de no llegarme á vos sin vuestra licencia; pero dadme de cenar.

La egipcia no respondió; hizo su desdeñosa muequecita, enderezó la cabeza como un pájaro, luego dió una carcajada, y el gracioso puñal desapareció como había venido, sin que Gringorio pudiese ver dónde escondía la abeja su aguijón.

Un momento después había sobre la mesa un pan de centeno, un torrezno, algunas manzanas arrugadas y un botijo de cerveza. Púsose Gringorio á comer con ansia. Al oir el paloteo del tenedor de hierro en su plato de loza, cualquiera hubiese dicho que todo su amor se había convertido en apetito.

La joven, sentada delante de él, le miraba silenciosa, visiblemente distraída con otro pensamiento que la hacía sonreir de cuando en cuando, mientras su dulce mano acariciaba la cabeza inteligente de la cabra blandamente estrechada entre sus rodillas.

Una vela de cera amarilla alumbraba aquella escena de voracidad y de distracción.

Con todo, acallados los primeros balidos del estómago, Gringorio sintió algún ruborcillo, viendo que no quedaba más que una manzana.

--¿No tomáis algo Esmeraldita?

Respondió ella que no con la cabeza, y sus miradas pensativas se clavaron en la bóveda de la celda.

¿En qué diantre puede estar pensando?, dijo entre sí Gringorio, mirando lo mismo que ella miraba:--Es imposible que sea el gesto de ese enano de piedra esculpido en la clave de la bóveda lo que absorbe así su atención. ¡Qué disparate! ¡yo no perderé en esta comparación!

Alzó la voz, y dijo:

--¡Señorita!

Ella al parecer no le oía.

Gritó él más recio:

--¡Esmeraldita!

Trabajo perdido. La imaginación de la joven había volado á otra parte, y la voz de Gringorio no tenía bastante poder para volverla allí. Afortunadamente la cabra se encargó de ello, poniéndose á tirar blandamente de la manga á su ama.

--¿Qué quieres Djali?, dijo con viveza la egipcia, como quien se despierta sobresaltado.

--Tiene hambre, dijo Gringorio, contentísimo con poder entablar así la conversación.

Púsose Esmeralda á desmigar el pan, el cual comía con mucha gracia en la palma de su mano la linda Djali.

Entretanto Gringorio no la dejó distraerse de nuevo, haciéndole una pregunta delicada.

--¿Con que no me queréis por marido?

Miróle atentamente la joven, y dijo:

--No.

--¿Y por amante?, añadió Gringorio.

Hizo ella su acostumbrada mueca, y respondió:

--No.

--¿Y por amigo?, prosiguió el poeta.

Miróle Esmeralda otra vez con atención, y dijo después de reflexionar un momento:

--Tal vez.

Este _tal vez_, tan del gusto de los filósofos, alentó á Gringorio.

--¿Sabéis lo que es la amistad?, preguntó.

--Sí, respondió la gitana, es ser hermano y hermana; dos almas que se tocan sin confundirse, dos dedos de una mano.

--¿Y el amor?, añadió Gringorio.

--¡Oh! ¡el amor!, dijo ella, temblándole la voz y brillándole los ojos. El ser dos y uno solo. Un hombre y una mujer convertidos en ángel: es la bienaventuranza misma.

Era tal al hablar así la hermosura de nuestra bailarina callejera que tenía extasiado á Gringorio, el cual la veía en una armonía perfecta con la exaltación casi oriental de sus palabras. Sus purpúreos y virginales labios se entreabrían con una dulce sonrisa; su serena y cándida frente se alteraba por instantes al influjo de sus pensamientos, semejante al espejo que el aliento empaña; y de sus largas pestañas negras, blandamente inclinadas, destellaba una luz inefable que bañaba su perfil de aquella suavidad ideal que Rafael halló después en el punto de intersección místico de la virginidad, la maternidad y la divinidad.

No por eso dejó de continuar Gringorio.

--¿Cómo, pues, debe uno ser para agradaros?

--Debe ser hombre.

--Y qué, ¿yo no lo soy?

--Un hombre tiene el yelmo en la cabeza, la espada en la mano y espuelas de oro calzadas.

--Bueno, dijo Gringorio, ¡sin caballo no hay hombre!--¿Amáis á alguien?

--¿Con amor?

--Con amor.

Quedóse ella un momento pensativa; después dijo con una expresión particular:

--Pronto lo sabré.

--¿Por qué no esta noche?, replicó entonces tiernamente el poeta:--¿Por qué no á mí?

Miróle ella con gravedad.

--Yo sólo podré amar á un hombre que pueda protegerme.

Sonrojóse Gringorio y túvoselo por dicho. Era claro que la joven aludía al poco apoyo prestado á ella por él en la crítica circunstancia en que se había la pobre hallado dos horas antes; á este recuerdo, que habían borrado de su imaginación los demás sucesos de la noche, se dió una palmada en la frente.

--Á propósito, Esmeraldita, yo debiera haber empezado, hablándoos de esto. Perdonadme mis locas distracciones. ¿Cómo habéis hecho para libertaros de las uñas de Cuasimodo?

Esta pregunta sobresaltó á la gitana.

--¡Oh! ¡qué horrible jorobado!, dijo ella cubriéndose la cara con las manos, y estremeciéndose como si padeciese un frío cruel.

--Horrible en efecto, dijo Gringorio que no soltaba su idea; pero ¿cómo habéis podido libertaros de él?

Sonrióse Esmeralda, suspiró y guardó silencio.

--¿Sabéis por qué os seguía?, repuso Gringorio, tratando de volver á su pregunta por un rodeo.

--Yo no lo sé, dijo la joven; y añadió con viveza: pero vos que me seguíais también, ¿por qué me seguíais?

--En mi conciencia, respondió Gringorio, que tampoco lo sé.

Quedáronse ambos en silencio: Gringorio cortaba la mesa con su cuchillo: la joven se sonreía, y parecía mirar alguna cosa á través de la pared; cuando de improviso comenzó á cantar con una voz mal articulada:

Cuando las pintadas aves Mudas están y la tierra...

Pero repentinamente interrumpió su canto y se puso á acariciar á Djali.

--¡Gracioso animalito tenéis ahí!, dijo Gringorio.

--Es mi hermana, respondió la gitana.

--¿Por qué os llaman _Esmeralda_?, preguntó el poeta.

--No sé.

--Sí, decidme ¿por qué?

Sacó ella del seno una especie de saquito colgado al cuello por una sarta de cuentas de adrezarach; el cual exhalaba un fuerte olor á alcanfor. Estaba forrado de seda verde, y tenía en el centro unos grandes abalorios del color y forma de la esmeralda.

--Quizá sea esta la causa, dijo ella.

Quiso Gringorio coger el saquito; pero ella lo retiró.

--No lo toquéis, que es un amuleto, y harías mal al hechizo ó el hechizo á ti.

La curiosidad del poeta se despertaba más y más.

--¿Quién os lo ha dado?

La gitana se puso un dedo en la boca, y escondió el amuleto en el seno. Gringorio aventuró otras preguntas; pero con tan poco fruto como las primeras.

--¿Qué quiere decir esa palabra: _esmeralda?_

--No sé.

--¿Á qué lengua pertenece?

--Creo que es egipcio.

--Ya me lo sospechaba yo, dijo Gringorio. ¿No sois de Francia?

--No lo sé.

--¿Tenéis padres?

Al oir esto, la joven se puso á cantar en el tono de una antigua tonadilla:

Mi padre es pájaro fiel, Mi madre fiel avecilla; Paso el agua sin barquilla, Paso el agua sin batel, Mi madre es fiel avecilla, Mi padre pájaro fiel.

--Está bien, dijo Gringorio. ¿De qué edad vinisteis á Francia?

--Muy niña.

--¿Y á París?

--El año pasado. Al entrar por la puerta papal, vi á la curruca hender el aire; era á fines de agosto; y dije: crudo será el invierno.

--En efecto que lo ha sido, dijo Gringorio, encantado con este principio de conversación; todo lo he pasado soplándome los dedos. ¿Conque tenéis el don de profecía?

--Ella volvió á su primer laconismo:

--No.

--Ese hombre á quien llamáis el duque de Egipto, ¿es el caudillo de vuestra tribu?

--Sí.

--Sin embargo es el que nos ha casado, observó con timidez el poeta.

La joven hizo su mueca acostumbrada.

--Ni siquiera sé cómo te llamas.

--¿Cómo me llamo?... si queréis saberlo Pedro Gringorio.

--Yo sé otro nombre más hermoso.

--¡Picarilla!, replicó el poeta; pero no importa, no lograréis enfadarme. Tiempo al tiempo, quizás conociéndome mejor me amaréis; además me habéis contado vuestra historia con tanta confianza, que habéis merecido la mía. Sabed, pues, que yo soy Pedro Gringorio, hijo del arrendatario de la notaría de Gonesse. Mi padre fué ahorcado por los Burguiñones, y mi madre despanzurrada por los Picardos en tiempo del sitio de París, cosa de veinte años ha, habiendo yo quedado de seis, huérfano, y sin otras suelas por calzado que el empedrado de la capital. No sé como hice el salto de seis años á diez y seis. Una frutera me daba aquí una ciruela, allí un panadero me echaba un mendrugo, y por la noche me hacía agarrar por las rondas para que me llevasen á la cárcel, donde encontraba mi colchón sobre un montón de paja. Todo esto como veis no me ha impedido crecer y enflaquecer. En invierno me calentaba al sol en el pórtico de la casa de Sens, y me parecía muy ridículo que el fuego de San Juan estuviese reservado para la canícula. Á los diez y seis años traté de tomar un estado; y todo lo he andado: primero senté plaza, pero no era bastante valiente; metíme luego fraile, mas ¿dónde buscar la devoción? Y además bebo poco. Desesperado, entré aprendiz de carpintero de los de hacha larga, y las fuerzas no me asistían. Yo de mío me inclinaba á ser maestre de escuela; verdad es que no sabía leer; pero esto no es un inconveniente. Al cabo de algún tiempo conocí que para cualquiera ocupación me faltaba constantemente algo; y viendo que para nada servía, híceme gustosamente poeta y compositor de rimas, estado que siempre puede uno tomar cuando es vagamundo; y más vale esto que echarse á robar como me lo aconsejaban algunos ladronzuelos amigos míos. Un día me encontré con el reverendo arcediano de Nuestra Señora, D. Claudio Frollo, quien comenzó á mirarme con interés; y á él debo el ser hoy un verdadero literato, conociendo el latín desde los Oficios de Cicerón hasta el Martirologio de los padres celestinos; sin ser bárbaro escolástico, ni en poética, ni en ritmo, ni en alquimia, ciencia de las ciencias. Yo soy el autor del auto sacramental representado hoy con gran triunfo en medio de un inmenso populacho, y en plena audiencia. También he compuesto un libro de unas seiscientas páginas sobre el prodigioso cometa de 1463, que volvió loco á un hombre. He tenido además otros triunfos. Como soy algo carpintero de artillería, trabajé en aquella bombarda grande de Juan Maugue, que sabéis reventó en el puente de Charenton, el día del ensayo, matando veinticuatro hombres. Ya veis que no soy un partido tan malo para casamiento, conozco tantas y tantas pasadas graciosísimas que enseñaré á vuestra cabra; por ejemplo, á remedar al obispo de París, ese maldito fariseo cuyos molinos salpican y rocían á todos los transeuntes de un extremo al otro del puente de los molineros. Además de esto, mi auto sacramental me valdrá mucha plata acuñada, si me lo pagan como merece. En fin, estoy á vuestras órdenes, todo entero, con todo mi talento, mi ciencia y mis letras, pronto á vivir con vos de la manera que queráis; casta ó alegremente; como marido y mujer, si gustáis; como hermano y hermana si os parece mejor.

Callóse Gringorio para ver el efecto que su arenga había hecho en la joven, la cual tenía los ojos clavados en el suelo.

--_Febo_, decía ésta á medía voz: volviéndose enseguida hacia el poeta:--¿Qué quiere decir Febo?

Gringorio, sin comprender qué relación podía haber entre su alocución y esta pregunta, no llevó á mal el ostentar su erudición. Entonóse, pues, y dijo:

--Febo es una palabra latina que significa _sol_.

--¡Sol!, replicó la gitana.

--Es el nombre de un famoso arquero, que era Dios, añadió el poeta.

--¡Dios!, repitió la egipcia con tono pensativo y apasionado.

Soltósele al mismo tiempo y cayó al suelo un brazalete; inclinóse Gringorio con ligereza para recogerle; mas cuando levantó la cabeza, la doncella y la cabra ya habían desaparecido. Oyó el ruido de un cerrojo, que era el de una puertecita que comunicaba sin duda á una celda vecina y se cerraba por fuera.

--¿Me habrá siquiera dejado una cama?, dijo nuestro filósofo.

Dió una vuelta por el cuarto, y no encontró otro mueble acomodado para dormir que un arcón cuya tapa estaba además llena de molduras; lo cual proporcionó á Gringorio al acostarse en ella una sensación casi semejante á la que experimentaría Micromegas si se tendiese á la larga sobre los Alpes.

--Vamos, dijo, acomodándose lo mejor que pudo, es preciso resignarse. Pero ¡no deja de ser buena cama de boda! ¡qué lástima! había en este casamiento de cántaro roto cierta cosa tan natural y antidiluviana que me cuadraba infinito.

LIBRO TERCERO