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Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo la creía capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya de haberla hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se perdiese y arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el mundo!

En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de no haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón, fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no; de su blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas pruebas.

Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en los que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante, cuya grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido.

Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida, arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos, ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla.

Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose de dolor, arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta cobertura.

—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita.

—No; no puedo.

—Sosiégate, duerme; no le pasará nada.

—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir.

—No digas eso, hermana.

—Sí; va a morir.

—Te digo que deliras.

—Va a morir.

—Estás loca; anda, sosiégate.

—Va a morir, va a morir.

—No digas locuras. Vivirá, vivirá.

—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi corazón no me engaña nunca. ¿Qué sabes tú de estas angustias?

Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla?

Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga de frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la madrugada hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal, vegetal o cosa que perece para siempre jamás.

Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños aquel chasquido y abrieron los ojos alucinados.

—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida.

—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas, para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse, tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para mí, no ha muerto».

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