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Imaginad que poseéis un tesoro y que el tiempo os ha ido arruinando insensiblemente mientras pasabais hambre y sed por conservarlo intacto. Esto es lo que me había ocurrido con mi novia; en seis años su lozanía, su gracia, su frescura, se habían perdido para siempre y cuando al fin me hallaba en situación de desposarla la encontraba dura ya, reseca, envejecida. El caudal de mi felicidad se me había ido de entre las manos sin acercarlo a mi boca sedienta. ¡Qué alegría cuando lo vi renacer por un verdadero milagro en las formas blandas y armoniosas de mi cuñadita adolescente!

Gozamos mucho. Por las mañanas nos veíamos en el fondo de los jardines más escondidos y penumbrosos de la urbe. Eran las horas limpias y claras de nuestro amor. Nos olvidábamos de todo y libres de remordimientos reíamos, reíamos inocentes como los chiquillos y los pájaros, comíamos golosinas, inventábamos travesuras y nos alegrábamos, con una alegría tan sana que yo pensaba al recordar, no sin esfuerzo, la tragedia de la otra, de la despojada del alma, si estaríamos privados de sentido moral, si habríamos extirpado en nosotros la conciencia.

Por las tardes, en cambio, nuestro amor adquiría las negras tintas de la tragedia, las alucinantes sombras del pecado. Delante de mi prometida, más dura y más reseca cada vez, gozábamos también de nuestro amor, pero ya sin aquella fragancia matinal, saturados de dolor, revolcándonos criminalmente en el malsano placer de la traición, buscando nuestras manos por debajo de la mesa, y nuestras bocas en la penumbra de los pasillos. Fue esta plena conciencia del delito, este ambiente morboso, lo que nos empujó al uno contra el otro haciéndonos solidarios de una culpa irredimible y privándonos para siempre de aquella pureza inefable que tenía nuestro amor en los encuentros matinales orquestados por los pájaros y los niños reidores.

Una noche, estando a solas con mi prometida hice una de aquellas furtivas salidas al pasillo, en cuyos recodos poblados de sombras, siempre encontraba propicias a las palmas de mis manos las formas blandas de mi cuñadita. Allí, en la penumbra, estuvimos acariciándonos largamente. De súbito se abrió la puerta del gabinete y lanzó sobre el pasillo un rectángulo de luz en el que se recortaba netamente la silueta de mi novia. Avanzó hacia nosotros, que, mal disimulados por la sombra de unos cortinones, permanecimos sobrecogidos de espanto. Pasó a nuestro lado, alta, erguida, rígida, moviéndose a compás con un escalofriante automatismo. Miró hacia donde nosotros estábamos ¿Nos vio? Creo que nos miró sin ver o más bien que sus ojos nos vieron pero se negaron a llevar hasta la conciencia la terrible noticia de nuestra traición. No se enteró. No se hubiese enterado nunca la pobre «desalmada». Hay algo más fuerte que la realidad y ese algo, esa incapacidad de los sentidos para percibir lo que cae fuera de toda previsión, de toda preconciencia fue lo que encubrió nuestras liviandades. Así hubiésemos continuado sabe Dios cuánto tiempo a no haber sido por la concurrencia, solo por nosotros imprevista, de una circunstancia que nos forzaba a poner término a aquella situación dentro de un plazo fijo.

Cuando por boca de mi cuñadita supe lo que ocurría, no tuve ni un momento de duda. Busqué una solución con ahinco, a la desesperada. Y la encontré. Era terrible; pero había que encontrarla y la encontré. Días después, yo emprendía un inopinado viaje a provincias.

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