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Todo esto es cierto, rigurosamente cierto. Yo maté a mi mujer una noche en que me confesó que tenía un amante, al que quería más que a su propia vida.

Lo triste es que aquel amante no existió nunca, y que, aun en el caso de haber existido, yo no hubiese matado por ello a mi mujer. Mi cultura, mis convicciones, mis sentimientos, todo, hasta el instinto mismo, me lo vedaba. Pero lo cierto es que cometí aquel bárbaro crimen.

Y que jamás creí ni creo pudiera cometerlo.

Y que ni siquiera hubo tal adulterio.

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