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La infeliz novia-viuda recibió pocos días después mi esquela de defunción, mi cartera, un mechón de mis cabellos —auténticos cabellos míos, que me hicieron lucir durante algún tiempo una terrible trasquiladura, que era como la marca infamante de un crimen— y algunos recuerdos más. Todo esto, que yo fríamente urdía en el cuarto desmantelado de mi fonda, perdida en los recovecos de aquella ciudad, disimulada en el mundo, causó horas de dolor imponderable a mi prometida. Solo imaginar el sufrimiento de aquella pobre mujer me crispa aún los nervios. Pero ¡no había más remedio! El tiempo corría y pronto mi cuñadita no podría disimular las señales de nuestro amor.
Inmovilizada por el dolor, mi prometida dejó pasar los días sin frío ni calor para ella, sin nubes y sin sol; días muertos, que eran para la infeliz «desalmada» como un desfile eterno de almas en pena. Un poco más vieja todas las mañanas, acabó de arruinarse y extinguirse en poco tiempo. Guardó entonces bajo siete estados de la tierra su inútil canastilla de boda, enfundose en unas ropas negras y ya puede decirse que dejó de existir. Nuestro propósito estaba logrado. La habíamos matado y ya éramos libres.
Dos meses después de mi fallecimiento solicité mi traslado a otra ciudad no menos empozada y perdida que aquella, en la que se había fraguado la farsa de mi óbito. Hice mis preparativos con verdadera ilusión. Tomé en arrendamiento una alegre casita, encaramada en un altozano de las afueras, por cuyas laderas reptaban los naranjos y los olivos. Era en las tierras cálidas del sur y la cal viva de las paredes explotaba en la luz del sol, envolviendo en diafanidad los cuerpos y las almas. Así continué gozoso preparando mi felicidad minuciosamente, con esa inefable infantilidad, ese alborozo, que yo hasta entonces creí privativo de las almas limpias de pecado. Aderecé mi nido con unas cretonas claras y unos juguetillos divertidos. Cuando todo lo tuve dispuesto, me tumbé en una hamaca, encendí un cigarrillo y me puse a esperar sosegadamente.
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