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No tardó esta en hacérsenos imperceptible. Nos creímos que habíamos vuelto a nuestra sinceridad, nos olvidamos de la máscara y, ya sin precauciones, seguimos charlando a placer arrellanados en un diván que arrastré cerca de la chimenea. Dejé el comedor a media luz y allí, enlazando por la cintura a mi mujer, me dejé llevar por el encanto de aquella confortable y sugeridora ocasión.

Permanecimos algún tiempo en silencio. Mi mujer alargaba sus piececillos hasta la chimenea y parecía obsesionada con el lengüeteo de las llamas. Su cara, entintada en rojo, parecía la cara de esas muñecas de cera furiosamente carmíneas y por un momento temí se derritiese al calor de la lumbre. Su ensimismamiento era más hondo cada vez. Para contestar a mis preguntas parecía hacer un largo viaje a través de unas remotas regiones en las que le sorprendían mis llamadas. Eludía mis interpelaciones con un monosílabo y volvía a irse. ¿A dónde? Yo no lo sabía y empecé a sentirme molesto. Le costaba un gran trabajo atenderme. Hacía visibles esfuerzos para venir conmigo, pero creo que contra su voluntad volvía a escapar a sus paisajes ideales, por más que yo la retenía, la acosaba a preguntas y la estrechaba entre mis brazos.

Esta insistencia empezó a causarle molestia. Cada vez contestaba de peor gana a mis requerimientos. Llegué a serle insufrible; me contestó al fin violentamente y se separó de mí colocándose al otro extremo del diván con la cara entre las palmas de las manos y las pupilas fijas en el fuego.

Me levanté airado ante aquella inexplicable actitud y comencé a medir la habitación con largos y fuertes pasos. Empecé entonces el monólogo de las recriminaciones. Debo declarar que al principio fui un poco farsante. Es más; me agradaba aquella actitud desdeñosa de mi mujer. Y como me gustaba la escena que estábamos representando, extraje cuidadosamente de la realidad todas las raíces de los minúsculos hechos cotidianos que podían hacer florecer en mis labios el reproche. Estaba muy contento de mi inventiva. Mis quejas sonaban bien. Reproché a mi mujer su falta de cariño, su desdén por mis preocupaciones, su incomprensión para mis inquietudes espirituales. Aquel monólogo tenía emoción y fui subiéndolo de tono con cautela al principio, con desapoderado entusiasmo después.

Ella, a medida que crecía el énfasis de mis acusaciones, mostrábase más ceñuda. Estaba a tono también. Mantenía su mutismo con una gran entereza, una llamita roja ardía en sus pupilas, y sus labios, aplastados el uno contra el otro, eran como un signo de dolor. Yo, que la miraba de reojo mientras recitaba mi monólogo, me desconcerté un poco. Hice una transición, y ya sinceramente y a lo que yo creí sin farsa, la interrogué:

—¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros, mujer? ¿Por qué estás así? ¿Te han dolido mis reproches? Ea, dejémonos de farsas. Mis reproches no han sido sinceros. Son ganas de jugar a sufrir. A veces, esta naturaleza nuestra tan adicta al dolor se irrita cuando no lo siente cerca y, ¡ya ves qué tontería!, lo finge. ¿No te ha pasado igual algunas veces, chiquita? El dolor es tan consustancial para nosotros que cuando no aparece en nuestra vida, tenemos necesidad de inventarlo. ¿No has sentido tú nunca el deseo de padecer, y por padecer has inventado tú misma un sufrimiento? Pues así han sido mis quejas para contigo. Dolor imaginario. Ganas de sufrir que tiene esta carne viciosa de que estamos hechos. ¿Qué tengo yo que reprocharme, mi alma?

No respondió la mujer a estas sensatas y sinceras palabras. Seguía impenetrable, extraña. Sus ojos continuaban fijos en un punto ideal y su boca contraída hacía una mueca de enojo tan exacta que me exasperé y cogiéndola por un brazo la sacudí con fuerza:

—Mírame.

No me contestó tampoco. Furioso por aquella estúpida terquedad estuve a punto de golpearla. Pero sentí la carne de su brazo tan blanda bajo la presión de mis dedos atenazadores que la solté temiendo desgarrarla. Volví a mis razonamientos. Jamás he sido tan sensato, tan paciente. Y eso que una furia infernal iba tomándome por dentro, encendiéndome la sangre en las venas y cegando los veneros de mi razón.

Conteniendo mi ira me propuse forzar su dureza y llegar hasta el fondo de su alma con suasorias palabras. Ya entonces no discurseaba. Me preguntaba a mí mismo qué había ocurrido entre mi mujer y yo para que de improviso nos sintiéramos extraños, remotos, desconocidos. ¿Qué era lo que se había interpuesto? ¿Qué obstáculo me había cortado el camino de su corazón, ancha vía siempre abierta a mi deseo? Suavemente fui envolviendo a mi mujer en mis blandas caricias. Era indudable que había sufrido una especie de letargo espiritual y había que hacerla reaccionar. Extremé mi amoroso afán y entonces sonaba ya mi voz con aquel mismo tono mayor de las declamaciones románticas. Era absolutamente sincero, sin embargo.

Me deslicé a los pies de mi mujer y allí, abrazado a sus rodillas, hice desgarradas invocaciones a su alma, conjurándola para que abandonase sus lejanías y volviese a mí. Este tono mayor debió ser más eficaz, porque advertí en mi mujer algunos indicios de una honda lucha y, creyendo llegado el instante de romper el encantamiento, le sujeté la cabeza con las manos y alzándola le pedí:

—Mírame.

Lentamente, como obra de un sobrehumano esfuerzo, fue alzando hasta mí el rostro; pero cuando sus ojos dieron con los míos no pudieron resistir mi mirada y los vi fundirse en lágrimas y cerrarse vencidos. Cayó sobre el pecho la cabeza; con un furioso ademán me rechazaron sus brazos, y allá se fue sollozando avergonzada al más sombrío rincón de la estancia, donde, con la cara escondida bajo el brazo, estuvo llorando sin consuelo, tomada de una congoja tal que parecía haber caído sobre ella todo el dolor del mundo.

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