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Fue tal el desconcierto que me produjo aquella actitud de mi mujer que tardé algún tiempo en reaccionar. Menos aún que su enojo me explicaba su dolor. ¿Qué pasaba en el alma de mi mujer? Me esforcé en dar una interpretación racional a tales estados de alma y a poco que medité creí haber descubierto el sentido de aquel desdén primero y aquellas lágrimas que le habían seguido. Es indudable —pensé— que mi mujer se declara culpable. ¿Culpable? ¿De qué? ¿Adulterio? Empecé rechazando la hipótesis por absurda. Habituado a una absoluta sumisión de mi mujer, no concebía que su alma, modelada a imagen y semejanza, se volviese contra mí. Cierto que nunca le presté una extraordinaria atención; pero no era menos cierto que ella no la requería. A veces estaba días y días sin dedicar una hora a mi esposa; pero yo sabía a ciencia cierta que una frase mía, un gesto, bastaban para cubrir sus necesidades espirituales durante una semana. Tenía un alma pequeñita, a cuya sustancia subvenía yo con largueza. Mi mujer no necesitaba más.
Reconocer por otra parte la posibilidad de un adulterio de naturaleza puramente física me parecía más absurdo aún y apenas formulé la suposición.
Pero allí estaba, sin embargo, mi mujer llorando, con tan claro llanto de culpable, con la cara escondida y rehuyendo mi contacto con tal repugnancia que la hipótesis iba tomando cuerpo y perfilándose al fin netamente como síntesis de la dolorosa escena. Quise rechazar el supuesto, pero ya no podía. ¿No era así, con aquellas mismas actitudes e idéntico ademán como todas las heroínas del mundo se han declarado culpables?
Menos trabajo me costaba aceptar la idea de la culpabilidad de mi mujer que explicármela. Esto se hallaba fuera de toda previsión y toda lógica. Pero estaba tan terminada la escena que acabábamos de representar, tenía tanta plasticidad aquella tácita confesión, que tuve que rendirme a la evidencia. Mi habitual sensatez, mi cerebralismo, si se quiere, me hacían rechazar de plano el supuesto, pero son tantos los hombres sensatos que han hablado de lo ilógico y absurdo de la mujer en sus relaciones sexuales, se ha dicho tantas veces que las mujeres son arcanos insondables y que el amor no resiste las disciplinas de la razón, que abdiqué de mis convicciones, y ya en el vacío, una vez otorgada personalidad al absurdo, me convencí de que mi mujer podía muy bien haberme estado engañando a mansalva.
La amargura que este reconocimiento me trajo no fue tanta por el dolor de sentirme engañado como por el desencanto de ver fallidas todas mis previsiones. Era un fracaso moral tan grande que a su lado se empequeñecía la molestia física de sentirse cornudo.
Al rato de estar rumiando pacientemente este dolor, este fracaso, me revolví airado contra mí. ¿Qué hombrezuelo miserable era yo que así me entretenía en desmenuzar mi desdicha? Había que dejarse de disquisiciones. «Ya ves —me decía— a lo que te han traído tus especulaciones psicológicas. Mientras tú creías jugar con el corazón de tu mujer como un diosezuelo, ese corazón navegaba a la deriva por el mundo a merced de las olas y de los pescadores. Sacude tu estúpido cerebralismo, olvida tus proposiciones y tus razonamientos, alza los brazos y la voz, grita, patalea, ruge, sé hombre alguna vez. ¿Crees que ser hombre es encadenar tus sensaciones y tus movimientos a ese eterno y silencioso devanar de tu conciencia? ¡A vivir, majadero! ¡Triste cornudo reflexivo! Grita, lucha. ¿No ves que tu mujer se huelga con algún hermoso animal mientras tú estás rumiando tus meditaciones?».
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