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¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos hijos que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio, anduve algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos hecho con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan empedernido, que jamás se dejó vencer por la sensiblería. Era, más que remordimiento, miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita amorosa, cuya impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era posible que un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había dejado desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que le había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin, salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura, su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme?
En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus tocas negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero pronto la evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa y esmaltada de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo vivificador del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis antepasados, acristalados en las paredes de mi despacho, iba también desdibujando la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que llegaba a costarme un gran esfuerzo mental el reconstituir las líneas fundamentales de su figura, que debieran estar marcadas en nuestra mente con el hierro del crimen. A la vuelta de dos años se había borrado por completo su imagen; ya solo me quedaba el recuerdo de los hechos, y, antes de que estos se me pierdan también de vista, quiero fijarlos de algún modo, y por eso he urdido este relato, que conservo, y de tiempo en tiempo leo, porque el recordar, el revivir aquellos días es la única expiación de mi culpa, ya que la divinidad ha sido benévola conmigo y me ha concedido el ser feliz. Esto es para mí una cosa inexplicable.
Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que a mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad; ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca, nunca...
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Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué pasaría por su alma en aquel minuto?
LA ÓRBITA
Operaba en un gran hotel y conocía y practicaba todas las malas artes de seducción. Con sus amaneramientos de actriz de la Comedia Francesa, sus trajes firmados por los más célebres modistos y su melosería meridional, sabía engatusar a los fugitivos huéspedes de aquel espléndido palacio de trashumantes adinerados, cuya gerencia la tenía contratada para retenerles y hacerles agradable el suntuoso hospedaje. Era gente a la que no duele el dinero: diplomáticos, banqueros, negociantes en auge, terratenientes que vienen a urdir sus trabacuentas con el Estado, ganaderos que contratan suministros, directores de fábricas, alcaldes de poblaciones de más de cien mil almas, turistas, presidentes profesionales de cuanto pueda ser presidido, diputaditos espigados que esperan ser ministros antes de que se les acabe la hijuela y traman sus maquiavelismos en el _hall_ del hotel e improvisan sus disertaciones y su fama en el ámbito desnudo e infecundo de sus _appartements_. Esta era su clientela.
Se hacía llamar Palmira, y se decía casada. En efecto; de vez en cuando aparecía en el _hall_, en el comedor, en el salón de baile, o en la _brasserie_, del brazo de su esposo, caballero grave y distinguido, sumido siempre en hondas preocupaciones y afanosos trabajos. Su esposa le traicionaba con cuanta frecuencia se lo permitía la renovación de los huéspedes en el hotel, y sus cómplices, en el cotidiano adulterio, pagaban por la traición tanto como por el placer. El esposo respetable y distinguido que se dejaba engañar era la salsa del pecado. Y los buenos _gourmands_ prefieren la salsa a la tajada.
También se decía porteña, aunque con extraordinaria facilidad cambiaba de un punto a otro del planeta el lugar de su nacimiento. En realidad, este es un dato que, para practicar el amor, no tiene una exagerada importancia. Lo cierto es que había nacido en Sevilla y que salió de allí para ejercer dignamente la prostitución, como en Francia salen de Marsella casi todas las beneméritas propagadoras del mal gálico, que extiende su patriótico influjo por todo el universo. El Mediodía aporta, en todas las naciones, un gran contingente a la prostitución y a la poesía lírica.
Había nacido en un viejo corral de un barrio silencioso y evocador de Sevilla, en cuyas callejuelas crecía la hierba por entre los guijarros del empedrado, y se hacían sonoros, claros y distintos los pasos de los transeúntes. Entonces no vivía mal la gente corralera; los corrales eran auténticos palacios, venidos a menos; conservaban cierto señorío, cierta holgura, que fortalecían a sus pobres moradores, haciéndoles un poco hidalgos arruinados, firmes y orgullosos, como si también ellos hubiesen venido a menos. Las modernas casas de vecindad con su horrible construcción tendinosa, sus patios de cemento y sus celditas estrechas, son una anticipación de la cárcel, del cuartel o del hospital.
Pero, sobre todo, aquel patio inmenso del corral, con su fuente de piedra en el centro y sus arcadas blancas, en las que explotaba el sol, era la delicia de la chiquillería. Palmira, que entonces no se llamaba así, y tenía en vez de sus rizados bucles una trenza enhiesta en el cogote, como el rabo de una lagartija, se pasaba el día entero en aquel patio del corral con otras cien chiquillas corraleras, que ejercitaban sus cuerpecillos, casi desnudos y tostados por el sol, en el aprendizaje de las danzas populares de Andalucía, que dan a las mujeres esa plasticidad, esa gracia, que después se pagan a tan buen precio en los prostíbulos.
Palmira recordaba su infancia con agrado. Había mucha hambre y poco pan en la talega: mal humor en su madre, malos tratos en el padre alcoholizado, egoísmo en los hermanos y crueldad en las vecinas. Pero había un solazo vivificador, un desgaire, una exuberancia, un tan claro optimismo en aquel ambiente mísero de sus primeros años, que la negra pobreza se arrebolaba y encendía, fingiendo un bienestar y una holgura que bastaban a la sobriedad de aquellas gentes trabajadoras.
Cuando tuvo diez años y empezó a apetecer todas las superfluidades fue cuando notó la miseria que la rodeaba. La miseria es una creación nuestra. No hay nadie en el mundo lo suficientemente pobre para que se le considere desdichado. A la vida le basta con muy poco, casi nada; todo lo demás es superfluo. Esta superfluidad llega, sin embargo, a tener una importancia vital; hay quien fracasa en conseguir una fruslería cualquiera, un cintajo honorífico, un título de dominio o unos billetes de Banco, y, por fracasar, se muere realmente de dolor, como se muere el padre que no consigue preferencias y comodidades para sus hijos. Y tan superfluo es lo uno como lo otro. Palmira empezó a desear y se hizo desdichada.
En aquel tiempo, sus padres quisieron comenzar a resarcirse de los sacrificios que por ella debieron haber hecho y la pusieron a trabajar en una fábrica. Aprendió el valor del dinero: tantas horas de trabajo eran tantas pesetas, y tantas pesetas eran unas medias de seda, y tantas unos zapatos de charol, y cuantas una blusa o unos pendientes. Así valoradas las cosas, o, mejor dicho, realzado su valor por el esfuerzo que costaba conseguirlas, se exarcebó su ansia de poseerlas. Estas fruslerías tomaron a sus ojos tal prestigio, que se le hizo imposible vivir sin ellas.
En la convivencia con las obrerillas viciosas y ambiciosas de su taller supo que ella tenía una moneda con la que se podían comprar todas las superfluidades anheladas, y precipitadamente, antes de tiempo, siendo aún una niña, cambió su moneda a un experto cambista, ansioso numismático, coleccionador de estas monedas vivas, las únicas monedas que tienen un origen divino. Y se prostituyó.
Hay quienes cuentan que la prostitución de Palmira fue una desgarradora tragedia. De un lado, el hambre, el desamparo, la bestialidad del padre, la insensibilidad maternal y el dolor del trabajo agotador y no remunerado; de otra parte, el ansia de vivir, el bienestar y la tentación constante de las viejas alcahuetas que rastrean a diario los barrios bajos, husmeando la miseria y la belleza, para servir el apetito de esos ogros modernos, que de ordinario se contentan con husmar la carne de las niñas nada más.
Pero este aparato terrorífico es un poco exagerado. Palmira cayó, si a esto puede llamarse caída, por lo que caen todas las que caen. Porque les apetece. No hay que buscar complicadas argumentaciones para justificar un acto tan natural como este. Puede creerse que en el amor la mujer no pone más que una cosa, bien material y palpable por cierto; todas las demás cosas las pone la imaginación del varón.
Palmira tuvo suerte en su nueva vida. No es muy corriente, pero tuvo suerte. Iniciada en el rincón más oculto y profundo de la prostitución, supo elevarse pronto, gracias al ajetreo laborioso de sus caderas, que al poco tiempo se hicieron fuertes y rotundas, como se desarrollan los bíceps de los empedradores y los cargadores del muelle. Sorteó milagrosamente el escollo de los males secretos, esquivó los bajos fondos del sentimentalismo y a los dieciocho años estaba hecha toda una mujer y salía a flote entre las espumas de la sociedad. Empezó a frecuentar los teatros y los paseos; las señoras decentes se acostumbraron a verla, desde muy cerca, en las plateas y los salones de té, y esto hizo que crecieran las pujas a la llana, que decidían sus favores. Físicamente estaba ya lograda; usó con gran sagacidad de las artes cosméticas, dio regalo a su cuerpo, que es como decir que cuidó su herramienta de trabajo, y pudo esperar que aquella lozanía, aquella frescura de su tez, aquella juventud, fuesen eternas, a lo menos en el concepto que de la eternidad puede tener una amorosa de dieciocho años. En otro aspecto, basta notar que el comercio de la carne aviva la vigilancia del espíritu, y ella, que tan en grande comerciaba con su cuerpo, tuvo que buscar el equilibrio en algunas satisfacciones espirituales, logradas a poca costa si, en su caso, se dispone de una gran intuición y de poderosas ambiciones. No quiere esto decir que se hiciese literata, no. Pero llegó a tener una noción bastante aproximada del mundo y de la vida. Ya es bastante; algunos intelectuales no la tienen, ni siquiera remota.
Pensó entonces que, aunque la prostitución tiene un origen sagrado y una estirpe nobilísima, en los tiempos que corren no basta su ejercicio para encumbrarse, y vio que le faltaban algunos factores para el éxito. Tenía dos caminos por los cuales la mujer prostituida puede hoy lavarse de toda culpa y contratar de igual por igual con la sociedad: el matrimonio o el arte. Casándose, o haciéndose artista, era como únicamente podía seguir avanzando en su carrera. Resistió heroicamente la tentación de consagrarse al arte y decidió casarse. Esta fue una de sus mayores pruebas de clarividencia, porque, tratándose de ennoblecer y purificar su vida, la elección entre cualquiera de los dos términos aparece dudosa. Cierto que el matrimonio es uno de los siete sacramentos de la Iglesia; pero, ¡caramba!, las _varietés_, por ejemplo, son una cosa muy seria; no falta, seguramente, quien les haya encontrado antecedentes bíblicos y orígenes celestes.
Y se casó; es decir, no se casó, pero fue lo mismo que si se casara. Andan por el mundo algunos sujetos meritísimos, correctos, instruidos, laboriosos, a los que no sabemos por qué la corriente de la vida pone al margen. Son esos sujetos que a veces nos encontramos como naufragados en el remolino de las calles céntricas. Eran buenas personas, iban derechamente a un sitio fijo, tenían quién les aguardase, y, sin embargo, se han perdido, y después de dar estúpidamente muchas vueltas, se han remansado en una acera, como los ciegos, los mudos, sordos y tullidos, que piden limosnas en la carrera.
Hay que creer que también a esos sujetos, como a los mendigos, les ha faltado de pronto algún sentido oculto, alguno de esos misteriosos sentidos que indudablemente nos sirven con la misma eficacia que los cinco sentidos corporales. Acaso es que les falla el sentido común, o que han perdido la brújula, o que se han olvidado de su itinerario. ¿Quién sabe? Lo cierto es que se quedan detenidos en algún cantillo, inanimados, muertos, real y verdaderamente muertos. Cuando ya empiezan a corromperse, viene la miseria, con su gran escoba de barrendera municipal, y les quita de aquel sitio céntrico, llevándoles a los grandes depósitos de detritus, donde han de esperar en fermentación a que los utilicen como abonos.
Esperando a que lo barrieran, y con claros síntomas de descomposición, se hallaba don Gonzalo de los Reyes Pérez, hombre de gran espíritu, licenciado en Derecho, técnico de numerosas técnicas y profesional de varios órdenes, cuando Palmira, en trance de buscar esposo que diese realce y solvencia a su comercio, le echó una mano cariñosa.
Se entendieron pronto. Las capitulaciones de aquel pacto fueron curiosísimas. Don Gonzalo contraería matrimonio canónico con Palmira: no era necesario cubrir las formalidades del caso; bastaba divulgar la noticia, vestida con todas las garantías posibles. Palmira, en su vida privada, conservaría toda su libertad de acción; pero en la vida pública aparecería sometida a la tutela conyugal. Fue muy difícil delimitar cuál era la vida privada de Palmira; pero, al fin, se consiguió, pasando como sobre ascuas por ciertas escabrosidades. Don Gonzalo no tendría derecho a reclamar el débito conyugal en ningún caso, y se obligaba a observar una vida regular, austera, digna y, al parecer, laboriosa. En cambio, Palmira le facilitaría todos los recursos necesarios para que ambos viviesen en grandes hoteles, le vestiría con lujo, le costearía sus investigaciones técnicas y su coñac, poniendo al mismo tiempo en juego sus influencias para que fuese reconocido y patentizado el claro talento y la constante laboriosidad de su noble esposo. Y así se hizo.
Don Gonzalo, que se veía perdido en medio del arroyo, quitándose el hambre a bofetadas, ensayando el chantaje y fracasando en la esgrima, aceptó alborozado. Palmira, por su parte, vio con gusto que se hallaba en posesión de un esposo correcto, sabio y distinguido, con una venerable barba cenicienta y una prestancia intelectual y académica que provocaría, seguramente, la intromisión frecuente y productiva de ese agente maligno que en la intimidad hace infelices y astados a tantos sabios venerables.
Se casaron —a lo menos dieron publicidad al enlace—, y poco después se trasladaban a la corte, instalándose suntuosamente en aquel gran hotel, donde Palmira iba a tender sus deliciosas redes. La pesca no pasó por alto a la gerencia del hotel, muy celosa de la inmoralidad que no produce dinero, y como además Palmira vio que había que moderar, en lo posible, los gastos de la industria, tuvieron don Gonzalo y su cónyuge que tratar en secreto con el gerente de la casa, que, a partir de entonces, fue a la parte en las ganancias, reduciéndoles, en cambio, el precio del hospedaje y dando a Palmira todas las facilidades estratégicas que fueron precisas.
El negocio iba bien. Don Gonzalo se portaba, en su papel, a las mil maravillas, y Palmira llegó, en las artes de seducción, a un completo triunfo. En dos o tres temporadas ahorró unos cuantos miles de pesetas, que colgó de su cuello y sus orejas, con lo que subieron de precio las ofertas. Merced a sus tratos íntimos con un ministro de la corona, llegó don Gonzalo a ser miembro de algunas entidades fundamentales para la vida del Estado, y, entre tanto, la vida, fácil, muelle, acariciadora, iba dando plenitud y aristocracia a Palmira y ensanchando la frente y el abdomen de su venerable cónyuge, que alguna vez, por no irle a la zaga, llegaría a ser hombre público también.
Pero don Gonzalo se consagró al coñac y al humorismo. Tener un gran espíritu es peligrosísimo para andar por el mundo. Hubiera sido don Gonzalo una mala bestia, y es seguro que Palmira le hubiese levantado cien codos sobre la multitutd llevándole incluso a los más altos puestos, porque para eso disponía ella sabiamente del punto de apoyo que pedía Arquímedes para mover el mundo, o por lo menos de un punto de apoyo que sirve para mover a los hombres que mueven el mundo. Don Gonzalo, que realmente tenía talento, cuando se vio adulado y envuelto en nubes de incienso por los que iban a cortejar a su mujer, no pudo disimular la risilla irónica que le retozaba en el cuerpo y empezó a perder su prestancia. En vez de consolidar un prestigio tan fácilmente ganado, comenzó a burlarse de sí mismo y de los que le atacaban, se dedicó a fraguar frases ingeniosas que fueron consideradas de un pésimo gusto, hizo befa y chacota de muchas cosas respetables y no tardó en crearse una peligrosa reputación de hombre extravagante y pernicioso. Esto y algunos excesos de coñac estaban a punto de dar al traste con su personalidad y por ende con el pingüe negocio de Palmira.
Adivinó esta con su certero instinto el peligro que la amenazaba y decidió dar el golpe definitivo, triunfar de una vez y para siempre. Había llegado el momento preciso de saltar, de conquistar de un golpe la riqueza. No era difícil. En el mundo hay mucha más gente absurda de lo que puede creerse y entre aquella turbamulta acaudalada que desfilaba por el gran hotel había no pocos homunculejos forrados de dinero que se hubiesen arruinado por Palmira o por cualquiera otra bestezuela de lujo semejante. Se habla de terribles pasiones, se complican las cosas, se urden complejidades psicológicas y el resultado es que un honorable caballero pone sus títulos nobiliarios, sus billetes de Banco o su talento en manos de una zorra cualquiera que sabe aderezarse con esmero. Esto es muy divertido y hasta si se quiere beneficioso y meritorio para la república. Lo repugnante es el artificio sentimental de que se rodean estas uniones desiguales que para ser aceptadas en la sociedad, tiene que llevar la cédula de penitencia de un apasionamiento fatal y melodramático.
Palmira había provocado ya algunas pasiones terribles; pero hasta entonces sus apasionados habían sido adolescentes de escasa solvencia. Fue curiosísimo el incidente a que dio lugar con sus arrebatos uno de estos jovenzuelos exaltados que perseguía día y noche a Palmira, espiándola e impidiéndola con sus impertinencias el ejercicio de su profesión. Decidió Palmira desengañarle de una vez y aprovechando la circunstancia de hallarle una noche en uno de los desiertos pasillos del hotel, le hizo pasar a su habitación. Justo es consignar que le llevó sin ningún propósito alevoso. Iba simplemente a desengañarle.
Ocurrió que don Gonzalo, contra lo que ella suponía, se hallaba allí tumbado en un inefable butacón y entre sorbo y sorbo de coñac y filosofía. Al ver entrar a su cónyuge levantó el campo y fue a refugiarse en el cuarto de baño sin desamparar en su fuga su preciada botella de Domecq. Palmira se dio cuenta y disimuladamente entró a advertirle que no había peligro. Se trataba simplemente de una explicación con aquel jovenzuelo. Prometió a don Gonzalo que no perdería su verticalidad y con esta promesa el sabio se tranquilizó y se dispuso a esperar tras el débil tabique.
Pero estas cosas de amor no salen nunca a golpe cantado. El jovenzuelo se expresaba con un ardor romántico digno de ochocientos treinta y por añadidura tenía una sugestiva figura. El diálogo subió de punto y don Gonzalo oyó pronto algunas frases que no hubiera querido oír. Unas pausas, unas sospechosas pausas, le alarmaron aún más. «¡Diablo, esto se complica!», pensó para su capote. Pidió auxilio a su coñac y media hora después, estaba completamente beodo. Había conseguido impermeabilizarse y ya todo el globo terráqueo se le antojaba una fruslería.
Ideando una interpretación racionalista del Apocalipsis estaba ya, cuando vino a alarmarle un confuso rumor. No era ese batir de alas de que hablan los poetas, no. Era algo más alarmante todavía. Palmira, después de escuchar conmovida todos los razonamientos del joven recobró su presencia de ánimo y su posición normal. Entonces le hizo ver la insensatez de su aspiraciones, le amonestó cariñosamente y ya con cierta dureza le anunció que no seguiría permitiendo sus asechanzas. Aquella entrevista había sido una liquidación. En todos los presupuestos que se consagran a las atenciones públicas hay un capitulo destinado a la beneficencia; Palmira acababa de agotar en aquel momento su consignación y el joven insolvente y apasionado debía, pues, retirarse para siempre. Decir esto Palmira y ponerse por las nubes el fogoso amador fue todo uno. Vinieron apóstrofes, imprecaciones, amenazas, desesperación. El joven romántico llegó a maltratar a Palmira de palabra y obra, anunciando que estaba dispuesto a todo antes que perderla. Don Gonzalo, desde su escondite, se hacía cruces ante la insensatez de aquel caballerete.
Furiosa por tal insistencia Palmira se cruzó de brazos y piernas rechazando con desconcertante frialdad las quejas del enamorado. Llegado este al punto culminante de la desesperación, sacó rápidamente una pistola automática y la asestó al pecho de Palmira. Esta apenas pudo lanzar un grito:
—¡Gonzalo!
Gonzalo la oyó y pensó con la celeridad del rayo: ¿Salgo o no salgo? Dudó unos momentos; la interrogación de Hamlet no era seguramente más trascendental. ¿Salgo o no salgo?
Salió al fin; pero ya era tarde. Palmira, por instinto de conservación había sacrificado una vez más su honestidad y el insensato estaba a punto de quedar inerme. La aparición heroica de don Gonzalo, esgrimiendo vacilante la barra del toallero, fue épica.
Decidida a que tuviesen término aquellas inquietudes, Palmira puso más carne en el anzuelo. Se descotó aun más y cruzó las piernas con mayor holgura. Había que hacer la jugada definitiva, esa jugada que lo mismo en la vida de los hombres que en la de las mujeres determina el camino que ya se ha de seguir siempre de modo inexorable. Había que prender a un amante definitivo; lo suficientemente idiota para enamorarse de verdad; lo suficientemente rico para poder otorgarle a perpetuidad la exclusiva.
Y fueron cayendo. Ya hemos dicho que hay mucha más gente absurda de la que parece. Al final de aquella temporada, cuando ya el mundo galante deriva hacia las playas de lujo, Palmira se encontró con su aspiración triplemente satisfecha. Tenía tres amantes ideales entre quienes escoger; tres hombres maravillosos, cargados de dinero, que anhelaban consagrarle sus vidas. Era feliz. Había inspirado pasiones avasalladoras a hombres solventes y había llegado, por lo tanto, al término de su carrera, ya que las pasiones, que por sí solas nada valen, se miden y estiman por la responsabilidad económica que llevan aparejada.
El conflicto estaba en elegir a uno de ellos. En cuanto al dinero, los tres estaban igualmente dotados; no había diferencia sensible y Palmira se encontraba perpleja, porque por primera vez en su vida no venía don dinerito a inclinar de un lado la balanza en que pesaba sus decisiones. Había, pues, que decidirse aquilatando calidades y no cantidades. Esto era nuevo para ella. Se encontraba vacilante como esas ingenuas pastorcitas de los cuentos de hadas que de improviso tienen que escoger entre tres príncipes igualmente rubios y esbeltos. «Si los tres tienen todo lo que yo puedo desear, ¿cómo escoger a uno? Si los tres son ricos en la misma medida, ¿a cuál doy mi preferencia?», pensaba Palmira.
Era preciso mirarlos desde otro punto de vista distinto del interés. Entonces recordó que vagamente había oído hablar alguna vez de cualidades morales. «Veamos qué es eso», pensó, y no tardó en enterarse.
Cuando supo formular algunos juicios sobre cosas inmateriales —ella, que no había sabido más que contar—, aplicó sus nociones metafísicas a sus tres amantes; pero le ocurrió entonces una cosa terrible. Los tres tenían idéntica categoría moral o, mejor dicho, los tres padecían la misma ausencia de valores morales.
El primero era un tipo exótico. Venido sabe Dios de dónde, recorría el mundo sin descanso, dejando a su paso una estela de plata ganada en fantásticas empresas radicadas en remotos países. Era difícil saber en qué rincón del mundo trabajaban y sufrían los mineros, los campesinos o los artífices que creaban con dolor aquella fabulosa riqueza. Más que un hombre, era un mito; el mito de la moderna civilización. Tenía algo de diosezuelo y se movía entre los simples mortales con esa dejadez, esa inconsistencia, esa ruindad de los antiguos monarcas absolutos a quienes pesaba demasiado la corona. A duras penas podía entendérsele cuando hablaba; su idioma natural era un galimatías formado con voces de todas las lenguas del mundo y en sus hábitos mentales como en sus costumbres traía el arrastre de vidas exóticas conocidas por él en sus remotas excursiones. Palmira, que en el fondo de su manera de ser tenía una rancia solera, una fuerte raigambre en la vida, honda, sana y natural del pueblo, rechazaba instintivamente aquel artificio, aquella artificiosa humanidad del millonario incomprensible, refinado, maniático, ligado únicamente al mundo por el lazo de su dinero. Pensó que sería muy desdichada uniendo su vida a la de aquel hombre desasido.
Otro de los amantes de Palmira era un viejo prócer de la más acrisolada aristocracia castellana. Viudo dos veces y enredado siempre con mujeres galantes, al final ya de su larga vida de placer y ociosidad se había enamorado de Palmira con toda la insensatez de la senectud. La vida se le iba a chorros y quería retenerla, fundiéndose con la rozagante juventud de aquella mujer espléndida. También era inmensamente rico; los gnomos que creaban su riqueza eran un formidable ejército de trabajadores, que acampaba disciplinado y silencioso a lo largo de los valles y los montes, sin pedir jamás aumento en la soldada ni exigir cuenta de los beneficios que rendía. Eran los alcornoques, los valientes alcornoques, obreros laboriosos a cuya sobriedad bastaba un poco de agua y de sol. El viejo aristócrata había derrochado sin tasa durante toda su vida; pero aquella riqueza, en vez de menguar, crecía. Invirtió aquel caudal inagotable en pervertir a los demás y en pervertirse a sí mismo. En el amor, como en los demás movimientos de su alma, gozó siempre con las torceduras y los desequilibrios inauditos. Vivió escandalosamente hozando en todos los vicios y cuando encontró a Palmira era su cuerpo una ruina, hueso y baba, repugnante caracol blasonado.
El tercero de aquellos modernos príncipes era un cincuentón sebáceo, rezumante, ventrudo. Como Palmira, procedía del pueblo: pero al enriquecerse había conservado toda la miseria, toda la podredumbre y grosería de los necesitados, realzándolas y poniéndolas en evidencia. Sus manazas ensortijadas y su corpachón de cerdo envuelto en seda promovían una sensación de asco invencible. Tenía mucho dinero; lo había conseguido explotando la miseria de los demás; la basura es acaso lo que más dinero deja y aquel gran cochino sensual había comerciado con basura. Casas de préstamo, burdeles, salas de juego, bailes y operaciones usurarias habían sido sus negocios favoritos, y gracias a ellos, su riqueza era imponderable. Cuando tuvo dinero se limitó a exaltar sus groseros instintos, y era, en resumen, la animalidad más baja y ruin consagrada por los ritos de la civilización.
Palmira no supo decidirse. Cuando no miraba a sus tres amadores por el lado del interés le parecían igualmente horripilantes. Había que cerrar los ojos y escoger a uno cualquiera, el que fuese. Después de todo, ¿qué más le daba? Pero ya se había metido en demasiadas honduras; pudiéramos decir que había perdido su ingenuidad de prostituta, su angelical ingenuidad que le había hecho caer siempre con los ojos cerrados del lado del dinero.
* * *
El tiempo apremiaba y Palmira no sabía decidirse. Consultó con Gonzalo; a pesar del lugar secundario que este hombre eminente desempeñaba al lado de Palmira, ella no dejaba de tenerle cierta consideración y un tierno afecto. Le expuso sus dudas y le pidió consejo.
—Tú tienes mucho talento, chiquita —le dijo el falso esposo—, y puedes enredar a los tres. Eres mucha mujer para uno solo. Creo que al final ellos mismos te lo agradecerían.
—No se trata de eso —repuso Palmira—; tengo que decidirme por uno de los tres y consagrarme a él para toda mi vida.
—¿Y conmigo, qué piensas hacer?
—Tendrás una jubilación decorosa. Decididamente, voy a retirarme de la vida pública.
—¿Cuál tiene más dinero?
—Los tres son igualmente ricos.
—¿Cuál es el que te quiere más?
—Los tres me desean furiosamente.
—¿A cuál prefieres tú por su carácter, por su género de vida, por sus inclinaciones?
—A ninguno.
—Pues cierra los ojos y carga con cualquiera.
—Eso es terrible. Son unos hombres tan extraños a mí, tan distintos, tan incomprensibles que temo sufrir un error, que sería fatal. ¿Y si después no nos entendemos?
—Déjate de tonterías. Tú, si quieres, podrás entenderte con todos los hombres de la tierra y creo que si bajara por aquí algún selenita no se escaparía seguramente a tu... comprensión. Las mujeres tenéis una maravillosa facilidad para adaptaros. Lo mismo te harías a la vida de los indios patagones que a la de los esquimales, si unos y otros tenían dinero.
—Pero es que yo quiero ahora proporcionarme de una vez y para siempre una vida que satisfaga algo mis inclinaciones. No quiero vivir para los demás, sino para mí misma. Para conseguir esto anhelo el dinero.
—Eso es más difícil para ti que poseer el oro a montones. Déjate de sensiblerías. Haberte quedado en tu salita del corral allá en Sevilla; te hubieses casado con un buen mozo que te daría hijos y porrazos. Andarías sucia, abandonada, envejecida... Pero en cambio vivirías de verdad, en lo que es tuyo, en lo que realmente puede conmover tu alma. Todo esto que ahora te rodea, este lujo, esta molicie, son postizos para ti, lo comprendo; te parecerá falso y despreciable pero es lo único que tienes. Lo otro, lo hondo, lo sincero, lo que desde el subsuelo te subía al corazón y te florecía en la boca lo has perdido para siempre. Sigue bizarramente tu camino. Adelante. La morriña es el azote de los aventureros.
—Tienes razón, Gonzalo. Sin embargo, una vez conseguida la riqueza, ¿por qué no aspirar a lo otro? ¡Sería yo tan feliz! ¡Volver con los míos! ¡Llegar con las manos llenas de oro! Triunfar entre ellos, entre las vecindonas del corral, entre las amigotas de la plazuela, entre aquella pobre gente que se maravillaría al verme joven, hermosa y rica. ¿Es pueril, verdad? Pues esto valdría para mí más que la admiración de todos los príncipes de la tierra. Tener después una casita, la misma en que viví con los míos, en la misma callejuela escondida, respaldada en la misma iglesia a cuya Virgen haría yo el regalo de mis mejores joyas. Esta sería mi felicidad, mi verdadera vida.
—Pues eso a bien poca costa puedes conseguirlo. Renuncia a la vida fastuosa que esos amantes extraños te ofrecen: renuncia a tus sueños de grandeza y ve a esconderte en tu rincón. Después de todo, lo mismo se vive en un palacio que en un chozo.
—¿No crees tú que al fin me desesperaría y terminaría por lanzarme otra vez, ya sin fuerzas, al torbellino del mundo?
—No; en todas partes se puede vivir con la misma intensidad, con el mismo espíritu. Las preocupaciones de ambiente son para los incapaces. El turista, al dar la vuelta al mundo, no recibe seguramente más emociones que el enfermo postrado en su lecho, que alza los ojos al cielo, traspasando el cuadro angosto de su ventanita. Todo depende de la capacidad de sensación que se posea.
—¿Me aconsejas entonces que lo deje todo, que olvide mis sueños de poderío?
—No te aconsejo nada. Pero sí quiero que sepas algo que yo mismo he creído observar. Casi todas las heroínas del mundo, y tú eres una de ellas, luchan, fracasan o triunfan; pero al poeta, como al espectador, no le interesan más que los accidentes de esa lucha, la eficacia de los golpes que se dan o se reciben y el temple de las armas. Al final de la epopeya, un epitafio o un arco de triunfo. Pero ¿y después? Yo te creo capaz de unir tu vida a la de uno de esos potentados. Habrías triunfado, mas ¿qué sería de ti entonces?
—Gozaría de todos los bienes del mundo.
—Son demasiados bienes para almas tan chiquitas como las nuestras. Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción insignificante de lo que poseen. Es la misma pena que a mí me atormenta al considerar que puedo comprar mucho más coñac del que me es posible beber. Figúrate cuál sería mi dolor si poseyendo todo el oro del mundo —es decir, todo el coñac del mundo— me sintiera omnipotente en la vida, pero a condición de no sorber jamás una copita. ¿Sería una verdadera tragedia, verdad? Pues esa es tu misma tragedia, la de todas las mujeres que como tú triunfan y para triunfar han de arrancarse del alma su propia vida, su verdadero apetito, su copita de coñac. En unas es el amor de hijas o el amor de madres, en otras la sinceridad, en otras el pudor, en estas la ternura, en aquellas la veneración a los penates. Eso, que en definitiva es lo único verdadero en el alma de las mujeres, tienen que arrasarlo las que como tú esperan triunfar. Renuncia a tus sueños ambiciosos, olvida para siempre la quimera del oro y si no te resignas, si eres fuerte y ambiciosa todavía, arranca de tu alma lo que aún te hace ser mujer, quémalo, avienta sus cenizas y adelante.
* * *
En un callejoncito de un barrio silencioso, donde crece la hierba entre los guijarros del empedrado y se hacen sonoros, claros y distintos los pasos de los transeúntes, hay una casa humilde y llena de vejez, cuyas paredes pulquérrimas están siempre dispuestas al halago de la cal. Tiene la casa un pequeño zaguán que una viejecita meticulosa aljofifa a diario; en él se quedan como cuajados los armoniosos pregones callejeros, los cantares y las risas de las niñas que juegan en la plazuela y los trinos de los canarios que filosofan en el patio. Es la casa de Palmira.
Palmira es ya la esposa real y verdadera de don Gonzalo. Hace una vida ejemplar, cuida su casa, escatima su dinero, rinde culto a la Virgen de su barrio y, poco a poco, lentamente, ha ido captándose la consideración de sus humildes vecinos. Don Gonzalo tiene un destinito, bebe con moderación e idolatra a su esposa. En la azotea ha construido él mismo un palomar y dedica sus tardes a observar atentamente —acaso por una indesechable aberración— las complicaciones sexuales de sus avecillas, sus arrullos, sus celos, sus leyes morales e inmoralidad. Tal vez se divertía antes como ahora.
El matrimonio vive con gran modestia. Llegaron con un poquito de dinero, compraron aquella casita, la arreglaron cuidadosamente, él se agenció lo necesario para ir viviendo y jamás dieron que hablar a la vecindad. Doña Palmira hace algunas obras de misericordia y da saludables consejos a las mocitas del barrio; conserva algunas joyas de valor que lucen sobre el pecho de la Madre de Dios en la Semana Santa, mima sus macetas de claveles y albahaca, hace sus novenas y toda su vida es de una gran ejemplaridad. Dicen que su juventud fue algo turbulenta; pero, ¡bah!, de todas las mujeres hermosas se dice lo mismo. Es una santa, no hay más que verla. ¡Qué recato! ¡Qué viva indignación siente contra la inmoralidad!
No es farsa; no. Es que estas grandes pecadoras, cuando se arrepienten y pasan los años, son de una santa intransigencia.
AZUCENA
Antes había sido casa de labranza; pero al fin de sus días se convirtió en burdel. Uno de esos burdeles rurales a los que van los señoritos todos los días y los braceros todas las semanas. Era una casa chata, grande y vieja, emplazada en el extremo meridional del pueblo y separada un tanto de las otras casas hacinadas que reptan empujándose y sosteniéndose hasta la meseta central, donde se abre la plaza mayor con su iglesia, su ayuntamiento y su estanco.
En la vieja casona de labradores, el olor fuerte de las lociones medicamentosas que se daban las nuevas pupilas y el perfume gordo y molesto de las esencias, los polvos y las cremas que usaban no habían podido desterrar las añejas y fragantes esencias que pueblan el ámbito silencioso de estas humildes moradas campesinas; a través de la penumbra grata que hay siempre en las salas húmedas y austeras de las gañanías, la luz del sol iba a explotar en la cal viva de las gruesas paredes, furiosamente enjalbegadas; lucen polícromas las guijas pequeñitas y pulcras del piso; zumban los moscardones allá entre la trabazón de las vigas carcomidas; en el alcarracero, las tallas de barro dejan caer sus gruesas gotas de sudor y las viejas cortinas de encaje rejuvenecen cuando sus tules remendados y deleznables arden triunfales como amianto en la llama del sol.
En aquel ámbito poblado de gravedad fue la tía Lunanca a poner su burdel. La moralidad aldeana lanzó entonces su anatema contra la venerable casa de labranza, cuya vejez así se veía profanada, y las mocitas del pueblo pasaban aprisa por aquel lugar, temerosas de que por los ojos entornados de aquellas ventanas les acechase el Pecado para sorbérselas como se sorbe el camaleón a las moscas; mosquitas muertas que ellas se hacían.
También algunas tardes, sobre todo cuando se santificaban las fiestas, bajaban del pueblo en bandada quince o veinte igorrotes que se ejercitaban en lapidar la fachada de la casa con el beneplácito y regocijo del honrado vecindario. Los guijarros de la chiquillería penetraban inclementes por los huecos de la casa en vergüenza, rebotaban en los hierros de las ventanas, quebraban los vidrios de las puertas, desgarraban las cortinas y saltaban impetuosos sobre la cómoda encinta o los lechos empingorotados cuyos tableros de nogal tenían frecuentes impactos de las injurias infantiles. La Lunanca, cerrando puertas y ventanas, maldecía y pedía a sus santos males, terribles condenaciones para toda aquella tropa de pequeños honderos; sus huéspedas, displicentes y habituadas ya, buscaban refugio en la cocina mientras pasaba la nube, suspendiendo sus difíciles toaletas. Sueltas las matas de pelo abundantísimo, lavadas las caras, cuyos poros transpiraban dolidos de los afeites baratos, laxos los cuerpos viciosos de barraganas que cubrían con sus batas de percal exiguas y entreabiertas, iban a tenderse en los poyos de piedra del hogar, duros y esquinados como para recibir los cuerpos curtidos de los braceros que allí se sentarían antes para cambiarse sus escasas palabras de sobriedad y trabajo.
* * *
Azucena parecía dormida con los ojos abiertos. Largo rato hacía que la Verduga la contemplaba a su sabor y cada vez admirábase y sobrecogíase más ante la belleza incomparable de aquella muchacha que sentada junto a la ventana se bañaba en la luz fuerte de la luna estival, cuyos reflejos tenían una dura angulosidad sobre las líneas armoniosas de aquel rostro sereno. La Verduga, haciendo un alto en el trajinar asqueroso de sus manos humildes y suspendiendo el torpe devanar de sus pocas y ruines ideas librábase momentáneamente de su dura esclavitud de sirvienta en el burdel cuando se plantaba silenciosa y conmovida ante la plácida hermosura de Azucena.
Contemplándola en silencio, con los brazos amarillos cruzados sobre el alto vientre satisfacía la Verduga su ansia de belleza, esa imprecisa aspiración de todas las almas, aun de las más humildes y abyectas. Llegó a sentir una verdadera veneración por la muchacha.
El origen de Azucena era humildísimo. En el olivar, una pobre mujer aceitunera sintiose un mediodía dolorosamente desgarrada y apenas bajó del árbol chato cuyos frutos recogía afanosamente, depositó sobre el santo suelo aterronado una criatura blanca y primorosamente redondeada, que las aceituneras recogieron como un fruto más de aquella tierra secularmente próvida. Los braceros festejaron a la recién nacida levantándola en alto sobre sus cabezas hirsutas y tostadas, y el sol de fuego de aquel mediodía, el mismo sol que durante todo el verano había curvado las espaldas de los segadores y encendido las hojas de las hoces, clavó su saeta implacable en las pupilas de la recién nacida velándolas para siempre. Aquellos ojos claros de la hija del olivar no vieron más que aquel día ígneo y después quedaron eternamente deslumbrados.
La niña nació ciega; las aceituneras, torpes comadres de parir, no pudieron evitarlo ni advertirlo y todo aquel día la criaturita redonda y blanca, el pan más blanco y tierno que aquella tierra había dado, anduvo de mano en mano entre las rudas fiestas de los hombres que acabaron de cegarla haciendo cabrillear las hojas pulidas de sus hoces ante los ojuelos blanquecinos de la recién nacida.
Al pie de los olivos, sobre los terrones, frente al sol, la niña ciega habíase criado y aquella masa blanca y fofa fue teniendo una corteza morena y dorada, como la de esos grandes panes familiares que se conservan blandos durante los siete días de la semana, en el fondo húmedo de las tinajas de barro empotradas en los hogares.
A los quince años era alta, trigueña y fuerte; sus ojos continuaban quietos y abiertos con las pupilas desteñidas y los párpados rígidos, pero sus mejillas se habían hecho armoniosas y una intensa vibración de vida las coloreaba y encendía; el reposo, la contemplación de sus paisajes interiores alborotados únicamente por los gritos inarticulados de los mayorales y los silbidos largos de los pastores habían dado a su cuerpo una serenidad augusta. Sus formas habíanse ido haciendo suavemente sin el dolor de las faenas duras que tuercen y arruinan los cuerpecillos cimbreantes de las adolescentes en el agro y ofrecían una armonía clásica, una promesa firme de belleza perfecta, realzada por la inquietud y el misterio de aquellos ojos descoloridos que habían cegado para siempre, después de ver el triunfo del sol en el cénit cuando están candentes los almiares y los olivos, ahítos de sol, piden doloridos que libren sus brazos de la preciosa carga.
El amo de la finca, de los olivos y de los gañanes se fijó un día en ella y la hizo suya sin rodeos. En una de las cuadras del cortijo, húmeda, silenciosa, sembrada de aperos de labranza, ejerció el amo su prerrogativa y la niña ciega fue para él como un fruto más de aquella tierra generosa. Certero y sabio hizo presa con sus dientes en el cuello de la muchacha, gozándose en las nuevas formas expresivas que el placer y el dolor, el agridulce de la iniciación, hallaban en aquellas carnes temblorosas y vibrantes que supieron suplir la inexpresión de las muertas pupilas, traduciendo al lenguaje torpe de los músculos, los nervios y la piel la divina palabra que en los instantes de la conjunción canta en las pupilas húmedas de la iniciada.
Gozó el amo aquel extraño placer dejándolo a un lado cuando ya lo hubo gustado muchas veces, que la niña ciega fue gustosa también en la frecuente práctica de aquella transfiguración, de aquellos dones que hacía de su sensibilidad depurada por la dificultad expresiva de sus ojos apagados. Jamás pensó que aquella entrega fuese un sacrificio y cuando el amo no volvió a requerirla, solo se advirtió un poco apesadumbrada, algo más ciega y ensombrecida de lo que hasta allí había estado. No supo de odios ni vergüenzas y si algún resquemor doloroso le quedó, fue su esterilidad, que, en aquellas tierras solares donde los hijos agarran en la entraña de las madres con la misma facilidad que las simientes en los surcos, no hay unión natural y noble que no sea santificada por la fecundidad.
Quedó un poco más hermética y un poco más cerca de la plenitud y la armonía: su silencio adquirió cierto tinte de eternidad, pero su alma conturbada que quería irradiar y hallaba una densa cortina ante las ventanas naturales de los ojos, buscaba en todo el cuerpo una expansión, quería salir a flor de piel y así era toda ella una vibración múltiple, un largo estremecimiento que había conseguido plasticidad en aquellas formas quietas y ardorosas.
Siguió presidiendo inmutables las fiestas y las labores del campo. Pero no podía resignarse a la esterilidad y como sus ojos no vieron nunca los rasgos fisonómicos del poseedor, sino que su epidermis lo sentía sobre ella, no halló razones bastantes para no buscar en otros hombres la cuerda tensa que hacía vibrar el diapasón de su sensibilidad. Y como estaba consumiéndose en aquella natural necesidad de ser poseída, atraía hacia el olivo que le servía de dosel a los braceros cuyos silbos y gritos le parecían más sonoros, juntándose con ellos en aquel interminable estremecimiento que era la razón de su gracia.
Las mujerucas tristes de los braceros —el pañuelo negro sobre el rodete nunca destrenzado y con las puntas anudadas bajo la barbilla— se soliviantaron pronto y Azucena tuvo que huir de aquellas furias castas y atormentadas.
Halló refugio en lo profundo de las torrenteras a donde los campesinos iban a llevarle las pomas, los racimos de uva y las flores, hasta que un día la tía Lunanca con su certero instinto fue a sacarla de entre los jarales para confinarla en su burdel que a partir de entonces tuvo algo de santuario al que los hombres iban ya con cierta compunción para gozar de aquel sereno goce que a todos por igual brindaban las carnes blancas y castas de Azucena.
La Lunanca misma y las compañeras de burdel y hasta la Verduga, la hedionda sirvienta, llegaron a sentir la supremacía que aquella mujer ciega y hermosa ejercía sobre las gentes y sobre las cosas, sobre todas las cosas, que se ennoblecían y purificaban al rodearla y tocar de cerca su indiscutible aristocracia.
Así, la Verduga pasábase las horas muertas ante ja figura inmóvil de Azucena en cuyo rostro plácido hallaba alguna luz para sus ojuelos pitarrosos llenos de sombras.
Seis días de la semana andaba la Verduga limpiando los fondos de aquel bajo fondo social con un trajinar fatigoso y repugnante y al séptimo día descansaba llorando sin interrupción ni consuelo el largo rosario de sus desdichas. Durante toda la semana se la veía ir y venir silenciosa, de un lado para otro, atenta únicamente a sus faenas con los ojos secos y los labios cárdenos pegados con una saliva congelada que debía de amargarle el alma. Pero cuando llegaban los domingos cesaba la Verduga en su afanoso trajinar, vestíase toda de negro, echábase el pañuelo negro también sobre la frente y acurrucada en el rincón más escondido del burdel poníase a llorar quedamente con largos y difíciles suspiros hasta que con los ojos abotargados íbase a su jergón al toque de oraciones para descansar de sus penas que ya no le saldrían a flor de labio hasta el siguiente domingo.
En estos festines de dolor era cuando la Verduga se enfrontaba con Azucena y le hacía entre sollozo y sollozo el relato de sus pesadumbres. Casó en su juventud con un mocetón aventurero que a poco de rodar aspeado por todos los caminos, dio en ser el ejecutor de la Justicia. Y cuando al fin sintió ella en su cuerpo la repulsión hacia aquellas manazas holgazanas que por holgar se ensangrentaban, volvió al pueblo prefiriendo el contacto con todas las podredumbres a la convivencia con aquel hombrachón carnicero que le asqueaba el alma. En el pueblo la llamaron la Verduga y no hubo un amo que le arrojase un pedazo de pan. Únicamente la Lunanca la tomó a su servicio y a cambio de las labores vergonzosas que en el burdel hacía, diole una escudilla de bazofia y un pañuelo negro para la cabeza.
* * *
Los hombres iban en busca de Azucena y ella los recibía a todos con la misma ilusión, el mismo estremecimiento de sus carnes sensibles. Iban los señoritos como jayanes, los enfebrecidos por el juego y los sacudidos por el alcohol; los que buscan en el burdel la gracia y el optimismo que en el hogar extinguen el afán por los ochavos, la religión y el miedo al agua clara; los que pagan con el dinero de las mujeres desangeladas a las que uncieron, los que derrochan en unas décadas el patrimonio familiar y los que gastan y triunfan encaramados sobre los torsos vencidos de los jornaleros. Iban también los viejos laboriosos que se abstuvieron siempre hasta lograr sus títulos, sus menciones honoríficas, sus credenciales o sus onzas de oro, y los ruines comerciantes establecidos en los soportales de la plaza con sus géneros averiados y sus balanzas ladronas, y los trajinantes rumbosos y los mercaderes viajeros que buscaban escépticos aquel encanto de la hembra ciega, y los colonos afanosos que juntaban para la renta y para holgar un día con Azucena y los pegujaleros y los mocitos imberbes que sacaban el dinero a sus hermanas a hurtadillas de los padres.
Todos posaban sobre ella que por igual se les ofrecía sumisa e ilusionada. Aquellas cohortes de hombres diversos eran para Azucena como un solo hombre, el hombre, que iba a ella siempre enamorado, siempre ardiente y deseoso; la ciega no supo nunca de desdenes ni de infidelidades y siempre tuvo propicio al amado que cada día mostraba ante ella nuevos matices de su alma compleja. Jamás hubo en ella la sombra del hastío y todas las noches esperaba hallar en las palabras del amado o en sus varias caricias una grata sorpresa, que reavivara el fuego de su amor.
Advertir la diferencia de unos hombres y otros era para Azucena un complicado cinematismo que no podía llegar a su conciencia estando veladas sus pupilas, y, como eran los otros sentidos, más torpes y groseros, los informadores, la ciega no llegó a enterarse nunca de las promiscuidades y admitía el goce de los nervios, los músculos y la epidermis como una función santificada. Amor purísimo y no liviandad era, pues, para la hembra ciega aquel darse a todos sin la media tinta de un recato ni la expiación de una repugnancia. Su ceguera la libraba del contagio en aquel desfilar de hombres encendidos por la lujuria y era la castidad misma reflejada en la serenidad de su rostro, en la frescura de su piel y en la honesta condición que a su contacto adquirían las cosas prostituidas del burdel.
Mientras las otras mujercitas del prostíbulo se iban agotando sacrificadas en el ara de la tía Lunanca, Azucena se hacía más ancha y plena, más luminosa y más fuerte y sus formas adquirieron pronto cierta rotundidad triunfal, porque no había en aquellos constantes contactos carnales el virus de ningún vicio.
* * *
Un día llegó al burdel de la Lunanca una mujerona de esas que salen de la ciudad para hacer por pueblos y aldeas su recluta de hembras de placer. Puso empeño en llevarse a la ciega y lo consiguió. Abandonó Azucena la vieja casona de labranza y fue a parar a uno de los prostíbulos elegantes de la capital. Era una casa silenciosa en la que los pies se deslizaban quedamente sobre el terciopelo y había un cálido aliento en el ambiente de los salones, verdaderos laberintos, para ella, por el desplazamiento irregular y aventurado de los chirimbolos frágiles, los inútiles objetos de fantasía que se quebraban con estrépito al roce de las manos inhábiles de la ciega.
Como había de ser explotada su ceguera, el dueño de la mancebía aderezó hábilmente el retrete de Azucena acomodándolo a aquella extraña condición de su nueva pupila. Pintó de un solo tono claro las paredes y el techo, perdió la luz en la pudibundez de los focos esmerilados, llevose todos los espejos, hasta los que se inclinaban desvergonzados sobre el lecho y dotó a la nueva pupila de unas largas batas blancas y unas pieles blancas también en las que se arrebujaba ella complacida. Y una vez hechos el ambiente y el reclamo comenzaron a llegar los curiosos tocados de lujuria.
Eran hombres extraños, incomprensibles, frágiles, como aquellas porcelanas que Azucena derribaba a cada momento, con sus manos perdidas. Igual que las tanagrillas y las figuras de biscuit, se le rompían y fracasaban los sutiles y aristocráticos amadores entre el ritmo acentuado e igual de sus anchas caderas y la simplicidad de sus caricias que tenían un sabor monótono y ritual para los habituados a otros placeres.
Ella imaginaba que el amado, su único amado, había envejecido prematuramente, y recibía siempre una clara sensación de acabamiento y ruina en aquel varón antes prepotente que sabía conmoverla y sentirse conmovido con las caricias duras e intensas. También llegaban frecuentemente unos ancianos estirados y olorosos cuyas carnes maceradas por el placer constante no tenían aquella viril rugosidad, aquel sabor a sarmiento de los viejecillos abstinentes del agro. Y Azucena sentíase desasida por aquel su fiel enamorado que durante las mil y una noches la hizo vibrar en una larga y múltiple sonoridad.
Pronto se sintió avergonzada y cohibida; hasta entonces todo había sido en ella expresión clara y concreta de la naturaleza y había en aquella prostitución rural que practicaba algo que la santificaba y ennoblecía. Pero en el nuevo ambiente artificioso, entre aquella borrachera de perfumes exóticos de la que nunca salía al aire libre y sano, en los brazos de aquel amado lleno de perversión y bubas íbase borrando el sentimiento de la naturaleza y por primera vez mordieron en su alma el asco, la vergüenza, el horror de su condición, y el miedo a su culpa. Entonces sintió el dolor de la deshonrosa misión que hasta allí había ejercido como un sacerdocio y comenzó a perder en este punto y hora aquella su augusta serenidad.
* * *
Azucena había perdido su gracia y nunca más volvió a recobrar su indefinible encanto. Los hombres huyeron de ella definitivamente y solo muy de tarde en tarde caía un huésped extravagante que tocase, quedamente con los nudillos, en el olvidado cuartito de la ciega.
El amado de siempre la desdeñaba al fin y entonces vino a embargarle una infinita tristeza que la hacía sentirse más hundida, más ciega, más penumbrosa que nunca. Esta pesadumbre que era una losa sobre el corazón era para los extraños el «mal ángel».
No volvió a sonar el diapasón de su alma y la eternidad, toda una eternidad, corría con silencio de tumba en aquella estancia confortable. El frío se le metió en los huesos, traspasando misteriosamente las pieles blancas y el fuego de sus carnes jóvenes aún. Era un frío interior que sacudía su cuerpo haciéndolo encogerse, engarabitarse atormentado por aquellos dardos que le amorataban las carnes.
A veces, se templaba en el recuerdo de aquellos días felices cuando los braceros iban jubilosos a poseerla sobre los terrones infundiéndole aquel optimismo, aquella clara y honda satisfacción de haber pagado la deuda reclamada por la naturaleza. Recordaba el bienestar de entonces que la hacía extenderse gozosa en una vibrante distensión de sus miembros complacidos después de aquellas uniones, y se bañaba en la evocación de aquella plenitud, de aquella inefable calma, de aquella honradez.
Ahora se miraba prostituida, sacerdotisa de un rito repugnante y criminal, mancillada por el contacto viscoso de aquellas manos finas y ensortijadas incapaces de aquella presión fuerte y sana que sobre sus carnes estallantes ejercían aquellas otras manos ásperas, y la amargura la hacía estarse acurrucada junto a los tizones de la chimenea. Definitivamente Azucena había perdido su gracia.
Era una mujerona desangelada y torpe cuyos brazos oprimían dolorosamente a los yacentes o les abandonaban laxos y desganados.
Ante aquel fracaso pensaba entristecida en la veneración que le guardaban los jornaleros de su tierra y el respeto que infundía a los señoritos impíos que iban a la casona de la tía Lunanca, un poco recatados y conmovidos, porque allí estaba la ciega hermosa con sus sahumerios, sus macetas de albahaca en la ventana y su alto lecho tallado en el que habían de entrar siempre un poco emocionados al contacto de las sábanas grandes y bastas, que tenían ese olor fragante de los membrillos guardados en las cómodas entre la ropa blanca.
Esta ruina de su señorío entre gentes aturdidas, refinadas y bárbaras, le quemaba los ojos fríos y daba una odiosa rigidez a sus brazos, un ridículo automatismo a todo su cuerpo antes flexible y suave, ejercitado en esa ondulación de las palmeras y las mieses en las tierras cálidas favoritas del sol.
En la olvidada estancia de Azucena era una noche interminable. Fuera, en las otras estancias fastuosas del gineceo triunfaban otras gracias exóticas, creadas en los laboratorios ciudadanos, conseguidas como se logra la espuma sobre el turbión de las grandes civilizaciones. Eran gracias inconsútiles, movedizas sobre un revuelto mar de pasiones, perversión, exaltaciones, ansias imprecisas y vejez.
Entre aquellas gracias artificiosas fracasaba la gracia lenta, rítmica, engarfiada en el terruño, dimanada directamente de la naturaleza que se había hecho carne en la carne vibrante de Azucena.
El dueño de la mancebía, que estaba atento al fracaso de Azucena con su clientela, pensó luego en deshacerse de ella y no le fue difícil trasladarla a otro prostíbulo de menos fuste, donde las burlas fueron más sangrientas y aún más terrible la perversión entre aquellos oficinistas encorvados de unas largas y lujurias negras que llevaban un olorcillo agrio en sus ropas sudadas y su piel sebácea.
Allí palpó Azucena con sus manos largas y susceptibles todas las miserias de esa mesocracia atormentada y anhelante, que sustrae unas monedas del guisote familiar y del abrigo de los hijuelos encanijados, para satisfacer sus ansias burguesas en el saloncillo de una mancebía entre cocineras insumisas o en la sala de un casino con las fatales posibilidades de un tapete verde.
Eran aquellos unos hombres miopes, apresurados, incapaces, que tenían siempre un mismo sobresalto, un mismo malestar, como de no hallarse satisfechos de sus vidas. Topillos desgraciados de las grandes ciudades que salen precipitados del agujero de sus oficinas, para meterse en el otro agujero de sus viviendas estrechas, no podían nunca pararse a contemplar la gracia de Azucena, ni siquiera su suave tristeza. Les irritaba aquella parsimonia de la hembra ciega, aquella normalidad, aquella resignación.
Pasados los días curiosos en que aquellos buenos hombres acudían extrañados a poseer a la hembra ciega, esta tuvo escasos requerimientos. La patrona quiso a su vez lanzarla de su triste gineceo, pero Azucena temía verse perdida en aquel caos de las grandes vías urbanas y se resistía a marchar sufriendo silenciosa las afrentas de aquel monstruo enfaldado que se propuso hacerle la vida imposible.
Por el prostíbulo iba un ente estrafalario, guitarrista, alcahuete, a veces recadero diplomático, a ratos valentón, a intervalos sablista, vago de nativitate, enredador, parlanchín y borracho a cuyo expediente recurrió el ama para verse libre de la ciega.
Este sujeto habló largas horas con la pobre mujer adolorida y supo ganar su voluntad incierta. Azucena tuvo confianza en él y se prestó a abandonar en su compañía la casa sucia de la mesocracia, el último baluarte de su infame comercio.
La llevó a un tugurio, el más oculto y estrecho de una de esas grandes colmenas ciudadanas y allí la dejó abandonada a su ceguera. Pasaron unos días; Azucena sentada en el borde de su camastro se movía apenas para tomar el mísero alimento que las vecindonas compasivas iban a comprarle con las escasas monedas que la quedaban. Cuando se le acabaron vendió sus pieles, sus vestidos y sus medias de seda. Arrebujada en harapos esperó silenciosa.
El abandono, la ceguera y la miseria no la impresionaban. Le parecía que había salido de una triste cárcel y tenía una dulce conformidad, una suave satisfacción interior que aliviaban su alma.
* * *
El hambre la echó a la calle, haciéndola caminar a la ventura. Sin saber cómo llegó después de mucho andar a los jardines públicos; tropezó con un banco y cayó en él rendida. Envolvíala un airecillo suave, viejo amigo que le silbaba en los oídos una antigua canción, y reían lejanos unos chiquillos y unos pájaros.
Entonces, se dio cuenta de su soledad y le subió del pecho a los labios una terrible congoja. Estuvo a punto de gritar desesperada; el mismo miedo la contuvo y unos instantes hallose anodada, como herida por un terrible golpe. Seguían sonando de vez en vez las carcajadas armoniosas de los niños y la interminable cantata de los pájaros; las horas se consumían lentamente y el vientecillo íbase creciendo y subiendo de punto.
Poco a poco Azucena fue serenándose un tanto, orientándose en aquella total desorientación en que había caído. La noche venía aprisa y se oía a los pequeñuelos alejarse charloteando acuciosos con sus ayas, y a los pajarillos aletear inquietos alrededor de sus nidos. El jardín se hundía rápidamente en el silencio y ya solo se oía el confuso rumor que a distancia producen los cien mil estrépitos de las grandes ciudades. Pasaban perezosos los últimos paseantes y cuando se hubo perdido el quedo rumor de los pasos sobre los senderos enarenados nada volvió a oírse.
Azucena se estuvo quieta, quieta, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Después de la emoción de verse abandonada fue recobrándose y a poco que corrió el tiempo logró cierta calma, mejor dicho, cierta insensibilidad.
El frío húmedo del jardín bloqueaba sus pies y sus manos y el viento castigaba su frente, pero había llegado a tan profunda abstracción que los agentes exteriores se estrellaban incapaces, ante aquella figura hierática que tenía la misma impenetrabilidad que las figuras arrancadas del mármol. Mármol amorosamente trabajado parecía aquella figura blanca de Azucena, que la luz cambiante de la luna iba contrastando al cubrir su parábola.
Así llegó suavemente el conticinio; acabaron de morir los ruidos ininteligibles de la urbe y en el silencio absoluto del jardín, Azucena, que sentía en el fondo del alma una espantosa lucha, halló al fin la calma, recobró su espíritu y se sintió feliz. Al amanecer se halló purificada, limpia de toda culpa; con los primeros rayos de sol fue invadida por una inefable confianza. Vio el sol en el fondo de su alma y se regocijó.
Ya no volvió a moverse de aquel jardín amable. Halló en la ciudad un agujerillo limpio donde puso su lecho pobrísimo y todos los días antes de que amaneciese, íbase con su andar balbuciente hasta aquel banco del jardín, en el que pasaba los días interminables del verano y los días fugacísimos del invierno.
Le daban limosnas; pocas, que los más de los transeúntes apenas la veían en aquel remanso. Pero iban siempre aquellos niños reidores y nunca le faltó algún resto de las ricas meriendas que las ayas llevaban en sus faldriqueras enormes.
Los chiquillos fueron acostumbrándose a verla siempre en su banco escondido y a poco se familiarizaron con ella y llegaron a entenderla y a amarla. Ella les contaba unos cuentos vistosos, esmaltados, brillantes, en los que ponía todo el afán cromático de sus pupilas desteñidas; los chiquillos, conmovidos, enamorados, le daban sus empanadas sabrosas.
Azucena con el tiempo íbase venciendo. Aún podía imaginarse que era hermosa pero su extremada sobriedad, aquellas frugalísimas colaciones que le deparaban la conmiseración infantil, la habían hecho enjuta y la habían endurecido. Los días inclementes pasados a la intemperie habían curtido su piel, que lentamente se resquebrajaba tomando ese tinte amarillento que componían los imagineros para sus crucificados.
No volvió a sentirse desdichada. En el jardín, entre los niños sanos, fuertes, alegres, escuchando aquel lejano runrún que los afanes ciudadanos le traían, saludada por todos los vientos, purificada por su austeridad, ennoblecida por el dolor resignado y suave de los días sin pan, sumisa por la mendicidad, aromada por la eterna florescencia del jardín, templada por los rayos de sol en el invierno y esponjada en la sombra durante el estío, Azucena volvió a poseer su gracia, aquella gracia natural surgida de entre los terrones al pie de los olivos.
Los niños escuchándola refrenaban sus imaginaciones zigzagueantes al paso tardío de la palabra amorosa y cálida de aquella mujer ciega que les hablaba lentamente de las labores penosas de la tierra, de los sacrificios, de las virtudes legendarias, de las canciones populares, de las penas de las mujerucas, de las ansias imprecisas de los mozuelos ambiciosos, del señorito fuerte, del gañán sufrido, de las bestias incansables con sus altos ejemplos, del viento, del sol y de la lluvia que en su boca tenían una calidad insospechada, una caracterización de hadas buenas o de espíritus maléficos con los que los hombres se debatían para hacer sus vidas fuertes y honradas, extraídas de la naturaleza, conseguidas como florescencias maravillosas de aquella tierra secularmente próvida. Y así, hasta que se murió.
LA TÍA CONCHITA
La tía Conchita fue siempre la preocupación de su familia. Era aquella una dilatada familia de comerciantes, industriales, militares y burócratas, gente toda de trapa y garduña, retoñada bravamente de un recio tronco secular, cuya figura simpática y fuerte se perpetuaba con honores de icono en los estrados de sus numerosos descendientes, caracterizado de una vez y para siempre por su testa rapada y cenicienta, su prognatismo, su levita desencajada y su leontina de oro.
Esta gran familia, que a semejanza de la de Noé se había esparcido por el universo mundo, no tenía más antecedentes ni más árbol genealógico que aquel abuelo salido de la nada, cuya vida intensa y laboriosa, a ratos pintoresca y a ratos sublime, ofrecía constantes ocasiones de ejemplaridad y era, no obstante los años transcurridos desde su muerte, el estímulo y el guion más decisivo en las vidas de sus nietos.
Muy poco se sabía de él. Salió como grumete en un velero con rumbo a la América española que aún era tal. Decíase que ya hombre hecho y derecho comerció en el «ébano» trayendo y llevando preciosos cargamentos de esclavos que hicieron la base de su fortuna. Después comerció en mil cosas diversas, fundó ingenios y haciendas, descubrió y colonizó, ganó o robó el oro a manos llenas y ya, a la postre, volvió a España, anduvo en juntas y conspiraciones, se le acusó de filibustero, fue jefe político, se le otorgaron cruces y murió beatamente a los ciento cinco años entre las piadosas manos de un sacerdote jesuita.
Tuvo muchos hijos que fincaron unos en España y otros en América heredando todos aquel ansia posesoria del fundador. Se multiplicaron en nietos y la vasta red de la familia llegó a ser una verdadera masonería intercontinental cuya doctrina estribaba en la fuerza, la tenacidad y el dominio. Aves de presa todos ellos, si estos tiempos creasen nobleza por derecho propio les corresponderían las águilas heráldicas. Cual más, cual menos, unos en las covachuelas, otros en las gerencias, otros en los mismos talleres, todos dedicaron sus vidas a la consecución del bienestar económico, al acrecentamiento del patrimonio familiar, que, al escindirse en cada generación, recomenzaba luego a engrosar ávidamente. Todos tenían el mismo afán. Todos eran hechura del progenitor. Todos, menos la tía Conchita.
La pobre señora jamás hizo cosas a derechas. Casó mal, error imperdonable en el seno de aquella familia, en la que hasta las hembras en el tálamo nupcial procuraban por el bienestar y la riqueza. El marido después de arruinarla la abandonó y fue pronto a morirse en un rincón infecto. Quedó viuda, joven y pobre.
Volvió al amparo de la gran familia y tácitamente convinieron sus deudos en irla manteniendo por turno hasta el fin de sus días. Así, de unos en otros, resignada y amorosa, vivió desde entonces al margen siempre de los afanes de sus parientes que ella, en su desasimiento y renuncia, no supo comprender jamás. Se hizo querer de todos; los innumerables sobrinos adoraron en la tía Conchita y no deseó más.
Diez o doce años llevaba de viudez cuando un acontecimiento insólito la arrancó de cuajo de aquella vida muelle y triste de renunciamiento. Apareció entonces en escena uno de sus primos lejanos, a la sazón comandante o teniente coronel del ejército, quien en aquellos días había sido movilizado por causa de la última guerra colonial que comenzaba a enzarzarse. Era soltero, ya cuarentón, fuerte aún y típicamente bizarro. Días después debía partir para el campo de operaciones y bromeando con su familia anunciaba lo improbable de su regreso. La guerra era dura para los nuestros, había centenares de bajas, él estaba ya viejo, y, además, ¡le importaba todo tan poco! Era de los que se quedarían allí. Y con esto echaba sus bravatas.
Alguien de la familia insinuó entonces la peregrina idea. Hubo muchos cabildeos y cuando el militar se enteró de la endiablada maquinación comenzó riéndose y terminó aceptando. Tratábase de hacer una obra de caridad. La pobre tía Conchita no tenía sobre qué caerse muerta; era una carga para todos. Él, en cambio, tenía una paga considerable y en el desgraciado caso de que muriese sobre el campo de batalla, a su viuda le correspondería una pingüe pensión. Claro que como era soltero ese dinero se lo ahorraría el Estado y..., era una lástima, porque allí estaba la tía Conchita ¡a quien hacía tanta falta!
Dispuesto a quedarse por allá, como él decía, le daba igual y aceptó. Ahora bien; era preciso que la ingeniosa y caritativa idea pasase inadvertida para la tía Conchita cuya susceptibilidad no soportaría seguramente la humillante donación.
Fue necesario que el militar fingiera una avasalladora pasión por la tía Concha, que esta correspondiese al amoroso requerimiento, que se anduviesen los trámites de rigor y se casasen, todo al vuelo. La farsa se llevó a cabo sin obstáculos en ocho o diez días y cuando a la mañana siguiente de consumado el matrimonio partió el militar para el campo de batalla, la pobre tía Conchita quedó anonadada, estupefacta, sin saber lo que le había pasado y perdida en tales emociones y tal confusión que ya nunca lo sabría.
Pasó el tiempo y poco a poco fue recobrando su serenidad, caviló muchas noches sobre aquel extraño suceso, agigantó el recuerdo de los escasos días en que convivió con el militar, contempló horas y horas los retratos del esposo y no tardó en sentirse enamorada, blanda y profundamente enamorada de aquel sujeto casi desconocido, que en seis días abrió un nuevo cauce a su vida e hizo correr los veneros ocultos de su corazón.
Las noticias de la campaña eran pocas y tardías. La tía Conchita no tuvo de su esposo más que algunas referencias indirectas. A la grata sensación de su enamoramiento sucedieron la inquietud, la zozobra, la angustia. ¿Por qué no escribiría? ¿Por qué la olvidaba? Los parientes no fueron tan impíos que le dijesen la verdad y la tía Conchita comenzó a consumirse en desesperación. Lloraba, rezaba, invocaba a sus Vírgenes y a sus santos familiares pidiéndoles milagros que salvaguardasen la vida del amado; todas sus horas estaban dedicadas al culto fervoroso del ausente.
Pasaron unos meses más. No recibió ninguna noticia. El militar no tuvo jamás un recuerdo para aquella parienta pobre y tontona a la que había hecho el regalo de lo que le sobraría después de muerto porque no podía consumirlo en vida. Guerreó bravamente y cuando le tocó caer murió con la misma entereza con que había vivido y pensando en que a nadie causaría pesar su fin.
No fue así.
Tuvieron la culpa aquellos parientes astutos, aquella gran familia de aves de presa devenida del negrero que creyendo salvar de la miseria a la tía Conchita labró su infelicidad, su inefable tragedia. Lo que hicieron con ella fue un crimen.
EL DINERITO DE LA PORDIOSERA
Se le hizo tarde. Estaba helando y aún le faltaba una legua de camino. Ya no tenía fuerzas; sus resortes, aquellos acerados resortes de sus nervios que siempre la sacaron triunfante del hambre, el frío y el cansancio respondían mal al espoleo de su voluntad. Temblando, las manos heladas, las piernas torpes y la vista incierta, anduvo hasta que cerró la noche. El viento la trabajaba con dureza batiéndole el flanco derrengado por el reúma y la arterioesclerosis, y la infeliz sentía con terrible netitud que se le iba quedando helada la osamenta allá en el fondo de los harapos y el pellejo.
Después comenzó a sentirse bien. Ya no le apretaban tanto el hambre y el frío. Las manos, racimos de huesos empezaron a llenársele de sangre calentita y pronto las tuvo negras e hinchadas como dos morcillas. Estaba a gusto, muy a gusto. Tanto que se sentó en el borde del camino y sentada se quedó dormida.
Ya entonces le fue más fácil al viento terminar su tarea. De un empujón la echó a rodar; la metió la nariz entre la grava húmeda donde empezaban a formarse los cristalitos de la helada y allá se fue silbando tan satisfecho de su obra. Hora tras hora cayó encima de la vieja muy acurrucadita sobre el suelo el frío de aquella noche clara.
Fue ya al amanecer cuando la encontraron. En la casa de socorro hubo que trabajar de firme con ella pero al fin la hicieron reaccionar.
A la primera gota de sangre que entró en su corazón, tan pronto como tuvo un hálito de vida, se revolvió desesperada. ¡Sus ropas! ¡Sus ropas! La habían despojado de sus harapos y allí estaban arrebujados en un rincón. Quiso cogerlos, se lo impidieron, rabió, lloró, luchó por alcanzarlos y en la lucha las pobres ropas se rasgaron.
Cosidos a las entretelas se hallaron hasta veinte billetes de mil pesetas. La pordiosera era capitalista; una modesta capitalista. El caso no deja de ser frecuente.
Hubo un buen hombre con puntas y ribetes de filántropo que tomó sobre sí la tarea de sacar a la vieja de su miseria. Dura tarea porque habituada a la mendicidad desde que se sintió vivir, la miseria era en ella una segunda naturaleza, el cansancio su descanso, el hambre su satisfacción, y el frío su amigo de siempre. Su mano tendida al mundo durante cincuenta años de limosnera estaba ya anquilosada y a su pesar conservaba el ademán pedigüeño.
Pero aquel era un hombre paciente. A sus claros razonamientos la pordiosera tuvo que rendirse y cambiar de vida. Con aquellos mugrientos billetes que en años interminables de miseria había ido ensartando en la mugre de sus ropas le hizo comprar vestidos, arrendar una casita soleada de las afueras, adquirir muebles, tomar una criada...
La vieja, resignada, veía cómo mermaba su tesoro a medida que alrededor suyo se acumulaban los instrumentos de bienestar que aquel hombre creía indispensables para ella. Con ojos asombrados veía cómo las cargas de leña rellenaban su carbonera, cómo las sábanas blancas y las mantas tibias guardaban sus caricias en el fondo de las cómodas henchidas de ropa y cómo la despensa bien abastecida esparcía un grato olorcillo de los jamones, los quesos y la fruta. Todo aquella era suyo; suyas las blandas mecedoras en cuyo regazo los huesos doloridos descansaban al fin, suyas las pieles, las alfombras y suyo aquel gran fuego del hogar cuya humareda empenachaba la pulcra casita bañada en sol, dulce sol del invierno, aprisionado por los cristales de colores de la galería.
Cuando así la tuvo instalada el hombre aquel se marchó satisfecho de su obra. Ya estaba redimida. Le hizo gastar una buena parte de sus codiciados billetes pero la había dado una vida más fácil, más holgada y más limpia.
Al verse sola la vieja empezó a dar vueltas a todo aquello. Tentujeaba las ropas, repasaba los cacharros, palpaba con manos insistentes de ciega las cortinas, los cuadros y los muebles, abría y cerraba los innumerables cajones, iba y venía cada vez más aturdida comprendiendo menos cada vez.
Sentíase extraña. Un agudo sentimiento de extrañeza le hizo irse retrayendo del contacto frecuente con cuanto le rodeaba. Se recluyó poco a poco en un cuartito estrecho y oscuro; todo lo demás de la casa le sobraba y aun dentro de aquella celda no sabía ir más allá de los cuatro ladrillos en que había de posarse. Despidió a la criada y su último dispendio fue la adquisición de unos fuertes candados que taparon las bocas imprudentes de cajones y puertas. Y ya se encerró —para siempre jamás— en aquel zaquizamí sombrío, ancho mundo inagotable para sus necesidades. Lo demás de la casa fue empolvándose primero, agrietándose después y desmoronándose por último.
Se equivocó aquel hombre bien intencionado. La vieja no necesitaba todo aquello y fue un error y una crueldad imponérselo. Aunque pueda parecer una blasfemia hay que decir que la necesidad no es igual para todos.
Otra madrugada unos traperos encontraron junto a la carretera el cadáver de una vieja harapienta muerta de hambre y de frío al parecer. En su faltriquera se halló junto con unos mendrugos un manojito de llaves herrumbrosas.
LA NECROFILIA
Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, rendía un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia fuese en ella una pasión puramente senil, ya que según noticias que posteriormente pude adquirir, la bendita señora había tenido en su juventud otras muchas pasiones bien distantes de su final preocupación, aunque de la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse exactamente su extremada consideración a la muerte.
Metíase en la cama —una cama altísima de roble primorosamente tallado, vestida con unas sábanas de Holanda saturadas de olor a fruta— poco después del toque de ánimas; pero antes sentábase sosegadamente en una butaquita colocada a los pies del lecho, y allí, a oscuras casi, perdiéndose y apareciendo entre las vacilaciones de una mariposa de aceite con la que alumbraba a sus imágenes, rezaba lentamente credos, avemarías y padrenuestros por las almas de sus padres y de sus abuelos, de sus hijos muertos, de sus parientes acabados, de los navegantes, de los combatientes, de los que estaban en pecado mortal. A veces quedábase aletargada a la mitad de sus rezos y el ánima que en aquellos momentos salía del purgatorio a sus instancias, debía sufrir horriblemente ante el temor de que mi abuela se quedase definitivamente dormida. Ella se daba cuenta perfecta de los sufrimientos de estas pobres almas pecadoras a las que en sus cabezadas somnolientas, dejaba colgadas del débil hilo de su piedad y al despabilarse rezaba de nuevo precipitadamente tal vez pensando que las ánimas salían de su cárcel a paletadas entre el runrunear de sus oraciones.
El mes grande de mi abuela era el de noviembre; su día, su gran día, el de difuntos.
Levantábase al amanecer; oía muchas misas en diversas iglesias con gran atosigamiento, y después, cargada de coronas y ramos de flores, íbase al cementerio. Visitaba las tumbas de los parientes próximos, después, las de los parientes remotos, los amigos y los simplemente conocidos; parábase por último ante los panteones de los potentados, considerando atentamente las bellezas artísticas de cada uno de los mausoleos y no salía nunca de la necrópolis sin dar también una vueltecita por los sepulcros de los hombres que habían sido célebres en su buena época. Charlaba y discutía amigablemente con los sepultureros, los empleados del cementerio, los lampisteros, los limpiadores de nichos, los lapidarios y los chamarileros que le ofrecían verjas y cruces para las sepulturas.
Cuando el frío de la tarde la amedrentaba, volvíase a su casa con un puñadito de castañas asadas y unos dulces. En su alcoba, frente al lecho, tenía ya sobre su cómoda una gran vasija llena de aceite hasta los bordes en la que ardían veinte o treinta lamparillas, por cuyas lengüecitas de fuego se quejaban las almas en pena de sendos deudos de mi abuela. Volvía ella a sus rezos mientras las campanas de la iglesia próxima doblaban desesperadamente y de tiempo en tiempo levantábase sobresaltada para colocar una nueva lamparilla en la vasija por algún alma amiga injustamente olvidada.
Y siempre así; a toda hora, en cualquiera época del año mi benditísima abuela encontraba ocasión de rendir su culto a los muertos. Eran para ella una preocupación indesechable, una aberración. Habíase familiarizado con la muerte y en cualquier momento nos hablaba con gran serenidad de los detalles de su sepelio que quería tener bien dispuesto, de las oraciones que habíamos de rezar por su alma y de los cuidados que habíamos de tener con sus pobres huesos y su piel amarilla cuando fuéramos a darles tierra.
Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en primer lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje de retorno y por una gracia única de la divinidad estaba con nosotros. Tales eran la seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su comercio diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel mimo y aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus amadores. Yo esperaba que algún día ni abuela cerrase sus ojos en una de sus cabezadas somnolientas y que en ese momento sus amados de ahora viniesen a raptarla, llevándosela envuelta blandamente en sus finos sudarios; y en cierto modo no dejaba yo de envidiar aquella serenidad de la anciana, dispuesta siempre para un tránsito felicísimo.
Cuando le llegó la hora, mi abuela se murió. Yo, que aquella noche andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba. Cuando en el conticinio se declaró vencida, le quedó cuajada en los ojos una mirada de espanto.
He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en sus relaciones con los muertos. Estos, sus íntimos amigos, debieron de informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la pobre llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía claramente que «aquello» no era lo previsto. Entonces empecé a desconfiar de los muertos y alejé de mí la necrofilia.
Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su confianza a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos para hacerla presentable en sociedad.
NARRACIONES MARAVILLOSAS
EL DESCONTENTADIZO
Primero pasé grandes apuros que me hicieron recordar la parábola del camello y el ojo de la aguja; después, anduvieron manoseándome sin compasión y cuando al fin pude darme cuenta de mi estado, me encontré fajadito y cubierto de encajes sobre una hermosa cuna. En una rápida ojeada a los muebles y a las paredes ricamente tapizadas, comprendí que había venido a caer entre gentes acomodadas. Me resigné a ser un burguesito ejemplar y en el acto reconocí que las nodrizas, los idiomas y las asignaturas de Derecho, las izquierdas, la ruleta, el bacarrá y la dispepsia serían mis enemigos naturales. Descorrido en parte el velo de mi porvenir, opté por dormirme beatíficamente y esperar sosegado los acontecimientos.
—¡Oh, qué feo es!
Oí que una voz bastante desagradable —después supe que era la de una tía solterona, que veinte años más tarde debía resistir heroicamente a mis peticiones de dinero— pronunciaba estas ofensivas palabras y abriendo un ojo como Dios y mi falta de costumbre me hacían entender que debía abrirse, le lancé una mirada furibunda. Ya verás, arpía —quise decirle—, lo que este feo va a costarte.
Cuando advirtieron que yo estaba despierto, vinieron a importunarme, uno tras otro, todos los miembros de mi respetable familia. Acudió mi señor padre, muy alborozado y, a lo que yo pude colegir, más orgulloso de ser mi padre que de que yo fuese su hijo; advertí en aquel instante que en el cariño paternal hay mucho de egolatría, y si todos los recién nacidos adivinasen esto como lo adiviné yo, no se pondrían tan tontos ni andarían tan envanecidos; acudieron también mis dos hermanitas, muy lindas y discretas, aunque me pareció que ya se inclinaban más al cultivo de las artes de seducción que a otras disciplinas domésticas. Esto me dio mala espina, pues la perspectiva de ser hermano terrible y calderoniano de dos señoritas de la buena sociedad, en estos años en que vine a nacer, no me hacía maldita la gracia.
El tío Pepe vino también a arañarme la mejilla con los cañones de su barba y a atufarme con su peste a coñac. Al tío Pepe todos le querían mal en casa; era el menos respetable de mi respetable familia; bebía, jugaba, malversaba fondos y, a no ser por las influencias de papá, ya hubiese parado en la cárcel. Creo que, ya viejo, llegó a ser jefe de administración de no sé qué cosa. El tío Lorenzo, antípoda del tío Pepe, llegó después a rozarme la cara con sus labios fríos y delgados; dijo que él se encargaría de hacerme un buen comerciante y se marchó. Yo no sé lo que él entendería por un buen comerciante, o mejor dicho, lo sé y por pudor lo callo.
Todos me besuquearon y trajeron en palmitas cuanto les vino en ganas, asegurando todos que me querían muchísimo, pero sin atender a que el mejor modo de quererme sería el dejarme descansar de mi largo y penoso viaje. Así son los mayores; nos miman y nos zarandean por lo que esto les divierte y entretiene, no por el placer que este traernos y llevarnos como panderetillo de bruja pueda producirnos.
Al fin, se fueron con mil diablos, y yo volví afanosamente a mi sueño. Cuando desperté de nuevo debía de ser ya muy tarde; papá y mamá, acostados charlaban animadamente. Fui todo oídos, que no es ser gran cosa dada mi insignificancia física, y pronto pude entender que hablaban de mí, de mi porvenir, de mi carrera, de mi posición social. Me horroricé. Mamá creía que yo debía de estudiar una carrerita corta, que me permitiera zambullirme en una covachuela administrativa, un archivo, una cátedra de escaso empeño, o cosa así. Debía esmerarme en mi educación —también callo por pudor lo que mi señora madre tomaba por educación—, y bien relacionado, con un sueldecito seguro y unas pesetejas de herencia, esperar una buena proporción; una señorita rica, quién sabe si millonaria.
Papá se indignaba —en casa el dinero era de mamá— y quería a su hijo para más altos empeños. Él había sido hombre de un certero instinto y de un constante dominio de la realidad; pero para triunfar le había faltado la base, la cultura inicial. Yo tenía que aprender todas las cosas que él había ignorado, ¡terrible labor!, y aprovechando su tingladillo, no recuerdo si político o económico, consagrar con mi futura sapiencia todas las artimañas, todas las habilidades y despojos llevados a cabo por mi laborioso y aprovechado progenitor, que en determinado ramo de la actividad social había conseguido fundar un valioso cacicato de cuyos pingües beneficios yo sería usufructuario.
Largas horas estuve meditando sobre estas dos inexorables decisiones que el destino me imponía; pesé y sopesé el pro y el contra de cada una; consulté a mi conciencia, virginal hasta entonces, pero cuya doncellez no pasaría más adelante; preví los peligros que toda rebeldía me traería aparejados...
Y decidí morirme. En efecto; a la mañana siguiente, para morir como buen burguesito, tomé tal atracón de leche materna, que horas después, y con gran sentimiento de los míos, que habían visto en mí el modo de descargar sus monstruosidades y darles perpetuidad, volví al limbo de donde no debía de haber salido.
EL MUERTO INSEPULTO Y TRANSEÚNTE
Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito. Debía esta postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería me sentía muy a gusto y mi arte, la suavidad de mis manos y la dulzura de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes parroquianos.
Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables. Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían con caminatas terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo y todos los soldados reconocieron que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad, el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de mi arte.
Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana, me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria; en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar —de ello deduzco yo la barbarie de las guerras—, y quieras que no, se empeñaron en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi empeño en conseguirlo, pero no me fue dable.
Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a mí dio de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas echando sangre por la boca. No pude ver más; se me cerraron los ojos y así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de las balas.
De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venía por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me di cuenta de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía; estaba muerto, irremisiblemente muerto.
Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba pero por dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me sentía.
Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo. Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me sacarían los ojos...
Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos miramientos y dándome trastazos, me arrumbaron en un furgón automóvil. ¡Oh, si los cadáveres pudiéramos quejarnos!
Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus inyecciones y sus inhalaciones fatigosas hasta hacerme abrir los ojos e incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.
Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sé cómo, pues no recuerdo el caso de ningún cadáver parlante.
Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver, tenía. Formulé, pues, la petición de que me enterrasen para que aquellos caballeros perdiesen las vanas sospechas que tenían de que yo estuviese aún vivo.
Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndose en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido me atizaron tal puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por segunda vez.
De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los castigos más atroces.
Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde, nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado, he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario profesional.
¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.
Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. Muerto, bien muerto estoy aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido de todas las cosas de este mundo me hallo, y ni voluntad, ni amor, ni nada de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando, me asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.
Esto me hace tener mis dudas.
LA LIBRE REPÚBLICA DE LAS BESTIAS
Este hombre era un arbitrista con muy pocos arbitrios; un arbitrista que tenía por todo caudal y por toda familia un perro; un perrillo costroso con unos ojuelos tristes y un rabito calvo más triste aún. El perro y el amo eran intelectuales. Y les iba mal en la vida.
El amo, por toda ocupación se plantaba en la Puerta del Sol y arrimado a una farola se pasaba las horas muertas mordiéndose las uñas con una voracidad digna de mejor empleo e imaginando al mismo tiempo, fantásticos arbitrios. Mientras, el perrillo, huroneaba en los montones de basura de los mercados.
Al anochecer volvía el perrillo en busca del amo. En aquel momento cambiaban una mirada de inteligencia y mutua conmiseración.
—¿Qué tal te ha ido, perro?
—Mal; muy mal, hombre. ¡Esos guardias! ¿Y a ti?
—Peor. ¡Esos gobiernos!
Pasito a paso íbanse entonces de recogida al agujero en que moraban. Un mismo jergón se apiadaba de los huesos maltrechos del hombre y el perro; juntos se prestaban calor el uno al otro.
Un día de hambre —un día— el perro y el hombre al regreso de sus correrías se miraron a los ojos largamente. Al hombre le pareció que aquella mirada dulce y pesada del perro era más intelectual que de costumbre. Lo que el perro quería decirle con los ojos debía de estar muy claro. Pero el hombre no supo entenderlo. «¡Qué brutos son los animales racionales!», pensaría el perro.
Aunque habituado a los rasgos de inteligencia del perrillo, se conmovió el hombre ante la vivacidad, el espíritu que denotaba aquella larga mirada del can. Y pensando en ello discurrió la más peregrina teoría que puede imaginarse.
Empezó poniendo todo su empeño en descifrar lo que el perro quería decirle con los ojos. Sujetándole la cabeza le obligó a mirarle fijamente mientras él con los ojos muy abiertos escrutaba en el fondo de las pupilas desteñidas del animalejo con la misma furia y encono que los hipnotizadores. El pobre perrillo no podía sostener aquella mirada inquisitiva que se le metía pupilas adentro produciéndole en la espina dorsal escalofríos que le obligaban a dar fuertes sacudidas.
El signo más claro de la irracionalidad está precisamente en ese terror instintivo que obliga a todos los animales a bajar la vista cuando se les mira trente a frente. No hay ningún animal capaz de soportar la mirada fija del hombre.
Aquel bichejo tan inteligente, tan humano, no tenía más mérito ni más superioridad que esa; la de haberse acostumbrado a mirar sin miedo los ojos fascinadores de su amo hambriento. ¡Y cómo estaba preñada de inteligencia aquella mirada del perro! ¡Cuántas cosas quería decir y en realidad decía!
«Si de ordinario —pensaba el arbitrista— pudiésemos mirar con atención a los ojos de los animales, es posible que les concediésemos un poquito, siquiera un poquito de raciocinio. Les consideramos irracionales porque no hemos sabido leer en sus ojos y no hemos visto en ellos la chispa de la inteligencia. Mi perro la tiene, eso es indudable. Pues bien; yo voy a cultivar esa inteligencia rudimentaria. Voy a dar cultura a mi perro».
Esta fue desde entonces su preocupación ídola. Consultó a varios biólogos, tomó lecciones de un hipnotizador y sometió a su perro al plan que se había trazado. Estaba dispuesto a sugestionarle hasta el punto de sacudir la inteligencia de la bestezuela y despertarla del sueño eterno a que había sido condenada por el Supremo Hacedor. Miraba a los ojos del animalejo hasta ponerse bizco y consiguió acostumbrarle a aquella extraña comunicación espiritual.
El perro se cansaba algunas veces y le miraba estúpidamente con aquella estúpida tristeza que tienen en los ojos algunos hombres a quienes la vida les viene ancha. Otras veces el perrillo parecía enloquecer bajo la mirada del amo y se volvía furioso como atacado de epilepsia. Pero de vez en cuando, el bichejo, concentrando todas sus potencias, poníase a pensar las mismas cosas que iba pensando el magnetizador. Era un simple fenómeno de telepatía. Esto no es extraño; los rayos del sol concentrados por una lente encienden el fuego y nadie se maravilla. Lo mismo, exactamente lo mismo hizo el arbitrista con los destellos de inteligencia de su perro.
En estos mudos coloquios el hombre infundió al perro, primero, algunas ideas generales, varios principios teológicos, algo de filosofía, letras y biología. El perro recorrió guiado por su dueño toda la evolución del pensamiento humano. Cuando ya lo tuvo suficientemente iniciado en las disciplinas del espíritu, quiso hacer de él un técnico para que no hiciese mal papel si andando el tiempo quería ser ministro. Acto seguido le confirió el título de doctor _honoris causa_ y salió con él a la conquista del mundo. Iba contento. Poseer un animal que sabe cosas trascendentales es tener la llave del mundo. Algunos igorrotes han triunfado en la vida solo porque poseían uno o varios animales bimanos que sabían cosas. Ese es el secreto de todos los caciques políticos.
Pero de momento el perro sabio no tenía más que un campo abierto a su actividad. La pista de un circo. Y a ella fueron a dar. Ante el público estupefacto el arbitrista y su can daban lecciones de hipnotismo. El perro sabía escribir y vuelto de lomo hacia su amo contestaba por escrito a las preguntas que al oído hacían los espectadores al arbitrista. La sensatez con que el perro daba sus respuestas, la claridad y concisión con que las redactaba de su pata y letra promovieron una revolución.
Aquel triunfo fue incomensurable. El arbitrista millonario en pocos meses constituido en empresario del perro sabio pensó entonces en ampliar su teoría.
Escogió tres o cuatro caballos, dos tigres, tres leones, un elefante y algunas bestias más. Los sometió al mismo procedimiento que al perrillo y después de muchos días de terrible labor consiguió por medio del hipnotismo concentrar las potencias de aquellas bestias haciendo saltar en todas ellas la chispa de la inteligencia. A todos ellos les hizo bachilleres y después obligó a cada uno a cursar las disciplinas más oportunas a sus facultades.
Por fin llegó el momento trascendental de presentarlos en el mundo. Temblando de emoción dio su última clase a los animales; pero cuando al final de la lección les anunció que a la noche siguiente los presentaría ante el público, vio con gran estupefacción que se negaban a ello categóricamente.
—Nada de exhibicionismos —decía el elefante que se había hecho bibliófilo.
—Debemos ser respetados —agregaba el tigre convertido en un formidable economista.
—¡Desprestigios, no! —gritaban todos.
El hombre quiso imponerse por la fuerza; se exasperó ante la resistencia de las bestias y requirió el látigo para castigarlas. Los animales se reunieron acto seguido en consejo y tras una breve deliberación acordaron sentenciar a muerte al hombre como reo de lesa superanimalidad. La sentencia fue ejecutada y el hombre pereció a patas de la justicia. En aquel momento los animales constituidos en asamblea acordaron proclamar la libre república de las bestias, declarar la guerra al género humano y de momento, hasta hallarse en condiciones de presentar la batalla, retirarse prudentemente a la selva.
Así lo hicieron. Nadie ha sabido esto. Pero dentro de algunos años los exanimales que poseerán ya una cultura vendrán a precipitarse sobre la humanidad. Dios se lo pague al infortunado arbitrista.
EL PURGATORIO DE LOS TONTOS
No iba descontento. Llevaba detrás un landó y veinticinco simones. No iba descontento. Mi entierro se verificaba con toda la pompa y solemnidad que yo había deseado y previsto.
Me dejaba llevar camino de la necrópolis muy serio y estirado dentro de una caja de ébano. Hacía una buena tarde de sol y me agradaba pasar solemnemente ante la buena gente trabajadora que me saludaba con todo respeto al ver cruzar mi carroza fúnebre seguida de tan lucido cortejo.
En el camino anoté cuidadosamente en mi memoria quienes habían acudido a mi sepelio y quienes no. Mi espíritu volaba de un simón a otro y si bien es verdad que oí no pocas conversaciones inconvenientes, quedé complacido de la corrección de mis deudos, amigos y conocidos, de sus buenas maneras y de su irreprochable indumento. No se crea que yo era un muerto frívolo porque me preocupaba de estas minucias, no. Es que no se muere uno más que una vez en la vida y en definitiva es para esto, para que le entierren a uno con decencia, para lo que se afana y atosiga uno en los últimos años de su vida.
Un rato después de haberse verificado mi inhumación sin incidentes, me asaltó el temor de que me hubiesen enterrado vivo. Los casos de catalepsia son frecuentes y, además, ¿qué muerto era yo que andaba después de enterrado pensando en pompas y vanidades mundanas? Una terrible congoja me dominó y anhelé salir de aquel encierro pero apenas formulé mi deseo me encontré libre, sano y salvo sobre la haz de la tierra. Esto me tranquilizó. ¿Si no estuviese muerto del todo cómo me sería posible andar así desencarnado? Y ya con absoluto sosiego, pasito a paso, me torné a Madrid.
Dejé pasar la noche y muy de mañana fui a parar sin saber cómo ante la puerta de mi oficina en la que entré sin ser visto. Los ordenanzas no me saludaron. Iba a reprenderles pero recordé que estalla muerto. ¡Miserables! ¡Ya no me saludarían más! Había perdido de un solo golpe mi alta jerarquía administrativa.
Penetré en mi negociado. Pérez con las patas —esto es, las patas— encima de la mesa leía una revista pornográfica. He aquí el triste resultado —me dije—, de quince años de amonestaciones y sanos consejos morales. López liaba cigarrillos, tarareando un chotis y García, el irreverente García, adueñado interinamente de mi mesa, se complacía en alterarlo y revolverlo todo. Mudaba de sitio el tintero, el frasco de la goma y las tijeras, revolvía los expedientes y curioseaba en los cajones. ¡Oh, terrible perturbador! ¡Cómo gozabas de mi impotencia! ¡Cómo disfrutabas provocando el desorden y el caos! ¿No sabes, desgraciado, que cada cosa tiene en este mundo un sitio inmutable y que la prosperidad de un país, su sana administración y creciente riqueza dependen tal vez de que se sepan colocar en su sitio exacto desde el más alto jefe de administración hasta el último pisapapeles del reino?
Allí estuve las cuatro horas de oficina que fueron otras tantas horas de tormento para mí. Los malsines de mis subordinados discutían, chillaban y escarnecían mi memoria. Estuve decidido a marcharme muchas veces pero una fuerza irresistible ataba mi alma desencarnada al ambiente de aquella sala infecta en la que transcurriera la mitad de mi vida.
Sin saber por qué al salir de la oficina seguí haciendo mi vida normal. Fui a casa, asistí a la comida, estuve después en el café, presidí la tertulia, subí al billar, paseé por Recoletos, compré unos dulces a Pepita y me planté en su casa. Pero un sospechoso rumor hizo que mi alma se detuviese sobresaltada a la puerta de su alcoba. Y, ¡la verdad!, ni en espíritu me atreví a entrar.
Volví a casa y me tumbé en mi cama. Al día siguiente se repitió mi tormento. Estuve en la oficina, en el café, en Recoletos y en casa de Pepita. Allí parecía que me llamaban con campanillas. O aquella chica era un prodigio de laboriosidad o yo era un alma en pena bastante indiscreta. No sé.
Día tras día hice durante algunos meses la misma vida sobrenatural que, aparte de mi incorporeidad, maldito lo que de sobrenatural tenía. Llegué a desesperarme y a estar aun en el límite de la desesperación, pasado el cual no sé adónde se va. ¡Para esto no valía la pena morirse!
Yo había creído que al morir abandonaba uno por completo todas las miserias, las preocupaciones y los dolores de la vida terrena, pero al cabo de un año de estar muerto y enterrado me encontraba atado a cuanto en la vida fue mi obsesión. ¿No dicen que los muertos tienen una gloria, un purgatorio y un infierno? ¿No se llama reposo eterno a la muerte? ¿Por qué andaba yo como panderetillo de bruja sin poder libertarme de tanta y tanta majadería como me rodeó en vida? ¿Qué me importaba en fin de cuentas que González hiciese las carambolas por chamba? Pues y las infidelidades de Pepita, ¿qué se me daban ya?
La gracia divina me ha permitido al fin conocer mi culpa y mi castigo. Esta vida carnal sin carne, este atadijo a las pequeñeces de la existencia terrenal no es otra cosa que el purgatorio de los tontos. Por un decreto de la divinidad, los tontos, los memos, los que no supimos ver más allá de nuestras narices, los que jamás tuvimos una idea pura, ni un pensamiento elevado, ni una abstracción, ni un atisbo siquiera del más allá, tenemos aquí nuestro purgatorio, entre los nuestros, entre nuestros chismes cotidianos y nuestras preocupaciones habituales. Es un terrible castigo. Imaginarlo en todo su dolor es casi imposible. ¡Es espantoso este purgatorio de los tontos!
Yo algunas veces tengo un poco de lucidez y comprendo no solo mi dolor sino el ridículo que hago divagando por el mundo. Antiguamente por lo menos se nos temía y se nos llamaba almas en pena, trasgos y endriagos; pero ahora es vergonzoso.
Los espiritistas se entretienen haciéndonos acudir a las patas de sus odiosos veladores, y por si este ultraje fuera poco han dado en llamarnos ¡kamarrupas! ¡Yo, un kamarrupa!
Hago estas revelaciones en beneficio de la humanidad entontecida. Hay que despertarse, abrir el ojo y alambicar un poco. Este purgatorio de los tontos es terrible.
Voy escribiendo estas revelaciones con tinta simpática en un montoncito de cuartillas que hay en el fondo del segundo cajón a mano derecha de mi mesa de trabajo... ¡Ojalá alguno acierte a descifrarlas y sirvan algún día para aviso de ingenuos!
LAS MIL PESETAS QUE HAY EN EL MUNDO
Jamás ha habido en el mundo una cantidad de dinero superior a mil pesetas o a su equivalencia en francos, marcos, chelines, dólares, rublos, plumas o cuentas de vidrio. Sobre ese dinero, el único que hay de verdad, el único que existe, bien por donación espontánea de la naturaleza, bien por las propinas de la divinidad a los santos varones que con más celo la sirvieron, se ha levantado el gigantesco edificio de la economía. Unos hombres que no tenían brazos para producir, ni ánimos para mover guerras, ni cabezas para pensar, inventaron el agio. A partir de entonces y merced a los infinitos sofismas de que se valieron, el dinero inicial, el verdadero patrimonio de Adán ha ido multiplicándose maravillosamente. Con el advenimiento de la Edad Moderna, la creación de los bancos, los empréstitos de los estados, el papel moneda y las sociedades por acciones el dinero ha aumentado fabulosamente. Se habla de miles de millones con un desconcertante aplomo. La estafa universal de la moderna economía no reconoce límites y millares de empleados se inclinan ocho horas diarias sobre las ventanillas y los pupitres de los Bancos, trabajando afanosamente. Hace algún tiempo yo no podía explicarme en qué consistía esa labor abrumadora de los infinitos empleados de banca. Pero ahora estoy en el secreto y cuando por incidencia tengo trato con ellos procuro abrocharme cuidadosamente y no dejar de la mano mis escasas monedas de metal. Esos hombres son capaces de todo. Lo que no me explico es cómo meten en la cárcel a los que dan el timo del portugués y en cambio dejan en libertad de operar a esos hombres, mucho más peligrosos.
Pues bien; este secreto de las mil pesetas, únicas que hay en el mundo, fue descubierto hace seis u ocho años por un judío alemán que ambicioso de poder emprendió la más atrevida empresa que puede imaginarse. El vasto plan del judío consistía en apoderarse una por una de las mil monedas que han servido de base a la monstruosa hipérbole de la moderna ciencia crematística y una vez capturado todo el dinero que hay de verdad, no sus astutas ficciones, soplar el castillete de naipes de la economía universal y verlo caer grotescamente.
La guerra europea vino a favorecerle y mientras los beligerantes se partían el alma a gloriosos trastazos el judío recorrió Alemania, Austria, Hungría y Rusia, llevándose los treinta o cuarenta dineros que por allí había. Pronto empezaron a sentirse los efectos; el falso dinero iba dando la cara de su falsedad y la gente empezó a rechazar los billetes de banco, las láminas y los títulos. Los bolcheviques dándoselas de sinceros quisieron abolir el dinero cuando el dinero se había abolido a sí mismo al desaparecer la media docena de auténticos kopecs que el judío alemán pudo encontrar en todas las Rusias.
Los austriacos vieron con espanto que sus coronas de papel tenían la misma realidad y consistencia que el derecho divino de sus reyes, y los marcos al sentirse amenazados acrecieron en la multiplicación pero pronto quedó patente su invalidez.
Así, por donde quiera que el hijo de Israel va pasando se deshace la ficción monetaria. En Portugal el reis se pierde ya en los recovecos del cálculo infinitesimal y en España, donde los cuatro cuartos que hay están en manos de tres toreros y seis tahúres, pronto sobrevendrá la catástrofe. A menos que Romanones se dé cuenta, que todo puede ser, y mal negocio entonces para el judío alemán.
Leal y desinteresadamente hago esta advertencia. Desinteresadamente por que no poseo un solo céntimo y en definitiva me da igual que mi hipotético dinero esté en las manos del judío alemán o en las del editor. Tan mal ha de irme con uno como con el otro.
Pero tened cuidado; si el judío se alza al fin con las únicas mil pesetas que hay en el mundo, tal vez volvamos los ojos con amor a la memoria de nuestros ilustres financieros.
EL DESASTROSO FIN DE LA HUMANIDAD
La vida era cada vez más difícil y el malthusianismo crecía. Sus abominables prácticas habíanse extendido no solo por las grandes ciudades, sino por las villas y aldeas, y la sencilla pastora como la dama de gran mundo sabían pecar y eludir la penitencia.
Llegó un momento en que nadie tenía hijos. La humanidad iba a terminar de un momento a otro. El egoísmo de esta generación postrera no se contentaba con alargarse la vida todo lo posible, merced a los repetidos injertos de glándula intersticial, sino que cortaba el camino implacablemente a todo nuevo ser. No nacían niños. Y eso que los curas se partían el alma echando bendiciones nupciales y aún se escribían novelas de gran sentimentalismo.
Próximo ya al acabamiento del género humano, se enteraron los políticos de lo que ocurría. Los sociólogos dijeron que ellos estaban al cabo de la calle hacía muchísimo tiempo, pero la verdad es que nadie se dio cuenta del peligro mientras no faltaron diez o doce años, a lo sumo, para que se precipitase el juicio final.
Cundió la alarma y los soviets de todo el mundo —porque todo el mundo era sovietista— estudiaron atentamente el problema y resolvieron sacar a los sabios de las mazmorras en que a pan y agua los tenían demandándoles una solución inmediata para el pavoroso problema. Los sabios —que eran más sabios desde que no comían ostras, ni se daban banquetes, ni fumaban grandes puros— aguzaron el intelecto, y propusieron que en adelante los niños se hiciesen en laboratorios especiales, en los que unos matraces de nueva invención sustituirían con ventaja al anticuado e incómodo claustro materno.
Se hicieron felicísimos ensayos y se comenzaron a construir los edificios gigantescos de unas grandes fábricas de niños. El procedimiento era sencillísimo. Llegaban los presuntos padres, depositaban una moneda por una ranura, una máquina automática les extraía de un brazo, o de donde fuese, una pequeña porción de sustancia vital, se hacía de ella un cuidadoso cultivo y sin más molestia que la de pasar nueve meses después a recoger el encargo, cátate a un padre y una madre hechos y derechos. ¿Era sencillo?
Pues ni así iban. Y las fábricas sovietistas de bebés al por mayor quebraron por falta de clientes.
Los gobiernos, frente al fracaso de este sistema de incubadoras y ante los apremios del tiempo pues la humanidad se extinguía a toda prisa, volvieron de nuevo los ojos a los sabios. Les acortaron aún más la ración, les prohibieron terminantemente las deliberaciones, las consultas y los congresos, y esperaron inquietos sus soluciones.
Al fin se presentó una, genial, radicalísima, salvadora. El mundo no se acabaría porque, quieras que no, nacerían hijos y en grandes cantidades de hijos, como lo demandaba aquella terrible amenaza. Se había encontrado el medio de que toda semilla vital fuese fecundada. No habría escapatoria: mediante unos injertos maravillosos de no sabemos qué glándula de pescado, las mujeres tendrían hijos por cientos, por millares, por millones. El estudio de los fenómenos de la reproducción en los peces había dado la clave del problema. Se había llegado a la hueva humana.
Se empezó a usar el procedimiento y los resultados fueron prodigiosos. Matrimonios que en veinte años no habían tenido un solo descendiente, se encontraban con tres o cuatro mil hijos en pocos meses. Hubo entonces que resolver otro grave problema; el de asegurar la vida a las miríadas de seres que iban apareciendo. Nuevo injerto a las huevas y los niños en formación adquirían tal vitalidad, que ni el calor ni el frío, ni el hambre ni la sed podían aniquilarlos. Se consiguió captar de la atmósfera los elementos de nutrición necesarios, y bastaba que los chicos aspirasen un poco de aire libre para que se sintiesen hartos, como al desprenderse del pecho de las nodrizas.
Empezó a poblarse el mundo con una rapidez incalculable. A la vuelta de cuatro o cinco años las casas estaban abarrotadas de seres; en las calles la gente, desbordándose de las aceras, inundaba el arroyo e interceptaban la circulación de vehículos, los campos se cubrían de seres humanos que no cabían en las ciudades, y pronto la avalancha humana llegó hasta las orillas de los mares, cayendo al agua muchos miles de personas que no tenían un palmo de tierra para posar la planta.
Cuando el Supremo Hacedor, en uno de sus ratos de ocio, revolvió el arca de sus viejas producciones, encontró a la tierra en tan terrible situación. Se horrorizó, no dejó de reprocharse su descuido, y cogiendo el mundo con unas tenazas, lo sacudió violentamente en el espacio para desprender aquella humanidad parásita. Después, lo lavó cuidadosamente con un poderoso desinfectante, lo envolvió en unas gasas deletéreas, y, junto con unas bolitas de naftalina celestial, lo envió al museo arqueológico que para su solaz y recreo tienen los dioses. Porque por allá arriba son muy aficionados a la arqueología.
DOS GRANDES ERRORES
Sabemos con absoluta precisión cuando hemos de morirnos. Esto, claro es, no se dice por ahí porque los que ya están avisados tienen miedo y lo callan. Los otros, los que aún no están sujetos al emplazamiento fatal, creen que la muerte es un agente extraño, algo así como el recaudador de contribuciones de la divinidad y les satisface mantener el mito de la Pálida, terrible huéspeda que avanza campos y ciudades provista de sudario y la guadaña, viejas prendas que alguna vez sirvieron a la poesía lírica, y hoy, pasadas ya de moda, apenas si preocupan a tal o cual Hamlet de aldea.
Sabemos cuándo hemos de morimos, podemos apreciar la cuerda que nos queda y a veces paseamos años y años por el mundo con nuestra papeleta de defunción escondida en el fondo de la conciencia. Este conocimiento de nuestro fin no es un aviso milagroso de la Providencia ni tiene complicaciones taumatúrgicas, no. Es suficiente que pongamos un poco de atención en nosotros mismos; nos basta auscultar cuidadosamente nuestro ser para adivinar lo que nos resta de vida. Un poco de reposo, un día entero de lluvia o viento encerrados en nuestra habitación, una noche de insomnio nos permiten escuchar todos los ronquidos, estertores y fracasos de nuestro organismo. El que atiende a esos indicios pronto se entera de cómo está su máquina y calcula su duración como un experto relojero podría calcular la de un reloj. Esta es una vieja verdad; ya en los siglos XV y XVI la postulaban unos buenos hombres que anunciaban solemnemente el día preciso en que había de morirse de muerte natural. El pueblo los tomó a broma y se divirtió mucho con sus errores de cálculo; la Inquisición los tomó en serio y dio en la manía de quemarlos. Error gravísimo; porque una vez cogidos sí que podían predecir su muerte.
Consecuente con mi teoría, yo supe hace algunos años el tiempo que me quedaba de vida. Y a juzgar por cómo se me hacían agua en la cabeza no pocas cosas sólidas y cómo me chasqueaban y crujían otras muchas en el hígado y en el corazón, deduje que pronto había de morir.
Hombre sensato, deseché las preocupaciones sobrenaturales y me puse a ordenar mis asuntos. Pensé entonces que, pues me había de morir y el trance estaba próximo, era una insensatez el seguir afanándose por las cosas terrenas. Suspendí todos mis trabajos y me di de lleno a escucharme, a inquirir en los entresijos de mi quebrantada humanidad. Pero por desgracia yo no tenía bienes y, mientras atendía a las palpitaciones de mi pobre hígado, mi mujer y mis hijos pasaban grandes hambres. Tuve que escribir cartas a los amigos pidiéndoles dinero. El resultado fue menos que mediano. En cambio logré una sólida reputación de vago y de sablista. ¡Idiotas! ¿Cómo querían que trabajase un moribundo? Echado día y noche sobre mi jergón, percibía uno por uno los íntimos derrumbamientos de mi ser, las muertes chiquitas que anunciaban inexorables la muerte grande y definitiva.
Así transcurrieron unos meses, un año, varios años. Mi situación de futuro cadáver era ya dificilísima. Seguí pidiendo dinero; ya entonces revelé algo a los amigos más íntimos; les dije, en una palabra, que me hallaba moribundo y se apiadaron algo más, no mucho. Pero los muy brutos, viendo al poco tiempo que no me moría, volvieron a cerrar sus bolsas. Estaba desacreditado. Si me hubiese muerto —pensaba—, estaría en buen lugar ante ellos, elogiarían mi memoria y darían dinero a mi viuda y a mis hijos. De improviso, ¡qué idea!, discurrí que el mejor medio de asegurar un pasajero vivir a los míos después de mi muerte era encomendarlos a la piedad de mis amigos en emocionantes cartas redactadas casi en la agonía. No hay hombre capaz de resistirse a la súplica de un moribundo. Redacté pues numerosas cartas preñadas de lúgubres imágenes, de trágicos emplazamientos para la otra vida, de súplicas, de estertores... Llegué a dominar por completo esto que pudiéramos llamar literatura agónica. Aquello era una idea genial; el sablazo de ultratumba. Hice un cálculo de mis amigos y de sus posibilidades; se me presentaba un pingüe negocio. Hay que morir, me dije.
Pero no moría aún; son demasiadas las cosas que tienen que quebrársele a uno allá dentro para morir del todo. Ya me faltaba muy poco, casi nada. Y, sin embargo, no era posible que esperásemos más.
Decidí aligerar el desenlace. Quiero decir que pensé suicidarme. No hay que asustarse. Lo mío no tenía realmente los caracteres de un suicidio. Era un empujoncito, un empujoncito nada más lo que me faltaba. Cogí una gran pistola, herencia de mi abuelo, y estuve preparándola. Al examinar la carga me alarmé un poco. ¿No era demasiado grande aquel pedazo de plomo para matar una cosa tan nimia, tan insignificante como lo que de mí estaba vivo? ¿No era demasiada pólvora, demasiada detonación, demasiado escándalo? Una pueril cerbatana hubiese sido suficiente; pero, por desgracia, la cerbatana es en nuestros días un arma ineficaz para el suicidio y además un poco ridícula.
Me resigné; moví aquel pistolón y me hice polvo. Creo que fallecí antes de que el plomo me llegase a los sesos.
* * *
¿Quieren ustedes creer que me equivoqué? Créanlo; las famosas cartas no dieron un solo céntimo a mi pobre viuda. En cuanto a mi muerte y a sus claros indicios...
Baste decirles que hace diez años que yazgo dos varas bajo tierra y aún siento aquí en la calavera algo que no me deja sosegar: un gusanillo, un gusanillo...
EL BROMAZO
Mi proceso ha sido sonado. El crimen que se me imputaba era una verdadera obra de arte, con la que los gacetilleros consiguieron emocionar a los burgueses de suyo indiferentes y estólidos. Una mujer, una pobre mujer, había aparecido asesinada en su lecho y junto se encontraron los cadáveres espantosamente mutilados de sus dos hijitos; además, los muebles se hallaban en desorden y la pobre gaveta descerrajada y sin un céntimo.
La mujer era viuda; sostenía conmigo relaciones amorosas; algunas veces me había dado un poco de dinero, y por esto, y porque los niños no eran muy agradables ni me miraban bien, reñíamos frecuentemente. Dieron en decir que yo había sido el asesino y me encarcelaron.
Negué con energía; pero no pude probar nada. Viendo que no hacían caso de mis protestas, decidí fugarme. Lo conseguí a poco. Mi propósito era buscar por mí mismo las pruebas de mi inocencia, ya que nadie, ni siquiera mi defensor, creía en mis palabras. Yo era inocente —ya no tengo empeño en que lo creáis— y había un medio de demostrarlo.
La noche del crimen estuve en casa de mi amante y disputamos; los vecinos me vieron entrar y me oyeron dar voces. Hacia la media noche me marché sin que nadie pudiera sentirme. Camino de mi casa encontré a un sujeto extraño; me pidió le orientase, pues se había perdido en el dédalo de las callejuelas del barrio. Parecía extranjero; vestía mal y hablaba peor. Adiviné en él un tipo interesante y charlamos como buenos amigos. Era uno de esos sujetos estrafalarios que andan perdidos por el mundo, de los que se puede decir que son la avidez en dos piernas y unos ojillos curiosos. No supe cómo se llamaba, adónde iba ni de dónde venía. Mostró empeño en escudriñar aquel barrio viejo y pintoresco a la luz de la luna de enero y durante tres horas recorrimos todas las callejuelas, llegamos a los muelles, pasamos el puente y acodados en el pretil estuvimos viendo cómo la luna hacía cosquillas al río. Ya al amanecer nos separamos. Me hizo saber tan solo que al día siguiente abandonaría la ciudad y poco después el territorio. No he vuelto a saber nada de él.
Transido de frío y lleno de fango llegué a casa y me acosté. Tuve alguna fiebre y estuve delirando. La patrona ha declarado después que me oyó pronunciar palabras ininteligibles con gran excitación. Cinco horas más tarde vino la policía y me condujo ante el juez. Yo era el asesino de mi amante y de sus hijos.
Únicamente podría probar lo contrario si lograba encontrar a aquel vagamundo. Así lo dije; hicieron algunas pesquisas infructuosas y no me atendieron más. Entonces me fugué y durante tres meses empleé toda mi astucia y mi energía en buscar al maldito extranjero y en huir de la Justicia. Creí adivinar que había marchado al país vecino y allí fui a buscarle. Puse anuncios en los periódicos, inquirí en cárceles, hospitales y cuarteles. Nada. Desesperé, y en este momento volvió a cazarme la policía. Se consiguió mi extradición y volví a mi antigua cárcel, corroborando con mi huida al extranjero la sospecha de que yo fuese el asesino. Los inocentes no huyen nunca, dicen con toda gravedad esos absurdos y axiomáticos magistrados.
Negando yo y agobiándome ellos con sus acusaciones, se celebró la vista de la causa. Todos los testigos me han sido adversos; el fiscal, después de despreciar las pruebas por innecesarias, ha llamado la atención del Tribunal sobre mi cinismo. El idiota de mi defensor, harto ya de exhortarme a la confesión, ha dicho una interminable serie de majaderías. La pasión, la miseria, los hijos del otro, el atavismo... ¡Puaf!
Echando requiebros al jurado estaba mi defensor cuando me asaltó una invencible repugnancia por todo aquello. Aquel gran aparato, aquellas enfadosas pruebas, aquellos graves peritos, aquella ciencia, aquellas calvas, aquellas togas y birretes, y hasta las chaquetas negras y llenas de arrugas de los menestrales del jurado, me parecieron ridículas, terriblemente ridículas.
Ante mis ojos y ante mi conciencia, todo, hasta lo más sagrado, se estaba poniendo en evidencia, en ridículo. Nada podía yo hacer para desbaratar el error, el formidable error de aquellos sabios y hombres buenos. Les grité a la cara; me hicieron callar. Después de un ataque de ira me asaltó una terrible angustia, y, por último, no supe hacer más que insultarlos y reírme a carcajadas.
Sus términos, sus proposiciones, sus silogismos y sus razonamientos me parecían espantosamente cómicos. Ya los había dejado por imposible, y les oía desbarrar y decir sutilezas mientras me reía a mandíbula batiente. Palabra que me reía con toda mi alma. Así deben reírse los dioses viendo errar a las criaturas.
Me condenaron a muerte. Al leérseme la sentencia volví a indignarme y a gritarles. Como si no. Muy metidos en sus togas y sus librotes, aquellos señores habían fallado en justicia. ¡En justicia! ¡Ja, ja, ja! Entre carcajadas me volvieron a la celda.
A los pocos días debían ejecutarme en garrote vil. Empleé aquel tiempo en pensar serenamente sobre lo sucedido y poco a poco conseguí calmarme. Me daba cuenta exacta de cómo el error, semejante a un diablillo maligno, se había apoderado de cada una de aquellas privilegiadas cabezas de los que me condenaron y, ¡qué diantre!, era divertido verles machacar en el error, darle vueltas, tomarlo, sobarlo, medirlo, y, al fin, consagrarlo con una monstruosidad: la sentencia. ¿Cómo se atreverán esos presuntuosos a sentenciar y dar muerte a un hombre? ¿No piensan que si se equivocan, yo, un pobre diablo cualquiera, puede escupirles a la cara y reírse de ellos?
Y esto es lo que hacía. Reírme; reírme con espantosas carcajadas.
En la mañana de la ejecución vino a verme un sacerdote.
—¿Sabe usted algo, padre? —le pregunté anhelante.
—No, hijo.
—Pues vaya usted con Dios —le dije por no agraviarle.
Me ejecutaron con toda la solemnidad y aparato con que estas cosas se hacen. El público, llevado allí para la ejemplaridad de la pena, presenciaba conmovido aquel ceremonial que a mí se me antojaba altamente grotesco. Quise decirles muchas cosas. Mas ¿para qué?
Di el cuello al verdugo; hizo este funcionar su máquina, y en aquel momento os juro que mi satisfacción, mi alegría por estar solo en el secreto, por haber burlado a aquellos graves hombres, me hizo feliz. Quise reírme por última vez, pero ya no pude. Entonces, no sabiendo qué hacer para mostrar mi desprecio, mi burla hacia toda aquella gente, saqué un palmo de lengua.
No lo entendieron. ¡Qué brutos! Menudo bromazo les he jugado. Porque... ¡¡Soy inocente!!
EL SUICIDIO DEL CADÁVER
Nació; le bautizaron; a fuerza de chupetones y rabietas consiguió tenerse en dos pies; articuló primero unos gritos y se hizo entender después con las mismas palabras que usaban sus padres; más tarde reconoció esas mismas palabras, escritas o impresas; en adelante, le torturaron con otras muchas cosas que maldito si le importaban; aprendió que la tierra tiene dos movimientos, uno de rotación y otro de traslación, y el corazón, otros dos, sístole y diástole; reconoció la soberanía de las Cortes con el rey; se convenció de que dos y dos son cuatro; tuvo que creer que a don Favila se lo comió un oso y que San Hermenegildo fue mártir; aprendió la ley de la gravedad y otras muchas leyes naturales y contra natura; amó a su patria, temió a Dios, respetó a la Guardia civil, leyó el _Quijote_ y se hizo bachiller. Entonces olvidó casi todas estas cosas y aprendió otras que fueron olvidadas igualmente cuando se hizo licenciado. Tomando y dejando cosas se formó al fin; prestó dilatados servicios a su patria en cualquier menester burocrático; hizo el amor, le casaron, le nacieron hijos, y como suyos los inscribió en el Registro civil; se le cayeron el pelo y los dientes; le concedieron una gran cruz y se murió.
Muerto y enterrado —pomposamente enterrado— estaba hacía algunos años cuando por primera vez se puso a pensar seriamente y a fondo. Esto de pensar en la tumba no es extraño. Los biólogos dicen a todo el que les quiere oír que no nos morimos de una vez, sino poquito a poco. Empezamos a morirnos cuando se nos cae el primer diente, cuando nos sale la primera cana, y muriéndonos tiramos años y lustros, hasta que nos entierran, o mejor dicho hasta mucho después de habernos enterrado, porque a veces aunque se nos haya muerto el corazón y estemos tiesos y estirados, mondos y lirondos, dándonos a la carcoma, aún hay en nosotros partes vivas que si pudieran actuar libremente protestarían contra el sepelio prematuro. Hay muertos a los que les crecen las uñas; prueba de nuestra tesis es también que a veces los cirujanos remiendan a los vivos averiados con trozos de la piel de esos muertos a medias; popular es la frase de morirse a pedazos y la de estar medio muerto, y por si esto fuera poco yo tengo mis dudas respecto de las momias. ¿Por qué ha de estar muerto Tutankamen y no han de estarlo ciertos senadores que yo me sé?
No es pues extraño que nuestro ilustre cadáver a los diez o doce años de estar domiciliado en la huesa se pusiese a pensar. Es por el contrario naturalísimo. Jamás había pensado nada mientras anduvo por el mundo. Su pensamiento fue virgen al féretro, no había sufrido el menor desgaste, no tenía pues por qué morir y en aquella paz del sepulcro comenzó a actuar vigorosamente. A medida que el difunto fue desencarnando empezó a moverse el pensamiento con cierta libertad dentro de su calavera. La poca costumbre de pensar hizo creer al muerto en los primeros tiempos que aquello que le escarbaba en el occipital era un gusanillo demasiado ansioso. Pero no; pronto se convenció de que era él, él mismo, su propia sustancia, lo que le escarabajeaba.
Pensando, pensando, con toda la gravedad y circunspección que le prestaba su respetable condición de cadáver, abominó de aquel trasiego de cosas en que se había empleado el venerable puchero que sobre los hombros sostuvo durante cincuenta o sesenta años. Aquel tomar y dejar ideas, que por una oreja le entraban y por la otra le salían, le pareció despreciable. Reconoció que su cerebro había sido un cedazo por el que la linfa se filtraba, mientras en el meollo se le iban depositando las arenas de aluvión y los cantos rodados. Nada más.
A los doscientos años de estar dos metros bajo tierra había conseguido tal lucidez, estaba tan limpio de envoltura carnal, que el pensamiento rodaba vertiginoso por la órbita de su calavera, proporcionándole ideas maravillosas. Sus conclusiones fueron radicalmente distintas de las que obtuvo mientras vivió a flor de tierra. Adquirió el convencimiento de que la humanidad insepulta es perfectamente estúpida. ¿Para qué ese ajetreo de la vida? ¿Para qué tanto afán? ¿Por qué apasionarse por tan grandes errores? Poquito que se reía él de Ptolomeo, Newton y Einstein.
Pero esta clarividencia le llevó a ser humorista y más tarde se le agrió el humor. Le entró una rabia sorda contra su anterior vida. Había sido un majadero. ¡Si él hubiese pensado las cosas mientras tuvo cédula como las pensaba a los doscientos años de estar muerto y enterrado! Le irritaba la idiotez de los vivos. De buena gana hubiese salido por el mundo a insultar a la gente; pero no podía. Cuatro metros cúbicos de tierra sobre su menguado esqueleto pesaban demasiado. Se enfureció por su impotencia. Tenía que salir de allí y hacer curiosas revelaciones a la humanidad. Se volvió loco. El gusanillo de su pensamiento, como una luciérnaga, saltaba frenético dentro de la calavera. No pudo resistir más. Se dio un chocazo contra el féretro y los dos parietales desencajados se apretaron el uno contra el otro cogiendo en medio al bichito de luz, al terrible pensamiento, que murió como un piojo entre dos uñas. El muerto se había suicidado.
HISTORIA DE UN HOMBRECITO QUE NO NACIÓ
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