Donde Ojeda es á la fuerza capitán de piratas, abandona para siempre á su Virgen, y pasan sus compañeros por las más horrendas aventuras, para acabar en la horca.
Obedeció Talavera, intimidado por la autoridad natural de aquel hombre acostumbrado al mando, y bajó de la popa para confundirse con sus camaradas.
Aquel día no pasó nada más, por mostrarse todos interesados en que don Alonso, que era á bordo el único enterado del arte de navegar, colocase bien el velamen y enderezase el rumbo; pero á la mañana siguiente ocurrió lo que esperaba Cuevas.
Bernardino de Talavera, soliviantado por los suyos, subió al alcázar de popa que Ojeda se había reservado como vivienda propia. Quería mandar en la nave lo mismo que don Alonso, ó tal vez más, por ser él quien la había traído. No pudo, sin embargo, continuar, quedando cortada su reclamación por el impetuoso gobernador de Nueva Andalucía.
--Lo que tú has hecho es robarla--gritó tuteándole--; pero hay un medio de zanjar el pleito inmediatamente. Desenvaina, y el que quede con vida que sea el jefe.
Desnudó en seguida su espada, marchando contra Talavera, que hizo lo mismo. Pero el pirata sabía que estaban á sus espaldas los setenta hombres compañeros de su criminal aventura.
En un momento don Alonso y Cuevas se vieron envueltos por esta manga de enemigos, sin espacio para moverse, abrumados por el número, y tuvieron que ceder, perdiendo sus espadas.
Inmediatamente les pusieron cadenas á los dos y los encerraron debajo de las habitaciones del alcázar de popa, en una obscura camareta cuyo único respiradero era la reja que servía de puerta.
No perdió Ojeda su agresivo orgullo al verse encerrado y á merced de aquella gente; antes al contrario, sus voces subieron de punto, y cada vez que se aproximaba á la reja alguno de los tripulantes, lo acogía con insultos.
--¡Traidores! ¡ladrones!--gritaba--. A todos vosotros os desafío, uno á uno, ó dos, ó cuatro á la vez, como queráis. Decidle á Talaverilla que venga. Seguramente no osará ponerse ante mis ojos.
Y no se equivocaba don Alonso. Tal era su renombre de valiente, que todos aquellos forajidos se alejaban en seguida de la reja, influenciados por la admiración que siempre les había inspirado el héroe. Talavera, objeto de sus continuos insultos, había tomado el partido de callar y permanecer invisible, conservando encerrado al temible caballero mientras durase el viaje.
Don Alonso y Cuevas no conversaban con otra persona que el encargado del fogón de la nave, quien les traía su comida, igual á la de los otros.
Pasados cuatro días, esta tranquila navegación se vió cortada por una gran tempestad. Talavera y su gente, que no eran marinos é ignoraban absolutamente los peligros de los mares tropicales, perdieron en seguida su arrogancia, no sabiendo qué hacer. Sólo se les ocurrió amainar la mayor parte de las velas, dejando la nave casi á palo seco; pero las corrientes eran impetuosas y temían ser llevados por ellas contra ocultos escollos.
Muchos de los forajidos, recordando lo experto que era don Alonso en las cosas del mar, é impulsados por el pánico, fueron á suplicarle en su encierro que tomase el mando del buque, poniéndole en el acto en libertad. Lo mismo hicieron con Cuevas, considerado igualmente como hábil nauta, por haber figurado en el primer viaje de descubrimiento.
Ojeda y su protegido se encargaron de la dirección de la nave, convenciéndose poco después de que sus esfuerzos iban á resultar inútiles para llegar á la isla Española. Durante su prisión, la impericia de sus enemigos, las corrientes encontradas y el huracán habían inclinado el rumbo hacia Occidente, y les sería imposible, en medio de la tormenta, enderezarle otra vez á Santo Domingo.
Flotó muchos días la nave, como un tapón de corcho, á merced de las corrientes del golfo, siendo continuo el peligro de irse á pique á causa del mal estado del casco. Cuba era la tierra más próxima, y Ojeda dirigió finalmente su rumbo á la parte Sur de dicha isla.
Al tocar el buque en una playa desierta se abrió, no pudiendo resistir más golpes la trabazón de sus maderos, y los tripulantes tuvieron que abandonarlo, trasladando á tierra cuantos víveres pudieron llevarse á cuestas.
Cuba estaba aún en estado salvaje. Sólo dos años antes habían bojado completamente sus costas los marinos españoles, demostrando para siempre que era una isla, como marcaba Juan de la Cosa en su mapa y como lo habían asegurado los indígenas desde el primer momento, no la punta oriental de Asia, como afirmaba Colón. Su interior permanecía inexplorado, y para este grupo de náufragos, faltos de recursos, representaba la más peligrosa de las empresas meterse isla adentro, á través de los bosques, hasta las montañas que veían desde la playa.
En el primer momento, al pisar tierra, todos aquellos bandoleros se resistieron á obedecer á don Alonso. Ya no era indispensable para que dirigiese la nave. Talavera intentó recobrar su autoridad de jefe de partida. Ojeda y Cuevas iban á verse otra vez presos y maltratados. Mas no tardaron en convencerse de que los peligros que les esperaban en esta tierra salvaje eran tan grandes como los riesgos del mar, y necesitaban un jefe intrépido y experimentado como el famoso Caballero de la Virgen.
Muchas de las tribus cubanas eran pacíficas, sin otra preocupación que el cultivo de los campos; pero numerosos indígenas de Haití, huyendo de la esclavitud que les imponían los blancos en su isla, se habían refugiado en Cuba, y apenas veían desembarcar algún grupo de marineros españoles para hacer agua ó leña, se apresuraban á atacarlo, creyendo que venían para darles caza y llevarles cautivos adonde estaban sus antiguos amos. Su odio á los blancos lo habían transmitido á los habitantes de Cuba, y apenas intentaron los de Talavera una marcha tierra adentro, viéronse recibidos á flechazos.
Después de aquel fracaso se apresuraron á devolver sus armas á Ojeda y Cuevas, reconociendo á don Alonso por jefe, y le siguieron en su marcha hacia el Este.
Tenía Ojeda la inaudita pretensión de caminar toda la isla hasta su extremo oriental para ir desde ella en canoa á la inmediata isla Española, atravesando á continuación gran parte de esta última hasta entrar en la ciudad de Santo Domingo. Menos don Alonso y Cuevas, todos sabían que al final de tal viaje de meses y meses, lleno de peligros, les esperaba la horca, y sin embargo, lo emprendieron como si fuesen en busca de la felicidad. Tanto era su deseo de volver á la vida civilizada.
El hábil capitán se dió cuenta de que con aquellos hombres no podía atacar á ninguna tribu de costumbres guerreras, y se propuso evitar la entrada en las poblaciones. Los guió siempre por el litoral, atravesando anchas y desiertas llanuras, llamadas sabanas, y bosques que llegaban hasta el mar. Esta marcha por la costa Sur de Cuba, completamente desconocida de todos ellos, sin más víveres que los que podían llevar á cuestas, se desenvolvió bien durante los primeros días. Luego fué notando Ojeda con inquietud que los bosques se retiraban del mar, y las sabanas cubiertas de hierbas y plantas trepadoras perdían dureza bajo sus pies, transformándose gradualmente en pantanos.
El suelo, cada vez más blando y resbaladizo, parecía huir de sus pies, hundiéndose los caminantes hasta la rodilla en un lodo infecto.
--Esto no puede ser muy largo--gritaba Ojeda para animar á su gente--. ¡Adelante, por Santiago!... Ya veo la tierra firme.
Creía de buena fe ver á lo lejos praderas de suelo duro, iguales á las que habían dejado atrás, pero su verde engañoso sólo cubría un barro temblón y profundo.
Después de ocho días de marcha se convencieron de que estaban metidos en una interminable marisma, marchando siempre con agua hasta la cintura. Para que su situación fuese más angustiosa, el agua era salobre, lo que les hacía sentir con mayor intensidad el rabioso tormento de la sed.
De tarde en tarde el líquido parecía menos salado, bebiéndolo todos con avidez. Era que un río descendía desde las alturas del interior, perdiéndose en la ciénaga, sin desembocadura directa al mar. Su corriente abría en el barro un cauce profundísimo, los caminantes perdían pie instantáneamente, y los que no sabían nadar se ahogaban, sin que sus compañeros pudiesen auxiliarles.
Cada jornada iba marcando la desaparición de varios hombres. Economizaban las raciones sacadas del buque--pan de cazabe y queso--, aprovechando las raíces que podían encontrar; pero esta alimentación, deficiente en el curso de una marcha siempre por el agua, iba aumentando el número de las víctimas.
Cuando les acometía el sueño ó sentíanse abrumados por la fatiga, se acostaban en las raíces entrelazadas de los manglares, sobre la superficie acuática. Durante estos descansos, Ojeda y Cuevas contaban silenciosamente el número de hombres que les rodeaba, cada vez menor. El continuo peligro y la proximidad de la muerte hacían á todos cruelmente egoístas.
--¡Hermanos, á mí! ¡La Virgen me proteja!--gritaba á sus espaldas una voz angustiosa.
Era un hombre que se hundía repentinamente en el cieno. Poco después ya no podía gritar, por llenársele de agua la boca. A continuación su cabellera flotaba sobre la líquida superficie como una planta acuática... Y desaparecía para siempre.
Todos eran sordos; nadie volvía la cabeza. Los más fuertes sólo conocían un deseo: marchar y marchar, cuanto les fuese posible, para salir de esta marisma en la que llevaban avanzando quince días, siendo ya locura el pensar en retroceder.
Cada día el agua era más profunda y el suelo menos firme. Las raíces comestibles escaseaban y el pan de cazabe lo había corrompido la humedad.
El jefe era el único que conservaba su energía, marchando el primero para indicar el camino. Ágil nadador, librábase todos los días de la muerte, y conseguía con sus indicaciones que se fuese salvando de los peores pasos aquella expedición, cada vez más mermada y miserable.
Admiró Cuevas como nunca las energías de este hombre extraordinario. Algunas veces, entregándose á la desesperación, se negaba á seguir adelante. Quería morir. Pero la voz del jefe reanimaba su voluntad.
--¡Acuérdate de tu mujer y de Alonsico!... Un hombre, mientras vive, no debe desesperar del auxilio de Dios.
Habían perdido casi todas sus armas en esta marcha por el agua y el fango. Sólo unos cuantos conservaban las espadas, empleándolas como bastones.
Ojeda llevaba en su mochila la pequeña imagen de la Virgen, y cuando hacían alto en algún bosque acuático de manglares, sacaba el cuadrito, lo colocaba entre las ramas y se inclinaba ante él, rezando en voz alta para implorar el auxilio de su protectora. Cuevas hacía lo mismo; y terminadas las oraciones, le decía don Alonso con acento de excusa:
--¡En qué mal paso te metiste, Fernando, por tu empeño en seguir mi suerte!...
Como imploraba con frecuencia el amparo de la Virgen, aquella mala gente que le seguía, obedeciéndole á la fuerza, lo imitó por impulso supersticioso, rezando todos finalmente con verdadera devoción ante la tablita pintada en Flandes y comprada por un obispo español.
Propenso don Alonso al misticismo y á las intervenciones sobrenaturales, buscó una explicación de esta dura prueba á que le sometía su protectora. Llevaban ya veinticinco días marchando por el agua y el barro, siempre hundidos hasta el pecho, ó teniendo que nadar y agarrarse á los mangles para no verse sorbidos por el légamo. Esta marisma no iba á terminar nunca. La desesperación sugirió á Ojeda que todo ello era advertencia de la Virgen, fatigada de que él la llevase de un lado á otro, por tierras extrañas y á través de los mayores peligros.
--Yo os prometo, Señora--dijo á gritos el héroe--, que si nos sacáis con vida de tanta agua y tanta tembladera, os erigiremos una capilla en el primer pueblo de indios adonde lleguemos, y allí os dejaré para que seáis adorada por los gentiles.
Cuevas, que murió de viejo, nunca pudo borrar de su memoria este largo y horrible viaje á través de las ciénagas de Cuba. Hablando años después en Santo Domingo con fray Bartolomé de las Casas, el célebre obispo, defensor de los indios, que se ocupaba en escribir la historia de la conquista de las nuevas tierras, éste le dijo así:
--Los padecimientos de los españoles en el Nuevo Mundo exceden á los que han sufrido los hombres de todas las naciones; pero los de Ojeda y las gentes que ibais con él superan á los demás.
Emplearon treinta días para atravesar esta marisma, de unas treinta leguas de extensión. Los bejucos, raíces y lianas eran á veces tan espesos, que necesitaban un día para hacer menos de una legua de camino, pero los mismos obstáculos les servían para mantenerse sobre el agua y el suelo movedizo.
En los últimos días de marcha la mortandad fué aumentando. Era tal el hambre y la fatiga, que muchos se dejaban caer para ahogarse voluntariamente. Otros, no pudiendo avanzar más, sentábanse sobre las raíces de un manglar cerrando los ojos:
--¡Dejadme, hermanos! No os ocupéis de mí.
Y esperaban inmóviles la llegada de la muerte. Su recomendación era inútil. Nadie pensaba en ellos.
Ojeda, con los más ágiles y vigorosos, continuaba avanzando á través de los obstáculos, hasta que al fin, pasados treinta días, sintieron bajo sus pies una tierra cada vez más firme. Luego marcharon por un sendero seco, llegando finalmente á una aldea india, en cuyas inmediaciones se tumbaron, no pudiendo ir más adelante, como si su energía les hubiese abandonado al verse en lugar seguro.
El cacique, llamado Cueybas, era hombre de paz, lo mismo que sus súbditos, mostrando asombro todos al saber que estos hombres blancos habían atravesado de un extremo á otro aquella marisma donde sólo se aventuraban ellos en casos de inevitable necesidad.
Los destrozados viajeros fueron conducidos á las cabañas, dándoles abundantemente de comer y beber, mientras el cacique ordenaba que otros de su tribu registrasen las marismas para traer á hombros á los españoles que encontrasen aún con vida.
Cuando repuesta su energía hizo Ojeda recuento de su gente, vió que de setenta y dos hombres que habían desembarcado un mes antes, sólo quedaban treinta y cinco, figurando entre éstos Bernardino de Talavera.
Al restablecerse completamente de sus fatigas, quiso don Alonso cumplir su voto á la Virgen. Le causaba honda pena separarse del milagroso cuadro, pues atribuía al mencionado voto el que la imagen le hubiese sacado finalmente de tantos peligros.
Tuvo varias entrevistas con el cacique, explicándole como pudo, gracias á las palabras aprendidas en Haití y á la intervención de Cuevas, más ducho en la lengua indígena, los misterios de la religión católica y lo que era la madre de Dios.
El indio lo acogía todo con movimientos respetuosos de cabeza. Lo que más le entusiasmaba era lo belleza del ídolo de los blancos y los brillantes colores que el pintor flamenco había fijado para siempre sobre la pequeña tabla.
Con unas mantas de algodón tejido arregló Ojeda una capilla en la choza del cacique, colocando la imagen sobre una mesa, á guisa de altar.
Pasaron dos semanas más, durante las cuales fueron recobrando fuerzas los tristes expedicionarios, pudiendo al fin reanudar su marcha.
Cuando el Caballero de la Virgen se arrodilló por última vez ante su imagen, empezó á sollozar. Iba á separarse para siempre de su protectora de tantos años. ¡Quién podía saber lo que le reservaba el porvenir al alejarse de esta imagen que le había mantenido incólume á través de tantos desafíos y guerras!...
Cuevas tuvo que infundirle ánimos y tirar de él para que se decidiese á abandonar su Virgen.
Mucho tiempo después, el padre Las Casas, al viajar por Cuba, encontraba aún en el pueblecito del cacique Cueybas la capilla hecha por Ojeda y su cuadro de la Virgen. El célebre religioso decía misa ante ella, é inquieto el cacique al ver que deseaba apropiarse la imagen del «pequeño jefe blanco», sustituyéndola con otra mejor, la ocultaba en el bosque y nadie volvía á verla.
Una partida de indios proporcionada por Cueybas guió ahora á Ojeda á través de los desiertos, llevando además todos los de la expedición abundantes víveres en sus mochilas.
Así llegaron á un lugar de la costa Sur de Cuba, que era el más próximo á la isla de Jamaica. En este territorio, llamado Macaca, el cacique, al que había sido recomendado por Cueybas, dió la noticia á don Alonso de que una partida de españoles se había establecido en dicha isla al mando de un capitán llamado Juan de Esquivel.
Resucitó en la memoria de don Alonso su vida y sus rivalidades en Santo Domingo. Este Esquivel era el capitán que había enviado el virrey don Diego Colón para que se posesionase de Jamaica á viva fuerza, y al que juró él cortarle la cabeza.
--Veo, Fernando--dijo con melancolía, al recibir tal noticia--, que mi destino es tener que humillarme ante las personas que ofendí.
Recordó su desafío á Nicuesa, que meses después lo salvaba de la muerte en la terrible jornada donde pereció Juan de la Cosa. Ahora tenía que pedir auxilio al hombre que había jurado decapitar si se posesionaba de Jamaica. Gracias á dicha toma de posesión, él y sus acompañantes iban á salir de Cuba, que ya les iba pareciendo un encierro del que nunca podrían salvarse.
El cacique de Macaca proporcionó una canoa con algunos indios, y en tan débil é inestable embarcación fué Fernando Cuevas, acompañado de un tal Pedro de Ordaz, para avisar á Esquivel.
Esta peligrosa travesía de veinte leguas, en una embarcación rústica, á través del Océano solitario, casi era comparable á la que algunos años antes había hecho Diego Méndez, yendo en canoa desde Jamaica á Santo Domingo, para sacar á Colón del desgraciado final de su cuarto y último viaje.
Apenas se enteró el capitán Esquivel de la triste suerte de Ojeda, al que se imaginaba rico y victorioso en su gobernación de Nueva Andalucía, despachó una carabela á la costa Sur de Cuba para que trajese al desgraciado héroe y sus forzosos compañeros.
La entrevista de los dos enemigos fué cordial. Ojeda, que había jurado de buena fe cortar la cabeza á Esquivel, lo saludó con naturalidad--como si hubiesen sido siempre grandes amigos--al poner sus pies en tierra de Jamaica.
--Juan de Esquivel, mis remos ya no reman--dijo después de saludarlo--. Haga vuesa merced de mí lo que quiera.
Y Esquivel le abrazó, llevándole á su casa y ofreciéndole cuanto tenía.
--Los dos somos caballeros--dijo á Ojeda--y nos hemos visto en mejor situación que aquí. Los hombres bien nacidos sabemos entendernos noblemente, olvidando todo resentimiento anterior.
Admiró Cuevas la generosidad de ambos hidalgos, reconociendo una vez más que sus compañeros de armas rivalizaban en grandeza de alma y sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles cuando trataban con otros que no fuesen de su raza.
Como tenía prisa Ojeda en volver á Santo Domingo para enviar socorro á Pizarro y la guarnición de San Sebastián, aceptó inmediatamente la carabela que Juan de Esquivel puso á su disposición.
Bernardino de Talavera y los restos de su cuadrilla se quedaban en Jamaica, retardando la vuelta á Santo Domingo. Ahora que estaban en tierra de españoles pensaban con miedo en el Juez mayor de la isla Española y en el proceso abierto por el robo de la nave del genovés.
Temían igualmente que, al recobrar Ojeda su prestigio de gobernador de Nueva Andalucía, les exigiese cuentas por los atrevimientos que se habían permitido con él. Pero este último cuidado lo perdieron cuando don Alonso se embarcó con Cuevas para ir á Santo Domingo.
--¡Que Dios te proteja, Talaverilla!--dijo al pirata--. No creas que olvido tus injurias, pero soy incapaz de vengarlas traidoramente denunciándote á la justicia. Si sales con bien de lo del robo del buque y yo estoy menos ocupado que ahora con lo de mi gobierno, ya nos veremos unos minutos á solas y harás conocimiento con mi espada.
Apenas llegó la carabela á Santo Domingo, el primer cuidado de don Alonso fué preguntar por el bachiller Enciso. Le contestaron que pocos días antes había salido con rumbo á la colonia de San Sebastián, llevando abundantes provisiones, armas y hombres.
Había persistido entre la gente de Santo Domingo el deslumbramiento causado por aquel envío de oro y de esclavos, que dió origen á la expedición pirática de Talavera. Todos los hombres de espada ansiosos de aventuras y riquezas querían alistarse para ir con Enciso al gobierno del que era Alcalde mayor.
El virrey don Diego Colón tenía que intervenir para limitar el número de los expedicionarios. Todos los que estaban procesados por deudas y amenazados de prisión buscaban escapar de la isla y reunirse con Ojeda.
Una guardia puesta por el virrey en la nave de Enciso iba examinando la identidad de cada uno de los expedicionarios. Cuando dicho buque salió á alta mar, fué acompañado á gran distancia por una carabela armada, para impedir que se embarcasen algunos de dichos fugitivos valiéndose de lanchas.
Quedó inactivo Ojeda muchos días, esperando noticias de su asociado el bachiller. Indudablemente, así que llegase Enciso á San Sebastián enviaría su buque á Santo Domingo para que el gobernador de Nueva Andalucía pudiese volver á sus tierras. Pero como transcurriesen semanas y semanas sin que la nave volviese ni llegase á Santo Domingo la menor noticia de Enciso, empezó la gente á afirmar que la expedición había naufragado á consecuencia de uno de los varios temporales recientes.
Fernando Cuevas volvió á su huerta, siendo acogido por las exclamaciones de asombro y lástima que lanzaron Lucero y su hijo.
Las penalidades sufridas en la defensa de San Sebastián y en las ciénagas de Cuba lo habían aviejado. Al verse entre su familia y en la comodidad de su vivienda, se percató por primera vez de lo mucho que había sufrido.
Su mujer y Alonsico escucharon en reflexivo silencio el largo relato de tantas aventuras intrépidas y desgraciadas. El buen sentido de la judía conversa resumió esta historia heroica en un comentario de carácter práctico.
--Si don Alonso vuelve allá--dijo--, no le sigas. Quédese eso del oro para los que no tienen mujer como tú, ni tierras que labrar. Pongamos ahinco en el cultivo de nuestros campos. Acabemos el desmonte de las tierras vecinas al río, que tenemos olvidadas. Nuestra verdadera mina es fabricar pan y carne para los que van á Tierra Firme en busca de oro, y los que marcharán luego, ya que cada vez llegan de España más ilusos.
Deseaba que su marido se fuese apartando de aquellos hombres aficionados á la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador.
Luego contó á Fernando todo lo que ella había hecho para favorecer á un amigo de éste, mal mirado, no sabía con qué motivo, por don Alonso de Ojeda.
Como dicho hombre estaba perseguido á causa de sus deudas, le había sido imposible conseguir que Enciso lo alistase en su expedición. Por miedo á indisponerse con el virrey no admitía el bachiller deudores ni sometidos á proceso. Además, estaba enterado de que su consocio el gobernador de Nueva Andalucía miraba mal á este solicitante.
--Entonces el pobre acudió á mí--siguió diciendo Lucero--, y como es amigo tuyo, aunque don Alonso no lo aprecia, quise ayudarle.
El hombre se había encerrado en un tonel, y para hacer más creíble su estratagema, rociaba de vez en cuando las paredes interiores con un poco de su provisión de agua. De este modo, las gotas que salían por entre las duelas no dejaban duda alguna de que era un tonel lleno de agua destinado al barco de Enciso. Así había podido salir de Santo Domingo, á pesar de las precauciones del virrey.
Cuando la nave estuviese en alta mar, este viajero ignorado de todos se proponía saltar una tapa del tonel, ofreciendo de nuevo sus servicios al asociado de Ojeda.
Rió Cuevas la historia, y al ver al día siguiente á su heroico protector, le dijo con cierta timidez, por tratarse de un hombre mal visto por don Alonso:
--¿Se acuerda su señoría de aquel á quien apodaban en las Cuatro Calles «el Esgrimidor», un tal Vasco Núñez de Balboa, que cultivaba tierras en el pueblecito de Durango, estaba entrampado hasta los ojos y no sabía cómo librarse de sus acreedores, que iban á encerrarle en la cárcel?... Pues se ha ido con el bachiller, sin que éste lo supiera, metido en un tonel.