Los suplicios de San Sebastián, y cómo los indios flecheros se convencieron de que «el pequeño jefe blanco» no era invulnerable.

Sintióse Ojeda desorientado al perder á Juan de la Cosa.

Cuevas era su confidente íntimo y contaba con la lealtad de Francisco Pizarro para las empresas de guerra; pero le faltaba el consejo y la dirección de aquel amigo paternal, sabio y prudente.

Creyó llegado el momento de seguir sus prudentes indicaciones desistiendo de todo proyecto de colonización en esta parte de Tierra Firme, donde sólo había conocido desastres, y puso su rumbo al golfo de Urabá. Allí buscó el río Darién, del que tanto hablaban los indígenas por su abundancia de oro. Este era el lugar, según La Cosa, más adecuado para la fundación de una colonia. Además, dicho río servía de límite entre su gobernación y la de Nicuesa. Pero, falto de la pericia del célebre piloto, no pudo dar con la desembocadura del Darién, desembarcando en distintos puntos del golfo, siempre en busca de un lugar favorable para establecer su ciudad.

Cada desembarco aumentaba el desaliento de la gente, quebrantada por el desastre sufrido en Yurbaco. Hasta la exuberancia de la vegetación contribuía á aumentar sus inquietudes. Apenas intentaban los españoles avanzar selva adentro, perdiendo de vista el Océano, caían en emboscadas preparadas por los indios, todos ellos flecheros «con hierba», ó sea con las saetas empapadas de mortal veneno.

La fuerza de sus arcos era tal, que conseguían atravesar con sus flechas corazas y escudos. La ventaja del blanco sobre el cobrizo, debida á sus armas defensivas, iba desapareciendo en los frecuentes combates. Únicamente á campo abierto conseguían vencer al indígena, gracias á la audacia agresiva de Ojeda y al valor desesperado con que le seguían todos ellos.

La abundante y feroz fauna del país se oponía también á sus avances. Oían en la selva aullidos de panteras y tigres. No había roca ni matorral que no vomitase ante sus pasos enormes y venenosas serpientes. Al avanzar Cuevas, con varios exploradores, río arriba, un enorme caimán cogió de una pata á uno de sus caballos, arrastrándolo al fondo de las aguas.

Todos sentían la necesidad de descansar, estableciéndose cuanto antes en un punto del golfo de Urabá, fuese cual fuese. Apremiado Ojeda por ellos, escogió una altura situada al Este, desembarcando en dicho lugar todo lo que llevaban las dos naves para el establecimiento de una población; y empezaron á levantarse los primeros edificios.

Esta colonia, la primera ciudad construída en Tierra Firme después de la fugaz colonia de Belén fundada por Colón, recibió el nombre de San Sebastián.

--Ya que el santo mártir--dijo Ojeda--murió atravesado de flechas, que su nombre nos proteja á todos de las saetas ponzoñosas de los salvajes.

El principal trabajo consistió en edificar una fortaleza de madera y una alta empalizada que defendiese la pequeña ciudad.

Después del desastre en el que había perecido Juan de la Cosa la expedición estaba mermada reconociendo. Ojeda que le sería muy difícil defenderse con tan poca gente de las numerosas tribus que empezaban á hostilizarle.

Como los víveres escaseaban, pensó además en la conveniencia de librarse de los cautivos que había hecho en Yurbaco, enviándolos á Santo Domingo. Necesitaba también dar prisa á su socio Enciso para que viniese cuanto antes con más hombres, armas y provisiones.

Quiso enviar á Fernando Cuevas para que acelerase la llegada del bachiller, pero se negó á aceptar tal proposición.

--Quiero quedarme al lado de vuestra señoría--dijo á Ojeda--, sirviéndole como soldado y no como mensajero.

El gobernador hizo salir á la india Isabel para Santo Domingo en el mismo buque que sus enviados, desoyendo las quejas de ella. No la necesitaba como intérprete, por negarse los fieros indígenas del país á recibir heraldos, y era preciso reducir estrictamente, en la nueva ciudad de San Sebastián, el número de bocas, quedando únicamente las personas que estuviesen en disposición de combatir. La compañera de Ojeda fué portadora de una carta para Enciso y en el mismo buque se enviaron los esclavos y el oro cogidos en el saqueo de Yurbaco. Con esta remesa, que no dejaba de ser valiosa, podría Enciso acelerar sus preparativos.

Cuando la colonia de San Sebastián tuvo terminado el fuerte y la empalizada, inició Ojeda el reconocimiento de los terrenos inmediatos, cubiertos de espesas selvas y poblados de tribus hostiles.

Salió al frente de un numeroso destacamento para visitar á cierto cacique de las inmediaciones que tenía fama de ser rico en oro, pero este avance, que el gobernador de Nueva Andalucía había anunciado como una visita amistosa, no pudo ir muy lejos. Apenas penetraron los españoles en una garganta entre montañas de espesa vegetación, viéronse envueltos por una nube de flecheros que disparaban sus saetas envenenadas ocultos en las frondosidades. Unos cayeron muertos instantáneamente, otros se retorcieron en el suelo entre horribles convulsiones.

La flecha ponzoñosa, de un efecto casi instantáneo, acabó por sembrar el pavor entre estos hombres que espada en mano retaban á gritos á los enemigos é iban de un lado á otro sin verlos siquiera. Y mientras tanto, las saetas venenosas llovían sobre ellos, obligándolos finalmente á volver las espaldas, retirándose con el mayor desorden á la fortaleza.

Si no se vieron perseguidos por los indígenas y rematados á golpes de maza fué porque Ojeda, junto con Pizarro, Cuevas y algunos más, retrocedieron dando siempre el rostro, cargando á cuchilladas contra los indígenas que osaban mostrarse.

Tan enorme resultó la desmoralización de los soldados después de tal emboscada, que transcurrieron muchos días antes de que Ojeda pudiese convencerlos de que debían salir al campo otra vez.

Como las provisiones empezaban á escasear, el hambre fué más convincente para ellos que las alocuciones de su jefe, y se aventuraron á salir de nuevo, en pequeñas partidas, por los alrededores de San Sebastián, buscando alimentos más que oro.

En una de estas expediciones, un grupo de españoles volvió á caer en una emboscada de los indígenas, y fué tal su derrota, que los enemigos los persiguieron con ensordecedora gritería hasta corta distancia de las empalizadas de San Sebastián. Muchos quedaron muertos en el bosque y los más de los heridos perecieron dentro de la pequeña ciudad entre horribles convulsiones. Muy pocos conseguían sanar de los flechazos por más que empleaban en su curación diversos remedios, y únicamente se salvaban cuando la saeta recibida había perdido una parte de sus hierbas venenosas. Los que estaban sanos y en disposición de combatir no se atrevían a hacer salidas en busca de víveres, influenciados por el espectáculo de la horrible agonía de sus compatriotas muertos.

Envalentonados los indígenas, se mostraban ya audazmente en el lindero de los bosques inmediatos á San Sebastián. Estos bosques parecían hervir de enemigos que gritaban día y noche, insultando y desafiando á los guerreros blancos con estrepitoso acompañamiento de atabales de madera, caracolas y bocinas. Los más de los blancos sólo podían comer raíces y hierbas recogidas en los campos próximos á la ciudad, bajo el amparo de las armas de fuego de los centinelas, y aun así, no se veían libres del flechazo ponzoñoso.

La mala alimentación y el hambre empezaron á favorecer las enfermedades. Dentro de la ciudad fallecían todos los días algunos de sus defensores. En dos ocasiones, al vigilar Cuevas por las noches las empalizadas, encontró á varios centinelas muertos de debibidad.

Una resignación fúnebre empezaba á apoderarse de los menos enérgicos. Deseaban morir, viendo en la muerte el único medio de librarse de esta situación desesperada. Solamente Ojeda y sus más íntimos conservaban una férrea voluntad para hacer frente á los enemigos.

Era el mismo gobernador de Nueva Andalucía quien se encargaba de salir á forrajear al frente de un grupo, lo mismo que un subalterno, peleando todos los días con los indios para la conquista de un puñado de alimentos. Cuevas se acordaba del asedio sufrido años antes en el fuerte de Santo Tomás; pero estos tiradores de flechas envenenadas resultaban más terribles que los guerreros de Caonabo, hábiles únicamente para batirse cuerpo á cuerpo.

Empezó á difundirse entre las tribus vecinas á San Sebastián el prestigio heroico del «pequeño jefe blanco», dotado de una agilidad y una fuerza sorprendentes. Él solo mataba, durante las salidas, más enemigos que todos sus soldados. Pasaba á través de las flechas sin que ninguna le alcanzase. Encontraban siempre el obstáculo de su movedizo escudo, clavándose en él como si las atrajese. Todo esto creaba en torno á su figura un ambiente maravilloso.

Algunos indios llevados como prisioneros á la ciudad y luego fugados de ella habían referido á sus compatriotas lo que contaban los soldados de don Alonso, convencidos todos de que su jefe gozaba de una protección sobrenatural. La Virgen que llevaba con él le había hecho invulnerable, y los indios empezaron á creer en la influencia milagrosa de este ídolo de los blancos.

Concentraban los caciques enemigos toda su atención en el ágil é intrépido adversario, olvidando á los otros invasores. Querían convencerse de que verdaderamente era un ser extraordinario, protegido por los dioses, y emboscaron á cuatro de sus mejores arqueros en el límite de la selva, frente á la ciudad, con orden de no apuntar mas que al «pequeño jefe blanco», mientras un grupo numeroso salía á campo abierto con ruidosa gritería y gran estrépito de caracolas y atabales, desafiando á los españoles.

Cuevas, que estaba en lo alto de la fortaleza, presintió lo anormal de este reto á pecho descubierto en una gente que prefería siempre la emboscada. Ojeda, furioso por esta nueva insolencia de los enemigos, se puso media armadura y tiró de su espada, llamando á gritos á todos los que estuviesen prontos para seguirle.

--Téngase vuestra señoría--gritó Cuevas--. Me da en la nariz que todo esto es añagaza para llevarle adonde tienen preparada su muerte. Quédese y yo iré á buscarlos con la gente.

El intrépido Caballero de la Virgen no consentía, en momentos de peligro, oir á sus subordinados ni superiores, y poco después estaba ya en campo raso, corriendo con la espada en alto contra los enemigos.

Huyeron los indígenas hacia el lugar donde estaban emboscados los arqueros, y Ojeda los persiguió con el encarnizamiento de siempre, adelantándose á los demás blancos, valido de su sorprendente ligereza.

Así llegó cerca del escondrijo de los cuatro flecheros, y éstos dispararon. Tres de las saetas las paró su escudo, clavándose en éste, pero la cuarta le atravesó un muslo, haciéndole doblar la rodilla.

Por primera vez en toda su vida el guerrero invulnerable supo lo que era sentirse herido, y sus ojos conocieron el color de la propia sangre saliendo de un profundo desgarrón de su cuerpo.

Orgullosos y alegres los guerreros salvajes al verle herido, huyeron lanzando gritos de triunfo. Celebraban la doble derrota del temible adversario y de su ídolo protector.

Cuevas, que había visto todo esto desde la ciudad, corrió al encuentro del grupo que traía á don Alonso sentado en dos lanzas cruzadas.

Estaba pálido y parecía sufrir una gran angustia. Fernando creyó ver un don Alonso de Ojeda completamente nuevo. No era efecto del dolor material de la herida, ni tampoco que por primera vez en su existencia temiese á la muerte. Su desaliento era un reflejo de la gran decepción moral que acababa de sufrir. El hechizo que hasta entonces le había hecho invulnerable quedaba deshecho para siempre.

No podía dudar del poder de aquella Nuestra Señora que le acompañaba á todas partes. Si le habían herido por primera vez, era simplemente porque ella le retiraba para siempre su protección á causa de sus pecados.

Apenas se vió en el fuerte, tendido en el lecho, volvió á recobrar su fiera energía. Recordó la muerte horrible de muchos de sus compañeros, ocasionada por la ponzoña de las flechas. Un caballero como él no podía morir lo mismo que un perro rabioso.

El síntoma principal del envenenamiento era un frío agudísimo en la herida que atravesaba las carnes como un taladro. Ojeda empezaba á sentirlo, y siguiendo una inspiración tan brutal como lógica, ordenó un remedio que sólo él podía soportar. Cuevas, que estaba junto á su lecho, se hizo atrás, sorprendido y aterrado, al escuchar sus órdenes.

El Caballero de la Virgen exigía que enrojeciesen inmediatamente en una hoguera dos planchas de acero de una armadura y se las aplicasen á ambas bocas de la herida. La flecha la había extraído de su muslo el esforzado caballero en el mismo lugar del combate, sin que su rostro reflejase el menor dolor.

Cuevas se mostró por primera vez reacio á obedecer á su jefe. El cirujano de la expedición apoyó á Fernando en sus protestas.

--Amo demasiado--dijo--al señor gobernador para ser su asesino.

--Y yo os juro--contestó Ojeda con furia--que si no me obedecéis inmediatamente os haré ahorcar.

Fué Cuevas, bien enterado de la terrible voluntad de su protector, quien ayudó al aturdido cirujano en la tarea de calentar hasta el rojo blanco las dos piezas de acero. El mismo herido dirigía la operación, sin permitir que Cuevas y Pizarro le mantuviesen sujeto para evitar las convulsiones y saltos de este achicharramiento voluntario.

No profirió un grito, ni hizo el más leve gesto, cuando las planchas candentes, sostenidas con tenazas, le fueron aplicadas en el muslo á las dos bocas de la herida. Un olor de carne tostada se esparció por la habitación, haciendo volver á muchos el rostro, mientras Ojeda continuaba impasible, no permitiendo que retirasen el terrible cauterio hasta que él lo dispuso.

Tal fué después la angustia causada por dicho suplicio, que él mismo pidió que lo envolviesen en una sábana empapada continuamente en vinagre, para templar con su frescura el ardor que la cura brutal había esparcido por su cuerpo. Todo un barril de vinagre fué consumido en esta operación bárbara, inventada por el duro soldado.

Movía los hombros el cirujano con expresión de incredulidad, al mismo tiempo que admiraba el coraje de su jefe. Cuevas también dudaba del éxito de esta original curación. Y todos fueron viendo con asombro, en días sucesivos, cómo Ojeda empezaba á reponerse.

Fernando explicaba á su modo la invención de su protector.

--Es el fuego--dijo--quien consumió el veneno, haciendo desaparecer su frialdad mortal. Pero sólo un don Alonso de Ojeda puede curarse así.

Francisco Pizarro mostraba menos credulidad. Tal vez el caballero, siempre amparado por la Virgen en su diaria batalla con la muerte, había tenido la fortuna de que la flecha llevase perdida gran parte de su ponzoña antes de tocarle.

Los defensores de San Sebastián permanecieron inactivos durante la enfermedad de su jefe. Luego le vieron fuera de peligro, pero muy débil, incapaz de tomar las armas, lo que aumentaba el desaliento general. Era el único que sabía infundir valor á los débiles y sostener la voluntad de los enérgicos, mostrándose en todas partes. Cada soldado, al verle, creía seguir á un poderosísimo ejército.

Oculto durante muchos días é imposibilitado de moverse, la ciudad parecía un cuerpo muerto. No quedaba ya quien pensase en avanzar tierra adentro. Su única esperanza la ponían todos en el mar, esperando el socorro que debía traerles el bachiller Enciso. Pero el Océano manteníase siempre desierto, sin que la más pequeña vela asomase, como la punta de un ala, sobre la línea monótona del horizonte.

Una mañana, cuando más general parecía el desaliento, un vigía colocado en lo alto del torreón de madera de la fortaleza llegó corriendo en busca de Cuevas, encargado de la defensa de San Sebastián durante la enfermedad del gobernador.

--¡Nave á la vista!--dijo jadeando de emoción--. El Alcalde mayor, que viene de Santo Domingo con el socorro.

Cuevas pensó lo mismo. Este buque sólo podía ser fletado por el bachiller Enciso.

Cuando después de haber anclado frente á la colonia su capitán y tripulantes bajaron á tierra, éstos declararon que venían de la Española con cargamento de víveres, pero Enciso no había intervenido para nada en su viaje.

Conocía Cuevas á todos los habitantes blancos de Santo Domingo. Como él y Lucero figuraban entre los más antiguos pobladores de la isla, su memoria era á modo de un registro de nombres y fisonomías, comprendiendo en él á cuantos habían llegado á la Española, con todas sus cualidades y defectos.

Inmediatamente reconoció al capitán de la nave, un tal Bernardino de Talavera, que figuraba entre los más desvergonzados aventureros, siendo mal visto, á causa de sus disolutas costumbres, hasta por las gentes que se reunían en las Cuatro Calles.

--¿Cómo puede este mal hombre--dijo á Pizarro--mandar un navío de su propiedad? Siempre le conocí lleno de trampas y dispuesto á apoderarse de la hacienda de los otros.

A pesar de su mala opinión, lo condujo adonde estaba Ojeda, por negarse Talavera á tratar con otro que no fuese el gobernador.

La vida de azares y aventuras en esta tierra, lejos del núcleo de civilización creado en Santo Domingo, parecía dar mayor audacia á los malvados y una tolerancia forzosa á los que se veían obligados por las circunstancias á recibir su auxilio. Talavera y los hombres que venían con él relataron á las pocas horas, con un cinismo tranquilo, el deshonroso origen de su viaje, oportuno y criminal á la vez.

Bernardino de Talavera iba á ser llevado á la cárcel en la isla Española, por su conducta desordenada y por sus deudas, cuando llegó al puerto de Santo Domingo el buque cargado de esclavos y con gran provisión de oro que Ojeda enviaba á Enciso, después de establecerse en San Sebastián. Como ocurría siempre en todas las expediciones, los del buque, al verse en Santo Domingo, daban al olvido las penalidades sufridas, haciendo exageradas descripciones de la riqueza de la nueva ciudad fundada por el gobernador de Nueva Andalucía. El bachiller Enciso y también la india Isabel procuraron fomentar estos informes engañosos, para el mejor éxito de la expedición de socorro cuyos preparativos estaban terminando. El número de esclavos y la cantidad de oro se multiplicaron ante los ojos absortos de los aventureros que no habían querido ir allá.

Hombre audaz, Bernardino de Talavera formó inmediatamente el proyecto de huir de sus acreedores, yéndose á la nueva colonia. Faltaban recursos á Ojeda, y él pensaba llevárselos, seguro de que tal servicio lo acogería afablemente don Alonso. Éste, como todos los hombres de combate, apreciaba á los osados, sin pararse mucho á considerar sus condiciones morales.

Comunicando sus proyectos á otros desesperados como él, llegó á reunir setenta aventureros de la peor especie, todos perseguidos por la justicia á causa de sus fechorías, sin dinero, sin crédito, con tanto valor y astucia como falta de conciencia. Se enteraba Talavera de que un buque propiedad de un mercader genovés estaba al ancla frente al cabo Tiburón, al Este de la isla Española, cargado de tocino y pan de cazabe para Santo Domingo. La ocasión no podía ser más oportuna para el viaje á San Sebastián. Ya tenían preparado el buque, con abundante cargamento de víveres; sólo les faltaba apoderarse de él.

Talavera y sus setenta hombres salieron en distintas partidas para despistar á la autoridad, reuniéndose después de varias jornadas de marcha en las inmediaciones del cabo Tiburón, y les fué fácil sorprender á los escasos tripulantes de la nave del genovés, apoderándose de ella, levando anclas y soltando el velamen.

Ninguno de ellos era hombre de mar, y Talavera, improvisado capitán, resultaba el más ignorante de los pilotos.

Ojeda, que gustaba por instinto de todo lo que representase peligro y aventura, escuchó complacido el relato de este pirata.

--Le tengo por grandísimo pícaro--dijo al quedar solo con Cuevas--, pero esto no impide que vea yo en su viaje la mano de la Providencia. Sólo así puede comprenderse que unos hombres que ignoran las cosas de la navegación hayan podido venir en derechura hacia nosotros. Debe ser mi Virgen quien ha conducido derechamente á San Sebastián tan flojos y malos marineros.

Y sus ojos, que hasta entonces habían mirado al cuadrito de la Virgen con una expresión de humildad y de extrañeza á la vez, cual si se considerara abandonado de ella para siempre después de su herida, volvieron á fijarse en la milagrosa imagen con una expresión de agradecimiento.

Se mostraron ásperos y discutidores Talavera y su gente en la venta del cargamento, como si éste les hubiese costado mucho. Al fin, convencidos de que Ojeda no tenía más oro que el ofrecido por Cuevas, accedieron á desembarcar las provisiones.

El reparto de los víveres produjo un trastorno en San Sebastián. Los mismos que se habían mostrado sumisos y modestos en días de hambre protestaron del reparto que hacía el gobernador, encontrándolo excesivamente parco. Comentaban audazmente los más quisquillosos las explicaciones dadas por Cuevas, alegando que don Alonso hacía esto por previsión, deseoso de que los víveres durasen más tiempo, hasta que llegase el bachiller Enciso.

--El gobernador quiere guardar la mejor parte de alimentos para él--decían los más inquietos--. Desde que le dieron el flechazo parece otro hombre. Se acuerda de que le predijeron, siendo mancebo, que moriría de hambre, y guarda provisiones para ponerse á seguro de tal peligro.

El contacto con la mala gente de Talavera quebrantó la disciplina. Muchos empezaban á hablar de volverse á la Española en el buque de los piratas.

En vano los amigos del gobernador anunciaban todos los días la próxima llegada de Enciso, como si tuviesen avisos misteriosos de ella. Los soldados pasaban las horas mirando al mar, sin ver nunca el buque prometido. Empezaban á agotarse las provisiones traídas por Talavera, no obstante las economías del gobernador. Volvió á reanudarse la mortalidad diaria por las enfermedades que originaba el hambre. Unas veces Cuevas y otras Pizarro, hacían saber al gobernador los avances de un complot de sus gentes para escaparse á la Española en el buque de Talavera.

Don Alonso, que ya paseaba por la ciudad, procuró alentar con sus palabras y su presencia á todos los que le habían seguido desde Santo Domingo, intentando hacer revivir en ellos el entusiasmo admirativo y el respeto supersticioso que antes sentían por su persona.

Se consideraba en el momento decisivo de su vida. Una noche, hablando á solas con su fiel Cuevas, le dijo en dolorosa confidencia:

--Si el bachiller no viene á socorrernos, es segura nuestra pérdida; pero ni aun así me resolveré á abandonar la empresa. En esta tierra está nuestra esperanza de hacernos ricos y de mandar. Si nos vamos de aquí pobres y derrotados, ¿cómo obtener otro mando y encontrar crédito para nuevos viajes?...

Al hablar con sus gentes hacía esfuerzos para transmitirles su férrea voluntad.

--Es locura, hermanos--decía--, dejar esta tierra cuya posesión tanto nos cuesta. Sólo necesitamos que llegue el refuerzo del bachiller para dominar los países circunvecinos y adueñarnos de sus riquezas.

Viendo, á pesar de tales razones, crecer en torno suyo la desconfianza y la indisciplina, apaciguó á sus hombres con una inesperada proposición.

--Yo mismo iré á Santo Domingo--dijo--en busca del socorro. ¿Os place así?...

Todos aceptaron con entusiasmo. Confiaban en su energía, su influencia y su habilidad. La llegada de los auxilios resultaba indudable si era Ojeda en persona quien iba á buscarlos. Y los defensores de San Sebastián hicieron un convenio público con su jefe, siguiendo un régimen democrático que en la vida de estos conquistadores de un mundo nuevo volvió á reaparecer siempre que las operaciones militares no exigían el despotismo de una autoridad única.

Francisco Pizarro quedaría mandando la colonia como teniente de Ojeda, hasta que llegase el abogado Enciso, superior á aquél por tener el cargo de Alcalde mayor. Pizarro y su gente permanecerían en San Sebastián cincuenta días, y si concluído dicho plazo no recibían noticias de Ojeda, ni llegaba Enciso, quedaban en libertad para abandonar la colonia y volverse á la isla Española.

Dejó Ojeda dos bergantines, último resto de su armadilla. En ellos podían trasladarse á Santo Domingo los habitantes de San Sebastián cuando el plazo fijado terminase. Él haría el viaje en el barco genovés robado por los piratas.

Bernardino Talavera y su banda deseaban marcharse cuanto antes de San Sebastián, donde morían tantos hombres. Habían venido con la esperanza de grandes riquezas, y hallaban solamente hambre y enfermedades. No podían salir de las empalizadas por la parte de tierra sin oir el silbido de las terribles flechas venenosas.

Les parecía preferible volver á Santo Domingo, aunque allá les esperase la cárcel. Pensaban ya con nostalgia en las miserias sufridas entre los hombres de su raza, más llevaderas que las mortales carestías en esta costa salvaje.

Como Talavera y muchos de los suyos admiraban á don Alonso, atribuyéndole una poderosa influencia en Santo Domingo, tenían la confianza de que éste conseguiría su perdón de las autoridades de la isla Española, haciendo valer que gracias á ellos había podido salvarse la colonia de San Sebastián de ser totalmente destruída por el hambre.

Mostró empeño Cuevas en seguir á su capitán. Pizarro se bastaba para gobernar á la gente y él sería una boca más en la ciudad hambrienta. Le inspiraba también inquietud que un caballero activo y de carácter arrebatado como don Alonso hiciese solo tal viaje en un buque de bandidos.

--Mejor es que seamos dos--dijo--, y vuestra señoría debe no olvidar la mala laya de nuestros compañeros de travesía, procurando tener paciencia para sufrirlos.

Consejo inútil. El Caballero de la Virgen, pálido, débil y cojeando á consecuencia de su herida, volvió á mostrar la misma arrogancia de otros tiempos.

Entró en la nave robada como si tomase posesión de ella, dando órdenes á su tripulación de pícaros para que levasen anclas y desplegasen el velamen, con el acento imperioso de un jefe que no duda de verse obedecido.

Presenció Cuevas cómo estando don Alonso en lo alto de la popa, se volvía imperiosamente hacia Bernardino de Talavera, que acababa de colocarse junto á él, cual si pretendiese compartir su autoridad, mezclando sus órdenes con las del otro.

Como en todos los momentos culminantes de la vida de Ojeda, le pareció á Cuevas que «el pequeño jefe blanco» crecía extraordinariamente, dominando con su mirada autoritaria al hombre que tenía al lado.

--Talavera, ¡abajo con los otros!--ordenó, señalando los grupos de hombres que estaban en torno del palo mayor--. Donde está don Alonso de Ojeda no puede haber otro capitán.