El desafío de los dos gobernadores, y cómo Ojeda partió finalmente á la conquista de las tierras de oro en Asia, no sin prometer antes á gritos que cortaría la cabeza á sus rivales.
Casi anclaron á un mismo tiempo en el puerto de Santo Domingo las dos pequeñas flotas--llamadas «armadillas» por los españoles--que iban á la conquista de las famosas tierras del oro cerca del Ganges.
El primero en llegar fué Juan de la Cosa con dos carabelas nada más. Había tenido que hacer verdaderos milagros de economía para adquirir en Portugal estos dos buques, por ser él hasta el presente único capitalista importante de tal empresa.
--Mi bolsa--decía el honrado marino--no está repleta, y Ojeda, mi asociado, tiene la suya completamente vacía.
En el primer momento, don Alonso no pudo ocultar su decepción escuchando á Juan de la Cosa y Fernando Cuevas, recién desembarcados. Luego se dijo que otras veces había acometido empresas de igual riesgo con medios más escasos, y acabó por aceptar entusiasmado lo que él llamaba «mi armada».
En los dos buques venían doscientos aventureros, entusiasmados por los relatos de la prodigiosa Veragua, cuyas riquezas empezaban á ser propaladas exageradamente en las ciudades españolas. Eran gente novel en la vida colonial, no habituados aún á sus alimentos y sus enfermedades, pero bravos todos ellos, habiendo peleado los más en las guerras del viejo mundo, lo que les valió el ser acogidos con simpatía por su futuro jefe. Estos bisoños servirían de acompañamiento al grupo de guerreros veteranos de la colonia entre los cuales figuraban Pizarro y Cortés.
Su entusiasmo volvió á decaer cuando sus dos representantes en España fueron contando el resultado de sus gestiones y lo mucho que habían tenido que luchar con Diego de Nicuesa, rico por su familia, con amigos adinerados, y protegido por un tío del rey, que le había educado en su casa.
Don Fernando el Católico, acosado por las recomendaciones de sus cortesanos á favor de uno y otro solicitante, se resolvía al final por favorecer á los dos á la vez, repartiendo entre Ojeda y Nicuesa la llamada Tierra Firme, que habían explorado casi á un mismo tiempo Bastidas, Colón y Juan de la Cosa.
Daba á los dos caudillos toda clase de dignidades, poderes y honores, pero ni buques ni dinero. Todo el apoyo real consistía en despachos y títulos. Dividía Tierra Firme, á lo largo del llamado Darién--años después istmo de Panamá--, en dos provincias, con una línea de demarcación que atravesaba el golfo de Urabá. A la parte del Este, que se extendía hasta el cabo de la Vela, dábale el rey el nombre de Nueva Andalucía--costas actuales de Colombia--, confiándola á Alonso de Ojeda. Su adversario Nicuesa recibía la gobernación de Castilla del Oro--modernas repúblicas de Panamá, Costa Rica y una parte de Honduras--, ó sea lo que Colón había comprendido bajo el título general de Veragua. Cada uno de los gobernadores debía levantar dos fortalezas en su distrito, y por espacio de diez años disfrutaría los productos de las minas que descubriese.
Mostró Ojeda mayor desaliento al ver que Nicuesa se había llevado la famosa Veragua; pero La Cosa, primer explorador de Urabá y otras costas de la flamante Nueva Andalucía supo reanimarlo infundiéndole la certeza de que también en dicha gobernación abundaba el oro. No le fué esto difícil, pues el heroico aventurero estaba pronto siempre á la ilusión y la esperanza, contando además con meterse en las tierras de su vecino, si es que las suyas no resultaban bastante productivas.
Fué más durable y honda su mala impresión cuando la flota de Nicuesa entró pocos días después en el puerto. Traía cuatro naves grandes y dos bergantines, provistos en abundancia de víveres y con todos los útiles necesarios para un viaje de descubrimiento.
Nicuesa había podido alistar en España mucha más gente que los enviados de Ojeda, y para colmo de su fortuna, mientras las dos carabelas de La Cosa venían directamente á Santo Domingo, deteníase él en una de las islas Caribes, aprisionando cien indígenas, que esperaba vender en el mercado de Santo Domingo á muy buen precio, por ser los indios caribes más duros para el trabajo que los flojos é indolentes de Haití.
Hizo esfuerzos el Caballero de la Virgen para ocultar su ira al ver el diferente aspecto que ofrecían ambas armadillas: la de Nicuesa, compuesta de seis buques, meciéndose con cierta majestad ante las curiosas miradas de los vecinos de Santo Domingo, mientras que sus dos carabelas aún parecían más inferiores comparadas con las naves vecinas.
Pronto se dió cuenta de que la gente aventurera de las Cuatro Calles se apartaba de él para ir en busca de Nicuesa. Los más vocingleros y propensos á la insubordinación se apresuraron á ofrecerse al gobernador de Castilla del Oro, que podía pagar con largueza á sus hombres.
Sin embargo, los más valerosos soldados de la colonia permanecían fieles á don Alonso. El grave Francisco Pizarro saludaba siempre al gobernador de Nueva Andalucía con palabras de ruda lealtad.
--No olvide vuestra señoría que soy su hombre y le seguiré hasta el infierno si es preciso.
El alegre y galanteador Hernando Cortés no creía necesario hacer nuevas declaraciones. Continuaba siendo amigo del valeroso Caballero de la Virgen y sólo quería ir con él.
Llegaron á ser unos cien los aventureros residentes en Santo Domingo que preferían seguir á Ojeda pobre, que buscar la protección de Nicuesa el rico. Hasta se permitió don Alonso no aceptar en su expedición á hombres útiles pero que le eran antipáticos. En vano Juan de la Cosa, que había recibido en España el título de Alguacil mayor de la Nueva Andalucía é iba á ser vicegobernador de dicha provincia, instó á su amigo para que admitiese á cierto hidalgo que conocía desde años antes, por haber figurado en la expedición organizada por Bastidas.
Llamábase Vasco Núñez de Balboa y era de Jerez de los Caballeros en Extremadura. Sus amigos le apodaban «el Esgrimidor», por su habilidad en el manejo de la espada y tal vez por haberse mantenido en ciertos momentos de su existencia azarosa dando lecciones de esgrima.
Al naufragar la expedición de Bastidas en las costas de la isla Española, dividiéndose los tripulantes en tres partidas para correr las setenta leguas que les separaban de la ciudad de Santo Domingo, había ido Balboa en el grupo mandado por Juan de la Cosa, apreciando éste sus habilidades para improvisar recursos y su raro don de animar á las gentes con un optimismo heroico.
Luego se había quedado en Santo Domingo dedicándose á la agricultura, pues este esgrimidor, tan propenso á las aventuras belicosas, sentía al mismo tiempo la atracción de la tierra virgen y las delicias triunfantes del que realiza los primeros cultivos.
Sus empresas de labriego resultaban aún más desgraciadas que sus primeras aventuras como marinero y soldado. Los ciclones, muy frecuentes en los últimos años, y el mal éxito de ciertas cosechas intentadas con semillas de Europa, rebeldes al nuevo ambiente, arruinaban á Balboa, que había tomado unos pequeños campos en el naciente pueblo de Salvatierra, cerca de Santo Domingo.
Los usureros le perseguían por deudas, y desalentado de su lucha con la tierra, quería volver otra vez á las aventuras del descubrimiento. Como prefería á los capitanes por sus hazañas y no por su riqueza, tenía empeño en ir con don Alonso de Ojeda á la Nueva Andalucía.
El gobernador hizo un gesto negativo apenas oyó el nombre de Balboa. Lo había visto algunas veces en las Cuatro Calles cuando venía á la ciudad, buscando el trato con sus antiguos compañeros de armas. Se mostraba cortés y pronto á la admiración con el antiguo raptor de Caonabo, pero Ojeda correspondía mal á tales muestras de afecto. Adivinaba en «el Esgrimidor» un carácter igual al suyo. Allá donde fuese acabaría por ser el primero, ó moriría si no llegaba á conseguirlo.
--Su apadrinado no me place--dijo con un tono de resolución que hizo desistir á Juan de la Cosa--. No quiero en mi compañía hombres de su laya.
Y ya no hablaron más de Balboa.
El dinero era lo que preocupaba más á Ojeda en aquellos momentos. Necesitaba fingir que lo tenía en abundancia, para que no riesen de él sus enemigos, y al mismo tiempo debía buscarlo secretamente. Sin un nuevo aporte de capital resultaba imposible la salida de la expedición.
Marchó ahora decididamente en busca del bachiller Martín Fernández de Enciso, y le propuso que fuese asociado suyo en esta expedición invirtiendo en ella sus dos mil castellanos de oro. Él le entregaría una parte de lo que produjesen las minas, y usando los poderes que le había conferido el rey, estaba dispuesto igualmente á darle el título de Alcalde mayor de la Nueva Andalucía.
El abogado, que siempre había tenido que luchar con jueces, sintióse envanecido por la posibilidad de ser el primer juez de un vastísimo territorio, viendo blancos y cobrizos sometidos á sus fallos. Todavía le halagaban más las aventuras de la exploración por países vírgenes, el estudio directo de mares y tierras nunca vistas hasta entonces por los europeos. Tan aficionado al estudio como á las aventuras belicosas, pocos años después, al volver á España, fué el primero que escribió una Geografía de la América conocida entonces, é igualmente el primer _Arte de navegar_ entre los dos mundos, á través del Océano.
Aceptó el bachiller Enciso su asociación con Ojeda y Juan de la Cosa, entregándoles todo el dinero que había ganado defendiendo pleitos; pero aun después de recibir este auxilio, sintióse don Alonso molestado por la preponderancia de Nicuesa; y como ambos eran de carácter altanero, y al mismo tiempo muy activos é inquietos, sostenían frecuentes discusiones sobre la interpretación de los privilegios dados por el rey comprendiéndolos en el mismo decreto.
Fernando Cuevas esperaba todos los días una reyerta de estos dos capitanes que habían sido amigos en su primera juventud.
--Hombres de su condición--decía Cuevas--, y que además son rivales, no pueden vivir mucho tiempo en una ciudad tan reducida como Santo Domingo sin que acaben por pelearse.
El rey les había concedido la isla de Jamaica como posesión común en la que podrían abastecerse, pero ambos gobernadores empezaron á disputar, queriendo la mejor parte de dicha isla. Además, la demarcación de sus dos gobernaciones era vaga y cada uno quería incluir la provincia de Darién en sus dominios.
Nicuesa, que había sido cortesano, tenía el don de la palabra. Sagaz y ceremonioso, pudiendo dominar en todo momento la violencia de su carácter, procedía de tal modo en las discusiones, que dejaba perplejo á Ojeda ante sus argumentos y conseguía finalmente que las gentes riesen de éste. Viéndose vencido de antemano don Alonso en dicho terreno, pensó que él sabía manejar el acero mejor que la lengua, acabando por adoptar, como solución lógica, un desafío á espada con Nicuesa.
Buscó á Fernando Cuevas y á Francisco Pizarro para que fuesen en su nombre á retar al gobernador de Castilla del Oro.
--Es mejor que nos matemos--dijo á sus enviados--, y el que quede con vida que se lo lleve todo.
Antes de que fuesen á ver á Nicuesa les recomendó mucho que de ningún modo se enterase el señor Juan de la Cosa, por ser hombre demasiado razonable, aficionado á las soluciones pacíficas y enemigo de duelos.
Don Diego de Nicuesa sintió cierto asombro ante la inesperada proposición de su rival. Era tan valiente como Ojeda, pero tenía una noción más aproximada de la oportunidad en palabras y actos, y reconoció la locura que significaba el tal desafío.
Burlándose en sus adentros de la impetuosidad de su adversario, propuso públicamente á los enviados de Ojeda que, como preliminar del duelo y para que ambos luchasen por algo positivo, debía cada uno depositar cinco mil castellanos de oro, que servirían de premio al que venciese.
Como la mayoría de los aventureros en Santo Domingo era favorable á Nicuesa, encontró muy oportuna tal proposición, apoyándola en los corrillos de las Cuatro Calles, y tal como esperaba Nicuesa, resultó un golpe anonadador para su orgulloso antagonista.
Cinco mil castellanos de oro representaban más de treinta mil duros, una fortuna considerable para aquellos tiempos, y Ojeda, que ya no tenía dinero y era demasiado vanidoso para confesarlo, no supo qué contestar.
Al fin optó por una resolución propia de su carácter.
--Yo lo buscaré personalmente--dijo á Pizarro y á Cuevas--y le daré de pescozones como á un villano, hasta que saque su espada.
Por suerte, el sesudo La Cosa se había enterado del reto. Aunque era hombre tan valeroso como los otros, había perdido la temeridad de la juventud y creyó oportuna su mediación entre los dos exaltados gobernadores.
Yendo de uno á otro, consiguió al fin el marino que ambos se conformasen con que el río Darién ó Atrato fuese la línea divisoria de sus respectivos gobiernos.
La partición de la isla de Jamaica no pudo arreglarla igualmente, por haberse inmiscuído en el asunto el Almirante don Diego Colón. Se mostraba resentido éste á causa de las distribuciones hechas por el rey de las tierras de Veragua, que él creía pertenecientes á su familia por los privilegios heredados de su padre don Cristóbal.
Seguía creyendo, con arreglo á las capitulaciones hechas en Santa Fe, que nadie más que los Colones, ó los que ellos delegasen, podían ir en busca de las tierras del Gran Kan. Además, don Fernando el Católico, caso de querer hacer una expedición á Tierra Firme, debía confiarla á su tío don Bartolomé Colón, que había estado allá é intentado fundar la colonia de Belén, durante el cuarto viaje del Almirante viejo.
Mas el rey de España no deseaba nuevos tratos con la familia Colón, recordando que el primer Almirante había intentado, según dijeron muchos, declararse independiente en Santo Domingo con el auxilio de los genoveses. Igualmente existía una poderosa razón económica para su negativa. Los Colones exigían constantemente que la corona pagase los gastos de sus viajes, y Fernando el Católico, siempre apurado de dinero por sus guerras en Nápoles y en la frontera francesa, prefería dar privilegios y títulos, que nada le costaban, á capitanes y marinos prontos á intentar los descubrimientos por su propia cuenta.
Como la isla de Jamaica estaba cerca, el joven Almirante empezó por apoderarse de ella, mientras enviaba á España una carta explicando la razón de tal acto. Rebelándose contra las disposiciones del privilegio real á favor de Ojeda y Nicuesa, envió al más valiente de sus capitanes, llamado Juan de Esquivel, para que con setenta hombres tomase posesión de Jamaica y la conservase sometida al gobierno de Santo Domingo.
Ojeda sólo tuvo conocimiento de esta decisión del Almirante en el momento de embarcarse. Diego Colón temía su impetuosidad mucho más que la diplomacia de Nicuesa, y deseaba verle cuanto antes lejos de Santo Domingo. Por esto dió toda clase de facilidades para la salida de la modesta armadilla mandada por Juan de la Cosa.
Iban en ella las dos carabelas traídas de España y un par de pequeños bergantines, adquiridos en Santo Domingo, llevando en junto unos trescientos hombres.
Francisco Pizarro era uno de los tenientes de don Alonso. Cuevas, sin ningún cargo fijo, iba al lado del gobernador, como amigo de confianza.
Hernán Cortés no había podido embarcarse en el último momento. Semanas antes, yendo de caza por la isla, había rodado una piedra sobre él, hiriéndole en una rodilla, y la hinchazón le privaba de moverse. Prometió reunirse con Ojeda cuando saliese de Santo Domingo, algún tiempo después, el refuerzo que estaba organizando el bachiller Enciso.
El prudente La Cosa había creído mejor escalonar la expedición en dos partes, para recibir víveres frescos y gente nueva cuando ya tuviesen su colonia establecida en un sitio favorable del golfo de Urabá.
Sin su herida, Hernán Cortés hubiese partido en una expedición donde murieron los más de los hombres, y caso de salvarse, como Pizarro, habría permanecido, lo mismo que éste, largos años en el Darién y en Panamá, retrasándose varios lustros la conquista de Méjico ó siendo otros capitanes los que la realizasen.
Lucero se quedó en su huerta, y por estar más habituada á las cosas de la isla, parecía ejercer cierta autoridad sobre las familias de los que habían partido en la expedición. La esposa y las hijas de Juan de la Cosa, recién instaladas en Santo Domingo, buscaban el apoyo y consejo de esta animosa compatriota.
La india Isabel dejó sus bastardos mestizos en la huerta de Cuevas; Lucero cuidaría de mantenerlos mientras ella seguía á su hombre en esta peligrosa cacería del oro á lo largo de las costas de Tierra Firme.
El gobernador de Nueva Andalucía, al enterarse en el muelle de madera de Santo Domingo, cuando iba á saltar en su batel, de que el Almirante mozo había quitado el dominio de Jamaica á él y á Nicuesa, montó en cólera de tal modo que empezó á dar gritos, desafiando el poder del virrey, prometiendo que iría á dicha isla para posesionarse de ella tan pronto hubiese arreglado lo más urgente de su gobernación.
--Juro por la Virgen--dijo dentro ya de su barca y extendiendo una mano para apoyar su juramento--que si llego á encontrar en Jamaica al capitán Juan de Esquivel, le cortaré la cabeza.
Los que le oían, conociendo su carácter, no dudaron de la realización de tal bravata.
--Y así lo hará--decían todos.
La armadilla, bajo la dirección de Juan de la Cosa, se alejó con rumbo á Occidente, todas sus velas desplegadas.
La de Nicuesa tardó algunos días en zarpar. El gobernador de Castilla del Oro mostrábase más tranquilo después de haberse alejado su rival.
El haberle tocado la famosa Veragua en el reparto de las dos gobernaciones hacía que los más quisieran ir con él, resultando tan considerable el número de los que se alistaban, que hubo de comprar otro buque para transportarlos.
Generoso y dilapidador como su rival Ojeda, había gastado tanto, que se encontraba ya envuelto en deudas, no obstante su riqueza. Y como muchos de sus acreedores conocían la mala voluntad del Almirante para esta expedición, procuraron captarse su benevolencia oponiendo obstáculos á Nicuesa.
Todos quisieron cobrar antes de que partiese. Mientras tanto, iba embarcándose su gente, más de setecientos hombres, bien escogidos y bien armados.
Llevaba varias yeguas de vientre, lo mismo que había hecho Ojeda, por ser el ganado caballar el que se reproducía con más rapidez en las nuevas tierras. Su teniente era Lope de Olano, designación inoportuna, por haber sido este hombre uno de los más bullangueros y desleales en las revueltas ocurridas en la isla.
Toda la armada de Nicuesa zarpó del río de Santo Domingo saliendo al mar, menos un buque que esperaba en la boca del puerto á que el gobernador resolviese los obstáculos que le creaban á última hora ciertos personajes de la ciudad, movidos ocultamente por don Diego Colón.
En el momento que iba á saltar á su barca para ir á juntarse con su armada, se vió arrestado por varios alguaciles, que le llevaron ante el Alcalde mayor, á instancias de cierto vecino que exigía la devolución de un préstamo de quinientos ducados. Debía pagar al contado ó ir á la cárcel.
En vano el desgraciado caballero protestó diciendo que le era imposible pagar con tal urgencia, y que le arruinaban, estorbando al mismo tiempo el servicio del rey al impedirle que se uniese á su expedición.
El Alcalde mayor permaneció sordo é inflexible, sabiendo que con su crueldad daba gusto al Almirante; pero un hombre de ley modesto fué más generoso que el alto magistrado, y mostró al mismo tiempo mayor interés por los descubrimientos españoles.
Fué éste un escribano público que presenciaba la escena, sintiéndose conmovido por el noble de Nicuesa. Al verle derramar lágrimas de varonil desesperación, el escribano se levantó, avanzando hacia el juez.
--No puedo ver--dijo--á un caballero tan completo reducido á tal estado. Yo pagaré su deuda.
El gobernador de Castilla del Oro le miró sorprendido, creyendo haber oído mal. Desapareció el escribano, volviendo poco después con una taleguilla repleta de monedas para pagar por él.
Al verse libre Nicuesa, abrazó á su inesperado salvador, prometiendo resarcirle con creces de este préstamo desinteresado. Iba á la prodigiosa Veragua, al Quersoneso Áureo de los antiguos. Él le daría cuanto oro desease.
Y corrió á embarcarse, antes de que Colón el mozo le disparase otro acreedor pidiendo el arresto de su persona.