En el que se habla de los héroes de las Cuatro Calles y de cómo la animosa Lucero acometió espada en mano al intrépido Ojeda, haciéndole derramar sangre y lágrimas.

En Santo Domingo, el lugar más frecuentado por el vecindario era uno que recibía el nombre de las Cuatro Calles, por servir de cruce á las dos arterias más importantes de la ciudad. El gobernador Ovando se había preocupado mucho de las obras de ensanche y embellecimiento, y al sucederle en 1508 el segundo Almirante don Diego Colón, que había heredado de su padre don Cristóbal el virreinato de las Indias, empezó Santo Domingo á adquirir mayor importancia.

Sus habitantes afirmaban orgullosos que no había ningún pueblo en España mejor construído, á excepción de la muy noble ciudad de Barcelona, y que su catedral, todavía sin acabar, iba á ser tan magnífica como las de Europa. Abundaban los veneros de hermosa piedra en las cercanías. Las construcciones del primer momento habían sido de adobes ó de madera, con techos de ramaje. Luego, la gran abundancia de materiales y el haber aprendido los indios á dar ayuda á los albañiles venidos de Europa aumentó rápidamente las casas de piedra.

El río, navegable y muy hondo, tenía á un lado la ciudad y al otro campos de labranza y jardines, con muchos naranjos, cañafístulas y grupos de frutales, traídos de Europa. Las calles, bien ordenadas y anchas, daban por uno de sus extremos al río y por el otro á hermosas praderas.

Anclaban las naves junto á las casas construídas á orilla del río. Los buques más grandes, llamados de dos gavias, podían fondear tan cerca, que muchas veces no necesitaban de barcas para su descarga, y por una plancha de madera iban echando fardos y toneles. Una fortaleza defendía el puerto.

Dentro de la ciudad algunos colonos enriquecidos construían vastos edificios, diciendo vanidosamente que el rey de España, cuando viajaba por sus Estados, se contentaría con encontrar un alojamiento semejante.

Las vacas traídas por los españoles se habían reproducido tan prolíficamente, que algunas naves empezaban á cargar cueros para llevarlos á España. También las primeras yeguas procedentes de Andalucía multiplicaron prodigiosamente la tropa caballar. Una parte del ganado vacuno y de cerda se había hecho salvaje, perdiéndose en los bosques. Muchos perros y gatos llegados de España en estado doméstico corrían ya los montes como animales bravos.

El vecindario de Santo Domingo iba resultando demasiado grande para la vida tranquila de la colonia, no por su número, sino por la calidad especial de sus individuos. Ovando había traído con él una cantidad considerable de hombres de guerra, hidalgos sin otra fortuna que su espada, ansiosos de aventuras y riquezas. Cada flota aportaba nuevos soldados, y toda esta corriente de energía iba quedándose estancada en la capital, no sabiendo el gobernador cómo dar expansión á una gente tan levantisca.

Ya habían terminado las guerras en el interior de la isla. Todos los caciques estaban sometidos. Los hidalgos de Santo Domingo faltos de bienes deseaban que se emprendiesen nuevas expediciones de descubrimiento, pero escaseaba el dinero para organizarlas. Además, el virrey don Diego Colón ponía obstáculos á la iniciativa de los conquistadores, exigiendo que todo lo que descubrieran fuese para él, por ser hijo y heredero de Colón. Los que acudían á España necesitaban años enteros y poderosos apoyos para obtener licencia de unos reyes preocupados especialmente por el curso de su política en Europa.

Abundaban en la isla Española segundones de familias nobles, así como caballeros de las Órdenes militares de Calatrava y Alcántara, viviendo confundidos con otros hidalgos pobres que se consideraban no menos nobles, aunque se veían más necesitados que ellos.

La única diferencia verdadera entre esta gente orgullosa, poco sufrida, pronta á sacar la espada y que se creía tan noble como el rey, no reconociendo á éste otra superioridad que la de tener más dinero que ellos, consistía en la separación natural que se establece siempre entre ricos y pobres.

Los que habían hecho fortuna en la isla procuraban vivir en sus tierras ó se mantenían en altivo aislamiento, dentro de su casa de piedra, en Santo Domingo, tratándose únicamente con sus iguales y con el virrey. Los pobres se juntaban en las Cuatro Calles para hablar de sus lances de guerra en Europa ó de sus viajes con don Cristóbal Colón, al que llamaban el Almirante viejo para distinguirlo de su hijo, el Almirante mozo. También recordaban sus viajes guerreros ó puramente comerciales con Ojeda y con Bastidas.

Muchos de estos futuros conquistadores iban á cuerpo gentil, con una mano en la empuñadura de la espada y sin capa, á pesar de que esta prenda era inevitable en aquellos tiempos, lo mismo en invierno que en verano, para ocultar roeduras y remiendos en el jubón y las calzas. Todos estos respetables hidalgos «se habían comido las capas», como ellos decían para expresar que las empeñaron ó vendieron, necesitados de obtener algún dinero para mantenerse. Otros más francos, al recordar sus perdidas capas, confesaban que «se las habían bebido».

El osado capitán don Alonso de Ojeda se mostraba todos los días en las Cuatro Calles, hablando á esta gente crédula, vanidosa y temible con una familiaridad que los enorgullecía. Era casi tan pobre como ellos, y sin embargo, siempre encontraba el medio de favorecerles con pequeños préstamos. Se sabía además con qué prodigalidad derramaba el oro, en sus momentos prósperos.

Era el héroe de las nuevas tierras. Todos recitaban de memoria sus aventuras, agrandadas por el entusiasmo. Su astucia para aprisionar á Caonabo era contada como una hazaña de romance.

Comentaban sus habilidades de esgrimidor, la agilidad y la fuerza de su pequeño cuerpo, en el que parecía imposible que cupiese un vigor tan incansable. Aquel jinete, antiguo estudiante en Salamanca, que le había acompañado en su visita á la reina Anacaona, al ponderar sus cualidades se valía de un lenguaje homérico, y aplicándole un apodo, como lo llevan todos los personajes de la _Ilíada_ y la _Odisea_, le llamaba siempre don Alonso «el de los pies ligeros».

Esta popularidad sincera y desinteresada aún se hizo más intensa cuando circuló por Santo Domingo la noticia de que el señor Juan de la Cosa y Fernando Cuevas estaban en España gestionando para Ojeda una licencia real que le permitiría emprender la conquista de Veragua, «la tierra de los espejos de oro».

Sabían que era asunto largo de conseguir, mas para estos hombres acostumbrados á moverse en un mundo desconocido y misterioso, el tiempo y la distancia no tenían el mismo valor que para las gentes del viejo mundo. Esperarían, y mientras llegaba el momento de que don Alonso levantase bandera, todos le rodeaban, saludándole como futuro capitán, procurando cada uno conseguir por su parte que le hiciese su teniente.

Entre estos soldados audaces, destinados en su mayor parte á una muerte obscura, y de cuya masa surgieron igualmente conquistadores afortunados de vastísimos Imperios, unos pocos merecían la especial predilección de Ojeda, el cual, teniendo solamente treinta años, era mirado como maestro por otros que le superaban en edad.

Trataba amigablemente á Diego Velázquez, buen soldado, aunque corpulento en demasía, y á otro campanudo en el hablar y de aparatosos ademanes llamado Pánfilo de Narváez. Los dos admiraban á Ojeda desinteresadamente, pues el virrey Colón el mozo proyectaba enviarlos á la conquista de Cuba, todavía inexplorada.

Un joven de tez blanca, ojos alegres y barba rubia, extremeño, nacido en Medellín, placía especialmente á don Alonso por su facilidad para improvisar versos, su propensión á hablar de amoríos, y una prontitud de ingenio que le permitía salir de las situaciones más difíciles. Había estudiado en Salamanca, teniendo que marcharse de España por haberle sorprendido las gentes de Medellín cuando iba á visitar de noche á una mujer casada, cayéndose de la tapia por cuyo filo iba avanzando. Este estudiante poeta era tan hábil en tañer la vihuela como en el manejo de la espada. Le llamaban Fernando Cortés, y sus amigos desfiguraban su nombre de pila diciéndole unas veces Hernando y otras Hernán.

Había venido á la Española en la misma flota que trajo al comendador Ovando, y como éste también era de Extremadura, le había protegido, dándole algunas tierras y varios indios. Ahora, con la llegada del virrey Colón, la suerte de Hernán Cortés había cambiado, y no veía otro protector que aquel don Alonso, maestro de todos ellos.

--Señor capitán--decía--, cuente con este soldado para su entrada en la Veragua. No allá, sino al infierno iré gustoso con su señoría.

Otro extremeño, algo más viejo, taciturno y de menos palabras, era mirado con igual simpatía por Ojeda. Llamábase Francisco Pizarro y había venido á la Española en una expedición posterior á la de Ovando.

Tenía cinco ó seis años más que don Alonso, y esto le hacía figurar entre los más viejos de aquella juventud aventurera, ávida de gloria. Ello no impedía que la admiración le hiciese respetar á don Alonso como si fuese su padre ó un hermano mayor. Dicho sentimiento le impulsó á revelar toda su historia, desde sus primeras conversaciones con el Caballero de la Virgen.

Se creía tan noble como el que más, pero su nacimiento era ilegítimo, lo cual, en aquellos tiempos de bastardos encumbrados á las más altas situaciones no constituía un defecto irremediable. Su padre, que se había negado siempre á legitimarlo, era hombre de guerra, el capitán Gonzalo Pizarro, al que sus convecinos de Trujillo apodaban «el Romano», á causa de haber pasado la mayor parte de su vida peleando en Italia á las órdenes del Gran Capitán, luego de militar igualmente bajo las banderas de César Borgia, hijo del último Papa. Su madre, una mujer humilde, llamada Catalina, había sido criada de un convento de monjas de Trujillo, y el capitán la hizo suya en una de sus rápidas visitas á la tierra natal.

Huérfano de madre y abandonado de su padre, había guardado cerdos en los campos de Extremadura. No sabía leer ni escribir á causa de este abandono, pero mostraba un gran talento natural para las cosas de la guerra y el mando de los hombres. Había hecho á pie un viaje á Italia para ser soldado cerca de su padre y guardaba prudente silencio sobre su vida allá. Tal vez «el Romano», al que otros apodaban también «el Largo» por su alta estatura, había rechazado á este hijo que se presentaba inoportunamente.

--Y aquí estoy, don Alonso--terminaba diciendo con grave sencillez--; y si su señoría necesita gente leal, sin voces ni bravatas, que no conozca el miedo ni eche el pie atrás nunca, yo soy su hombre.

Fuera de este mundo de aventureros, altivos de carácter, bravos y quisquillosos, malhallados con su pobreza, atraídos por el peligro y la muerte, que ya se habían comido y bebido sus capas, Ojeda tenía un admirador, con el que hablaba frecuentemente.

Era el licenciado Martín Fernández de Enciso, que ocupaba una de las nuevas casas de piedra, pasando por ser el abogado más hábil y opulento de Santo Domingo. En pocos años había ganado dos mil castellanos de oro, ó sea unos doce mil duros, cantidad considerable para aquel tiempo de dinero escaso. Tal era la afición de los españoles á pleitear entre ellos, en una colonia naciente, donde todavía faltaban muchas cosas elementales para la vida.

Este abogado joven y de carácter intrépido mostrábase tan aficionado á la espada como la mayoría de sus clientes. Un descontento de su posición actual, enfermedad secreta de la mayoría de los hombres, amargaba su bienestar. Influenciado por el ambiente de la ciudad, soñaba con ser conquistador de tierras misteriosas, abundantes en oro. Por eso gustaba de un frecuente trato con Ojeda, escuchando admirativamente sus osadas aventuras.

Don Alonso, por su parte, cuidábase de ir excitando los heroicos anhelos del legista. Pronto á utilizar, como todos los capitanes de guerra, cuantos recursos encontrase á su alcance, pensaba en los dos mil castellanos de oro del abogado, para emplearlos en su futura empresa.

Aparte de su tertulia bulliciosa en las Cuatro Calles y de sus pláticas con el licenciado Enciso, procuraba el heroico hidalgo visitar con alguna frecuencia á la esposa de Fernando Cuevas en su huerta de las afueras de la ciudad.

Las costumbres habían empezado á transformarse en Santo Domingo con la llegada de un gran número de damas procedentes de España. La esposa del virrey don Diego Colón era doña María Enríquez, sobrina del duque de Alba y parienta igualmente del rey don Fernando el Católico. El antiguo «hombre de la capa raída» había conseguido que su hijo se casase con una doncella de la más alta nobleza española, perteneciente á la familia real, sin cesar por esto de quejarse, hasta la hora de su muerte, de ingratitud y abandono.

La virreina empezó á establecer en Santo Domingo una pequeña corte. Había traído con ella varias doncellas, nobles y pobres, para casarlas con los colonos de mejor fortuna. Santo Domingo, que había sido hasta entonces una especie de campamento, adoptó las costumbres de Sevilla y otras ciudades españolas. Los hombres se cuidaban ahora más de sus trajes, y hacían memoria de los saludos y otros gestos de urbanidad usados años antes en la lejana patria, cuando aún no los habían rustificado la guerra y las navegaciones en este mundo hostil al blanco.

De día, los hidalgos más acomodados, llevando la capa al brazo y una mano en la empuñadura de la espada, quitábanse con la diestra la gorra adornada de plumas para saludar en las orillas del río á las damitas venidas con la virreina. De noche, las vihuelas sonaban en las calles, y estas serenatas amorosas poblaban de susurros y risas las rejas de las casas, terminadas por una cruz de hierro.

Don Alonso sólo permanecía en su pobre vivienda á las horas de dormir y de comer, como si evitase la presencia de la fiel india Isabel y de los pequeños mestizos que le había dado.

Siempre que le era posible, se dirigía á la casa de Lucero para hacer acto de presencia en ella, deseoso de que la esposa de su fiel amigo se diese cuenta de que no vivía olvidada y podía contar con su protección.

En realidad, Lucero se bastaba á sí misma, acostumbrada desde diez y seis años antes á los peligros é incertidumbres de una vida de aventuras en las tierras nuevas.

Sin más compañía que la de su hijo, que ya empezaba á ser un mancebillo audaz y valeroso como su padre, vivía fuera de la ciudad tan segura como si estuviese alojada en las Cuatro Calles.

Al irse Fernando, le había dejado su broquel, su espada de guerra, su lanza y una ballesta, con la que se amaestraba como tirador el inquieto Alonsico. Además, Lucero guardaba un puñal de los tiempos en que había vivido en las minas, entre frecuentes alarmas causadas por la aproximación de indios sublevados. Por eso sonreía cuando don Alonso, al visitarla por las tardes, intentaba hacerla confesar que su relativa soledad le inspiraba miedo algunas veces.

No había conocido un solo momento de pavor. Dirigía las labores de su huerta, ejecutadas por cuatro indios «encomendados» á Cuevas. Los mandaba con voces y ademanes varoniles. Algunas veces, para mayor comodidad en sus trabajos é imponer más respeto á los indígenas, vestíase de hombre, con las mismas ropas que había usado cuando acompañaba á su marido por el interior de la isla. Era una hembra de los primeros tiempos de la colonización, una habitante de la ciudad de Isabela, de fúnebre memoria, donde morían los españoles á centenares.

Se ruborizó instintivamente el primer día que don Alonso la sorprendió vestida de este modo, marchando por su huerta. Luego le recibió muchas veces en traje de hombre, sin emoción alguna, recordando que otros muchos la habían visto así. Como la vida de la colonia empezaba á modificarse con la llegada de las damitas de la virreina, ella tenía cierto orgullo en recordar que era de los tiempos duros y heroicos y había vivido sitiada por hambre en el fuerte de Santo Tomás.

El intrépido Ojeda apenas alcanzaba con su cabeza á los hombros de esta amazona joven. Su cuerpo esbelto, no muy vigoroso en apariencia, poseía una fuerza nerviosa, puesta á prueba muchas veces.

En los últimos años, Lucero y don Alonso sólo se habían visto de tarde en tarde, en presencia de Cuevas y otros amigos. El asedio que les había hecho sufrir Caonabo, cuando ella daba aún su pecho á Alonsico, era el período en que se vieron con más frecuencia.

Ojeda mostraba cada vez mayor afición á sus conversaciones vespertinas con la esposa de su amigo. Finalmente acabó por visitarla todos los días, haciendo de esto una obligación que parecía dar á su existencia nuevo interés.

Hablaban en la huerta, sentados al pie de un árbol, de los dos emisarios que habían ido á España para gestionar la magna empresa de la conquista de Veragua, haciendo comentarios, incesantemente renovados, sobre varias cartas que habían llegado de allá, en dos carabelas diferentes, hablando Juan de la Cosa y Fernando Cuevas de sus grandes esperanzas.

Otras veces se ocupaban de los progresos de la colonia, de las nuevas plantaciones de caña de azúcar traída de Andalucía ó Canarias, y de los molinos para triturarla que iban estableciendo los vecinos ricos. Conversaban igualmente sobre el desarrollo prodigioso de los ganados y el desenvolvimiento de las plantas traídas de Europa, unas agrandadas considerablemente en poco tiempo, otras macilentas ó muertas por no poder adaptarse al nuevo medio.

Invariablemente, tales conversaciones acababan por orientarse hacia el oro y los lugares misteriosos en que se amontonaba, lejos de aquella isla. ¿Qué podían importarles animales y plantas como base de riqueza en un mundo donde, según las ideas que el Almirante viejo había sostenido hasta el momento de su muerte, existían las minas del rey Salomón y el estrecho del Quersoneso Áureo, camino abierto para llegar en pocas jornadas á las verdaderas tierras del Gran Kan?...

Mientras su madre y su padrino hablaban de esto bajo la sombra azulada y movediza de un árbol, en la tarde calurosa, cargada de perfumes vegetales y zumbidos de insectos, Alonsico, aburrido del grave diálogo y ansioso de acción, corría por la huerta disparando pedradas á los pájaros ó conversaba con los trabajadores indios, cuyo lenguaje estaba más en armonía con su inteligencia naciente.

Don Alonso parecía influenciado, cada vez más, por las conversaciones á solas con esta mujer de hermosura enérgica y miembros femeniles por sus contornos, y varoniles por su fortaleza. Unas veces le recibía con sayas, como las señoras de la ciudad, otras con calza y coleto de ante, á lo soldado, teniendo aún las manos húmedas por las faenas domésticas.

Empezó Ojeda á lamentarse de la soledad en que estaba, dando al olvido por el momento sus empresas y sus ambiciones. Reconocía de pronto el gran fracaso de su existencia. Había ido de un lado á otro, empujado por su energía exuberante, como uno de aquellos huracanes que caían de vez en cuando sobre la isla trastornándolo todo. Era el famoso Alonso de Ojeda conocido en el nuevo mundo y en el viejo por todos los que admiraban las hazañas intrépidas; pero no había sabido crearse una casa y un amor, ni encontrar una mujer que le sirviese de apoyo y consuelo, como Fernando Cuevas.

Lucero, al oir esto, habló inmediatamente de la india Isabel, y Ojeda pareció indignarse, acogiendo tal recuerdo casi como una burla.

El duro hombre de guerra era sincero al formular su quejumbrosa protesta. Su voz tenía un lejano temblor de emoción, y sus ojos de pájaro de combate brillaban amortiguados por un empañamiento lacrimoso...

Verse tan celebrado por sus hazañas, haber empezado su renombre en la guerra de Granada cuando aún era adolescente, llevar hechos tantos viajes atrevidos á las nuevas tierras, ser el primero que empezó á navegar por su cuenta en busca del Gran Kan, rivalizando con el Almirante viejo, y por todo resultado encontrarse pobre en una ciudad naciente, ocupando un bohío como un cacique sin importancia, teniendo por único amor el de una india recién cristianizada, que de pronto, con inesperadas reversiones, volvía á mostrar los gustos bárbaros de sus salvajes ascendientes. ¡Qué miseria!...

Como si necesitase comunicar á Lucero todas las angustias secretas de su alma para inspirarle mayor interés, siguió hablando de su vida con esta Isabel que le seguía á todas partes, mostrando una lealtad más de animal domesticado que de hembra enamorada.

Muchas veces sentía la necesidad de engañarse á sí mismo, embelleciendo su vida íntima. Después de sus placeres voluptuosos, puramente bestiales, Isabel gustaba de permanecer tendida en el suelo, sin el estorbo de las ropas europeas, con la cabeza en las rodillas de Ojeda, contemplándolo de abajo arriba con la veneración del devoto que adora á un ídolo omnipotente. Y él dejaba caer su mirada sobre este rostro, entornando sus párpados para que su visión fuese más interior que exterior.

«Isabel... Isabel...», decía con voz muy queda; y este nombre que él le había impuesto en el bautismo, como si fuese una palabra mágica, iba cambiando el rostro de la india.

La veía rubia, con los ojos azules. Una sonrisa tranquila y majestuosa dilataba su boca, que parecía respirar bondad. Era la reina doña Isabel, su primer amor de adolescente, un amor respetuoso, caballeresco, que había sido el ideal común de muchos de los paladines sitiadores de Granada, ansiosos de distinguirse ante la regia señora de sus ilusiones.

«Isabel... Isabel...», volvía á repetir, y la cabeza rubia cambiaba de color. Ahora la cabellera de oro ceniciento tomaba una tonalidad más obscura. Los ojos azules pasaban á ser negros. El rostro majestuoso de la gran señora, algo maduro, tornábase extremadamente juvenil, con la ácida frescura de los frutos primaverales y las flores en capullo.

Veía ahora á Isabel Herboso lo mismo que cuando la tuvo en sus brazos al fugarse juntos á Sevilla, antes de que un padre áspero la llevase á la muerte sin saberlo encerrándola en un convento.

Inclinábase para besarla con una ternura melancólica. Era su segundo amor que resucitaba para acompañarle en este mundo nuevo. Mas al poner su rostro junto al de la aparición borrábanse las facciones adoradas, triunfando la realidad. No podía ocultar entonces su desaliento, acabando por repeler á la india Isabel, que le sonreía con una supeditación animal, mostrando sus dientes agudos; y ésta lloraba finalmente al verse maltratada sin motivo.

Su vida era trágica. Parecía existir en torno á él algo misterioso que iba entenebreciéndola en sus avances. La suerte le había dotado de mejores condiciones que á la mayoría de los hombres. Otros, con menos motivo, llegaban á ser reyes. Y él, en sus momentos de pesimismo, se imaginaba destinado á morir pobre, tal vez de hambre, como le había predicho cierta gitana, allá en Andalucía, cuando aún era mancebo.

La creencia en la fatalidad de su destino le hacía acordarse de Anacaona, la hermosa reina Flor de Oro. Había pasado por su vida rápidamente; sus amores con ella habían durado breves días; sólo representaban un agradable y vago recuerdo; pero el Destino le había deparado el tormento moral de ver á este cuerpo adorable marchando hacia la horca, sin que él pudiese hacer nada para salvarle.

Lucero, siempre que don Alonso exponía las tristezas de su situación, tomaba aires de madre de familia, de matrona que vive al margen de los apasionamientos juveniles, y ha renunciado al amor para dedicarse en absoluto á su hogar.

--No piense más en eso, don Alonso--decía--. Que Dios le ayude en lo de Veragua y recoja el oro á montones. Luego verá cómo las señoronas más altas de España lo buscan para casarse. Mire, si no, cómo el Almirante mozo, por ser hijo del otro con el que vinimos á esta isla, es marido de doña María, parienta del rey.

Pero esta serenidad de hembra fuerte que mostraba Lucero, atrevida en el habla y prudente y fiel en sus afectos maritales, no impedía la existencia dentro de ella de una inquietud creciente.

Empezó á desear que don Alonso repitiese con menos frecuencia sus visitas. Veía en sus ojos una expresión inquietante. No ignoraba la violencia con que sentía los deseos este hombre intrépido y acometedor.

Su astucia femenil fué adivinando en torno á ella los cercos, cada vez más estrechos, de una voluntad que pretendía envolverla.

En cada una de sus visitas Ojeda hablaba menos, quedando en largo silencio, que á ella le parecía amenazante, mientras el héroe bajaba los ojos, como si riñesen en su interior interminable batalla los escrúpulos y los apetitos.

Se presentaba á horas inesperadas, cual si buscase sorprenderla á solas. Sentíase tranquila cuando su hijo estaba en la casa, pero Alonsico mostrábase entusiasmado por las lecciones de un viejo colono, amigo de su padre, que le llevaba todos los días á un bosque algo lejano para darle lecciones en el manejo de la ballesta, tirando contra loros y monos.

La animosa Lucero creyó ver en esto una maquinación oculta de don Alonso; pero como su hijo se negaba á obedecerla, siguiendo siempre á su viejo maestro, se resignó á hacer frente al peligro ella sola.

Procuraba no recibir á su visitante en plena huerta, lejos de la casa, como si la sombra de los árboles, el río, el lejano mar, el canto de los pájaros y el murmullo de las hojas fuesen favorables á los malos pensamientos de Ojeda. Le hacía sentarse siempre á la entrada de su modesta vivienda, en un lugar desde el cual eran visibles un crucifijo colgado en la pared, así como la espada, el escudo y otras armas del ausente. Todo esto devolvería la razón al caballero, extraviado por sus malas pasiones.

Lo que temía la esposa de Cuevas, dudando al mismo tiempo de que pudiera ser, ocurrió una tarde con rapidez brutal, lo mismo que el choque, cuerpo á cuerpo, en una riña que surge inesperadamente.

Don Alonso habló con desesperación. Se daba cuenta ahora de que había amado siempre á Lucero, desde que la vió llegar á su carraca en el puerto de Cádiz, desde que se privó muchas veces de comer, en el fuerte de Santo Tomás, para que ella no sufriese hambre. Ahora era cuando se convencía de dicho amor. La había mirado en aquel tiempo ya lejano con equivocada indiferencia, como si fuese un muchacho aventurero. Además, su próxima maternidad le infundía respeto.

La única mujer digna de un caudillo como él era Lucero, con ánimo fuerte para seguirle en sus más arriesgadas aventuras, con un cuerpo de amazona que podía dar al amor la áspera voluptuosidad del choque entre dos grandes fuerzas encontradas.

Y de pronto se arrojó sobre ella con una pasión agresiva, los ojos extraviados por el deseo, los brazos y manos temblorosos de pasión.

Lucero, con su agilidad varonil, saltó hacia el interior de la casa, librándose de la acometida. Le brillaban los ojos de cólera. Se enronqueció su voz, lo mismo que le había ocurrido cierta vez, al lado de Cuevas, defendiéndose ambos de una turba de indígenas armados.

--¡Una villanía!... ¡Una acción de indio salvaje!--dijo con palabras entrecortadas por la emoción--. ¿Y es vuesa merced, don Alonso, quien hace eso?...

Había tirado con mano rápida de la espada de su esposo, colgada del muro, sacándola de su vaina con tal violencia, que todas las armas inmediatas se bambolearon y vinieron al suelo.

Sin importarle herir á Ojeda, deseándolo tal vez en la ceguedad de su cólera, extendió el brazo, apoyando la punta de su arma en el pecho de aquel hombre que la acosaba.

Quedaron los dos inmóviles un instante. Ella parecía mucho más alta, erguida á impulsos de su cólera, empezando á mirar con cierta superioridad á este macho enfurecido, que era de menos estatura y al que pretendía dominar con su espada.

La asombrosa agilidad del héroe «de los pies ligeros» cambió la situación.

La mujer dejó de verle frente á ella, y casi en el mismo momento, la presión de una mano semejante á una esposa de acero sobre la muñeca de su diestra la obligó á soltar su arma.

Inmediatamente se sintió estrechada por unos brazos varoniles, duros, envolventes, inquietos, como si fuesen de metal vivo.

Resistióse desesperada á esta presión doblegante. Reconoció su próximo vencimiento, y la convicción de que iba á caer contra su voluntad aumentó aún más su cólera.

Recibió en su boca un beso de Ojeda, y ella contestó á la caricia mordiéndole el rostro hasta hacerle sangre. Esta herida aumentó la agresividad del asaltante, zarandeándola como si fuese un enemigo, hasta doblegarla bajo el peso de su cuerpo.

Iba á caer al suelo, y comprendiendo la inutilidad de su defensa contra un enemigo ágil y vigoroso que acabaría por dominarla, apeló á la voz.

Era inútil gritar pidiendo socorro; nadie la oiría. Sus indios estaban muy lejos, trabajando en la huerta, y sus dos criadas indígenas lavaban ropa en un arroyo de las inmediaciones. Pero habló por instinto, presintiendo que la palabra podía ser su única arma en aquel momento.

Entre los estertores angustiados de su defensa llamó al respetable Juan de la Cosa, pidió protección á su Fernando, como si pudiesen presentarse á su voz.

Estos dos nombres, repetidos varias veces, tuvieron la virtud de aflojar las ligaduras musculosas que inmovilizaban á la joven madre, y al fin se incorporó, repeliendo aquel cuerpo hostil que empezaba á gravitar sobre ella con menos pesadumbre.

Después de erguirse, continuó hablando:

--¿Y vuesa señoría se cree caballero?... ¡Venir á robarle su mujer, por la fuerza, á un amigo que siempre estuvo pronto á dar su vida por la amistad, y que ha ido allá lejos para trabajar por su grandeza!... ¿No se afrenta al pensar qué dirá de tan mala acción la Virgen que le protege?...

Quedaron los dos inmóviles, frente á frente, separados por breves pasos. Ojeda tenía ahora los brazos caídos y la cabeza inclinada sobre el pecho, mirando al suelo, mientras corría por su rostro un hilillo de sangre. Los nombres de sus amigos ausentes y la evocación de aquella Virgen de la que se titulaba caballero le habían devuelto una tranquilidad avergonzada y tímida. Parecía un beodo recién despertado de su delirio alcohólico por un medicamento enérgico.

Tal era su aspecto, que Lucero, olvidando su cólera, le miró finalmente con una conmiseración simpática.

--Váyase, don Alonso--dijo--. Por suerte estamos solos y creeré siempre que lo que acaba de pasar no ha ocurrido nunca. Por mí ya está olvidado.

El Caballero de la Virgen fué retrocediendo poco á poco hacia la puerta. Luego volvió con una rapidez impulsiva, cual si fuese á repetir su agresión.

Lucero no se movió. Sentíase tranquilizada, como si adivinase sus pensamientos.

Vió cómo don Alonso se inclinaba ante ella, acabando por poner una rodilla en el suelo, al mismo tiempo que buscaba una de sus manos.

La besó tres veces, mojándola al mismo tiempo con la sangre que brotaba de su rostro y con lágrimas.

No dijo nada, pero Lucero adivinó el significado de estos besos, que resonaban en sus oídos cual si fuesen palabras:

--¡Gracias! ¡gracias!...

El intrépido hidalgo, vehemente y tornadizo en sus pasiones, agradecía ahora la resistencia desesperada de ella, sus llamamientos, que le habían impedido cometer una acción infame contra su mejor hermano de armas.