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El libro estanque nos hace pensar siempre en un laborioso Montaigne, _homo plurimorum librorum_, sumergido en esa multitud, tan sujeta al barómetro como todas, que se apiña en los estantes. Paradójica soledad. Y nociva cuando no está bien arraigado el instinto de eliminación.

Quería Tolstoy, aún muy joven, elaborarse un estilo con dos sumandos: buen empleo del tiempo y un cuaderno. Bastan para formar un erudito. Pero el escritor acaso necesita algo menos. Y algo más.

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