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No todo libro puede ser manantial, y el lector insaciable ha de acudir muchas veces a la cisterna —libro muerto— que presume de serenidad u hondura y solo contiene turbios residuos de ruidosos meteoros. Y es bueno amar el claro estanque bien nutrido de acequias vivas.

Asomados al aro verde que lo ciñe, nos volvemos niños, nos complacemos en seguir la curva de ideas ya gozadas, en sorprender la cuna de algún personal hallazgo que zigzaguea —pececillo verde o rojo— bajo el cristal.

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