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El buen bailarín solo necesita una baldosa. Como el buen novelista solo necesita un gesto o la ausencia de un gesto. Proust construye una espléndida arquitectura sobre la frágil primera piedra de un beso fracasado. Charlot enlaza una sutil cadena de emociones a un primer brote, a una primera sombra de emoción.

Es que en ellos la limitación es creadora. Hundidos voluntariamente en cualquier grieta abierta en la roca viva, siguen rasgando el corazón de la montaña, hasta dejarla toda socavada por un maravilloso túnel. En vez de recorrer vagamente el paisaje, ellos enfilan sus prismáticos a una parcela cualquiera de terreno. En una excursión, el viajero más curioso es siempre aquel que ha visto menos cosas, porque se contentó con detenerse ante una sola.

_Non multa, sed multum_ —decían ya los viejos dómines—. Nadie es menos viajero que el poseedor de un coche ostentoso. El viaje consiste para él en ir de prisa. Lo mismo, en el arte. «La vuelta al mundo de un novelista» es la excursión de un colono que sale a recorrer sus plantaciones de novela, para calcular la próxima recolección. Nadie menos curioso de las maravillas de la tierra que un agricultor, como nadie menos curioso de las bellezas orográficas que un ingeniero de montes. Es preferible un alpinista.

Por fortuna, el arte va aprendiendo ya a andar con lentitud, a detenerse a subrayar cualquier minuto, cualquier fugitivo escorzo. Charlot, al parecer, solo intentaba divertirnos con un juego de manos, pero sus encantadores panecillos trenzaron en el aire el sutil andamio de una inesperada arquitectura. De lo que apenas fue siempre un humilde desayuno, él creó un gracioso surtidor de peregrinos ritmos.

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