Advertisement

El beso y la palabra —se ha escrito— se secan siempre en unos labios mercenarios. Solo el amante y el artista pueden hacerlos reflorecer. Apurar el zumo de un beso, como sorber la médula de una palabra, es algo fuera del comercio. Por eso hay prosa industrial y prosa de lujo. La prosa de lujo debe ser siempre un regalo.

Hay otras prosas, como hay otros besos. Prosa decorativa, ornamental, besos de protocolo, emoción de cancillería. Y prosa «castiza» donde cada palabra se provee, para entrar en la frase, de un pasaporte firmado por el inspector de policía del idioma.

Hay también la prosa dócil de la ciencia que se resigna a su papel de instrumento, a andar siempre de bata. Si alguna vez quiere endosarse la levita, se ve que le ha quedado estrecha. Mientras el sabio engruesaba, se iba la levita estilizando.

Queda incluido entre los sabios el filólogo. Y el gramático, el cronista puntual... Todos son fieles servidores de la palabra. Unos la visten y otros la acicalan. Unos la administran y casi todos —solapadamente— la cortejan.

Solo el artista la desnuda, y, amorosamente, la posee.

Advertisement