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Se suele fustigar al mal escritor, sin advertir que el mal escritor no existe, al menos como objeto de crítica. Sí existe el estilo común, es decir, el estilo del que no lo tiene. En arte es nada el mal escritor y solo es atendible la turba compacta, el engrudo aglutinante de la masa. Porque un grito más bronco solo determina una mayor capacidad para el insulto, una alusión más procaz es solo cierto afán mal embozado de cotizar deprisa su vehemencia.
La turba espesa del estilo común merece atención como dolencia, como veneno lento del ingenuo lector. Suprimido en las letras el estado llano, el lector llegaría siempre al estilo singular, es decir, al individuo-escritor. Primero habría asombro. Luego, labor comprensiva. Por último, fruición de haber gustado buena fruta mental.
Ahora, la gran masa de lectores llega a la masa-escritora que escribe «llanamente», es decir, sin relieve alguno, y, primero, siente la fruición de tropezar con un igual, luego la gratitud que reclama un sujeto resignado a sacrificar su individualidad por escribir en el estilo común de su lector.
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