NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

VIVIANA Y MERLÍN

[Ilustración: BENJAMÍN JARNÉS (Foto Lagos)]

COLECCIÓN VALORES ACTUALES

BENJAMÍN JARNÉS

VIVIANA Y MERLÍN LEYENDA

[Ilustración]

C.a IBEROAMERICANA DE PUBLICACIONES, S. A. MADRID / BUENOS AIRES

Copyright by 1930 BENJAMÍN JARNÉS Derechos reservados. Ediciones ULISES.

Imprenta de Galo Sáez. — Mesón de Paños, 8. — Madrid.

A Titania.

A la reina Mab.

A todas las amigas —visibles e invisibles— de Viviana y Merlín.

AÑOS DE APRENDIZAJE Y ALEGRÍA

( NOTA AUTOBIOGRÁFICA )

Como Scheherezada, yo salvé mi vida narrando, produciendo.

... Toda mi existencia ha sido una lucha contra mí mismo. Yo no quiero tener discípulos.

KIERKEGAARD.

Mi edad bien puede adivinarse por la foto que acompaña a estas líneas, hecha en abril de 1930. Ya dije otras veces la fecha exacta —y lejana— de mi nacimiento: no soy masoquista.

Hay en Aragón enormes extensiones donde apenas crece sino un poco de esparto. En una de ellas, a distancia de unos pocos kilómetros y de algo más de un siglo, nació Goya y nací yo. Él, en Fuendetodos, y yo, en Codo. Como Goya, fui a Zaragoza, y como Goya, caí después en Madrid. Uno, a pintar muy bien, y otro, a escribir como se puede. Me gustaría desterrarme también por algo y morir, como él, en Burdeos o en China. Esto me será fácil. Aunque me gustaría mucho más tener duquesas desnudas que pintar —tropo a tropo, claro es— después o al mismo tiempo de haberme derretido de amor por ellas. (Ya comprendo lo difícil de realizar esta última parte del itinerario goyesco, pero mi devoción —fatal— por Goya es superior a todo, y —fatalmente— debo hacerlo así constar en mi programa de ambiciones).

Me gustaría, además:

Ser tan exuberante como Goya y tan alerta como mi segundo genial paisano y maestro, Baltasar Gracián. Es decir: llenar los museos literarios de libros opulentos, pero magros; incandescentes, pero de llama cautiva en transparente cristal; voluptuosos, pero de sensualidad puesta en tortura de razón; vivaces, vivarachos, quizá, hasta el aturdimiento, pero de inquietud siempre armonizada; libres, pero de ruta bien clara y hondo cauce.

Dar, en fin, a mi prosa, el vigor plástico, la seducción epidérmica de Goya y la densa musculatura, el segundo término profundo de Gracián.

Hablo de ambiciones, de deseos... Pero esto ya es algo. Como lo deseo ardientemente, como apenas deseo otra cosa en el mundo, creo que lo conseguiré. Comienzo ahora a escribir y pido un plazo para acabar de aprender mi oficio —o mi arte, las palabras no me asustan—. Lo seguiré pidiendo siempre. Y en mi libro _Años de aprendizaje y alegría_ contaré lo divertido que es llenar cuartillas y romperlas, burlarse de lo escrito meses antes, leer muchos libros y arrojarlos ya exprimidos, descubrir personalmente a un autor, arrancar el antifaz a un falso estilo...

Y ya quedan anotados los nombres de mis dos grandes _animadores_ artísticos: Francisco de Goya y Baltasar Gracián. (Ha podido alguna vez creerse que yo venía de más allá de los Pirineos. Yo mismo lo he creído... ¡No, no! Tenía cerca, muy cerca de mí, cunas más fértiles).

Temo escribir mi biografía. Tampoco siento ahora deseos de contemplar esa cadena de mis pasados yos, indecisos, borrosos, pruebas de mí mismo que debo respetar y compadecer como a mi prójimo. Ni puedo escoger de entre todos ellos un ejemplar de los días festivos para hacerlo pasar por el hombre de todos los días —como se suele hacer—. Precisamente me canso de decir que al escritor solo se le conoce por su traje de diario. Al escritor y al hombre.

Además, esta nota no debe crecer desmesuradamente. Por eso, de todos mis recuerdos, elegiré dos o tres. He aquí uno, el primero que emerge de mi infancia, en orden rigurosamente cronológico. Lo cuento, porque también es el primero en que —ahora lo veo— me sentí escritor.

Era yo tan niño —de cinco o seis años— que, sentado en el último peldaño de la escalera de mi casa apenas tocaba el piso con los pies. (Recuerdo cada período de mi infancia por la altura de las cosas sobre las que solía sentarme; otros podrían recordarlas por la altura de las cosas a las que les gustaba trepar). Acababa de aprender a leer, y ya había devorado algunos de los librotes que mi padre guardaba en un armario —otra vez diré los títulos—. Apenas comprendía nada de ellos. Eran crueles historias de pícaros españoles que en seguida me hicieron aborrecer todo lo castizo, o complicados folletines en dos o tres tomos que me abrieron el apetito de continuarlos con la espada y con la pluma. Pero todos aquellos librotes estaban mugrientos, destrozados. Algunos habían perdido el comienzo y el fin. Mi fantasía se torturaba ya añadiéndoles capítulos... Aquella biblioteca era un desastre —los buenos libros, los bien vestidos, habían sido sacrificados para pagar una deuda—; yo deseaba frenéticamente, con mi frenesí de cinco años, poseer libros como los del cura y los de don Felipe, con lomo azul o rojo, con letras de oro fresco, reluciente... Pero solo podía maniobrar entre despojos.

Hasta que una mañana...

Lo recuerdo muy bien. No, no habría cumplido aún siete años. Entró en el patio de mi casa un hombre vestido de negro, con un envoltorio bajo el brazo; se dirigió a mi padre que cortaba no sé qué —un pantalón o una capa— sobre una mesa de roble; mi padre le recibió fríamente, pero el viajero, muy cortés, abrió su envoltorio y le mostró un gran lote de libros flamantes, preciosos libritos rojos, verdes, amarillos; libros más talludos enfundados en piel negra, con letras de oro, como los del cura y los de don Felipe. Los libros se desparramaron sobre la mesa ante los ojos ceñudos de mi padre, ante mis ojos voraces, ante mis manos inquietas que hubieran querido acariciarlos, mirarlos despacito como a juguetes caros... El viajero de luto hablaba del precio. ¡Baratos, baratísimos!

Pero de pronto, bruscamente, mi padre rechazó los libros; lanzó al rostro del viajero una frase... —la recuerdo, la recuerdo perfectamente; pero no quiero decirla: todavía no se pueden contar estas cosas en España—. Por primera vez oí el nombre de Lutero.

El pobre viajero envolvió su mercancía y salió —recuerdo también sus palabras de despedida, pero tampoco debo repetirlas: aún no pueden contarse estas cosas en España—. Salió, llevándose mis ojos, mis manos, mi inquietud de bebé por acariciar alguna vez un lindo juguete: un libro, un libro nuevecito, con letras de oro reluciente.

(En el cuaderno —yo lo guardo— donde se anotaban todos los grandes y menudos acontecimientos de mi casa, leo esta mañana —una de abril de 1930—, bajo la fecha de mi nacimiento y el nombre de mi madrina: “Este niño, a los cinco años y medio, sabía leer en todos los libros, y le señalaron lección del catecismo y se la supo al primer día”.

En todos los libros... Pero ¿qué libros tenía yo entonces, Señor?).

Otro día recordaré algunos curiosos lances de mi vida, espumados de esto que un joven de 1830 llamaría “ola amarga de aflicción”. Mi vida solo podría contarla ese joven, porque es tema para él. Yo soy de 1930 y, aunque admiro a los románticos y estoy escribiendo una cosa muy larga que se titula _Zumalacárregui, el caudillo romántico_, no me decido a emplear mi propia vida como tema de estilo triste. Yo soy algo más, quiero ser algo más que un hombre; quiero ser un artista. Y el artista es libre para elegir su tema. Como el de mi propia vida no me sirve, le desdeño; y, en el caso —como el infausto de hoy— de verme obligado a escribirla, pues... la escamoteo. Seré el Frégoli de mi biografía. Prefiero decir lo que no he sido, lo que no voy a ser, en vez de decir lo que fui y seré. Por ejemplo:

Yo no pude nunca ser niño prodigio.

Se prueba: tenía yo quince años. Aquel curso —cuarto de Latín y Humanidades, que estudié en la Universidad Pontificia de Zaragoza— había obtenido mi acostumbrado _meritissimus_ por no saber la asignatura de _Retórica y Poética_ —que nunca aprendí—, y en premio a mi auténtica tonelada de quintillas, sonetos, décimas —entonces se construían pocas: apenas habían nacido los doscientos treinta y siete imitadores de mi querido poeta Jorge Guillén—, seguidillas, aleluyas, octavas reales y otros versos libres y ceñidos que fui pacientemente elaborando a lo largo del curso. Llegó junio y, con él, las vacaciones. De todo mi arsenal, que no me atrevo a llamar poético, destaqué dos o tres cosas con el pueril deseo —tenía quince años— de obtener un aplauso familiar. Llegué a mi pueblo y a mi casa —nadie salía nunca a esperarme—; saludé a los míos; aguardé como siempre —infantilmente— a ser preguntado por el éxito de mis exámenes —nadie me lo preguntaba nunca—; desenvainé gallardamente mis décimas, decidido a cantar no sé si al Ebro o al Moncayo; aventuré la noticia de que en aquel año había yo sufrido una gran transformación: me había hecho poeta...

Aún estoy viendo el brusco ademán de mi padre, de mi padre que hacía coplas y romances de ciego —algún día escribiré su biografía—. No quiso oír mis décimas. Dijo, taxativamente, estas palabras:

—En mi casa nadie escribe versos más que yo.

Y yo, con mis décimas al Ebro o al Moncayo, bajé mi cabecita a pájaros y _escondí desde entonces, en mi casa y fuera de ella, mi presumida calidad de escritor_. Y esto, durante muchos años, durante muchos años, durante muchos años.

Por eso mi vida ha sido tan alegre: porque llevaba dentro de mí un gran secreto capaz de exaltarla a todas horas, capaz de hacerla brincar sobre todo eso que un joven de 1830 llamaría “ola amarga de aflicción”. Era alegre, porque nunca fui niño prodigio, porque toda mi juventud fue pura esperanza. Era ya un joven maduro cuando se destapó el secreto. Un día —habían muerto mis padres— fue reconocida la utilidad de mi locura. Llevaba yo en mi maleta el libro de Guillermo de Torre, _Literaturas Europeas de Vanguardia_, con una larga y cordial dedicatoria. Al ver mis hermanos aquel libro tan voluminoso y tan cariñosamente dedicado, comenzaron a mirar con respeto mi supuesta locura. ¡Ya, efectivamente, era yo un escritor viable y cotizable! (A ti, querido Guillermo, te lo debo).

Pero ni este ni otros lances han hecho en mí gran mella. He pasado por todo como un sonámbulo, entornando los ojos, rumbo a no sé qué tan fatal como cada peripecia. Ni había por qué lamentar hostilidades del camino ni regocijarse mucho por una más blanda estación de término. ¿No tenía ya, bien elaborada, una intimidad? Pues el hecho de conservarla intacta, de poder refugiarse en ella, era ya la mayor alegría. ¿A quién y de qué podía yo reprochar nada? ¿Ni a quién y de qué podemos dar gracias por nada? El auténtico escritor escribe como el manzano da manzanas. El que alguien recoja o no, admire o no, las manzanas, es una cosa indiferente para el árbol. Él cumple su misión produciendo: allá los otros recojan o admiren o desdeñen. El hombre sufre o goza, nace aquí o allá, como una mata de esparto o una palmera, como un perrillo cae en manos de un mendigo o de un duque. No hay por qué lamentar nada ni agradecer nada, sino admitir la vida tal cual se nos ha dado, y admitirla con sus más gratas consecuencias. _Cumplir nuestro destino_ alegremente.

(Y aquí asoma —como asomó y asomará tantas veces— mi excepcional e inquebrantable devoción hacia las ideas y hacia la persona del maestro José Ortega y Gasset).

Hablé de mi intimidad, y es justo decir que alguien la ha compartido. Alguien no esperó una larga dedicatoria —en un largo libro— para creer en mí. Acaso, de otro modo, no hubiera yo podido resistir tan abrumadora, tan densa intimidad. Ese alguien, mi mejor amigo, el más comprensivo y dócil, es mi mujer.

Además de mi alegría profunda, yo he disfrutado de otros júbilos menores. Por ejemplo: me ha divertido siempre contemplar al falso escritor; cómo brota de la nada, cómo evoluciona, gesticula y muere.

Veréis. El falso escritor escribe su primera cuartilla y, previo el aplauso doméstico, de hogar o de club, la declara genial. Para él no hay aprendizaje. Un zapatero genial también haría unos zapatos de princesa el primer día de coger la lezna, ¿por qué un escritor genial no ha de escribir un artículo de lujo el primer día de coger la pluma? El eco del prodigio se propaga, crece, retumba en los periódicos amables. Entretanto, se prepara una segunda cuartilla que, a los pocos meses, y en medio de la general expectación, se lee al grupo, en el hogar o en el club. Un día se proclama a todos los vientos la genialidad del falso escritor. Mientras el verdadero se acoquina bajo su aluvión de cuartillas desdeñadas, rotas, arañadas por la propia censura; y deja pasar —indiferente— el cortejo de los que proclaman el genio de una sola cuartilla, pero inmortal. A veces, no era preciso escribirla; bastaba con la intención de producir el suceso para que la genialidad fuese igualmente proclamada. Y con estas intenciones y algunas cuartillas ya escritas e inmortales se forjaban proyectos de revistas y de libros y, en efecto, alguna vez se elaboraban esos libros y revistas, visibles y legibles por el grupo, semilleros de escritores auténticos, pero también refugio —y tribuna— de los falsos escritores, del aficionado y del nuevo rico permanente de las letras.

Cuando yo —paleto asombrado de la literatura— llegué a rozar esos grupos, vi con sorpresa que mis impuros borradores también podían alojarse en aquellas inmaculadas revistas. ¡No sabían lo que les amenazaba! Mis impuros borradores adoptaban, no formas _unicuartillares_, sino de resma. ¡El diluvio! (¡Y mi secreto!) Sucedió algo terrible. Casi todas las revistas de aquí y de allá, de Madrid, de España y de América, sintieron la pesadumbre de mi fértil impureza. Y mi estupor creció cuando advertí que siempre era solicitada. Mis borradores se multiplicaron como las arenas de la playa y las olas del mar. Y yo, yo que desde hace tanto tiempo sueño con escribir mi libro _Elogio de la impureza_, fui declarado “puro” por todos los “impuros” y por muchos de los “puros”. ¡Pintoresco destino!

(Mis buenos camaradas: con la pureza solo puede construirse un sonajero o un pareado. Pero el _Fausto_ y la campana de la catedral de Toledo están llenos de impurezas).

Así pasé del anónimo aprendizaje al rango de aprendiz notorio, en el que hoy, según todas las señales, me encuentro. Valentín Andrés Álvarez, al frente de su lindísima novela _Naufragio en la sombra_ —que también publica ULISES—, refiere cómo él y yo comenzamos a trabajar en la _Revista de Occidente_. No hay por qué repetir anécdotas.

Ernesto Giménez Caballero escribió unas líneas que quiero aquí transcribir, porque —aparte su cantidad de elogio que yo no puedo juzgar— reflejan la verdad de mi ingreso en la vida pública de las letras españolas. Estas palabras, que tanto he agradecido y agradezco, constituían la convocatoria de un banquete con que fui obsequiado en 1929; convocatoria que firmaban, además de Giménez Caballero, “Azorín”, Ramón Gómez de la Serna, Fernando Vela, José Lorenzo, Corpus Barga y Antonio Espina. Decía así:

“Benjamín Jarnés no necesita otro manifiesto que el de la simpatía. Condensada —un feliz momento— en este banquete. La simpatía con que ha sabido circundar su vida de joven escritor. No es Benjamín Jarnés hombre de aristas ni de agresiones. Su vanguardismo ha sido silencioso, tenaz e irónico. Amigo de los viejos, los ha ido dejando elegantemente, detrás de sí, con ninguna protesta de ellos. Amigo de los jóvenes, se ha ido poniendo delante, sutilmente, con ninguna protesta de ellos. Ni rojo ni negro. Su política: la cordialidad. Su agresión: el talento. Su defensa: la modestia. Vino de la provincia más provincia de España: Zaragoza. Vino de ser clérigo a Madrid. Pero Madrid le invistió pronto de alta dignidad. Hoy es ya un joven jerarca. Su _Profesor inútil_, sus _Ejercicios_, este _Convidado de papel_, que festeja ahora la benemérita _Historia Nueva_ —junto a la promesa del próximo _Salón de estío_, que festeja ahora anticipadamente _La Gaceta Literaria_— le han hecho a Benjamín Jarnés digno de un convivio. De un convivio digno. Puro. Desinteresado. Al que convocamos, nosotros, firmantes”.

A las cordiales palabras con que se me ofreció el homenaje, contesté:

“Muchas gracias, señores.

Y ahora me permitirán hacer lo que —plagiando al admirable “Azorín”— pudiéramos llamar: “Confesiones de un pequeño novelista”. Seré breve.

Hace unos años, al comienzo de mi auténtica vida literaria, leí en una novela estas palabras: “Necesitamos sacrificar siempre un sobrante de inteligencia, para hacernos perdonar el resto”.

Tuve la impresión de tropezar con un truco magnífico, y decidí ponerlo en práctica. Malamente, porque de esa supuesta inteligencia yo solo tenía la destinada al sacrificio, no el resto. Como un financiero pobre que solo cuenta con el dinero del portamonedas.

Es decir, que realicé mis ilusorias existencias para adquirir un poco de _talento de bolsillo_.

(Talento de bolsillo, insignificante para las altas especulaciones de Bolsa, quizá suficiente para realizar pequeñas transacciones, menudas compras en la feria de la cordialidad).

Gasté entre ustedes mi talento de bolsillo. En buenas manos ha caído, porque hoy se juntan aquí para devolvérmelo. Por eso merecen estas pequeñas confesiones; por eso merecen que les revele el truco de esta cena.

Yo me acuso, señores, de haberme estado organizando esta cena durante cinco años, desde que mis queridos amigos Ortega, Morente y Fernando Vela me invitaron a colaborar con ellos. Yo me acuso de haberme gastado todo mi talento de bolsillo —el único que tengo— en prepararme este agasajo.

Que sirva el hecho de lección a los jóvenes amigos que ambicionen esta pequeña gloria de unos postres con retórica. Porque la riqueza de un hombre no se suele medir por sus grandes existencias en valores, por sus éxitos de Bolsa, sino por su talento de bolsillo, por ese sobrante, capaz de hacer perdonar el resto, aunque exista.

Este es, señores, mi truco. Una mala lección. De un _profesor inútil_ no podía esperarse otra mejor.

Nada más”.

La novela a que aludí es mi _Paula y Paulita_, publicada en 1929 por la _Revista de Occidente_, donde también he escrito:

“Me posee tal afán de quieta armonía que no sufro choque alguno emocional con mis amigos. No me importa elaborar precipitadamente una opinión o un goce estético paralelos al suyo, a trueque de no romper los lazos que me sujetan al resto de la Humanidad. No me tolero idea alguna que no vaya del brazo con la de mi camarada. No creo en el diálogo —fábula platónica— y enderezo siempre mi monólogo exterior en el mismo sentido de los otros.

Frecuentemente me olvido de que soy interlocutor, y, por seguir atentamente el hilo del pensamiento ajeno, pierdo todos los enlaces con el mío. Suelo ver en todos tal decisión de mantener un criterio, que al punto decido no privarles de su derecho de propiedad.

Todas las ideas son del primer ocupante, como las sillas del paseo. Yo suelo acudir siempre un poco tarde, y no me queda otro goce que el de pasearme entre ellas, ganando, quizá, en agilidad lo que pierdo en firmeza”.

Yo mismo no sé hasta qué punto estas frases del personaje de _Paula y Paulita_ podrían serme atribuidas. Las escribí en un momento de risueño humorismo. Al menos interpretan el estado feliz de aquel y otros momentos semejantes que tanto abundan en mi vida.

Unas palabras acerca de VIVIANA Y MERLÍN. Su primera versión fue leída en mayo de 1929, ante mis amables amigas del Lyceum Club Femenino Español. La segunda fue publicada en la _Revista de Occidente_, en su número de junio y en la _Europäische Revue_, de Berlín (número de octubre del mismo año), traducida fielmente por la señora Helene Weyl.

Ahora ULISES acoge cariñosamente la tercera versión. Añadí algunos capítulos y amplié otros. Espero algún día escribir definitivamente mi VIVIANA Y MERLÍN.

En la fragosa selva de Brocelianda y junto a un roble tan viejo, tan hueco y tan enorme que parecía una torre en ruinas, estaba, a los pies de Merlín el mago, la astuta Viviana.

¿Cómo se encontraba allí?

Tennyson.