La sala mayor
Hoy se cumplen trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diez y nueve días que despertaron á los parisienses el repique y vuelo general de todas las campanas de los círculos de la ciudad antigua, de la universidad y demás pueblo.
No es con todo un día consagrado por la historia el 6 de enero del año 1482. Nada notable tenía el acontecimiento que desde el alba obligaba á volar las campanas y los vecinos de París. No era ni un asalto de picardos ó de burguiñones, ni una urna santa llevada en procesión, ni un motín de estudiantes en la viña de Laas, ni una entrada de _nuestro dicho señor el rey nuestro amo_, ni tampoco un colgajo general de ladrones y ladronas en la justicia de París. Menos era la llegada, tan común en el siglo décimo quinto, de alguna embajada entorchada y penachuda, pues apenas hacía dos días que la última cabalgata de este jaez, de los embajadores flamencos encargados de concluir el casamiento del Delfín con Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París, con grande enojo por parte del señor cardenal de Borbón, quien sin embargo, no queriendo disgustar á su majestad, se había esforzado á hacer buen semblante á toda aquella rústica caterva de burgomaestres flamencos, regalarles en el palacio de su título, con una _multo bella moralidad, tonta y farsa_, mientras un aguacero inundaba á la puerta sus magníficas tapicerías.
Lo que el 6 de enero _ponía en emoción todo lo popular de París_, como dice Juan Troyes, era la doble solemnidad, reunida desde un tiempo inmemorial, de día de reyes y de la fiesta de los locos.
Ese día habría luminarias en la Greva, plantación de un mayo en la capilla de Braca, y misterio en el palacio de Justicia. Todo esto había sido anunciado la víspera á voz de pregonero en las esquinas por los alguaciles del señor preboste, con vistosas sobrevestas del camelote morado, con grandes cruces blancas sobre el pecho.
La turba, pues, de vecinos se encaminaba por todas partes desde la mañana, cerradas casas y tiendas, hacia uno de los tres lugares indicados. Cada cual había hecho su elección, quien por las hogueras, quien por el árbol mayo, quien por el misterio. Conviene decir en elogio de la antigua sensatez de los bausanes de París, que la mayor parte de la turba se dirigía hacia las llamaradas, muy propias del tiempo, ó hacia el misterio, que debía representarse en la sala mayor del Tribunal, bien colgada y bien cerrada; y que los curiosos se acordaban en dejar al pobre mayo mal florido tiritar sólo bajo el cielo de enero, en el cementerio de la capilla de Braca.
El pueblo se agolpaba en especial á las avenidas del palacio de Justicia, sabedor que los embajadores flamencos, llegados la antevíspera, se proponían asistir á la representación del misterio y á la elección del papa de los locos, que igualmente debía tener lugar en la misma sala mayor.
No era fácil el penetrar ese día en dicha sala, sin embargo, de pasar entonces por el más vasto recinto techado del orbe entero (aunque es verdad no había aún medido Sauval la sala grande del castillo de Montargis). La plaza del Palacio atestada de pueblo presentaba á los curiosos de ventanas y balcones un mar proceloso, en que cinco ó seis calles, como otros tantos caudalosos ríos, desembocaban á cada instante nuevas olas de cabezas. Las oleadas de la turba, engrosadas sin cesar, tropezaban contra las esquinas de las casas que se internaban acá y acullá como promontorios en la concha irregular de la plaza. En el centro de la antigua gótica[1] fachada del palacio, la escalera principal, sin intermisión bajada y subida por dos opuestas corrientes que, después de estrellarse en el rellano de en medio, se derramaba en anchas corrientes por sus dos pendientes laterales; la escalera principal, digo, chorreaba sin cesar en la plaza como una cascada en un lago. Los gritos, las risotadas, el trépido incesante de tantos miles pies ocasionaban un gran ruido y el más grande clamoreo. De cuando en cuando se aumentaba el bullicio y estruendo; la corriente, que empujaba toda aquella turba hacia la escalera principal, cejaba, se enturbiaba, se arremolinaba al amago de un ballestero, ó los corcovos y coces del caballo de un soldado del preboste que trataba de restablecer el orden.
En las puertas, en las ventanas, en los tragaluces, sobre los tejados, hormigueaban millares de buenas caras honradas y serenas mirando el palacio, mirando la caterva, sin pensar en nada más, que muchas gentes en París se contentan con el espectáculo de los espectadores, y para nosotros es ya mucho y muy curioso un paredón detrás del cual sucede algo.
Si pudiera sernos dado á nosotros, hombres de 1830, trasportarnos con el pensamiento hasta aquellos parisienses del siglo décimo quinto y entrar con ellos, empujados, codeados, volteados, en el interior de aquella inmensa sala de los tribunales, tan angosta el 6 de enero de 1482, no dejaría de tener el espectáculo interés y encanto, sin tener en torno nuestro sino cosas tan viejas que por serlo tanto, serían para nosotros muy nuevas.
Con el beneplácito del lector, probaremos á imaginarnos la impresión que hubiésemos sentido juntos al poner el pie en el umbral de aquella inmensa sala en medio de aquel gentío con sobrevestas, espaldudas y faldellines.
Á parte el zumbido en los oídos, los ojos deslumbrados, habría encima de nuestras cabezas una bóveda doble circular con artesones esculpidos, pintada de azul y lises doradas, andando por un enlosado de mármoles blancos y negros. Á algunos pasos adelante un poste, luego otro, seguido de un tercero, y siete en todos á lo largo de la sala, sosteniendo la doble bóveda. Los cuatro primeros estaban rodeados de tiendas de mercaderes, brillantísimas de cristales y adornos, y los tres últimos de escaños de encina, gastados y bruñidos por los faldones de los litigantes y la toga de los procuradores. Al rededor de la sala, á lo largo de la elevada pared, entre las puertas, entre las ventanas, entre los pilares, la interminable fila de estatuas de todos los reyes de Francia desde Faramundo; los reyes holgazanes con los brazos caídos y los ojos bajos, los reyes activos y batalladores, levantando atrevidos manos y cabezas hacia el cielo. Luego, en las rasgadas ventanas vidrieras de infinitos colores; á las anchurosas salidas de la sala, suntuosas puertas ricamente esculpidas; y todo, bóvedas, pilares, paredes, artesones, puertas, estatuas, cubierto de arriba abajo de fulgentísima doradura azul, que ya algo deslucida en nuestros días, casi enteramente había desaparecido bajo el polvo y telarañas por los años del Señor 1549, tiempo en que la admiraba aún Du Breul por tradición.
Representémonos ahora aquella inmensa cuadrilonga sola, alumbrada de aquella claridad azulenta de un día de enero, invadida por un tropel bigarreado y bullicioso que orilla presuroso las paredes, y se arremolina al rededor de los siete pilares, y tendremos ya una idea confusa por mayor del retablo cuyos curiosos pormenores vamos á tratar de indicar con más individualidad.
Los dos extremos del gigantesco paralelogramo estaban ocupados, uno por la famosa mesa de mármol de una sola pieza, tan larga, tan ancha y tan gruesa, como jamás se vió, dicen los anales cantericios, por un estilo que hubiese dado buenas ganas á Gargantúa, _semejante tajada de mármol_; el otro, por la capilla donde Luis XI se había mandado esculpir de rodillas delante de la virgen, y adonde había mandado llevar, cuidándose poco de dejar vacíos dos nichos en la hilera de estatuas reales, las de Carlomagno y de San Luis, dos santos que suponía él muy autorizados en el cielo como reyes de Francia. Aquella capilla, nueva todavía, construida como hacía seis años, era toda ella de aquel gusto gracioso, de fina arquitectura, de maravillosa escultura, de fino y hondo cincelado que señala entre nosotros el término de la era gótica, y se perpetúa hasta mediados del siglo décimo-sexto en los caprichos mágicos del Renacimiento. El rosetoncillo filigranado del dintel era sobre todo un dechado de graciosa delicadeza, tanto, que parecía un encaje.
En medio de la sala, en frente de la puerta principal, una estrada de brocado de oro, arrimada á la pared, en que había una entrada escusada por medio de una ventana del corredor del aposento dorado, había sido levantada para los enviados flamencos y los personones invitados á la representación del misterio.
Éste debía celebrarse por costumbre sobre la mesa de mármol; y así la habían aparatado por la mañana. Su rica tabla de mármol, toda rayada por los tacones de los curiales, sobre la cual descansaba una jaula de madera bastante elevada cuya superficie superior, visible á todos los de la sala, debía servir de teatro, y cuyo interior cubierto con tapices, serviría de vestuario á los actores. Una escala, buenamente puesta por fuera, proporcionaba la comunicación del vestuario á las tablas, prestando sus banzos nada flexibles á los entrantes y salientes. No había personaje ninguno tan improvisto, ninguna singularidad, ningún golpe de teatro, que no estuviese obligado á subir por la tal escala. Inocente y venerable infancia del arte y tramoya.
Estaban en pie á las cuatro esquinas de la marmórea mesa otros tantos sargentos del baile del Tribunal, guardias esenciales de todos los regocijos populares los días de fiesta como los de alguna justicia.
No podía empezar la pieza hasta la última campanada de mediodía del reloj del Tribunal; muy tarde sin duda para una representación teatral; pero era preferible escoger la hora de los embajadores.
Estaba, pues, esperando desde la mañana toda la muchedumbre; sin arredrar á muchísimos honrados curiosos el tiriteo aterido desde el amanecer delante de la gradería del Tribunal; y aun algunos se gloriaban de haber pasado la noche atravesados en la portada para estar seguros de entrar los primeros. Aumentábase por instantes el tropel, y semejante al agua que rebosa del vaso continente, empezaba á salvar las paredes, á hincharse al rededor de los pilares, á sobresalir en los balconcillos, sobre las cornisas, sobre los antepechos de las ventanas, sobre los arranques de la arquitectura y hasta sobre los relieves de la escultura. Así el ahogo, la impaciencia, el fastidio, la libertad de un día cínico y de bullanga, las contiendas suscitadas á cada triquitraque por un codo puntiagudo ó de un zapato claveteado, la fatiga de tanto aguardar, daban ya de suyo, mucho antes de la llegada de los embajadores, un acento desentonado y áspero al clamor de aquel pueblo encerrado, encajonado, estrujado, empujado, sofocado. No se oían más que quejas é imprecaciones contra los Flamencos, el preboste de los mercaderes, el cardenal de Borbón, el baile del Tribunal, la princesa Margarita de Austria, los sargentos de vara, el frío, el calor, el mal tiempo, el obispo de París, el papa de los locos, los pilares, las estatuas, esta puerta abierta, aquella otra cerrada, cuyo total divertía muchísimo á los corrillos de estudiantes y de lacayos diseminados entre la algazara, que añadían á tanto descontento sus chuladas y picardigüelas, picando á alfilerazos, por decirlo así, el mal humor de todos.
Había entre otros un grupo de aquellos gozosos diablos que, después de haber desquiciado la vidriera de una ventana, se había sentado atrevido sobre el vuelo, desde donde disparaba alternas miradas y zumbas dentro y fuera sobre la turba de la sala y el gentío de la plaza. Á sus mímicos gestos, á sus carcajadas, á los picarescos dictados que dialogaban con sus compañeros de un cabo al otro de la sala, se veía fácilmente que no alcanzaba á los señores pasantes de pluma ni el tedio ni el cansancio de los asistentes, y que sabían muy bien sacar partido de lo que presenciaban, convirtiendo todo en sustancia y sainete hasta que empezase la otra esperada pieza.
--¡Por mi vida, que sois vos, _Juan Frollo de Molendino_! gritaba uno de ellos á una especie de diablillo rojo, de linda y picarilla cara, engarabitado en los acantos de un chapitel; con razón os llaman Juan del Molino, pues parecen aspas vuestros brazos y piernas. ¿Cuánto hace que estáis aquí?
--Por la gracia del diablo, respondió _Juan Frollo_, van ya más de cuatro horas, y espero que me valdrán por cuatro buenas horas de purgatorio. He oído á los ocho sochantres de su majestad el rey de Sicilia entonar el primer versículo de la misa cantada de las siete en la Santa Capilla.
--¡Guapos cantores!, replicó el otro, que tienen la voz más aguda que sus bonetes. Antes de fundar una misa al señor San Juan, hubiera debido su majestad informarse si el señor San Juan gusta del latín cantado con acento provenzal.
--¡Ha hecho eso sólo por emplear á esos malditos sochantres del rey de Sicilia!, dijo gritando con su voz carraquilla una vieja del tropel bajo de la ventana. ¡Hágame usted el favor! ¡mil libras parisis por una misa! ¡y eso sobre el arriendo del pescado de mar de las pescaderías de París!
--¡Chitón!, vieja, replicó un obeso y grave personaje que se tapaba las narices al lado de la pescadera; era preciso fundar una misa. ¡Qué! ¿querías que su majestad volviese á caer enfermo?
--¡Muy bien dicho, señor Gilles Lecornu, maestre forrador peletero de las botas del rey!, dijo á gritos el estudiantillo encaramado en el chapitel.
Una carcajada general de los estudiantes aplaudió el malhadado título del pobre forrador peletero de las botas del rey.
--¡Lecornu! ¡Gilles Lecornu!, decían unos.
--_Cornutus et hirsutus_, añadía otro.
--¡Eh!, sin duda, continuaba el demonillo del chapitel. ¿Qué materia de risa es ésa? ¡Honorable sujeto Gilles Lecornu, hermano del maestre Juan Lecornu, preboste de la casa real, hijo del maestre Mahiet Lecornu, portero primero del bosque de Vincenes, todos vecinos de París, todos casados de padres en hijos!
Aumentóse la cháchara, y el forradorazo peletero, sin responder una palabra, pugnaba por zafarse de las miradas de todos clavadas en él; más en vano sudaba y soplaba: como una cuña que se hunde en en el leño por hender, los esfuerzos hechos sólo servían á meter entre los hombros de sus vecinos su ancha faz apoplética, roja de rabia y despecho; hasta que por último, uno de ellos, rechoncho y venerable como él, vino en su auxilio.
--¡Abominación! ¡hablar de ese modo unos estudiantes á un particular!, en mi tiempo les hubieran medido bien las espaldas con buenas varas que después les hubiesen quemado.
Echó á reir con esto la chusma.
--¡Hola! ¡eh! ¿quién canta ese diapasón? ¿qué siniestra lechuza es ésa?
--¡Toma, ya le conozco!, dijo uno; es el maestre Andry Musnier.
--Porque es uno de los cuatro libreros jurados de la Universidad, dijo el otro.
--Todo va por cuatro en esta tienda, gritó un tercero: las cuatro naciones, las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros.
--Pues bien, replicó Juan Frollo, no hay más que armarles una de cuatro diablos.
--¡Musnier, mira que te quemaremos los libros!
--¡Musnier, solfearemos á tu lacayo!
--¡Musnier, compondremos á tu mujer!
--¡Á la buena panchuda Udarda!
--¡Que es tan fresca y alegre como si estuviese viuda!
--¡Lléveos el diablo!, refunfuñó maestre Andry Musnier.
--Maestre Andry, replicó Juan, siempre colgado de su chapitel, ¡si no callas, me dejo caer sobre tu cabeza!
Maestre Andry levantó los ojos, midiendo al parecer la altura del pilar, la tomó del chasco, multiplicó mentalmente el peso por el cuadrado de la distancia, y se calló.
Viéndose Juan dueño del campo de batalla, prosiguió triunfante:
--¡Es que lo haré, aunque sea yo hermano de un arcediano!
--¡Grandes señorones, maestres doctores! ¡ni siquiera haber hecho respetar nuestros privilegios en un día como éste! En fin hay en la ciudad mayo y hogueras; misterio, papa de locos y embajadores flamencos en el barrio noble; y en la Universidad, ¡como si fuese nada!
--Sin embargo, ¡harto espaciosa es la plaza Maubert!, añadió un pasantillo sentado en el poyo de la ventana.
--¡Muera el rector, los electores y los procuradores!, gritó Juan.
--Convendrá hacer esta noche una buena llamarada con los libros de maestre Andry en el campo Gaillard, prosiguió el otro.
--¡Y los bufetes de los amanuenses!, dijo un colateral.
--¡Y las varas de los bedeles!
--¡Y las escupideras de los decanos!
--¡Y las alcacias de los electores!
--¡Y los escabelillos del rector!
--¡Mueran!, replicó Juan en falsete; ¡mueran Andry, los bedeles y los amanuenses; los teólogos, los médicos y los decretalistas; los procuradores, los electores y el rector!
--¡Éste es el fin del mundo!, murmuró entre dientes maestre Andry, tapándose las orejas.
--¡Ah! ¡ah! allí va el rector atravesando la plaza, gritó uno de los ventaneros; y todos se volvieron hacia la plaza.
--¡Qué! ¡es verdad que sea nuestro venerable rector maestre Thibaut!, preguntó Juan Frollo del Molino, que habiéndose encaramado á un pilar del interior, no podía ver lo que pasaba fuera.
--¡Sí! ¡sí!, respondieron todos los demás; ¡él es Thibaut el rector!
En efecto, lo era con todas las dignidades de la Universidad, que salían á recibir procesionalmente á la embajada por en medio de la plaza. Los estudiantes agolpados á la ventana los recibieron con aplausos irónicos y hasta sarcasmo. El rector, que marchaba á la cabeza de su compañía, recibió la primera andanada, que fué de tomo y lomo.
--¡Buenos días, señor rector! ¡Hola, eh! ¡buenos días!
--¿Qué milagro es éste de estar por aquí el viejo jugador? ¡Sin duda, ha abandonado los dados!
--¡Cómo trota sobre la mula! ¡menos largas que él tiene las orejas el animalito!
--¡Hola, eh! ¡buenos días, señor rector Thibaut, _Tybalde aleator_! ¡viejo imbécil! ¡antañado jugador!
--¡Dios os guarde! ¿habéis hecho esta noche muchos dobles seises?
--¡Oh! ¡qué cara tan caduca, aplomada, forjada por el Dios de los naipes y dados!
--¿Á dónde vais así, Thibaut, _Tybalde ad dados_, volviendo las espaldas á la Universidad, trotando hacia la ciudad?
--¡Sin duda irá á buscar un alojamiento calle Thibautoda!, gritó Juan del Molino.
Toda la gavilla repitió la zumba con voces atronadoras y estrepitosos palmoteos.
--¿Vais á buscar alojamiento calle Thibautoda, no es verdad, señor rector, jugador de la partida del diablo?
Luego llegó el turno de las otras dignidades.
--¡Mueran los bedeles! ¡mueran los maceros!
--Di, Robín Zampapán, ¿quién es aquél?
--¡Es Gilberto de Sully, _Gilbertus de Soliaco_, el canciller del colegio de Autún!
--¡Toma mi zapato, tú estás mejor que yo para arrojárselo á la cara!
--_Saturnalitias mittimus ecce nuces._
--¡Caigan los tres teólogos con sus blancas sobrepellices!
--¡Calla! ¿con que son los teólogos? ¡creía ser los seis gansos blancos dados por Santa Genoveva á la ciudad por el feudo de Roogny! ¡Abajo los médicos!
--¡Fuera las controversias cardinales y chufleteras!
--¡Para ti mis borlas, canciller de Santa Genoveva! ¡que has saltado por encima de mí!
--Eso es verdad; que ha dado mi plaza en la nación de Normandía al mocito Ascanio Falzaspada, de la provincia de Bourges, pues que es italiano.
--¡Fué una injusticia!, dijeron todos los escolares. ¡Venga abajo el canciller de Santa Genoveva! ¡Oh, eh! ¡maestre Joaquín de Ladehors! ¡Oh, eh! ¡Luis Daouille! ¡Lamberto Hortement!
--¡El diablo ahogue al procurador de la nación de Alemania!
--¡Y á los capellanes de la Santa Capilla, con sus mucetas grises; _cum tunicis grisis!_
--_¡Seu de pellibus grisis fourratis!_
--¡Hola, eh! ¡los maestres de artes! ¡todas las hermosas capas negras! ¡todas las hermosas capas encarnadas!
--¡Todo eso forma una hermosa cola al rector!
--¡Parece á un duque de Venecia que va á los desposorios de la mar!
--¡Di, Juan! ¡los canónigos de Santa Genoveva!
--¡Al diablo con toda la canongería!
--¡Abate Claudio Choart! ¡doctor Claudio Choart! ¿buscáis acaso á María-la-Giffarda?
--¡Está en la calle de Glatigni!
--¡Está haciendo la cama del rey de la gente del bronce!
--¡Para eso paga sus cuatro dineros! _quatuor denarios_.
--_Aut unum bombum._
--¡Oh, bien! ¿os pagáis de su buena cara?
--¡Compañeros! ¡mirad á maestre Simón Sanguino, el elector de Picardía, que lleva su mujer á la grupa!
--_Post equitem sedet atra cura._
--¡Buenos días, señor elector!
--¡Buenas noches, señora electora!
--¡Qué felices son de ver todo eso!, decía suspirando _Juan de Molendino_, siempre encaramado y metido en el follaje de su chapitel.
Entre tanto, el librero jurado de la Universidad, el maestre Andry Musnier, se inclinaba al oído del peletero forrador de las batas de su majestad, el maestre Gilles Lecornu.
--Ya os lo he dicho, caballero, éste es el fin del mundo. Jamás se vió semejante licencia en la estudiantina; estas malditas invenciones del siglo, todo lo barrenan. Las artillerías, las serpentinas, las bombardas; y sobre todo esa otra peste de Alemania, la imprenta. ¡Adiós manuscritos, adiós libros!, la imprenta mata á la librería: ¡el fin del mundo se acerca, no puede menos!
--Ya lo he conocido por los progresos de las telas de terciopelo, dijo el manguitero.
En esto dieron las doce del día.
--¡Ah!... dijo la turba á una voz.
Los estudiantes nada dijeron; mas luego se siguió una dislocación general: no se veían más que pies y cabezas en movimiento, ni se oía sino una tos y sonaduría general; cada cual se compuso, se dispuso, se levantó, se apiñó. Luego sucedió un gran silencio; todos los cuellos quedaron alargados, todas las bocas abiertas, todas las miradas dirigidas hacia la mesa de mármol... mas nada apareció. Los cuatro sargentos del baile se mantenían siempre allí, tiesos é inmóviles como cuatro estatuas clavadas. Todos los ojos se volvieron hacia la estrada reservada á los enviados flamencos. La puerta seguía cerrada, y vacía la estrada. La turba esperaba tres cosas desde la mañana: mediodía, la embajada de Flandes, el misterio. Sólo las doce habían llegado á punto.
La cosa pasaba de raya; aguardaron aún uno, dos, tres, cinco minutos; mas nada llegaba. La estrada continuaba desierta; el teatro mudo. Sin embargo, la impaciencia sucedió á la cólera. Las palabras irritantes, aunque en voz baja á la verdad, empezaban á correr.
--¡El misterio! ¡el misterio!, susurraban todos; las cabezas se acaloraban; una tempestad que no hacía aún sino bramar, ondeaba sobre aquella muchedumbre. Juan del Molino fué quien sacó la primera chispa.
--¡El misterio! ¡y al diablo los flamencos!, exclamó con toda la fuerza de sus pulmones, retorciéndose como una serpiente al rededor de su chapitel; y la turba palmoteaba.
--¡El misterio!, repitió ¡y vaya enhoramala la Flandes.
--¡El misterio queremos, y al punto!, prosiguió el estudiante; ó soy de sentir que pinguemos al baile del Tribunal como un botarga.
--¡Bien dicho!, gritó el pueblo, ¡y empecemos el colgajo por sus alguaciles!
Aplaudióse mucho la ocurrencia; con lo que empezaron á mirarse descoloridos los cuatro pobretes. Púsose en movimiento hacia ellos la muchedumbre, ya veían pandearse la frágil barandilla de madera que mediaba, y arquearse con el empuje de la turba multa: era apurado el caso.
--¡Hala! ¡hala!, gritaban por todas partes.
En este instante, la tapicería del vestuario arriba descrito, se levantó, abriendo paso á un personaje cuya sola vista detuvo súbitamente á la turba, convirtiendo como por encanto su coraje en curiosidad.
--¡Silencio! ¡silencio!
El personaje, muy poco sereno y sí muy azogado, se adelantó hasta el borde de la mesa de mármol, con sendas reverencias, que llegaban casi á ser genuflexiones.
Entre tanto se había casi restablecido la calma; no quedando más que el sordo rumor que reina siempre en el silencio de un gentío.
--Señores vecinos, dijo, y señoras vecinas de París, debemos tener la honra de representar y declamar delante de su eminencia el señor cardenal un auto sacramental, intitulado: _El buen juicio de la Señora Virgen María_. Yo hago el papel de Júpiter. Su eminencia acompaña en este momento á la muy honorable embajada del serenísimo señor duque de Austria, la cual está á la hora de esta, escuchando la arenga del señor rector de la universidad, á la puerta de los Asnos. Así que haya llegado el eminentísimo cardenal, empezaremos nosotros.
Y en verdad que no se necesitaba menor intervención que la de Júpiter para salvar los cuatro alguaciles del baile del Tribunal. Á haber tenido la dicha de ser los autores de esta muy verídica historia, y por lo mismo de ser responsable ante nuestra señora doña crítica, no podría invocarse contra nosotros en este instante el clásico precepto; _Nec Deus intersit_. Por lo demás, el traje del señor Júpiter era primoroso, y no había contribuido poco á calmar la gente, llamando toda su atención. Estaba vestido Júpiter con una coraza cubierta de terciopelo negro de clavos dorados; cubríale una caperuza de botones de plata sobredorada; y si no por el afeite, con los pelos de barba que le sombreaba cada uno la mitad de la cara, el rollo de cartón dorado, lentejuelado y erizado de baratijas que llevaba en la mano, evidentemente rayo para los ojos expertos, por los pies de color de carne encintados á la griega, hubiese podido parangonarse por lo de la gala, con un ballestero bretón de la división del príncipe de Berri.
NOTAS:
[1] El vocablo _gótica_, en el sentido generalmente empleado, es muy impropio, mas muy sagrado. Aceptámosle, pues, y le adoptamos como todos, para caracterizar la arquitectura de la segunda mitad de la Edad Media.