El señor cardenal
¡Pobre Gringorio! El estrépito de todos los dobles cohetazos de la víspera de San Juan, la descarga de veinte arcabuces reforzados, el estampido de aquella famosa culebrina de la torre de Billy, que cuando el cerco de París, el domingo 29 de setiembre de 1465, mató á siete borguiñones de un tiro, la explosión de la pólvora almacenada en la puerta del Temple, le hubiera lastimado menos los oídos, en aquel momento solemne y dramático, que estas pocas palabras salidas de la boca de un ujier: _Su eminencia monseñor el cardenal de Borbón_.
Exactamente sucedió lo que él se temía: la entrada de su eminencia trastornó el auditorio; todas las cabezas se volvieron hacia el estrado: era cosa de no oirse.--¡El cardenal! ¡el cardenal!, repitieron todas las bocas; y segunda vez cesó el dichoso prólogo.
Detúvose un instante el cardenal en la entrada del estrado. Mientras echaba algunas miradas harto indiferentes por el auditorio, el tumulto iba en aumento. Cada cual quería ser quien mejor viese, y todos trataban de erguir la cabeza sobre los hombros de sus colaterales.
Era en efecto un alto personaje, y cuyo espectáculo valía tanto como cualquiera otra comedia. Carlos, cardenal de Borbón, arzobispo y conde de León, primado de las Galias, era afín de Luis XI por su hermano Pedro, señor de Beaujeu, que se había casado con la hija mayor de su majestad, y afín de Carlos el Temerario por su madre Inés de Borgoña. El rasgo, pues, dominante, el rasgo característico y distintivo del carácter del primado de las Galias, era el espíritu cortesano y el afecto á las potencias. Se puede juzgar de los obstáculos innumerables que le habían costado estas dos afinidades, y de todos los escollos temporales entre los cuales había tenido que bordear su espiritual barquilla, para no estrellarse ni contra Luis, ni contra Carlos, aquel Caribdis y aquel Scila que habían devorado al duque de Nemours y al condestable de San Pol. Gracias al cielo, salió tal cual parado de la travesía, y llegó á Roma sin estorbo. Pero aunque estaba en el puerto, y puntualmente porque se hallaba en el puerto no se recordaba nunca sin susto los diferentes trances de su vida política, tanto tiempo asustada y trabajosa. Así es que acostumbraba á decir que el año de 1476 había sido para él _negro y blanco_; entendiendo por aquí haber perdido en aquel mismo año á su madre la duquesa del Borbones, y á su primo el duque de Borgoña, y que un luto le había consolado del otro.
Por lo demás era un buen hombre; llevaba una vida alegre de cardenal, se alegraba gustoso con morabio real de Challuau, no aborrecía á Ricarda la Garmoisa ni á Tomasa la Sallarda, daba limosna á las doncellitas antes que á las jamonas, y por cuyas razones era bien quisto del _popular_ de París. Siempre iba acompañado de obispos y de clérigos de altos linajes, atentos, zorzales, y bromistas en llegando el caso; y más de una vez las buenas devotas de San Germán de Oserres, al pasar por las tardes debajo de las ventanas iluminadas del aposento de Borbón, se escandalizaron de oir las mismas voces que les habían cantado vísperas el mismo día, salmodiar á los topetones de los vasos el proverbio báquico de Benedicto XII, aquel papa que añadió una tercera corona á la tiara: _Bibamus papaliter_.
Sin duda aquella popularidad tan justamente adquirida le preservó á su entrada de toda mala acogida de parte de la gente del bronce, tan descontenta un instante antes, y muy poco dispuesta al respeto de un cardenal el día mismo en que ella iba á nombrar un papa. Pero los parisienses guardan poco rencor; y luego haciendo empezar la representación autoritativamente, los buenos particulares pudieron más que el cardenal, y este triunfo le bastaba. Además el señor cardenal de Borbón era buen mozo, tenía una hermosísima ropa encarnada que llevaba elegantemente; es decir que tenía por sí á todas las mujeres, y por consiguiente á la mejor mitad del auditorio. Y ciertamente habría injusticia y pésimo gusto en dar vaya á un cardenal por haberse hecho esperar para el espectáculo, siendo por otra parte un buen mozo que sabía llevar vistosamente sus encarnadas hopalandas.
Entró pues, saludó á los asistentes con aquella sonrisa hereditaria de los grandes para con el pueblo, y se encaminó con paso grave hacia la poltrona de terciopelo de grana, con ademán de quien piensa en cualquier otra cosa. Su comitiva, que hoy llamaríamos su estado mayor de obispos y abates precipitóse tras él en el estrado, no sin aumentarse el tumulto y la curiosidad en el patio. Todos á porfía se le mostraban, se le nombraban; se desvivían por conocer alguno; quien decía, es el ilustrísimo Alaudet, obispo de Marsella, si mal no me acuerdo; quien, el primiciero de San Dionisio; quien, Roberto de Lespinasse, abad de San Germán de los Prados, aquel hermano hijodalgo de una coblenza de Luis XI; y todo esto acompañado de sendos equivoquillos y alusioncillas. Por lo que hace á los licios no hacían más que jurar. Era su día, su fiesta de locos, su saturnal, la zambra anual de la plumería y de la escuela. Ninguna torpeza que ese día no fuese de derecho y cosa sagrada. Y además había en la turba locas chuzonas, tal que Simona Cuatrolibras, Inés, la Gadina, Robina Piedebú. ¿No era la menor cosa que se pudiese hacer el jurar á sus anchuras y echar ternos en tan buen día, en tan buena compañía de gente de iglesia y mozas alegres? Así lo cumplían exactamente; y en medio de aquel runrún, era aquello una espantable cencerrada de blasfemias y enormidades que se formaba por todas aquellas bocas desalentadas, lenguas de curiales y de estudiantes contenidas durante todo el año por temor del hierro ardiendo de San Luis. ¡Pobre San Luis! ¡cómo le llenaban las medidas en su propio palacio de justicia! Cada uno de ellos, en los recienvenidos del estrado, había tomado por su cuenta una sotana negra, parda, blanca, ó morada. En cuanto á Juan Frollo de Molendino, en su calidad de hermano de un arcediano, las había que se las pelaba con la sotana encarnada; y se ponía ronco gritando con los ojos desvergonzados clavados en el cardenal: _¡Cappa repleta mero!_
Todos estos pormenores, que ponemos aquí desnudos para edificación del lector, eran de tal modo cubiertos por el rumor general, que se desvanecían antes de llegar hasta el estrado reservado; y aunque se hubiesen oído, hicieran muy poca mella en el cardenal, ¡tan arraigadas estaban en las costumbres las licencias de aquel día! Tenía además, como lo daba á conocer su aspecto pensativo, otro cuidado que le llamaba más, y entró casi al mismo tiempo que él en el estrado; y era la embajada de Flandes.
No porque fuese profundo político, y mirase como cosa de entidad y trascendencia las resultas posibles del matrimonio de la princesa su prima Margarita de Borgoña con el príncipe su primo Carlos, delfín de Viena; cuánto duraría la buena inteligencia paliada del duque de Austria y del rey de Francia; cómo tomaría el rey de Inglaterra aquel desaire de su hija; eso le desazonaba muy poco, y no le impedía el ir á festejar todas las tardes el vino de la bodega real de Chaillot, sin sospechar que algunos frascos de aquel mismo vino (algo visto y corregido es verdad por el médico Coictier), cordialmente ofrecido á Eduardo IV por Luis XI, desembarazaría un día á Luis XI de Eduardo IV. _La muy honrada embajada del señor duque de Austria_ no ocasionaba al cardenal ninguna de aquellas zozobras; pero le importunaba por otro lado. Era en efecto algo duro, y ya hemos dicho una palabra acerca de eso el verse obligado á festejar y recibir bien un hombre como el Carlos de Borbón, á yo no sé qué buenos particulares; un cardenal á unos regidores; un francés, alegre convidado, á unos flamencos bebedores de cerveza, y todo eso en público. En verdad que era la cosa uno de los gestos más fastidiosos que hubiese hecho jamás, todo por contentar un antojo de su majestad.
Volvióse pues hacia la puerta, y con una gracia sin igual (tan grande era su esmero), cuando anunció el ujier con voz sonora: _Los señores enviados del señor duque de Austria_. Inútil es decir que la sala entera hizo otro tanto.
Entonces fueron llegando dos á dos, con una gravedad que contrastaba con el petulante acompañamiento eclesiástico de Carlos de Borbón, los cuarenta y ocho embajadores de Maximiliano de Austria, teniendo á la cabeza el reverendo padre en J. C. Juan, abad de San Bertino, canciller del Toisón de Oro, y á Jacobo de Goy, al señor Dauby, alto baíle de Gante. Observábase en la junta un profundo silencio acompañado de risas ahogadas, por escuchar todos los nombres descabellados y todas las calificaciones particulares que cada uno de aquellos personajes transmitía imperturbablemente al ujier, que arrojaba enseguida nombres y calidades promiscuamente y estropeados en medio del tropel. Era maestre Loys Roelof, regidor de la ciudad de Lovaina; el señor Clays de Etuelde, regidor de Bruselas; el señor Paulo de Baeust, el señor de Voirmizelle, presidente de Flandes; maestre Juan Coleghens, burgomaestre de la ciudad de Anveres; maestre Jorge de la Moere, regidor primero de la kuere de la ciudad de Gante; maestre Gheldolf van der Hage, regidor primero de los cartularios de dicha ciudad; y el señor Bierbecque, y Juan Pinnok, y Juan Dymaerzelle, etc., etc., bailes, burgomaestres, regidores; todos espetados, estirados, almidonados, engalonados de terciopelo y de damasco, embirretados con casquetes de terciopelo negro con grandes copetes de hilo de oro de Chipre; buenas cabezas flamencas al cabo de la cuenta, figuras dignas y severas de la familia de las que Rembrandt hace resaltar tan fuertes y tan graves sobre el fondo negro de su Ronda de Noche; personajes que llevaban todos escrito sobre la frente que Maximiliano de Austria había tenido razón _en confiarse de lleno_, como decía su manifiesto, en su sensatez, valentía, experiencia, lealtad y buenas hidalguías.
Excepto uno sin embargo. Era un semblante fino, inteligente, astuto, una especie de hocico de mono y de diplomático, hacia el cual dió el cardenal tres pasos haciendo una profunda reverencia, y que no se llamaba con todo más que _Guillermo Rym, consejero y pensionista de la ciudad de Gante_.
Pocas personas sabían entonces lo que era Guillermo Rym. Peregrino ingenio que en un tiempo de revolución hubiese aparecido con brillo descollando entre los acontecimientos, pero que en el décimo quinto siglo estaba reducido á las cavernosas intrigas y á _vivir en las zapas_, como dice el duque de San Simón. Por lo demás, era apreciado del primer _zapador_ de la Europa; maquinaba familiarmente con Luis XI, y metía á menudo la mano en las secretas mañas de su majestad. Cosas todas muy ignoradas de aquella caterva á quien tanta admiración causaban los acatamientos del cardenal hacia aquella cautiva figura de baíle flamenco.