Los dos hombres vestidos de negro
El personaje que entró tenía un ropaje negro y la cara sombría. Lo que sobrecogió á primera vista á nuestro amigo Juan (el cual, como se deja inferir, se había colocado en su rincón de manera que pudiese ver y oirlo todo á su sabor), fué la completa tristeza del vestido y de la cara del recién llegado. Había sin embargo cierta dulzura esparcida sobre aquella cara, pero dulzura de gato ó de juez, una dulzura empalagosa. Estaba muy cano, arrugado, frisaba en los sesenta años, guiñaba los ojos, tenía blancas las cejas, el labio caído y manos gruesas. Cuando Juan vió que no era más que esto, es decir, un médico sin duda ó un magistrado, y que el tal hombre tenía la nariz muy lejos de la boca, señal de tontería, se arrinconó en su agujero, desesperado de tener que pasar un tiempo indefinido en tan molesta postura y en tan mala compañía.
El arcediano, sin embargo, ni aun se había levantado á la llegada del personaje. Le había hecho seña de sentarse en un escabelo inmediato á la puerta, y después de algunos momentos de un silencio que parecía continuar una meditación anterior, le había dicho con cierto aire de protección: Buenos días, maestre Jacobo.
--Salve, maestre, había respondido el hombre negro.
En las dos maneras con que fué pronunciado por una parte aquel _maestre Jacobo_, y por la otra aquel _maestre_ por excelencia, había la diferencia de monseñor á señor, del _domine_ al _domme_. Era sin duda la entrevista del doctor y del discípulo.
--¡Y bien!, preguntó el arcediano después de otro momento de silencio que maestre Jacobo se guardó de interrumpir, ¿lográis algo?
--¡Ah! maestre mío, dijo el otro con una triste sonrisa; no cesó de soplar. Ceniza cuanta quiero. Pero ni una chispa de oro.
Don Claudio hizo un gesto de impaciencia.
--No os hablo de eso, maestre Jacobo Charraulue, sino del proceso de nuestro mágico. ¿No se llama Marco Cenaine? ¿El dispensero del Tribunal de Cuentas? ¿Confiesa su magia? ¿Habéis logrado algo con el tormento?
--¡Ay! no, respondió maestre Jacobo, siempre con su sonrisa triste; no tenemos ese consuelo. El hombre es un pedernal, le haremos hervir en el Mercado de los Puercos, antes que diga una palabra. Sin embargo, nada perdonamos por descubrir la verdad; ya está todo dislocado, porque hemos puesto en acción todos los resortes: nada surte efecto, ese hombre es terrible. No sé ya qué hacer.
--¿No habéis hallado nada de nuevo en su casa?
--Sí, dijo maestre Jacobo metiendo la mano en su escarcela: este pergamino. Hay en él palabras que no comprendemos. El señor abogado de lo criminal, Felipe Lheulier, sabe sin embargo un poco de hebreo que ha aprendido en el asunto de los judíos de la calle de Kanterstén en Bruselas.
Mientras hablaba así, maestre Jacobo desarrollaba un pergamino.
--Dadmele, dijo el arcediano. Y echando los ojos sobre el cartapacio:--¡Pura magia, exclamó, maestre Jacobo! _¡Emen-Hetan!_ éste es el grito de los vampiros cuando llegan al conventículo. _¡Per ipsum, et cum ipso, et in ipso!_ ésta es la orden que encadena otra vez al diablo en el infierno. _¡Hax, pax, max!_ esto es de medicina. Una fórmula contra la mordedura de los perros rabiosos, maestre Jacobo, sois fiscal eclesiástico del rey: este pergamino es abominable.
--Pondremos otra vez al hombre en el tormento. Aquí tenéis, añadió maestre Jacobo registrando de nuevo su bolsa, lo que también hemos hallado en casa de Marco Cenaine.
Éste era un vaso de la familia de los que cubrían el hornillo de D. Claudio.--¡Ah!, dijo el arcediano, un crisol de alquimia.
--Os confesaré, replicó maestre Jacobo con su sonrisa tímida y tonta, que le he probado en el hornillo, pero que no he salido mejor librado que con el mío.
El arcediano se puso á examinar el vaso.--¿Qué palabra ha grabado en su crisol? _¡Och! ¡och!_ ¡la palabra que ahuyenta las pulgas! ¡Ese Marco Cenaine es un ignorante! ¡Ya lo creo, que con esto no haréis oro! esto es bueno para ponerlo en vuestra alcoba durante el estío, y nada más.
--Ya que hablamos de errores, dijo el fiscal, acabo de estudiar la portada de abajo antes de subir; ¿vuestra reverencia está bien segura de que la abertura de la obra de física está figurada del lado del hospital, y que, de las siete figuras desnudas que están á los pies de Nuestra Señora, la que tiene alas en los talones es Mercurio?
--Sí, respondió el clérigo; Agustín Nyfo es quien lo escribe, aquel doctor italiano que tenía un demonio barbudo que le enseñaba todas las cosas. Además, vamos á bajar, y os explicaré eso en el texto.
--Gracias, maestre, dijo Charmolue, inclinándose hasta el suelo.--¡Á propósito, se me olvidaba! ¿Cuándo os place que haga prender á la pequeña mágica?
--¿Qué mágica?
--¡Aquella gitana que sabéis, que viene todos los días á bailar en el atrio, á pesar de la prohibición del oficial! Anda con una cabra poseída que tiene unos cuernos del diablo, que lee, escribe, sabe la matemática como Picatrix, y que bastaría para hacer ahorcar á toda la Bohemia. ¡El proceso está preparado; y pronto estará hecho, vamos! ¡Hermosa criatura, sobre mi alma, la tal bailadora! ¡los más hermosos ojos negros! ¡dos carbunclos de Egipto! ¿Cuándo empezamos?
El arcediano estaba excesivamente pálido.
--Ya os avisaré, tartamudeó con una voz apenas articulada; luego prosiguió con esfuerzo: Ocupaos de Marco Cenaine.
--Descuidad, dijo sonriendo Charmolue: voy, en entrando, á hacerle atar otra vez sobre la cama de cuero; pero es un diablo de hombre: cansa al mismo Pierrat Calletuerta, que tiene las manos más gruesas que yo. ¡El tormento en la cabria! es lo mejor que tenemos. Por él pasará.
Don Claudio parecía absorto en una sombría distracción. Volvióse hacia Charmolue.
--¡Maestre Pierrat... maestre Jacobo, quiero decir, ocupaos de Marco Cenaine!
--Sí, sí, D. Claudio. ¡Pobrecito! ¡habrá sufrido como Mummol! ¡Qué idea también de ir al conventículo! ¡un dispensero del Tribunal de Cuentas! que debería conocer el texto de Carlo Magno, _¡Stryga vel masca!_--En cuanto á la pequeña,--Esmeralda, como la llaman ellos,--aguardaré vuestras órdenes.--¡Ah!, al pasar debajo de la portada, me explicaréis también lo que quiere decir el hortelano de pintura basta que se ve á la entrada de la iglesia. ¿No es el sembrador?--¡He! maestre, ¿en qué pensáis, pues?
D. Claudio, absorto en sí mismo, no le oía ya. Charmolue, siguiendo la dirección de su mirada, vió que se había fijado maquinalmente en la grande telaraña que entapizaba la lumbrera. En este momento una mosca atolondrada, que buscaba el sol de marzo, fué á pasar por en medio de aquella red y quedó presa en ella. Al sacudimiento de su tela, la enorme araña hizo un movimiento repentino fuera de su celda central, luego de un bote se echó sobre la mosca, á la que plegó en dos con sus cuernecillos de delante, mientras que su trompetilla horrible le removía la cabeza.--¡Pobre mosca!, dijo el fiscal eclesiástico del rey, y levantó la mano para salvarla. El arcediano, como despertado sobresaltadamente, le contuvo el brazo con una violencia convulsiva.
--¡Maestre Jacobo, gritó, dejad obrar á la fatalidad!
El fiscal se volvió despavorido, le parecía que unas tenazas de hierro le habían cogido el brazo. Los ojos del clérigo estaban fijos, hoscos, centelleantes, y parecían clavados en el grupo horrible de la mosca y de la araña.
--¡Oh sí, prosiguió el arcediano con una voz que parecía salir de sus entrañas; he ahí un símbolo de todas las cosas. Vuela, está gozosa, acaba de nacer; busca la primavera, el aire descubierto, la libertad: ¡oh! sí: ¡pero que choque el rosetón fatal, la araña sale, la araña horrible! ¡Pobre bailadora! ¡pobre mosca predestinada! ¡maestre Jacobo, dejad obrar! ¡es la fatalidad!...--¡Ay! ¡Claudio, tú eres la araña! ¡Claudio, tú eres la mosca también!--Volabas á la ciencia, á la luz, al sol, no pensabas sino en llegar al aire descubierto, á la clara luz de la verdad eterna; pero al precipitarse hacia la lumbrera resplandeciente que da al otro mundo, al mundo de la claridad, de la inteligencia y de la ciencia, mosca ciega, doctor insensato, ¡no has visto la sutil telaraña tendida por el destino entre la luz y tú; allí te has lanzado contra ella con toda tu violencia, miserable loco; y ahora forcejeas, quebrantada tu cabeza y arrancadas las alas, entre los cuernecillos de hierro de la fatalidad!--¡maestre Jacobo! ¡maestre Jacobo! ¡dejad obrar á la araña!
--Os aseguro, dijo Charmolue, que le miraba sin comprender una palabra, que no la tocaré. Pero ¡dejadme el brazo, maestre, por favor! tenéis una mano de tenaza.
El arcediano no le oía. ¡Oh! ¡insensato!, prosiguió sin quitar los ojos de la lumbrera. Y cuando hubieras podido romper esa telaraña formidable, ¿crees que con tus alas de mosquito, hubieras podido llegar á la luz? ¡Ay! aquella vidriera que está más lejos, aquel obstáculo transparente, aquella muralla de cristal más dura que el bronce que separa todas las filosofías de la verdad, ¿cómo la hubieras podido traspasar? ¡Oh vanidad de la ciencia! ¿cuántos sabios vienen de bien lejos revoloteando á romperse en ella la frente? ¿Cuántos sistemas confundidos se chocan zumbando en esta vida eterna?
Callóse estas últimas ideas, que le habían conducido poco á poco de sí mismo á la ciencia, parecían haberle tranquilizado. Jacobo Charmolue le hizo enteramente volver al sentimiento de la realidad, dirigiéndole esta pregunta:--Vamos, maestre mío, ¿cuándo vendréis á ayudarme para hacer oro?, se me hace tarde el lograrlo.
El arcediano meneó la cabeza con una amarga sonrisa.--maestre Jacobo, leed á Miguel Psellus. _Dialogus de energia et operatione dæmonum._ Nuestras operaciones no son enteramente inocentes.
--¡Más bajo, maestre! Yo lo sospecho también, dijo Charmolue. Pero es menester un poco de hermético cuando no es uno sino fiscal eclesiástico del rey con treinta escudos torneses por año. Sólo que hablemos bajo.
En este momento un ruido de quijadas y de masticación que salía de debajo del hornillo vino á herir el oído inquieto de Charmolue.
--¿Qué es eso?, preguntó.
Era el estudiante que, muy incomodado y muy cansado en su escondite, había llegado á descubrir en él una corteza seca de pan y un triángulo de queso enmohecido, y se había puesto á comerlo todo sin ceremonia en guisa de consuelo y de almuerzo. Como tenía mucha hambre, hacía mucho ruido, y acentuaba fuertemente cada bocado, lo cual había dado la alerta y la alarma al fiscal.
--Es un gato mío, dijo vivamente el arcediano, que estará comiéndose algún ratón.
Esta explicación satisfizo á Charmolue.
--En efecto, maestre, respondió con una sonrisa respetuosa, todos los grandes filósofos han tenido un animal familiar. Ya sabéis lo que dice Servio: _Nullus enim locus sine genio est_.
Sin embargo, D. Claudio, que temía algún nuevo estrépito de Juan, recordó á su digno discípulo que tenían que estudiar juntos algunas figuras de la portada, y ambos salieron de la celda, con gran desahogo del estudiante, que empezaba á temer seriamente que la barba se le clavase en la rodilla.