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De esto hace ya unas horas. Mi padre cayó minutos después en las garras de la justicia, que lo ahorcará bonitamente. En cuanto a mí, pocos son los que se han ocupado de salvarme. Creen que ya estoy muerto y que el mundo no ha debido ver la aparición de un engendro tal del crimen cual yo debiera ser. ¡Pse! Tal vez tengan razón.
Unas aldeanas piadosas están velando el cadáver de mi madre, en cuyo centro esta redoma en que yazgo va enfriándose por segundos. Pronto dejaré de existir.
Y no me pesa.
EL ÁNIMA DE LA VIEJA
Cuando la conocí ya estaba hecha una pavesita. Era vieja, tan retevieja, que hasta la cuenta de los años había perdido. Vivía en uno de los cuartos del desván desde hacía quién sabe el tiempo y pudiera creerse que la vertiente del tejado, pesando sobre su cabeza cana, había ido humillándola, hasta clavarle la barbilla en el esternón y hacer que su espinazo se arquease tenso ya y a punto de lanzar al espacio la flecha de su alma.
La mitad de sus días se le iba con el rosario entre las manos y sentada ante la angosta buhardilla, desde la que admiraba, con sus ojuelos quietos y blanquecinos, la inmensidad del mundo, la grandeza del creador y el gracioso ir y venir de las nubes, en las que a veces cabalgaba su fantasía, yéndose con ellas, en dilatados viajes, a regiones de ensueño, pobladas con loca confusión por los esmaltes y colores de su infancia, las tintas planas y aurirrojas de su juventud, las perlas de sus sartas de lágrimas y el oro viejo de la liturgia. Entonces era cuando se le iba el santo al cielo.
Un viejo bote de tomates, lleno de tierra negra y coronado de hierbabuena, representaba ante ella el milagro de la vida inagotable, y al otro lado de la ventana un jilguero cautivo le renovaba cada día el espectáculo del dolor. Eran sus asideros a la realidad. Sin la hierbabuena y el pájaro, la vieja, arrebatada por las nubes, se hubiera perdido fácilmente en el espacio.
La otra mitad de la escasa vida que ya le restaba se la llevaba la escalera. Eran ciento y pico de escalones, que ella, al subir y al bajar, repasaba cuidadosamente, tanteándolos una vez y otra con el balbuceo de sus piernas, trabadas por el reúma, que de tiempo en tiempo le obligaba a guardar unas grandes pausas, ilustradas con hondos suspiros. Arrebujada en sus trapitos negros y recorriendo este calvario de la escalera la vi por primera vez. Otras muchas veces la hallé después en el mismo sitio, cobrando fuerzas en los descansillos o ganando trabajosamente los peldaños.
Mi relación con ella no pasó de ahí. Padecía, según me dijeron, un mal genio insoportable y no pocas rarezas; esto la hacía andar por el mundo más sola y desamparada aún, ya que la acritud de carácter, las rarezas y manías favorecen y disculpan nuestra impiedad para con los viejos. Vivía con una gran miseria, clara y limpia, eso sí, de la menguada caridad de unos parientes remotos, que no querían turbar su conciencia dejando que abiertamente se muriese de hambre. Y así iba tirando la pobre. Jamás hablé con ella ni le mostré interés alguno. ¡Bah! —me dije—. Una pobre vieja que espera a morirse del todo después de una vida humilde y vulgar.
Supe después que aquel invierno lo había pasado muy mal; mi mujer le envió algunos días un poco de calor para sus pobres huesos ateridos, unas medicinas, unos alimentos, no sé. Esto me valió, cuando de nuevo la encontraba en la escalera, unas largas miradas de gratitud, de las que ni siquiera supe descubrir el significado. ¡Qué pocas veces nos merecemos la gratitud que se nos tiene!
Un día antes de que llegase la primavera, cuando ya la habían venteado los gorriones que anidan en el alero, la vieja se sentó una tarde ante el cuadro azul de su buhardilla y, mirando embelesada al cielo, satisfizo su aspiración de diluirse en él. Su cuerpo, ya sin vida, quedose sentado ante la guardilla, mirando con los ojos, más abiertos que nunca, aquella teoría de tejados y azoteas, que habían constituido para ella, en los últimos años, todo el espectáculo del mundo. Ni la hierbabuena ni el pájaro, que seguían trabajando y sufriendo, se enteraron de lo que había ocurrido.
Cuando se encontraron muerta a la vieja, vinieron a preguntarnos si queríamos hacer algo por ella, ya que éramos sus protectores. Advierto que este pomposo título nos había costado apenas el trabajo de alargarle unas cuantas cosas inservibles. Dispuse todo lo necesario para su enterramiento, hice decir unas misas por su alma y mandé recoger del desván sus trastos y cachivaches para conservarlos, por si alguien aparecía reclamándolos. No vino nadie.
La buena vieja estaba más sola de lo que se creía. Todo su mundo había desaparecido en el transcurso de unos años y unos tras otros habían ido hundiéndose en el polvo los parientes, los amigos, los conocidos. Sin darse cuenta exacta de la catástrofe que presenciaban sus ojos en aquellos últimos veinte años, veía cómo la muerte barría las lilas de las personas amadas o simplemente conocidas. Hoy era un hermano, mañana aquel amigo, el otro tal o cual grande hombre de su época. Había llegado el fin del mundo y solo ella quedaba ya para llorarlos a todos y rezar por ellos, sola, trágicamente sola, en un mundo nuevo, con cuyos habitantes no llegaría a entenderse.
Y no eran solo las personas las que le abandonaban: eran también las cosas, todas las cosas de aquel viejo mundo tan amado, las que se deshacían en polvo, disueltas en aquella gran tragedia de su longevidad. Todo había desaparecido al transformarse, al encarnar en la carne de aquella nueva humanidad que desconocía la vieja. Las casas, las calles, los jardines, la ciudad entera habían desaparecido, e inútilmente buscaba la longeva las antiguas sugestiones del mundo, los gratos lugares de su juventud, recorriendo torpemente las tradicionales sendas, que a duras penas podía reconocer. Envuelta en sus tocas asomábase alguna vez al mundo, después de la gran catástrofe del tiempo, y los grandes comercios, las calles amplias y rectas, pobladas de monstruosos palacios, los cafés y las cervecerías, los trenes, la luz y el estruendo le hacían perder la pista de las viejas veredas urbanas, por entre las que andaba como entre unas ruinas. Aquella gran ciudad, enjoyada de luz, cubierta de mármoles y bronces, no era para la viejecita más que una ruina. La ruina de un mundo, el suyo, aquel para el que prematuramente había sonado la hora final.
Al morirse murió con ella para siempre aquel mundo a que había pertenecido. Ya nadie, después de ella, podrá evocarlo con limpieza y netitud. La nueva humanidad creerá que tiene apresada en sus museos y sus archivos el alma de aquellas horas, y hasta algunos insensatos pretenderán hacerla revivir artificialmente con sus evocaciones; pero la verdad es que aquello murió y jamás volverá a ser vivido. Podremos escudriñar en el porvenir y saber acaso con absoluta precisión lo que ha de pasar; pero el secreto del pasado es impenetrable para nosotros. De lo que fue, nunca sabremos nada. Ha habido en el mundo muchos profetas; pero nadie ha tenido el don de la historia, de la verdadera historia.
Esta íntima convicción de nuestra incapacidad historicista me hacía mirar los viejos trastos que pertenecieron a la vieja con el mismo respeto con que miro el hacha de sílex en los museos de prehistoria.
Pronto la figurilla feble de la vieja fue borrándose de nuestra memoria. La hubiésemos olvidado del todo a no ser por la presencia de aquellos cachivaches que le pertenecieron, y que conservábamos, aun a sabiendas de que nadie vendría ya a reclamarlos. Me parecía que malbaratar aquello era como aventar las cenizas de la vieja, borrar el rastro que había dejado en el mundo. ¡Es tan insignificante lo que queda de una vida!
La curiosidad de mi mujer profanó un día aquellos despojos. Anduvo revolviendo en los apolillados cajones de una cómoda de la vieja, que conservaba intactos los últimos hálitos de su existir, y —Eva siempre— me hizo tomar parte en aquella profanación.
—Ven, mira las cosas que tenía la vieja.
Toda una tarde estuvimos revolviendo sin piedad en aquellos cajones, atestados de viejos vestidos de seda, galas convertidas en jirones, ropa blanca de un blanco ahuesado por el tiempo, refajos remendados, pelerinas y cortinas de encaje, cuyos tules finísimos se deshacían entre los dedos. Mi mujer se dedicó al expurgo de los trapos y yo me apoderé de un crucifijo de marfil y unos paquetes de cartas, documentos y daguerrotipos. Fue un infame saqueo.
De entre todos los trapajos que conservaba la vieja, únicamente se halló en buen uso un vestido de seda tornasolada, a la moda isabelina, que debió satisfacer, con el énfasis de sus encajes, la pompa de su corte amplio y el brillo de sus lentejuelas, la aspiración de fastuosidad de la pobre vieja, allá en el momento culminante de su existencia.
Se me antojó hacer un retrato a mi mujer, vestida con aquellas galas, a las que por excepción no encontraba ese desconcertante sabor a disfraz que tienen todos los trajes de época. Le hice, pues, ponerse aquel vestido y componer su peinado a tono con los figurines del período isabelino: requerí la paleta y los pinceles y me puse a pintar.
Trabajé con fervor, intentando seguir la sugestión de aquel traje; ajusté mi técnica a la de aquella época germinadora del impresionismo y creí hacer una buena obra de arte. No lo conseguí, a pesar de mi obstinación y mi entusiasmo. Lo que ha sido, no volverá a ser; y como no me satisfacía aquel pastiche que mi perseverancia fraguaba, empecé a desesperar.
En cambio, mi mujer, que había vestido aquel traje de difícil conformación con cierta repugnancia, empezaba a saberlo llevar con gracia. Al principio le parecieron absurdas aquellas mangas quebradas, insoportable aquel acinturamiento y entorpecedora y fea aquella cola redonda que envaraba sus movimientos. No en vano estaba habituada a las flojas y someras vestiduras de nuestros días. Pero a poco de posar ante el lienzo, y mientras yo luchaba inútilmente con líneas y colores, ella había conseguido humanizar de nuevo el traje muerto, se había identificado con él y sabía interpretarlo fielmente con el ademán, el gesto y la actitud.
Esto hizo que cada vez pintase menos y mirase más. Me convencí de la inutilidad de mi esfuerzo y tuve que contentarme con admirar la instintiva capacidad artística de mi mujer, muy superior a mi impotente capacidad profesional.
Un día de buen humor hice que mi mujer vistiese el traje de seda de la vieja, no para posar ante el lienzo, sino para sentarse a la mesa. Comimos, charlando de cosas indiferentes, que más que nada eran pretextos para que mi mujer hiciese jugar las vetustas sedas, que exhalaban suaves murmullos de gozo, estremecidas por el contacto con la juventud de aquella mujer hermosa, grato contacto con el que seguramente habían soñado años y años, arrugaditas en el fondo de su humilde sarcófago.
Mi mujer, identificada ya con el alma del vestido, estuvo deliciosa y yo fui feliz por unas horas, y conocí entonces toda la sana alegría, el optimismo y el contento de estar vivo que atesoran esos encantadores lienzos de los maestros holandeses, titulados, invariablemente, «El pintor y su esposa».
Al final de la comida hice destapar unas botellas de mistela y de licor de rosa que había capturado en las profundidades de una antigua bodega. El inocente licor de rosa tiene, no obstante su candorosa dulzarronería, una hipócrita malicia de niño travieso que desataba las lenguas de nuestras abuelas y hacia brillar sus ojos en los saraos entre las celosías de las mantillas y los pericones.
LA MUERTE DEL ESPÍRITU ADÚLTERO
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