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Mi padre es una buena alimaña del Señor, que trabaja, suda, sufre, bebe, canta y hace sufrir a los demás. Creo que en el mundo hay unos Códigos, producto de la sabiduría universal, que determinan exactamente lo que en cada momento mi padre debe hacer. De esto, que yo ya sé hace algún tiempo, él no se ha enterado todavía y viénenle de esta ignorancia graves daños. En este momento, según mis noticias, gime encarcelado, bajo la terrible acusación de parricida e incestuoso, y por los indicios que he podido recoger supongo que no tardarán en llevarle al matadero, aunque todavía no he podido poner muy en claro para qué han de matarle, si no han de comérsele. Parece ser que le inmolan a una diosa bárbara, llamada Justicia, cuyo culto primitivo se conserva entre los civilizados. Disculpen estas perplejidades e incongruencias mías; pero con solo unos meses de conciencia, mis conocimientos del mundo y de la vida son muy fragmentarios. No creo, sin embargo, que lo sean menos los vuestros.

Por todas estas cosas, la buena gente de la aldea se ha congratulado de que yo no venga al mundo. ¡Pobre! —decían—. ¿Qué sería de ese desdichado aborto del infierno, hijo del incesto y del crimen? ¡Angelito! ¡Más le ha valido haberse muerto!

Yo, pese a todo esto, no tengo muchos motivos para estar quejoso de mi padre. Es más: me siento un poco orgulloso de ser su hijo. Mi padre es joven, fuerte y hermoso. Ningún muchacho de la aldea tira la barra de hierro más lejos que él ni muerde en el cuello con más ardor a las mujeres. Repito que es una sana y alegre alimaña de Dios, que en una época de debilidades, claudicaciones y tristezas ha sabido conservar fieramente su entereza ejemplar, su noble gallardía de bestia entera, confiada en sus garras, sus dientes y su destino.

Mi padre era pastor. Durante el tiempo que conviví con él le admiré rendidamente. Tiraba de la honda como un guerrero balear, silbaba como un fauno, corría como el viento y su larga cayada arremolinaba en torno suyo a los rebaños, sumisos y complacidos. Yo pensé que con tan buenas prendas mi padre triunfaría en el mundo. Creí que no tardarían en hacerle obispo o cosa así. Pero me equivoqué.

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