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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización.

NARRACIONES MARAVILLOSAS

ES PROPIEDAD DERECHOS RESERVADOS PARA TODOS LOS PAÍSES

IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID

MANUEL CHAVES NOGALES

NARRACIONES MARAVILLOSAS Y BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES HUMILDES Y DESCONOCIDOS

[Ilustración]

RAFAEL CARO RAGGIO, EDITOR MENDIZÁBAL, 34, MADRID

PROSPECTO

Me pide el editor de este libro una nota que informe previamente al lector sobre su motivación y finalidad y, como no sé hablar sin jactancia de mi obra, o, mejor dicho, de la intención de mi obra, advertiré que quise hacer una gran novela y que allegué para ello el mejor barro de la humanidad que supe discernir; trabajé con amor esta arcilla cada día y llegué a sentirla quejarse entre mis dedos y decirme como al alfarero persa:

«Trátame bien, que yo, como tú, he tenido alma».

Pero esta blanda humanidad, que yo sentía estremecerse y vivir, estando aún en el informe montón de lo increado, parecía aletargarse y morir a medida que la iba vaciando en el molde de una trama novelesca. Al modelar el torso de mi héroe le hacía exhalar el ánima a mi pesar y, al fin, entre el muñeco muerto y el barro vivo e informe me quedé con este.

Ya, sin vanas pretensiones de diosezuelo, jugué a mi albedrío con aquel barro humano, y tomándolo en pequeñas pellas me limité a dar a cada una la estructura rudimentaria de una pasioncilla simple y vieja o la tintura de una idea trabajada y curtida ya en el manoseo de la gente. Así fueron surgiendo estas narraciones, fragmentos de un solo concepto de lo humano, que no por vario pierde su unidad, en las que el héroe o arquetipo roto en cien pedazos es unas veces hombre y otras mujer, niño o viejo, bueno o malo, torpe o sabio.

He despersonalizado al héroe novelesco para humanizarlo, convencido por ahora de lo imposible que me sería dar una síntesis de lo humano («nada de lo humano me es ajeno») en un solo protagonista a cuya medida no quise recortar y constreñir la vida exuberante que mi arcilla me brindaba. Creo que este afán totalizador es el que hace a muchos escritores modernos desdeñar la tradicional forma novelesca limitada por su carácter pictórico a las dos dimensiones de la platitud, aun en esta época de la cuarta dimensión.

Hubo además otra razón para que yo no fuese novelista. Quería dar a mi obra una emoción igual y persistente de blanda y templada humanidad y para ello venía obligando a excluir todo lo sobrehumano y lo infrahumano, pigmentos del héroe, que así se descoloría y quedaba privado del valor épico de todo personaje de novela.

Estas narraciones deshilvanadas, meros esquicios novelísticos en los que sensaciones y movimientos se entrecruzan al azar, sin plan ni concierto remedando el espectáculo del mundo, me ofrecen, no obstante el escaso valor que aisladas tienen, más garantías de honda y humana emoción que el ordenado relato de una existencia por heroica, amplia y múltiple que fuese.

He atendido, sin embargo, al dramatismo del suceso, aunque pensando, más que en su comisión, en el porqué y el cómo, y, en fin, para que esta gente humilde que por aquí pasa en visión cinemática no dejase solo en la retina la fatiga que ocasionan los desfiles de la multitud gregaria he dado entrada a lo sobrenatural infiltrándolo por los intersticios, resquebrajaduras e incongruencias de esta vidilla nuestra tan vanamente afanosa de lógica. Por eso están insertas aquí las NARRACIONES MARAVILLOSAS que arbitrariamente dan título al volumen, cuya maravilla no es otra que la de las almas simples ante el absurdo del mundo.

No pretendo haber hallado una forma nueva, ni haber resuelto ningún problema literario. Escribo conforme a mi temperamento en la forma que más se pliega a mi propósito, no otro que el de perseguir hasta el fin el ideal humanista de la cultura occidental, a que pertenezco, dando una sensación clara y fuerte de lo humano; lo verdaderamente humano, no sus astutas ficciones.

EL AUTOR.

BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES HUMILDES Y DESCONOCIDOS

TRES VIDAS EJEMPLARES

A los quince años ingresó de meritorio en un Banco. Le sentaron en un taburete incómodo, frente a un gran pupitre; púsose unos manguitos negros y comenzó a escribir:

«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».

Durante medio año repitió millares de veces las mismas palabras sobre los mismos trozos de papel, y los rasgos de su escritura se estilizaron, elegantizándose maravillosamente. Entonces le señalaron un sueldo anual de mil doscientas pesetas, y a lo largo de media docena de años siguió escribiendo todos los días cientos de veces:

«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».

Cuando tenía veintitantos años, su maestría era indiscutible. Pensó ya en casarse; pero como su sueldo inicial, acumulados los aumentos de los primeros quinquenios, era aún bastante exiguo, tuvo que esperar todavía el ascenso, que no sin tiempo y trabajo consiguió al fin. Abandonó entonces su viejo pupitre, se encaramó sobre otro taburete más piadoso con sus huesos ya endurecidos, y comenzó a escribir:

«Valor recibido en cuenta de..., valor recibido en cuenta de...».

Se casó y tuvo hijos; el día antes de su boda estuvo trazando con el mismo afán de siempre las palabras sacramentales; las repitió cien veces el día que le nació el primer hijo y el día que le dejó huérfano, el que le descubrió la infidelidad de su esposa, el que lo hizo viejo y el que le trajo la pulmonía que acabó con él.

«Páguese a la orden de..., valor recibido en cuenta de...».

He aquí la historia completa de una vida.

* * *

Otro cuento ejemplar:

Joven aún, le nacieron en las manos dos cafeteras, que ya se le quedaron adheridas para siempre jamás al metacarpo y a la primera falange. Una de las cafeteras tenía café, como era natural; la otra, leche, y no sabemos por qué, puesto que también era cafetera.

Le vistieron con un traje negro, robado a un muerto decente, y empezó a moverse al conjuro de un grito inarticulado, que le hacía ir y venir con sus dos cafeteras humeantes: «¡Eh!»

—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?

Se le empezó a caer el pelo; recurrió primero a cubrir su calvicie con las escasas hebras que aún se defendían sobre los parietales; pero, al fin, su cráneo quedó reluciente y terso. Seguía acercándose amorosamente a los parroquianos para hacerles sus tres preguntas eternas:

—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?

Hubiera deseado ponerse a charlar con aquellos señores; contarles cómo el reúma se le metía por las piernas arriba, cómo le había entristecido la muerte de su hijo y la prostitución de su hija, cómo le sorprendían muchas cosas inexplicables del mundo y cómo resolvía él otros problemas, que la gente considera abstrusos. Pero aquellos señores no se lo permitían, no eran cordiales, no le estimaban como a un semejante. Estaba condenado a un mutismo eterno y toda su vida de relación eran aquellas cuatro palabras:

—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?

Se llevó al cementerio el deseo de interpelar a todo el mundo, preguntar unas cosas y contar otras que se le habían ido repudriendo. Ahora, los señores gusanos estarán muy divertidos escuchando las trascendentales revelaciones del echador de café.

* * *

Otro cuento aún:

Mi vecino ha escrito una poesía. Y con frecuencia viene a recitármela. Es una poesía lírica que empieza diciendo:

«¡Oh, tú, la de los ojos profundos!»

Yo creo, sin embargo, que mi vecino hubiera podido superar a Goethe. Pero la vida le sujeta. Es el hombre que lucha con la vida; mejor dicho, con la muerte. La miseria le anda siempre alrededor; le coge, le zarandea durante todo el día, le pega pellizcos en las tripas, le alambriza las piernas, y, por la noche, le tumba destrozado, sacudido y vacío sobre su jergón.

Es el hombre activo e inteligente que se aborta porque no ha podido vencer la miseria. Yo le veo comprando sus judías, encendiéndose el fogón, repartiendo prospectos por las calles, conduciendo tranvías, correteando, arbitrando siempre y siempre, acosado por la necesidad, que va royéndole constantemente los zancajos.

Y me permito creer que hubiera podido superar a Goethe.

* * *

¿Por qué se aburrirá la gente con estas historias ejemplares? ¿Por qué no agradan a nadie estos cuentos en los que no hay nada que contar? ¿Por qué ha de pasar algo si en las vidas silenciosas de estos hombres, a los que no pasa nada, hay gestas gloriosas y grandes epopeyas?

EL HOMBRE QUE NO FUE NIÑO

Este hombre estuvo dormido hasta los catorce años; de su infancia no tenía el menor recuerdo; su inteligencia —poca o mucha— no tuvo ocasión de actuar hasta que llegó a esa edad, en la que se despertó súbitamente, espoleada por la imperiosa necesidad de vivir. Pero vivir es muy difícil cuando se está solo en el mundo y se ignora absolutamente todo. Este hombre tuvo, pues, que hacerse a sí mismo; y hacerse con prisas, con atosigamientos, entreviendo, adivinando. A este hombre le había faltado la infancia y a los quince años se encontraba tirado sobre la faz de la tierra, como si hubiese aparecido, ya talludito, por generación espontánea.

Trabajó, se afanó día y noche, descubrió muchas veces el Mediterráneo, anduvo y desanduvo, supo orientarse poniéndose de puntillas entre la muchedumbre, y a los treinta y tantos años se encontró hombre normal, civilizado, con una posición firme en la vida, con ideas propias, con profundas convicciones y un caudal considerable de experiencia.

Activo, inteligente, dueño absoluto de sí mismo, con un certero instinto y una extraordinaria lucidez mental, logró honradamente (no se olvide que esto es un cuento) el disfrute de la paz, el poder, la justicia y el amor.

Cuando todo esto lo tuvo conseguido, se permitió mirar sosegadamente a su alrededor, y advirtió entre las gentes, entre ciertas gentes, una mal disimulada hostilidad. Al principio atribuyó esta mala voluntad a envidia en unos, a legítima defensa en otros y a franca estupidez en los de más allá. No se satisfizo, sin embargo, con esta consideración y reinó mucho tiempo en el tema. Gentes a las que tenía en mucho le repudiaban discretamente; hombres a los que jamás había hecho ningún daño, le odiaban sin reservas; mujeres a las que daba su amor hondo y honrado, se esforzaban en resistir a la sugestión que en ellas ejercía su éxito, y no sin repugnancia se le rendían. Todo esto, para un hombre mentalmente deficiente, no tiene gran importancia; pero para este hombre, que pretendía la mayor suma de perfección, era un tormento insufrible.

Para los aristócratas era un advenedizo; para los artistas, un filisteo; para los que trabajaban sin éxito, un burgués; para los sabios, un ignorante.

¿Burgués? ¿Filisteo? ¿Advenedizo? ¿Ignorante? Este hombre no se desanimó, y se propuso no ser burgués, ni filisteo, ni advenedizo, ni ignorante. Y lo consiguió. Aun en la plenitud de su vida, dotado de una poderosa inteligencia y avezado a síntesis geniales, cursó muchas y varias disciplinas; aguzó su espíritu en la constante convivencia con obras y hombres de una fina espiritualidad: olvidose de sí mismo y puso vital empeño en que nada pasara por alto a su comprensión. Ya se inclinaba hacia la tierra cuando, sin jactancia, pudo considerarse superior a casi todos sus contemporáneos.

Dominaba. Nadie más competente que él, más avizor. Temíase y admirábase la extensión de sus conocimientos: maravillaba la potencialidad de su inteligencia, y, sin embargo, hombrecillos desvanecidos, incoherentes al parecer, faltos de consistencia y de cultura, mantenían la hostilidad, el menosprecio, el desinterés. Sin saber concretamente por qué, rechazaban unánimes a este hombre ejemplar que lo había logrado todo; todo menos una cosa aún indeterminada, incomprensible, todavía desconocida. No era una trivialidad, aunque debía ser algo tan pequeño que escapaba a la más fina percepción. ¿Que era lo que faltaba a este hombre? ¿Qué era lo que hacía inútil, desestimable, toda la labor de su vida?

Viejo, muy viejo ya, desesperó, al fin. Prudentemente había decidido retirarse de la lucha y dedicó el resto exiguo de sus días a rumiar su propia existencia.

Frecuentaba los cafés apartados y los jardines públicos. Charlaba con los viejos que esperan a morirse en el doble fondo de los cafés de barrio, olvidados y tristes, y con los niños que en los jardines esperan a vivir. Sus diálogos tenían una fluidez, un cauce soterrado de agua fresca y fertilizante, de que hasta entonces había carecido el monólogo reseco de su vida.

A veces, los niños le hacían preguntas inauditas, maravillosas; en otras ocasiones tenían respuestas desconcertantes. Aquello le era completamente desconocido; rebañaba el viejo los recuerdos de su infancia y no recordaba haber sido niño nunca. Los niños. ¿Qué cosas más extrañas? ¿Por qué jugarán? ¿Qué es el juego? ¿Qué trascendencia tiene?

Cuando ya iba a morirse se dio cuenta de lo que le había faltado siempre. Ser niño.

Haber jugado. Él no había hecho más que trabajar; se había hecho él solo, trabajándose. Por eso era un producto artificial, una obra imperfecta, una manufactura que los demás repelían y despreciaban. Y deploró en el alma lo que antes había sido su orgullo: ser hijo de sí mismo, de su voluntad, de su inteligencia. Y es que un hombre, todo un hombre, es muy difícil de hacer.

YO Y YO MISMO

Desde hace ya bastante tiempo observo una conducta ejemplar. Amo a mi familia y cuido de ella, acreciento mi patrimonio, amparo mi prole, profeso ideas de moderación, ensalzo las virtudes patrias, soy senador y presidente honorario de varias entidades benéficas y me irrito contra la inmoralidad, el descreimiento, el desenfreno y la rebelión. De buena fe, de absoluta buena fe, me he propuesto ser un poderoso ariete contra todas estas cosas nefandas y gasto gozoso mi energía en combatir a los enemigos del orden, la religión, la autoridad, la patria y el capitalismo.

Pero he aquí que, a raíz de una de mis furibundas campañas conservadoras, aparece un impío que pretende desautorizarme y ponerme en la picota exhumando actos y palabras de mi juventud, que contrarían mis actuales inclinaciones. Si ahora soy profundamente religioso, antes fui ateo; si hoy ensalzo a la burguesía, antes aparecí como demagogo; si amo y educo a los hijos de mi mujer, antes abandoné a los de mis amantes; si ahora combato la trata de blancas, antes las he tratado sin escrúpulos. Todo esto dicen. Bueno, ¿y qué?

Confieso que fui yo, yo mismo, quien hizo y dijo cuanto ahora me afean. Pero ¿qué solidaridad hay entre yo y yo mismo a la vuelta de veinte años?

Es verdad que entonces tenía el mismo nombre y los mismos apellidos que ahora; no es menos cierto que mis ojos eran azules como lo son hoy, si acaso un poco más claros; aquel tipo mío de los veinte años tenía algo de este mismo tipo a los cuarenta; pero ¿qué más dato de identidad hay entre aquel joven y yo? Buscándome a mí mismo estoy rebañando en mi memoria y apenas encuentro rastro de aquel sujeto que llenó este mismo espacio que hoy ocupo. Nada de cuanto entonces sentía y pensaba siento y pienso ahora. Somos seres completamente distintos.

Y, sin embargo, vienen a pedirme cuentas de lo que hice o dije hace veinte años. Es como si dentro de veinte años fuesen a pedir cuenta de estas palabras de ahora a los señores gusanos que me coman o a las hierbas que me arraiguen en la boca. No hay en mí ni una sola célula, ni una molécula, ni un átomo de los de entonces. Todo yo soy nuevo, completamente nuevo; así me lo ha dicho la Biología. Y, sin embargo, me exigen ahora solidaridad con aquel ser absurdo de los veinte años. ¡Bah! Ocurre con esto lo que con aquel cuchillo de cocina, siempre nuevo, al que se le había puesto hoja más de veinte veces y otras tantas se le había renovado el mango. ¿Qué quedaba del primitivo cuchillo? ¿Qué queda en mi piel, mis nervios y mi sangre de aquel cuerpo juvenil que hacía y pensaba esas cosas absurdas?

No pretendo buscar atenuantes, ni digo, en son de disculpa, que la vida me ha trabajado de este modo. No he claudicado, no. Es que soy otro.

Creo firmemente que un hombre, desde que viene al mundo hasta que la tierra se lo traga, nace y muere muchas veces. El mito del Ave Fénix, renaciendo de sus cenizas, no es más que la intuición de esta verdad que ahora postulo. Lo que ocurre es que los hombres son lo suficientemente idiotas para no darse cuenta de cuándo se mueren y cuándo renacen. Se ponen melancólicos, les entra la morriña, se les muda el pellejo y, a costa de todo esto, levantan castilletes psicológicos, y a veces escriben novelas, sin darse cuenta de que la verdad es que se han muerto y van a renacer. Por una estúpida fidelidad con el cadáver que dentro de ellos mismos llevan, se obstinan en conservar todo lo que ya se les ha muerto y podrido. Repito que es lo mismo que si cuando yo estuviese convertido en polen se me antojara opinar sobre la guerra de Marruecos.

No cabe, pues, pedirme solidaridad con aquel jovenzuelo libertino, descreidote, manirroto y pendenciero que llevaba mi mismo nombre y apellidos. He liquidado mis cuentas con él; le hice un solemne funeral; le enterré en un rinconcito discreto de mi memoria y allá voy algunas tardes a rezarle un poco. ¡Buen muchacho! Le tengo el mismo cariño que a algunos de mis antepasados. Pero nada más. Alguna vez miro su retrato y me sorprende que tenga algún parecido conmigo. ¡Pse! Si acaso, el aire de familia.

EL GRAN ESTÍMULO

A los ocho años fue recadero de un comercio y trotó a diario, con sus piernecillas endebles, por toda a ciudad. En aquellos primeros años padeció mucho: hambre, frío, burlas y sofiones. Cuando tenía doce años era un redomado granuja. Le enseñaron a beber, a jugar y a convivir con las mujeres que rondan por las noches en los muelles. Pronto vio dónde estaba el peligro, y, venciendo sus furiosas apetencias, domó su potro, recogió velas y se puso a trabajar. En aquella época contrajo deudas, cuyos intereses seguía pagando treinta años después al médico y al boticario. Y lo que es más doloroso: sabía que no liquidaría hasta que estuviese bajo tierra. Un poco de alcohol, un poco de nicotina, un puñado de treponemas pálidos, nada. Lo suficiente para sufrir una tara durante toda la vida. Menos mal que paró a tiempo. En fin, a vivir. Durante quince años luchó a brazo partido con la miseria, que cuando más embebido iba por el mundo le tiraba hacia atrás, cogiéndole por los faldones de su gabancito raído, o le arrojaba de bruces al arroyo.

Por fin armó su velamen, y ya experto marinero navegó felizmente en medio de la borrasca de los talleres, las oficinas, las gerencias y las direcciones. En equilibrio inestable todavía; quiso casarse, y, al fin, lo hizo. Nueva lucha. Las necesidades, la mujer paridora y endeblucha, la suegra hostil, los cuñados... ¡Bah! Aquel hombre tenía buen temple y salió adelante. Fueron unos años terribles. Cuando regresaba del trabajo, excesivo y mal remunerado, le aguardaban las miseriucas del hogar, los lloriqueos de los niños durante la madrugada, las exigencias de los proveedores, las terribles contingencias.

Esta tremenda lucha con la necesidad no le dejaba ánimos para afrontar otras luchas más espirituales, y nuestro hombre, que tenía una fina sensibilidad, aguardaba siempre el momento feliz de cultivarse un poco, de ejercitarse en otros medios de vida más elevados. No le fue posible. Trabajó con toda su alma, y, al fin, hubo de darse por contento con asegurar el bienestar económico de los suyos.

Cuando se echó una ojeada a sí mismo tenía pocos pelos en la cabeza, pocos dientes, muchas arrugas y en el ánimo una sequedad dolorosa, una fragilidad de fósil que le hacía sentirse calcinado, extinto. Se sacudía y todo él sonaba a cascado, a hueco.

No por esto perdió su temple. Comprendió que no en balde había andado a cuerpo limpio por la vida y se resignó a no ir más allá. Esta resignación no le fue dolorosa, porque tenía un hijo, y pensó: «Lo que yo no pueda hacer, lo hará él». Y contento con esta esperanza, decía gozosamente que él había venido al mundo para servir de abono a su hijo.

Desde que el hijo nació le había atendido el padre con el mayor esmero. Cada vez que hacía un sacrificio por su salud o su educación, el buen hombre pensaba: «Yo no tuve quien hiciese esto por mí; él, sí». Y redoblaba su celo, pensando que aquel hijo suyo, para el que atesoraba instrumentos de poder, realizaría su ideal de triunfo.

El hijo era un chicarrón inteligente, apto, rozagante, con una salud a prueba de bomba y una fortaleza de espíritu poco común. Nuestro hombre, enfermucho, cascadito, combatido por cien alifafes, le admiraba y se llenaba de alegría, como si aquella juventud, aquella potencialidad fuesen suyas, estuviesen en reserva dentro de su organismo.

Crecía el hijo a expensas del padre, al que cada vez le chirriaban más los muelles. Lo natural hubiera sido que en el momento más doloroso para el padre, el hijo se torciera y maleara quebrando aquella esperanza del viejo. Pero no fue así. Veréis como fue.

Pasaron los años y el hijo no dio una sola desazón al padre. Laborioso, inteligente, mesurado, iba haciendo su camino con un aplomo que maravillaba al viejecito. Algunas veces se le antojaba, no obstante, que el hijo era demasiado impasible; acaso su lentitud y su ecuanimidad eran excesivas.

Pero no; el viejo rectificaba pronto, diciéndose: «No, no; va bien, va bien. Los hombres sanos y fuertes tienen esa serenidad; yo he sido siempre un pobre diablo enfebrecido, al que precipitaba y aturdía la necesidad. Hay que dar tiempo al tiempo. Él lo conseguirá todo al fin».

Y ocurrió que el hijo no consiguió nada. Los años transcurrían unos tras otros sin que el chicarrón avanzase un solo paso en aquella ideal perfección, en aquel triunfo glorioso que el padre había soñado. Le faltaba el afán, el estímulo divino, el acicate, que empuja a unos hombres contra otros. Aquel gran ejemplar de la raza humana era estéril, inepto para el progreso que el buen viejo había soñado. Él, con sus errores, con sus defectos y la exigüidad de su energía, había hecho más, mucho más que el hijo, dotado de todos los instrumentos de poder. El viejo, caduco ya, agotado, tembloroso, próximo a apagarse, le excitaba, le sometía al espoleo de su indeclinable avidez. Todo inútil; al hombrachón inteligente, apto, saludable, laborioso y honesto le faltaba el gran acicate: el dolor.

El dolor, máquina de cuanto se hace en la vida y aun de la vida misma.

EL AUTOR DE TODOS LOS CRÍMENES

Cuando me detuvieron por indocumentado llevaba muchos días sin comer y muchas noches sin guarecerme bajo techado. Así fue que, al verme recluido, maltratado y transido de frío, me sentí feliz. Tranquilo en mi celda, no recordaba sino que estuve andando mucho tiempo; no sabía ni de dónde partí ni por qué me puse a andar; solo conservaba la noción de que anduve hasta que se me reventaron los pies y caí al borde de la carretera.

Unos guardias que iban de correría me sometieron a un interrogatorio y me registraron. Ni supe contestar a sus preguntas, ni encontraron entre mis ropas desgarradas indicio alguno de quién yo pudiera ser. Creyeron que ocultaba mi nombre y condición, por tener sobre mí algún delito, y fichado como sospechoso pasé a la cárcel. Les parecía inconcebible que hubiese en el mundo un hombre sensato, al parecer, y medianamente instruido que ignorase su nombre, estado y naturaleza; un hombre que, por lo visto, pretendía hacer creer que había nacido, por generación espontánea, al borde de una carretera.

Y, sin embargo, era verdad. Juro que no sabía cuáles eran mi nombre y apellidos, y que ni tenía casa, ni familia, ni origen, ni recuerdos. Ya suponía que no habría venido al mundo en la carretera donde los guardias me encontraron, barbado y talludo ya; pero lo cierto y verdad era que de mi existencia anterior no tenía más vestigios que aquella trágica caminata, cuyo punto de partida yo no acertaba a definir. Pudiera decir que salí del caos; pero ¿qué caos era aquel del cual salía yo, aborto miserable? No pude desentrañarlo. Mi cerebro, normal en cuanto tocaba al presente y al porvenir, perdía su lucidez tan pronto como me aventuraba en el pasado. No cabe duda de que se trataba de un terrible caso de amnesia; pero ¿qué lo había motivado? Renuncié a investigarlo; había algo más fuerte que mi voluntad, empeñado en que yo no penetrase en el campo terrible de mis recuerdos. Cuantas veces lo intentaba, salía vencido por la confusión, la fatiga y una infinita repugnancia. Renuncié, pues, por completo a mi pasado.

Pero a los hombres de justicia aquello les parecía inadmisible. Algo ocultaba yo, y, ternes en su sospecha, me mantuvieron encarcelado.

Por aquel tiempo había ocurrido un espantoso crimen en una aldehuela próxima. Unos míseros labradores habían sido asesinados durante la noche por unos forajidos, codiciosos del puñadito de plata que con sus hambres y fatigas había logrado reunir aquella pobre gente. No se supo quiénes eran los asesinos, y de la noche a la mañana me encontré acusado de haber cometido aquella fechoría. Al principio lo tomé a broma; pero después reconocí cuán sensato era aquel hombre que decía: «Si alguna vez me acusasen de haber robado las torres de la catedral, como primera providencia pondría tierra de por medio; después procuraría demostrar que la acusación era falsa».

Cogido entre los términos, proposiciones y silogismos de la gente de toga, estuve a punto de convencerme a mí mismo de que yo había cometido aquel doble crimen, tal vez sin saberlo. Fue providencial que los verdaderos asesinos se dejasen cazar estúpidamente. De no haber sido por esta circunstancia, yo hubiese expiado en el patíbulo mi supuesto crimen.

Todavía no se decidían a soltarme y muchos meses anduve de cárcel en cárcel. Pero, al fin, recobré la libertad; una libertad relativa, porque no dejé de estar vigilado. Siempre es sospechoso el hombre que no sabe explicar la razón de su existencia. En el mundo hay que estar por algo y para algo; para robar o ser robados, cometer asesinatos o dejarse matar, gobernar pueblos o sufrir el yugo de los gobernantes.

Un policía, un juez, un magistrado, convencidos seriamente de que cumplen una misión providencial, misión para la que han sido creados, no tolerarán nunca al hombre sin misión que cumplir, al deshilvanado, al que es brote espontáneo de la naturaleza y vive en el mundo con la indiferencia de una col. Y esto era yo.

Un semoviente que, a lo sumo, aspiraba a ser el último súbdito de un más sencillo reino: el reino vegetal. Si yo entonces hubiese podido concretar mi ideal, hubiera deseado convertirme en col. Ser humilde, orondo, fresco y recio; nacer y morir en el mismo sitio, ver salir y ponerse el sol, beber copiosamente y reposar. Esta era mi inconcreta aspiración.

Pero, por desgracia, mi antropomorfismo me condenaba a vivir como los humanos. Tuve que trabajar y ganarme la vida. No sé cómo, me encontré un día haciendo zapatos con rara perfección. (Yo no recordaba haber practicado nunca tal oficio. Después me lo expliqué todo; antes de sobrevenir la catástrofe, que me hizo perder el recuerdo de mi vida pretérita, yo había sido dramaturgo). Construir un zapato —ahora lo sé— es como construir un drama. (De ahí mi técnica zapateril).

Trabajaba honradamente, confeccionando mis dramas, digo, mis zapatos, cuando de nuevo me vi encarcelado y sometido a proceso. Se había cometido un nuevo crimen, y como los autores tampoco fueron habidos, se suponía que yo, el hombre sospechoso, el extraño sujeto, sin nombre y sin origen, era el criminal. Creyeron que yo había cometido ya «mi crimen», el crimen que tarde o temprano yo tendría que realizar, y de nuevo quisieron ahorcarme. Tampoco lo lograron. Escapé, pero fue por poco tiempo; meses después se me imputaba una nueva fechoría, y después otra y otra.

Llegué a verme acusado del asesinato de un presidente del Consejo, cuatro asesinatos menores, tres parricidios, dos infanticidios y seis u ocho robos. Yo era, fatalmente, el autor de todos los crímenes.

Soltándome un juez y tomándome otro, pasaron cerca de veinte años, hasta que una buena mañana me encontré acusado de un nuevo crimen. Tratábase del hallazgo, en una casita de las afueras, de los restos mortales de dos personas. El doble crimen tenía muchos años de fecha: unos veinte. Se exhumaron recuerdos, recayeron sospechas sobre mí y fuimos a la vista, en la que se reconstruyeron los hechos. Hacía veinte años habitaba la casa del macabro hallazgo un matrimonio joven y de posición desahogada. De improviso, el marido anunció que, en unión de su esposa, marcharía al extranjero para fijar allí su residencia. Liquidó sus asuntos particulares y nadie volvió a acordarse de ellos. Coincidió esta marcha de los esposos con la desaparición de un joven ingeniero, al que la Policía buscó en vano durante algunos meses. Nadie acertó a relacionar ambos hechos, y, al cabo de veinte años, el hallazgo de un puñado de huesos venía a descubrir la tragedia. Resultaba que el marido, enamorado apasionadamente de su esposa, había descubierto que esta sostenía relaciones ilícitas con el joven ingeniero. Ciego de dolor acechó a los adúlteros, y, al sorprenderles juntos, descargó sobre ambos su revólver, ocasionándoles la muerte. Después, con una sangre fría aterradora, preparó la coartada; simuló el viaje al extranjero, en unión de su esposa; enterró los cadáveres en el jardín del hotelito y desapareció.

De este nuevo crimen me acusaban. Yo pensé, ¡bah!, otro período de molestias. Cuando se celebró la vista, mi abogado hizo de mí una defensa maravillosa. Ya era ridícula y criminal aquella obstinación en atribuirme cuantos delitos se cometían; yo no era más que un enfermo, un infeliz atacado de amnesia total, cuya inocencia se había probado en innumerables ocasiones. ¿Por qué se me seguía molestando? Los magistrados se conmovieron, ¡al fin!; desecharon la aberración de mi culpabilidad y me absolvieron.

Pero durante las incidencias de la vista yo empecé a sentirme inquieto, sobresaltado; comencé a recordar algunos detalles sueltos primero, después algunos nombres. ¡Ah! ¡Aquel era mi crimen! ¡Sí, sí; el mío! ¡El que yo había cometido! ¡Yo, yo maté a los adúlteros! ¡Yo!

La memoria volvía. Ahora recordaba que, después de cometido mi crimen y conseguida la impunidad, eché a andar una noche, sin más carga que mi dolor, mis remordimientos, mi amor fracasado, mi locura... Y anduve..., anduve...

¡Ya sabía qué terrible catástrofe me había sumido en la inconsciencia durante veinte años! ¡Aquel era mi crimen! ¡El mío!

Cuando quise recordar, me habían absuelto.

LOS CAMINOS DEL MUNDO

Apenas tuvo veinte años, cogió la regla, el compás y el tiralíneas; tomó cuidadosamente sus medidas y trazó con toda seguridad la parábola de su vida. Después se quedó muy satisfecho. Vivir es muy difícil y hay que tomar precauciones. Por eso, él, que no quería andar equivocado, redujo su vida a una figura geométrica; le puso al pie su escala de reducción, en la proporción de uno a mil, y comenzó a cubrir, en el suave transcurso de los días, las etapas del trayecto que previamente se trazara. La vida de aquel hombre era, pues, uno de esos gráficos en cuya cuadrícula prenden las estadísticas el curso de la existencia.

Ya tranquilo y orientado, anduvo con paso firme su camino: era un camino largo, de penosas ascensiones y peligrosos declives. Pero él consultaba diariamente su gráfico y no anduvo nunca en balde. La miseria, la ignorancia y el dolor habían sido su punto de partida. Venido al mundo, sin tener para qué venir, se encontró vulnerable, hambriento y dolorido. De chicuelo padeció cuanto había que padecer; derrochó su energía debatiéndose en el arroyo y le pareció la vida mucho más absurda e inconexa de lo que ya de por sí es en realidad. Se asustó; cuando llegaba a la adolescencia estaba acobardado por los zarpazos que le tiraba el vivir, los empellones, las bofetadas y las terribles sorpresas que había recibido.

Se remansó un poco, y en un momento de lucidez cogió a la vida desprevenida y la encerró en la red de su cuadrícula. Ya está, pensó. Ahora voy a ser yo el amo.

Empezó a trabajar en uno de esos humildes menesteres de la vida moderna: dar y tomar fichas numeradas desde una ventanilla, abrir y cerrar una puerta, extender cotidianamente una misma fórmula cientos de veces, poner y quitar gabanes, cambiar papeles por dinero o papeles por papeles. Cualquier cosa. Esta simple función, esta repetición maquinal de un solo acto le aseguró los medios de subsistencia y le dejó holgura para filosofar. Como estaba aspado y dolorido, la quietud, el achicamiento, le hicieron feliz. Y durante algunos años no sintió necesidad de nada más.

Cuando hubo recobrado el equilibrio y notó que empezaba a sobrarle algo, es decir, que estaba ya por encima de su propia vida, consultó de nuevo el plan que de antemano se había trazado y emprendió la segunda etapa del camino. Era la más difícil. Ya se tenía él a él mismo; ahora se trataba de tener algo más. Pensaba, sencillamente, en casarse.

Se casó; tuvo mujer e hijos; pero otra vez la necesidad vino a querer sacarle de sus casillas, o sea de su sabia cuadrícula. Rigió con mano dura su carrito, y a despecho de su mujer y de sus hijos no se salió un paso de la sendita estrecha de su vida, y dejó atrás, sin alargar la mano, las viñas cargadas de fruta, que distraen y pierden a los caminantes.

Pero no basta con tenerse a sí mismo, tener el complemento sexual y desdoblarse en cinco o seis hijuelos que perpetúen nuestras taras. Hay que proteger todo esto, hay que salvaguardarlo, ponerlo a cubierto de los vendavales y de las aves de rapiña. Hay, en fin, que tener una casa.

Este empeño es el más trascendental de la vida de un hombre. La gente no se da cuenta y vive de precario en las celditas de esas grandes colmenas urbanas mientras el castrador no quiere desahuciarles. No se puede vivir honradamente sin tener una casa propia; por eso, tal vez, haya tanta gente inmoral en el mundo.

Ahora bien; tener una casa, cuando no se tiene dinero, es muy difícil. Aunque parece mentira, toda la superficie de la tierra está ya medida, distribuida y acotada. Es un contrasentido; pero la realidad es que, cuando un nuevo ciudadano aparece sobre la haz de la tierra, no tiene ya sitio donde ponerse. Si los hombres no fuesen tan hipócritas y abordasen las cosas francamente, se podría plantear un gravísimo problema social, llevando a los niños, cuando nacen, al Registro civil, y demandando allí que, al mismo tiempo que se le conceden los derechos civiles y políticos, se les otorgue el derecho a quedarse en algún sitio. Aquí traigo este niño; dígame usted en qué lugar de la tierra puedo ponerlo para que viva sin miedo a guardas ni rentistas.

Así pensando, nuestro hombre ejemplar procuró sustraer a la humanidad acaparadora un trocito de corteza terrestre, siquiera fuese chico como un pañuelo, para construir su vivienda.

Lo consiguió, al fin; mas para ello tuvo que privarse casi por completo de aquel tenue hilillo de vida que le quedaba. No se aquilata, en cuanto vale, la heroicidad de estos hombres, que por servir un ideal modesto sacrifican todas sus horas, privándose de esas pequeñas cosas que son en realidad toda nuestra vida. La tragedia del hombre que no tenía dinero y quería construir una casa puede hacer sonreír a mucha gente; pero seguramente no es una tragedia inferior a la de Prometeo.

Ese trágico cotidiano era el que consumía el alma de nuestro héroe. Céntimo a céntimo, ladrillo a ladrillo, hacía su casita. A veces le asaltaba un furioso deseo de derrochar, de rasgar el gráfico cuadriculado de su existencia, de irse por el mundo a vivir la vida inquieta de los desligados. Pero se acordaba de los días dolientes de su infancia y volvía los ojos con fervor a la línea geométrica por él trazada y al cénit, ya próximo, de sus aspiraciones. Así trabajó ferozmente, se privó de todo, domó la vida, poniéndole recias trabas, y cumplió su misión.

Cuando la casa estuvo terminada, plantó a su alrededor unos arriates; colocó en el tejado una veleta, orgulloso de poder clasificar los vientos; sacó una silla a la puerta y se sentó. Ya era tiempo; más no hubiese podido hacer.

Son muy pocos los hombres que cumplen su misión; menos de lo que se cree. Los malogrados, no son solo los muertos prematuramente, sino también aquellos otros a los que se les ha muerto el ánima y siguen en pie. De aquí que nuestro hombre ejemplar, al verse en su casita con su mujer y sus hijos, se sintiese privilegiado, hombre de excepción y dotes superiores. Se consideró feliz y dio por bien empleado cuanto había sufrido.

Entonces se encontró, por primera vez, en toda la plenitud de su vida. Tenía cuanto había que tener: familia, hogar, holgura. Lo había logrado todo. ¡Je, je, je! Cómo se reía él de los idiotas que andan a cuerpo limpio por el mundo. ¡Búrlense, búrlense de mi cuadrícula!

Cada día que pasaba sentado a la puerta de su casa, recibiendo la caricia del sol y el halago de los suyos, le fortalecía aún más. Llegó a sentirse pujante, como jamás había estado. Respiraba a pleno pulmón; erguíase, retador, ante los caminantes acansinados: buscaba la lucha, la fatiga. Esta exuberancia le hacía tener confianza en sí mismo, en su propia vida. Un día rompió su cuadricula y dejó escapar el torrente de sus pasiones y de sus apetencias...

Terminó pegando fuego a su casita y yéndose por el mundo otra vez.

EL VIEJO ENAMORADO

Era viejo, como la cotonía. Allá por el año 70 fue el hombre de moda, de las conquistas, de los figurines y los desafíos. Tuvo una arrogante figura; fue terror de suripantas en los bufos de Arderíus; se casó con una marquesa y enviudó pronto. Volvió a casarse con una exdoncella, excocota, y enviudó también. Ahora andaba paseando al sol su caducidad y conservando cuidadosamente las ruinas de su gallardía.

Ella era jovencita, muy jovencita y muy linda. Traviesa, vivaracha y un poquitín desvergonzada, comenzó por reírse del viejo y terminó casándose con él.

Fueron a la boda orgullosos y satisfechos. La gente, a sus espaldas, compadecía al uno y criticaba a la otra.

Todos previeron el ineludible adulterio. Los galanes profesionales olfatearon pronto la pieza y sobre la recién casadita cayeron en racimos. El viejo, que estaba ya de vuelta, les dejaba hacer sosegadamente. Salía de su casa pasito a paso, y erguido, pulcro y perfumado, cruzaba inalterable junto a los adoradores de su mujercita e iba a perderse en los rincones amables de los jardines públicos, donde pasaba las horas muertas echando migajas de pan a los gorriones y tomando el sol.

La muchacha, al principio, se aburría un poco; después se aburrió más, y terminó desesperándose. Le molestaba aquel desinterés del viejo. ¿Por qué la dejaba sola tanto tiempo? ¿Por qué no evitaba las ocasiones en que sus adoradores podían cortejarla libremente?

Recurrió entonces al secular ardid de darle celos; pero no lo consiguió. Estirado, afable, sonriente, veía el viejo cómo su mujer hacía guiños de inteligencia a sus cortejadores y cómo cuchicheaba con ellos cada vez que la ocasión se presentaba.

Esta indiferencia la irritó aún más. Llegó a tener a su esposo un verdadero rencor. Pasó por días en los que le despreciaba profundamente. Era un inmoral, un cínico. Le importaría un bledo que ella se entregase, uno por uno, a todos sus amigos.

Pero después reflexionaba más serenamente y comprendía que aquel viejo impasible, circunspecto, siempre ecuánime y correcto siempre, la quería de verdad. Adivinaba ella, en las palabras del esposo, una celosa asistencia y un rendido enamoramiento; pero jamás logró encenderle en arrebatos pasionales.

Queriendo romper la frialdad del marido, llegó más allá de donde era prudente en sus coqueteos. Pero cuando en más de una ocasión se vio a punto de dar el saltito de la acera al arroyo, sin que nadie se lo impidiese, tuvo miedo y recogió velas. Estaba convencida de que no conseguiría soliviantar al marido, y, la verdad, el adulterio, sin el aliciente del daño que causa, no valía la pena. Así porque sí, y sin más ni más, no.

A partir de entonces volvió a la táctica del mimo y el halago; la seducción plácida y el cariño dulce y constante. El viejo parecía ser más sensible a esto.

Ella, alentada, redoblaba sus cuidados y consagraba todos los momentos de su vida a la seducción del esposo, que se dejaba querer, y sabiamente acrecía su amor, subiéndolo de tono poco a poco.

Pasó el tiempo y ella obstinose en la conquista total del marido. Fue una esclava suya: le ofrendó todos sus instantes, y, cuando el viejo se murió, se halló trágicamente enamorada de aquella esfinge ruinosa que jamás le había entregado por entero el caudal de su cariño.

A los pocos días de su viudez encontró entre los papeles del muerto el esquema de un sucinto «diario». Entre las notas correspondientes a los meses que siguieron a su boda, leyó:

«Ella está a punto de caer; si cae, terminaré mi vida hoy mismo».

EL GUARDIA PÉREZ

El cuartelillo era demasiado pequeño; en él se alojaban cuatro guardias y un cabo, con sus mujeres y sus hijuelos innumerables; había poco sitio y tenían que moverse como piojos en costura. Estas molestias mutuas provocaban frecuentes altercados entre las mujeres y entre los chicos; pero los guardias eran hombres sensatos y dirimían entre sí estas querellas amistosamente y con estricta justicia. Amonestaban gravemente a sus consortes cada vez que entre ellas estallaba la contienda por la posesión de un trozo de patiezuelo o de un rincón de cocina, y se reiteraban recíprocamente sus palabras sensatas y cordiales.

Además, el campo era muy grande, y, para el guardia que por defenderlo se esclaviza y afana, todo el campo es suyo. Así, pues, los hijos de los guardias salíanse gozosos del cuartelillo y gran parte del día estaban triscando libremente por las estribaciones de la sierra o tendidos panza arriba al sol en los prados.

La misión de los guardias era penosísima; se hallaban destacados en un rinconcillo estratégico de Sierra Morena, y desde allí custodiaban una considerable extensión de terreno, ya que no contra las hazañas de los bandidos legendarios, contra las acometidas de los mineros hambrientos en tiempos de huelgas y lockout y contra los desmanes de los campesinos, que, cuando se soliviantan, incendian las mieses y saquean las casas de labor.

Al poco tiempo de estar apartados del mundo, los alojados en el cuartelillo se habían hecho algo irritables, sobre todo las mujeres; aquella perdurable soledad provocaba en todos ellos un mutuo rencor, acrecentado cada día, que las mujeres no se recataban en mostrarse y que los hombres intentaban ahogar con las frecuentes apelaciones a la sensatez que unos a otros se hacían con curiosa insistencia. Lentamente, aquel aislamiento, aquella soledad, aquel enfrentarse a diario con la naturaleza bravía de la sierra les había ido quitando y suprimiendo todos los artificios y convencionalismos que son precisos para hacer un guardia de un hombre libre. Volvían, pues, sin darse cuenta, al estado de naturaleza en el que todo yugo es ominoso y tiránica toda disciplina.

Una tarde, el guardia Pérez, que volvía sudoroso y aspado de recorrer las carreteras polvorientas bajo el agobio implacable del solazo andaluz, encontró a su mujer que lloraba lenta y calladamente en un rincón de la alcoba. Inquirió el guardia Pérez y supo que su mujer había sufrido ultrajes de la mujer del cabo González; tranquilizó como pudo a su compañera y fue en busca del cabo; ambos se reiteraron sus excusas con machacona insistencia y se apretaron las manos fuertemente una vez y otra. Cuando volvió al lado de su mujer estuvo consolándola, con su sobria elocuencia, mientras ella movía lentamente la cabeza. No pasó más.

Otra tarde, el guardia Pérez, al regreso de la correría, encontró a su hijita —una pitusilla tristonzuela escrofulosa y blanca de linfa— con la cabeza entrapajada; en la frente, un poco de sangre cuajada junto a un mechoncillo del pelo rubiasco, casi albino, de la nena, hizo al guardia Pérez sentir que se le iba algo, que debía ser el alma, y hallarse frío, descarnado, mondo y lirondo, como si bajo el correaje y el peso del fusil no le hubiese quedado más que el esqueleto y un gusanillo roedor allá en los recovecos del cerebro. Ya esta vez la mujer no lloraba: estaba seca y tiesa junto a la pitusilla, con las pupilas encandiladas y los dedos engarabitados. Cuando el guardia Pérez quiso saber lo ocurrido, ella se limitó a decir:

—¿Para qué? ¿Para qué?

El cabo González, un poco embarazado, vino a contarlo todo. Los chicos eran tan traviesos..., hacían tantas diabluras..., la mala suerte de aquella chiquilla..., él no había querido hacerle ningún daño...

Las convencionales explicaciones fueron aceptadas y los dos hombres se abrazaron una vez más, nerviosamente, dándose cordiales palmaditas con las manos crispadas.

El guardia Pérez y su mujer se acostaron; ella estuvo callada largo rato, encerrada en un mutismo punzante; ya de madrugada lloró primero y habló después susurrante, abatida, sugeridora. Cuando el alba se colaba por las junturas desiguales del ventanillo, los dos estaban febriles y se acariciaban heroicamente.

Una hora más tarde, el cabo González y el guardia Pérez salían de correría. Caminaron silenciosos por los vericuetos de la sierra. Cuando ya el sol estaba en el cénit, se detuvieron en una altura y sacaron de las mochilas las frugales meriendas. Soplaba fuerte viento y la sierra majestuosa infundía a los dos hombres su grandeza, su infinitud, su fuerza bravía, su libertad. Comieron sosegadamente; al final, disputaron por un pretexto fútil: una hoja caída de un árbol, el rumbo del viento, el vuelo de un pájaro...

Vinieron a las manos, acometiéndose con alaridos de liberación; el cabo González llevaba las de perder y volvió la espalda a su adversario, amenazándole: «Ya las pagarás, granuja; ya las pagarás». El guardia Pérez previó la delación, se echó el fusil a la cara, y, rodilla en tierra, apuntó lentamente al fugitivo. En el momento oportuno, la bala, entrando por la espalda, tumbó sobre las jaras al cabo González.

Se formó juicio sumarísimo y el guardia Pérez fue muy justicieramente fusilado.

LA OBLIGACIÓN DE ODIAR

Yo sabía que aquel tío venía a pegarme. Me lo había olido desde el primer momento; no sabría decir por qué. El caso es que, mientras estuve bailando con Amalia —Amalia era mi novia—, empezó a chocarme. Nos miraba con descaro, no se recataba en piropear a la muchacha y se reía de muy buen humor al ver los fondillos y las rodilleras de mi pantalón blanco, que no era, ciertamente, ningún prodigio de corte ni de confección. Este tío va a pegarme, pensé. Y así ocurrió.

Los nervios se me pusieron de punta, tropecé cien veces, di innumerables pisotones a mi novia, y, al fin, la pobre, no pudiendo soportar más tiempo mis torpezas, se soltó graciosamente de mi brazo y fue a charlar con sus amigas. En cuanto me vi sin ella adiviné la catástrofe. Un sudor frío cubrió mi piel y la sangre se me agolpó a la cabeza. Para tranquilizarme y cobrar ánimos entré en el ambigú. Él se vino, como el que no quiere la cosa, tras de mí. A pesar de su sonrisa, vi claramente su negra intención y me puse a temblar. Estuve por gritar a mis amigos, diciéndoles: «¿Pero no ven ustedes que viene a matarme?».

No recuerdo cómo estalló la tormenta. Era fatal. Creo que le di un pisotón o me lo dio él a mí; no sé. Lo cierto es que de buenas a primeras me asestó un formidable puñetazo en medio de la cara. No me dolió mucho al principio, esa es la verdad. Mis dientes crujieron de un modo lastimoso y sentí un fuerte escozor en las encías. Pero, vamos, me consideré satisfecho. Los puñetazos que más nos duelen son los que todavía no nos han dado. Al golpe siguió un largo rosario de insultos; después, se quedó callado y a la expectativa.

Yo me pasé la mano por la frente, sudoroso; recogí mi sombrero, que había desertado frente al enemigo; tomé unas buchadas de cerveza, para cauterizarme la encía, y me puse a esperar el final de todo aquello.

No pasó nada más. Dio media vuelta y se marchó, escupiendo por el colmillo. Entonces me volví, con el propósito de decir a mis amigos: «¿Pero han visto ustedes la injusticia que ha cometido conmigo?». No me dejaron; todos a una se arrojaron sobre mí, diciéndome que yo era un cobarde y que a mi vez había debido pegarle. ¿No era yo más fuerte? ¿Qué me detenía entonces? Era verdad; acostumbrado a cargar de un lado para otro del almacén, con los pesados fardos de tejidos, no me hubiera costado gran trabajo coger a aquel sujeto por la cintura, levantarle en vilo y tirarle por la ventana, como si fuese una pelota; pero no se me ocurrió; ni remotamente pensé que podía haberlo hecho con un débil esfuerzo.

Me abrumaron con sus reconvenciones, se dolieron de mi cobardía y procuraron excitarme para que tomase venganza. Tentado estuve de echar a correr, desafiarlo dondequiera que le encontrase y romperle la crisma. Resistí heroicamente aquel influjo y me marché, deseando no encontrarme a mi adversario en el camino por no ponerle en el trance de tener que pegarme otra vez si seguía malhumorado.

Aquella noche fui a recoger a mi novia para que diésemos, como todos los domingos, una vuelta hasta el molino. El paseo era muy bonito; a ambos lados del camino había dos hileras de pinos; a los diez pinos, yo pretendía enlazar a mi novia por la cintura; a los veinte pinos, ella se dejaba enlazar; el que hacía veinticinco tenía unas ramas tan bajas y frondosas, que el camino se estrechaba, no dejando paso más que a una persona; allí juntábamos nuestras cabezas y nos besábamos. Los diez pinos, de la familia de los trigésimos, tenían testimonios más fehacientes aún de nuestro amor. Al cuadragésimo, Amalia sentía frío y me pedía que regresásemos a su casa. Esto era todo, y era bastante.

No pude conseguir que Amalia diese aquella noche el acostumbrado paseo. Tenía el hociquito alargado, y, según dijo, se sentía cansada. Era la primera vez que le ocurría. Adiviné el motivo de su disgusto. Me había dejado pegar; ella lo sabía y no le parecía digno de su hermosura besar un bigote que ha sido aporreado impunemente. Traté de convencerla de la puerilidad de sus escrúpulos; se puede ser un bizarro amador y un mal pugilista. No me hizo caso. La dejé llorando y leyendo la historia de Amadís.

A pesar de estas contrariedades no podía sentir odio contra el causante de todo. Estaba convencido de que era un insensato, un pobre diablo fanfarrón y mal educado. ¿Por qué me había pegado sin yo darle motivo? ¿No era esto una acción reprobable? ¿Por qué los demás no se la afeaban, y, en cambio, venían a mí con recriminaciones?

¡Bah! El mundo es estúpido, pensé. Serían capaces de alegrarse si yo le cogiese ahora y le partiese en dos pedazos. Todos me felicitarían y mi novia me dejaría sordo a besos. Creo, sin embargo, que ni él ni yo ganaríamos nada, y por eso no lo hago. ¿Me ha golpeado? Pues vaya bendito de Dios. Esto, que bien pudiera ser grandeza de alma, lo interpretaban como una cobardía. Bueno. Y aunque así fuese. ¿Es que no hay derecho a ser cobarde? Puedo ser cobarde, como soy gordo y rubio, y no sé por qué he de avergonzarme de ello.

A la noche siguiente fui a buscar a mi novia; pero no quiso recibirme. No volví a verla hasta el domingo siguiente; la encontré bailando con el otro. Cuando los vi juntos, me quedé estupefacto. Aquello era increíble. Los miraba atentamente y no dejaba de maravillarme.

El otro lo notó, soltó a Amalia de su brazo y se vino hacia mí, con un airecillo retador, que me pareció altamente ridículo.

—¿Querías algo? —me preguntó.

—No, nada —le respondí balbuceando.

—¡Como nos mirabas tan fijamente!

—Me extrañaba que mi novia bailase contigo.

—Ahora es novia mía.

—No sabía nada.

—Pues ya lo sabes.

El procedimiento me pareció algo incorrecto. Pero, en fin, ¡las mujeres son tan raras!

De lo que no me han convencido todavía es de que yo tenga por fuerza que matar a mi rival. Todo el mundo me lo dice; mi misma madre, cuando me pone la comida sobre la mesa, viene a acariciarme dulcemente y me dice con lástima, pasándome la mano por la frente: ¡Pobre hijo mío! ¡Pobre!

—¿Pobre? ¿Por qué?

BORRÓN Y CUENTA NUEVA

El viejo, con sus ochenta años a la cola, estaba ya jubilado. Su hija, al casarse, tiró de él, trayéndole a la ciudad. Vivió con ella y con su yerno, un hombrecito cariñoso y trabajador; le dieron varios nietos, le obligaron a descansar; no le faltó nunca su camisa limpia y su paquetito de picadura, y por todo esto se consideró feliz. Ya era hora. Bien ganado se lo tenía.

Por la tarde cogía a los nietecillos y se iba con ellos a las afueras para hacerles respirar el aire del campo. Andaban lentamente hasta que la ciudad se quedaba atrás, con sus mil ruidos, su hacinamiento y su cochambre. Cuando llegaban a los primeros sembrados, el viejo campesino, un poco cohibido en el ambiente denso de la urbe, se esponjaba, se erguía, volvía a sentirse fuerte y sabio. Los nietos correteaban buscando florecillas, se revolcaban sobre la hierba, se rendían gozosos.

El padre no iba nunca a estos paseos. Salía de la celdita estrecha de su casa para meterse en la cueva de su oficina; cuando estaba libre iba al café o al teatro. Tal vez por esto cayó enfermo y terminó muriéndose. Era un hombrecillo laborioso y bueno, que había pasado mucha hambre y muchas fatigas correteando con sus piernecillas zambas por las calles de los grandes comercios, subiendo y bajando escaleras, encaramado, al fin, frente a un pupitre. Se murió dulcemente diciendo que aquella noche tenía que sudar su catarro para ir al día siguiente a la oficina.

Su jefe lo sintió mucho; fue a visitar a la viuda; le dejó algún dinero, para que tuviese tiempo de llorar, y se marchó. Ya no volvería más. Aquella pobre gente comprendió entonces que había quedado roto el lazo que les unía con el mundo. Se sintieron perdidos, desligados de todo, como si hubiesen caído en otro planeta. Pronto vino la miseria; ahuyentando el recuerdo, les sacudió rudamente y les dijo: «A vivir».

La madre, que se había consagrado por completo al esposo y a los hijos, estaba quebrantada, envejecida, inútil para la lucha. No tenía más que ternura, y la ternura no es moneda corriente en el mundo cuando no va unida a la juventud y a la belleza. Los hijos cabían todos bajo una canasta. No quedaba más sostén que el abuelo; y a él volvieron los ojos.

No los volvieron en vano. Con sus ochenta años a la cola salió a trabajar. Le admitieron como jardinero en una villa. Pero tuvo que ocultar cuidadosamente a su patrón que tuviese hija y nietos a quienes mantener. Ganaba un exiguo jornal y la comida; cuando se la llevaban al pabelloncito en que estaba alojado, juntamente con los perros, y como un perro más, la ocultaba, y acechando la primera ocasión iba a llevarla a los nietecillos. Algunas veces se tardaba; los chicos, asomados al ventanuco, espiaban ansiosos su llegada con las bocas abiertas como gorriones. Al verle a lo lejos, palmoteaban de júbilo. «¡El abuelo! ¡El abuelo!», gritaban con todas sus fuerzas. La madre tendía el mísero mantel, y, lentamente, aquellas cinco criaturas consumían la ración del viejo, masticando despacio, recogiendo cuidadosamente las migajas y rociando los escasos manjares con grandes tragos de agua clara y fresca.

Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad de trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente, audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura, la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó un poco; pero cuando vio que salían de la miseria, alabó a Dios; por primera vez la vida les dejaba holgura para respirar y moverse.

El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe qué batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en las garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria la tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que era bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado. Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en definitiva, era el que les había sacado de la miseria.

* * *

Cuando se trepa por sitios escarpados no es imposible caerse, y el hijo aquel se rompió un día las uñas y cayó. Lo recogió la Justicia. Un negocio sucio, una quiebra fraudulenta, un chantaje, una estafa, cualquier cosa. El asunto fue escandaloso, y la madre, vieja, se vio envuelta en el deshonor.

Entonces salió de su apoteosis. No había sido la suerte la que le había dado el bienestar. Había sido el delito. La vergüenza le inundó el alma. Siempre pensó ella que aquel hijo le había salido malo. Se acordó de su vida de miseria, de su marido y de su padre, honrados, laboriosos, pobres, pobres hasta el sacrificio, hasta la muerte. Vio la esterilidad de aquellas vidas sacrificadas y enloquecida por el dolor se volvió furiosamente contra el hijo delincuente y no supo más que gritarle con todo el horror y la impiedad de su alma:

—¡Infame! ¡Has deshonrado tu casta!

CÓMO SE DESHACE UN HOMBRE

Quedó sin ocupar un asiento y ninguno de los que iban en las plataformas, renegando del agua y el frío, lo había visto. Claro. Estaba disimulado por el egoísmo esponjoso de aquel militar y aquella señora dilatada y por el instinto de aislamiento de aquellas dos beatitas que, en su deseo de no ser molestadas, parecían estirar más que nunca sus tocas de cartulina. Allí había un sitio, sin embargo, y nadie lo había visto.

Nadie, hasta que entró aquel hombre de los ojos claros, tan claros que parecía no ver. Tenía unas pupilas desteñidas, que no verían gran cosa, y además había bebido. Seguro que había bebido. Era sábado y la noche estaba ya bien entrada. No era preciso ser un lince para adivinar que al salir del trabajo se había rezagado en el rinconcito amable de alguna taberna. ¡Es tan agradable aguardar a que escampe ante un vaso de vino!

Mirando con sus ojuelos claros y ligeros, con esa inconsistencia con que miran los hombres que todavía no están borrachos, pero que pronto han de estarlo, vio el sitio, su sitio, el asiento a que tenía derecho, y que aquellas gentes sin conciencia —el militar, la señora, las beatas— querían hurtarle. Se irritó un poco, y, tambaleándose, atravesó el pasillo y reclamó su puesto. Aquellos seres eran tan cobardes como egoístas; fingieron no haberse dado cuenta de que ocupaban un lugar de más, y refunfuñando se estrecharon y le dejaron sentar.

—¡Pues no faltaba más! ¡Ajajá! Cada uno tiene su derecho. ¿Eh? Y se estaban tan calladitos...

El hombrezuelo se arrellanó, levantó sus piernecillas zambas y se frotó los pies uno contra otro; dijo algunas impertinencias y se serenó pronto. Su vanidad estaba satisfecha.

Los otros callaron, prudentes y llenos de enojo. Él parecía no advertirlo y comenzó a sonreír a diestra y siniestra, entornando los párpados con inocente malicia. Hubo un silencio fastidioso. Cada cual iba enfundado en sus preocupaciones. En el tranvía es donde la gente se siente más arisca, más dura y más distinta de la gente. Tan solo aquel hombrezuelo de los ojos claros pugnaba por establecer la cordialidad y entablar una corriente de comunidad afectiva entre aquellos hitos humanos, alineados en las banquetas del tranvía. Sus esfuerzos, al principio, eran infructuosos; nadie hacia caso de las miradas de través, las muecas y las sonrisas que venía repartiendo. Pensaban todos, muy serios y estirados, en sus negocios, sus hambres, sus pasiones o sus dolores. Logró, sin embargo, captar la atención de una muchachita de buen carácter —esto saltaba a la vista— que iba frente a él. Cuando advirtió el pobrete que alguien recogía sus deseos de expansión, debió alegrarse mucho. Aventuró primero una pregunta, y pronto su locuacidad llenaba el tranvía con pintorescas imágenes, carcajadas, comentarios ingeniosos, apostillas, pullas, reticencias y picardías. Estaba contento aquel hombrezuelo; muy contento. Y había que disculparle. No dejaba de ser simpática su alegría..., y contagiosa. Los más entreabrían un poco el portillo de su cordialidad. ¡Qué diablo de hombre! ¡Cómo se reía el indino! ¡Qué bocaza, sin dientes, más cómica abría en sus carcajadas!

¡El pobre! Se adivinaba que había estado trabajando toda una semana, padeciendo hambre y frío en el tajo, duelos y quebrantos en su casa, para aquella tarde del sábado cobrar unas monedas de jornal, que le tintineaban en el bolsillo, y beberse unos vasos de vino que le alborotaban en el exiguo meollo.

No dejaba de tener gracia cuanto decía y comentaba. Hasta las beatitas estiraban los labios, a su pesar, entre la celosía de sus tocas almidonadas. Y el hombrezuelo aquel charlaba por los codos, reía, escandalizaba, se retorcía de gusto en su asiento, contemplando los estrafalarios botines de aquel señor o la pelerina de aquella buena señora. Era indudable que estaba bebido; un poquito bebido nada más. Se le podía soportar, sin embargo, salvando algunas de sus impertinencias. ¡Qué diantre! El pobre hombre era feliz y daba gloria verle.

¿Pues y las cosas que le dijo a una pobre mujer que luchaba a brazo partido con un ballenato de diez o doce meses, empeñado en dominar con sus magníficos alaridos el estrépito del viejo y desvencijado tranvía? Puso el paño al púlpito y durante diez minutos ensalzó donosamente su moral familiar, su autoridad paternal, la ley que había impuesto a sus hijos. Y todo esto, riendo, entre chistes y burlas, porque se sentía satisfecho y feliz. Era un gratísimo espectáculo el de la felicidad de aquel viejo trabajado, que hablaba con alegría de su casa, de su pobreza, de su mujer y sus hijos.

—¡Jamás me faltó al respeto ninguno de mis hijos! ¡A todos los eduqué en mi ley y mi conciencia! ¡Yo! ¡Yo! —y paseaba una mirada de triunfo sobre el concurso—. Todos mis hijos han sido honrados. Desde el primero hasta el último. Y cuenta que fueron quince. ¡Quince hijos! ¡Yo! ¡Yo!

—¡Eh, abuelo! Ese que grita —le interrumpió una voz dura y zumbona, que salía de un rincón del tranvía—. ¿Cuántos hijos ha tenido usted?

—Quince. ¡Yo! ¡Quince!

—¡Bah! —dijo, volviéndose despectivo hacia otro lado el que le había interrumpido—. Son muchos hijos para usted solo, abuelo. Algún otro habrá tenido parte.

Nadie dijo más. El hombrezuelo calló, como por ensalmo. Se estuvo quieto, quieto, absorto. Abrió cuanto pudo los ojuelos, dilató las blanquecinas pupilas y se quedó mirando estúpidamente a quien con tanta crueldad le había herido. Hallose cara a cara con un mocetón cetrino y mal encarado, que, al reírsele en sus barbas, le enseñaba una fila de dientes blancos y afilados como los de un tigre.

Nadie dijo más. Sobre todos gravitaba el ultraje, el bestial ultraje, que nada había justificado. Volvió a enfundarse cada cual a sus preocupaciones, la hostilidad surgió de nuevo y el hombrezuelo se encontró desamparado, frente a frente con su agresor.

Largo rato estuvo mirándole a los ojos con una mirada inexpresiva y pesada. ¿Que ocurría en su alma en aquellos instantes? ¿Qué furiosos deseos de matar no le acometerían? ¿Qué terrible amargura le subió del fondo del alma a los labios? ¿Qué vergonzosa duda galopaba desandando el camino ya recorrido de su vida y ganándole en cada segundo un año entero de los que para él habían transcurrido antes en la confianza? ¡Cómo debió derrumbarse aquella felicidad agresiva que venía volcando a torrentes!

Dejó caer la cabeza sobre el pecho y no dijo más. A poco le asomaron a los ojos desteñidos dos lágrimas de rabia e impotencia —¡quién sabe si de resignación!—, y antes de que corrieran bañándole los surcos de las mejillas, se levantó, y como un autómata descendió del tranvía. Sus piernecillas zambas y endebles le llevaron vacilante hasta las callejuelas cuyas sombras habían de tragársele para siempre.

(Esto se debía titular _Historia de un asesinato_).

BIOGRAFÍAS CONTEMPORÁNEAS

_El millonario._

Chico para recados se ofrece. Muy listo y formal. Sabe leer, escribir y de cuentas.

Taquígrafo-mecanógrafo muy práctico, modestas pretensiones. Inmejorables referencias.

Joven de gran experiencia comercial aceptaría administración o gerencia de negocio importante, depositando fianza.

Necesito socio capitalista para gran empresa industrial que rendiría cuantiosos beneficios. Absolutas garantías.

Caballero buena presencia, sólida posición, casaría con señorita acaudalada de padres nonagenarios. Preferiría huérfana.

Emisión de acciones de la A. I. C. P., Compañía anónima para la explotación de las minas de salchichón de Vallecas. Capital: 10.000.000 de pesetas.

_La estrella._

Oficiala de sastre, muy aventajada, se ofrece. Sabe zurcir primorosamente.

Se desearía saber el paradero del joven X. X., antiguo y consecuente estudiante del tercer curso de Medicina, para informarle de un asunto de familia y hacerle cargo de un pequeño recuerdo.

Joven se ofrece para camarera en Madrid o provincias. Atrayente figura, trato delicioso.

Tanguista. Lujosísima presentación. Cocainómana y morfinómana. Patina sobre hielo y domina el paso del camello.

AURORA BOREAL. — Danzas exóticas y corruscantes. Decorado propio. Juventud, belleza, arte.

Señora honesta y retirada del mundo, millonaria y de buen ver todavía, desea contraer matrimonio con título del Reino, con o sin grandeza, aunque se halle en precaria situación.

_El que pasa sin enterarse._

Ha dado a luz un robusto niño la esposa de nuestro distinguido amigo don H. P. Tanto la madre como el recién nacido se encuentran en perfecto estado.

En los exámenes del quinto año del bachillerato ha obtenido brillantes calificaciones el aprovechado joven don H. P. P.

En reñidas oposiciones ha obtenido la plaza de auxiliar del Cuerpo Facultativo de Camelos del Estado el distinguido joven don H. P. P., a quien auguramos una brillante carrera administrativa.

Pérdida de una perrita de color canela, con un lucero en la frente y el rabo cortado. Atiende por «Vidita». Quien la entregue a su dueño, don H. P. P., será gratificado.

Se ha concedido la banda del Águila Real al distinguido funcionario del H. P. P. El Estado ha querido premiar así sus altos méritos y sus dilatados servicios.

En la mañana de ayer falleció el ilustre jefe de negociado don H. P. P. Fue un probo funcionario, un esposo ejemplar y un padre amantísimo. Descanse en paz.

_Higinia._

Cocinera para casa grande se ofrece, con derecho a salida todos los domingos.

Pérdida en la Bombilla, el domingo último, de un broche, de gran valor para su dueña, por ser recuerdo de familia.

Las mejores chuletas de huerta las vende Higinia en su puesto de la plaza del Progreso. Se guisan callos con esmero.

HIGINIA LÓPEZ. — Comidas y casa de dormir. Cubierto, 1,25; habitación, 10 pesetas, y una peseta con o sin.

PENSIÓN HIGINIA. — Caballeros estables, trato de familia. Toda clase de comodidades.

HIGINIA PALACE. — El mejor hotel de España. Todo lujo. Brasserie, jazz-band, té danzant. Cenas aristocráticas.

_El equivocado._

Bachiller en Ciencias y Letras necesita empleo decente. Laboriosidad y honradez.

HALLAZGO DE UNA CARTERA. — En mi domicilio, Pez, 88, se halla, a disposición de quien acredite ser su dueño, una cartera que contiene 20.000 pesetas y ha sido hallada en la vía pública.

Necesito préstamo de 50 duros con mi garantía personal. Pagaría altos intereses.

INVENTOR. — Vendo en 1000 pesetas el secreto de un invento maravilloso para hacerse millonario en quince días.

UN LIBRO INTERESANTE. — Se ha puesto a la venta el libro de versos _Zarza florida_, original del fecundo poeta e infatigable proyectista...

CARIDAD. — Se suplica a las personas caritativas acudan en auxilio de un pobre hombre, inventor infeliz y arbitrista fracasado que se halla paralítico, viudo y con seis hijos, en un sotabanco de la calle de...

* * *

Esta es la verdad, la única verdad. En la vida no hay más que media docena de anuncios; esos seis anuncios son lo único notable de nuestra existencia. Todo lo demás son complicaciones inventadas por los literatos y los filósofos, gentes absurdas que no tienen nada que hacer y se divierten enredándonos.

VIDAS CURIOSAS DE VARIAS MUJERES SIN IMPORTANCIA

LOS ZARCILLOS

No fue que las mayores la abandonaran, no. Salió con ellas del colegio, y, cogida de la mano, llegó hasta la plazuela. Después, como ocurre en todas las grandes catástrofes, las versiones eran contradictorias. Hay quien dice que ella sola se escapó por las callejuelas prohibidas; otros afirman que se quedó embebecida ante la cacharrería, y otros, en fin, aseguraban que se durmió allí mismo, en aquel portal, donde ya anochecido la encontró su madre.

Lo cierto y verdad era que llegó a la plazuela con las mayores; pero se pusieron a jugar como unas locas y se olvidaron de ella. Era aún muy pequeñita, y, además, tenía un alto concepto de sí misma, por lo que se alejó sin sentimiento de aquella turbamulta, yéndose pasito a paso hacia el zaguán escondido en el fondo de la plazuela, donde estuvo revisando sus conceptos del mundo y de la vida. Una personita de una vara tiene que resolver por sí sola muy arduos problemas de filosofía si quiere aparecer sensata.

Los académicos, los profesores, la gente grave y empingorotada del mundo han dado al acto de reflexionar una exagerada importancia; y si decimos que aquella chicuela de cuatro años estaba reflexionando, se volverán contra nosotros. Reflexionaba, sin embargo, y puestos de acuerdo su corazón de pichoncillo y su cabeza de chorlito, convenían en reconocer que la vida es francamente grata. Complacíala aquella suavidad del atardecer, el oro viejo del sol que se posaba en las azoteas y los miradores, la cantata de la viudita del conde Laurel, que quiere casarse y no encuentra con quién, y, sobre todo, aquella libertad de moverse y reírse, ganada en las interminables horas de inmovilidad y silencio que el colegio imponía. No podía dudarse de que la vida es buena.

Para que no le faltase nada, llegó con pasos quedos hasta ella una pobre mujer, arrebujada en un mantoncillo sucio, que, mirándola fijamente, le dijo admirativa y cariñosa:

—¡Oh, qué niña más bonita!

Había algo extraño en los ojos de la mujer del mantoncillo, y la niña debió advertirlo. Pero aquellos cuatro palmos de persona tenían ya su buena ración de vanidad y se rindió al halago.

—Sí, señor, bonita; muy bonita —siguió diciendo la mujer, mientras la chicuela se ruborizaba, encogidita de vergüenza.

Mentía la mujer; la chiquita era fea: tenía las piernas delgadas y negras, la boca grande, las orejas despegadas. Tal vez por esto fue más sensible a la adulación y desechó toda sospecha.

—¿Me quieres dar un beso, preciosa? Ven acá, hija mía; ajajá. ¡Qué linda! —y la besuqueaba melosa, dejándole sobre la carilla exangüe la saliva congelada de su bocaza.

—Así me gustan a mí las niñas, tan seriecitas. ¿Ves? Por eso te quiere tanto tu mamá y por eso te peina y te compone. Por buena; por buena te ha comprado estos zarcillos tan bonitos, ¿verdad?

La chicuela asentía complacida, y, sin poder dominar su orgullo, ladeó la cabeza, mostrando la orejita traslúcida y el zarcillo de coral fino que le cosquilleaba en el cuello.

—¡Preciosos! ¡Preciosos! —exclamaba la mujer—. Yo tengo una niña tan bonita como tú y voy a comprarle unos zarcillos iguales.

—¿Tú tienes una niña?

—Sí, tengo una; pero la pobrecita no tiene zarcillos.

—Cómprale unos como estos.

—Sí que se los compraré. Pero ¿cómo voy a encontrarlos tan bonitos? Verás, déjame esos; voy a la tienda, compro unos iguales y después te traigo los tuyos, ¿quieres? Mi niña se pondrá tan contenta... Anda, dámelos.

La chicuela, complaciente, mostró otra vez la orejita y la mujer abrió el broche y sacó el zarcillo. Buscó el otro, ya con cierta brusquedad, y, al cogerlo, tiró nerviosamente, amenazando romper el lóbulo. Dos grandes lágrimas aparecieron en los ojos de la niña. Iba a llorar; pero la mujer la consoló, diciéndole:

—No llores, tonta; te los traeré en seguida. Espérame aquí; espera...

Y se marchó; la niña la vio cómo corría. Pensó en la alegría que recibiría la otra niña, la hija de aquella buena mujer, y, sacando del bolsillo unos guijarros blancos, se puso a jugar, tirándolos hacia lo alto y recogiéndolos con la misma mano.

—Una, dos; una, dos, tres, cuatro; una, dos...

Cuando echó una ojeada a la plazuela se habían ido ya todas las niñas. ¿Tardaba la mujer? No, todavía no. Siguió jugando.

—Una, dos, tres; una, dos; una, dos, tres...

Pasó el farolero con su gran palo sobre el hombro; se iluminaron los balcones de la plazuela y el frío empezó a rondarle las piernas. ¿No vendría la mujer? Sí, sí vendría; le había dicho que la esperara.

—Una, dos; una, dos, tres, cuatro...

El último pájaro de la tarde, perdido su nido, anduvo revoloteando a la desesperada por la plazuela; aterrorizado, volaba sin tino, chocando contra las paredes, metiéndose en los zaguanes, abatiéndose sobre el empedrado. Por fin encontró su camino y se fue. Ya no volvió a oírse en la plazuela olvidada más que el fuerte compás de unos pasos que de tiempo en tiempo la cruzaban.

La chicuela empezó a temer. ¿A qué? No lo sabía; tal vez a todo: al ruido y al silencio; a la luz y a las sombras. A todo, menos a la sospecha de que la mujer no volviera. ¡Cómo no había de volver, si se llevó sus zarcillos y tenía que traérselos! Su confianza era ciega, absoluta. Volvería; tarde o temprano, volvería. Hay que tener cuatro años para creer así.

En tanto, la madre, sobresaltada, iba buscándola calles y plazas. Cuando la encontró estaba muy acurrucadita en el umbral, jugando maquinalmente con sus guijarros blancos.

—Uno, dos, tres; uno, dos...

Le contó el caso, y la madre, congestionada, puesta en jarras, prorrumpió en dicterios:

—¡Puerca! ¡Ladrona! ¡Robar a una niña inocente!

La chica no se explicaba con claridad todo aquello y siguió sentadita en el umbral.

—Y tú, tonta —la interpeló la madre—, ¿qué haces ahí todavía? Anda para casa.

—¿A casa? —preguntó horrorizada la chiquilla—. ¡A casa, no! Yo tengo que esperar a que esa mujer me traiga los zarcillos.

Ya no anduvo la madre con contemplaciones. La agarró de un brazo y a rastras se la llevó de allí.

Furiosa, la chicuela gritaba:

—¡Que no, que no! ¡Que tengo que esperar a que me traigan mis zarcillos!

Tardó mucho tiempo, años quizá, en desechar la idea de que había perdido sus zarcillos porque no la dejaron esperar a que volviese la mujer. Tardaría, ¿por qué no? Pero volver, ¡vaya si debió volver!

POR ENCIMA DE LA VOLUNTAD

La hija tenía la misma cara bobalicona y redondita que debió tener su papá; aquel papá remoto, que ganaba un sueldecito decente, y se murió muy joven porque carecía de la consistencia necesaria para vivir a cuerpo limpio. La madre, en cambio, tenía una dureza, una caracterización, una angulosidad sospechosa, que la delataba, a pesar de sus carnes fofas y del modo inocentón y beato con que se prendía su velo, sujetándole al pecho con un viejo alfiler de plata, en el que se leía su nombre. Los comerciantes inteligentes no se dejaban engañar, y al exponer ante ella sus telas, su bisutería o sus joyas, les asaltaba el temor de que aquella mujerona, no obstante su empaque y la sobriedad de sus movimientos, fuera la mechera, la terrible mechera, que da pesadillas a los dependientes novatos y es para los dueños de tienda la personificación de todas las perversiones morales y el grado más alto de la escala de la delincuencia. Pero les desarmaba la carita inefable de la hija, sus blusitas claras, su modosería y aquel airecillo de coquetuela inocentona, que hacía de ella la novia ideal de todos los horteras.

Eran mecheras, sin embargo, la madre y la hija. Hacía varios años que ejercían esta profesión, casi como único medio de subsistencia, y era maravilloso que en tanto tiempo ni una sola vez hubiesen sido descubiertos sus hurtos; entraban en las tiendas, pedían artículos extraños y caprichosos, tentujeaban, desesperaban al comerciante, y, en el momento propicio, la madre ocultaba sabia y precipitadamente la pieza de encaje costosísimo, la perla, el brillantito o el reloj de pulsera. Otras veces, ante las mismas narices del dependiente, la madre daba el objeto robado a la hija, que lo escondía entre los pliegues de su blusilla de adolescente, mientras paseaba una mirada distraída por las anaquelerías, mostrando su cara de pascuas tranquilizadora. La madre fingíase miope, y en las joyerías, otras veces, acercábase exageradamente a los ojos las pequeñas bateas en que los joyeros le mostraba sus piedras preciosas, y con la punta de la lengua sorbíase alguna, que, a partir de aquel momento, pasaba a formar parte de los bienes de la familia.

Vivían muy modestamente, a pesar de sus malas artes y de lo que la chica cosía a destajo para algunas tiendas de ropa blanca. A poco de morir el padre hubieran podido cambiar de fortuna; un señor influyente, que había protegido, con la ruin protección de nuestros días, al cabeza de familia, hizo a la madre determinadas proposiciones que debían ser aceptadas por la hija. El señor influyente daba toda clase de seguridades y sugería a las dos infelices las vistas panorámicas de un bienestar duradero. No aceptaron, sin embargo; hasta llegaron a escandalizarse; ellas eran honradas, de una honradez secular, vinculada en la familia, a través de las generaciones; gozaban de un crédito intachable entre la vecindad y pasarían por todo antes que por «aquello», sufriendo grandes miserias. El éxito de un día, ese día en que el hambre, no teniendo qué devorar, se engulle los valores morales, las empujó a la reincidencia, en su oficio de mecheras, y como hasta entonces les había salido bien...

Eran honradas, sin embargo, la madre y la hija, si se las miraba por la otra cara de la honradez, por la que más cuidadosamente se mira a las mujeres. Tenían fe en el porvenir; esperaban siempre su liberación, y cada vez que cometían un latrocinio lo hacían creyendo formalmente que sería el último a que la vida les obligaría.

Pero, como era lógico, alguna vez tenía que surgir la catástrofe. Al fin fueron descubiertas un día en el momento en que la madre ocultaba entre los cabellos un alfiler de corbata; detenidas y conducidas a la comisaría próxima, se les registró, encontrándose la alhaja robada bajo el manto beato de la madre. Pasadas veinticuatro horas, el juez mandó a la cárcel a la madre y dejó a la hija en libertad, bien por no haberse podido probar su delincuencia, bien por lástima, si es que los jueces son capaces de ella.

Durante algunos días la muchacha estuvo en un estado tal de inconsciencia, que de nada pudo hacerse cargo. El estupor de la desgracia había abierto aún más sus ojazos y acentuado la inexpresión de su cara redonda. Día y noche torturose pensando en las angustias de la madre encarcelada, en su propia soledad y desamparo y en el deshonor que había caído sobre ellas. Cuando logró alguna lucidez no halló más camino de salvación que buscar a aquel señor influyente que había sido amigo y protector de su padre, contarle toda la verdad e impetrar su auxilio en favor de la pobre madre encarcelada.

El señor influyente recibió a la muchacha alborozado; escuchó benévolo la vergonzosa historia, aseguró que todo se arreglaría felizmente, y, con exquisito tacto, renovó sus proposiciones de otro tiempo. No había podido desechar la obsesión que la belleza dulzona de la muchacha le produjera, y si antes había cejado en su empeño, la ocasión venía ahora a favorecerle y a renovar el deseo tanto tiempo insatisfecho, sin cargo alguno de conciencia, pues para el deshonor de aquella hija de ladrona era alta honra la intimidad que el caballero honorable le brindaba.

La muchacha, confusa, avergonzada, resistió sin fuerzas y aplazó su resolución hasta el día siguiente. Aquel mismo día vio a su madre en el locutorio de la cárcel, y ambas lloraron largamente, separadas por la reja. Después volvió la madre a su celda y lloró más amargamente ahora, con la cabeza cenicienta entre las palmas de las manos.

Al anochecer, el caballero influyente debía pasar por el cuartito humilde de la muchacha; saldrían y la acompañaría a cenar. Durante la tarde ella estuvo vistiéndose sus trapitos mejores; maquinalmente se peinó y adornó con esmero, y se puso en la cara sus polvos baratos y en el pecho su agua de colonia desteñida. Llegó la hora, con ella un simón y en él su protector.

Fueron a un restaurante elegante; la muchacha estaba silenciosa, estupefacta; veía los fraques recortados de los camareros, admiraba la extremada cortesía de los hombres elegantes y sentía envidia frente a la aureola que circundaba a las mujeres hermosas. Comparó esto con aquello; aquello era el trabajo no remunerado, las miseriucas del hogar, el delito, el deshonor, la cárcel... Y salió corriendo. La empujaba, la hacía huir una invencible repugnancia, una aversión arraigada en la masa de sangre y más fuerte que su voluntad rendida.

La madre cumplió condena en la cárcel; una condena durísima, impuesta por un jurado de tenderos y negociantes.

LA MUJER A QUIEN ROBARON EL ALMA

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