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Mi padre y mi madre se amaban impetuosamente. Tuve certeza de ello en aquellos días en los que mi madre, huida de la masía, se escondía en un socavón, con honores de vivienda, allá en los cerros donde pastoreaba el ganado. Allí iba mi padre a llevarle sus sabrosos presentes. La miel, la leche, la fruta que compraba o robaba por los alrededores. Dormía mi madre en aquella cueva sobre un lecho de hojas secas; servíanle de fogaril unas trébedes y un agujero abierto en el techo natural de la cueva, y aún tenía, a pocos pasos, un regato, que de espejo, baño y fuente le servía. Creo que mi madre se sentía allí dichosa, y, a mi juicio, aquellos tres o cuatro días fueron los únicos de paz y gozo que tuvo la infeliz.
El amo no se resignó con su desaparición. Hízola buscar cielo y tierra, y ya, desesperado de encontrarla, se fue hacia el hato y llamando aparte a mi padre le abordó sin rodeos.
Con la fría crueldad de un dios o un demonio le hizo saber que estaba al corriente de sus relaciones con mi madre. Díjole que no le parecían bien aquellos amoríos, que mi madre era mujer de su casa y servicio y que para su casa y para sí la quería. Él era el amo y allí no había de hacerse más que su santa voluntad.
Le oyó mi padre con paciencia felina. Con un poco de imaginación se le hubiese visto mover el rabo a compás de un lado para otro, y más de una vez, a lo largo de la filípica, gruñó sordamente, amenazando con saltar al cuello del amo.
Contúvose, sin embargo; no creo que lo hiciese por prudencia, sino porque estaba satisfecho y porque tenía a la hembra en su cubil y entre las zarpas su formidable cayada.
—Búsquela, nostramo, búsquela —le decía con sorna.
—No la buscaré más; has de ser tú quien me la traiga. Ese encargo te doy.
—No podré cumplirlo, amo.
—Vaya si podrás. Podrás, porque esa mujer, que hasta aquí fue mía, será mañana de otro, de cualquiera. Menos tuya.
—¿Y por qué no mía?
Irguiose el amo, temblando de furor, y rugió al fin:
—¡Porque es tu madre!
—¡Bah! —repuso el pastor—. ¡Mi madre! ¡Bah! Es mi amante.
—Es tu madre, idiota.
—¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Ea!, largo de aquí con sus cuentos, viejo zorro.
—Ven acá, imbécil. Esa mujer, criada de mi casa, de quien yo dispuse siempre a mi antojo y a quien le hice un hijo, que eres tú, podrá no volver a la masía, pero ya nunca será tuya.
—Pero ¿por qué ha de ser mi madre, si yo la quiero para mí, mía, como hombre y mujer, lobo y loba? Fuera de aquí, ¡ea! ¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Mi hembra! Largo de aquí. Ya verás, amo, para lo que me sirven tus historias. ¡Largo!
Y, enarbolando la cayada, la volteó sobre su cabeza y la descargó furiosamente sobre las espaldas del amo, que cuando se repuso y quiso hacerle cara no consiguió sino que mi padre tirase lejos la cayada, y ya con uñas, dientes y pezuñas le agredió gozoso, pateándole con furia. Cuando se cansó le dejó respirar, incorporarse y huir, mientras iba descargando contra él las piedras más certeras que salieron de su mano a impulso del brazo más templado de toda la serranía.
Vibrante, excitado por la lucha, la pelambrera revuelta, el pecho jadeante, al descubierto por entre los jirones de la camisa, echó a correr hacia el socavón donde mi madre le aguardaba, sumisa y enamorada, y allí yació con ella a su placer con fieros estremecimientos de tigre en celo, que rindieron para siempre a la hembra. Ya dije que tenía mis motivos para estar orgulloso de mi padre.
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