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Empezó para mí una nueva vida. Me sentí tan a placer en mi flamante morada, tan bien asistido, que pronto empecé a crecer y desarrollarme. Me hallaba bien acondicionado, progresaba y empezaba a ser algo en el mundo. Entonces fue cuando por primera vez di en el hábito de filosofar.

Pero aquel sosiego, que favorecía mi rápido desarrollo, trajo a mi madre —ya entonces supe que aquella había de ser mi madre— espantosas desdichas. Pronto empezó a hacerse notar mi existencia, no obstante el cuidado con que la pobre mujer apretaba los cordones de su corpiño, reduciendo hasta lo inverosímil la estrecha cárcel que me aprisionaba.

En aquel entonces hubo en la masía un movimiento inusitado. Por lo que después pude saber había llegado el amo. El amo de la casona, los ganados, los pastos; el amo de mi madre, de mi padre, y creo que amo mío también. Aquella llegada del que yo suponía buen dios posesor desazonó a mi madre sobremanera, y largas horas la sentí llorar con lentos y difíciles sollozos, allá en el último rincón del sobrado, donde nadie pudiese verla.

Una noche, después de la cena, sobrevino la catástrofe. El amo había cenado bien; la morcilla, el tasajo, los alcaparrones y el queso picante le habían hecho beber mucho vino y los ojos debían brillarle como dos diamantes negros. Yo adiviné esta furia de sus ojos en el estremecimiento de terror de mi madre cuando, mandada llamar por él, se presentó sumisa a su deseo.

El amo estaba contento y quiso que de su alegría participase mi infeliz madre. Por una vez el amo la libraba de su monótona vida de sirvienta y la elevaba hasta él, dándole parte de su exuberancia. Había que estarle agradecida.

Pero mi madre no quería; resistiose largo rato a los deseos de expansión del amo, hasta que este, fuera de sí, quiso tomar por fuerza lo que de buen grado no le daban.

—Ven acá, mala pécora —decía con terribles voces—. ¿Qué remilgos para conmigo son esos? A buena hora mangas verdes, hipocritona.

—Déjeme, mi amo, déjeme —suspiraba mi madre.

—¿Dejarte? ¿A santo de qué? ¿No eres mía, lagarta? ¿No lo has sido siempre?

—Eso fue antes, amo. Era yo una chiquilla...

—Antes, ahora y después. ¿Olvidas que fui yo mismo quien te quitó de ser mocita, quien te hizo madre y quien te evitó que cayeses después en un burdel? ¿No comes honradamente el pan de mi casa, en vez de andar rodando por las ferias? Anda, déjate de gazmoñerías. Todavía eres joven y hermosa para arrepentirte, morena.

—No quiero, no quiero.

—Pues querrás, como siempre quisiste, vaca vieja.

—No; aquello se acabó. Sanseacabó. ¡Por estas!

—¿Y por qué, paloma?

—Porque quiero a otro hombre.

—Buena cosa, nena. Yo no te lo impido. Si quieres a otro hombre, yo te casaré con él, mi reina; tendrás la dote prometida y te diré al fin qué fue de nuestro hijo para que tu hombre y tú lo recojáis.

—¡Mi hijo!

—Hecho un hombre está. Dieciocho años tiene y gloria da verle.

—Dime, por caridad, dónde está mi hijo.

—Dime tú antes quién es ese hombre a quien quieres.

—Ese hombre es...

—¿Quién?

—Un niño todavía. El zagal que pastorea el rebaño detrás del robledo.

—¿Juan Sin Nombre, el zagal?

—Juan Sin Nombre el zagal, el mismo.

—¡Dios de Dios!

Un nuevo estremecimiento de mi madre me hizo adivinar que algo terrible había pasado por los ojos del amo. Debieron apagársele las luces de la lujuria; algo espantoso debió ocurrirle en el alma y, cuando volvió a hablar, su voz era honda, dura y seca.

—Vete, maldita; vete, perra. Vete, maldición de mi casa y de mi vida.

Sollozando, mi madre se salió de la pieza. Sus lágrimas no podían disimular su contento por haberse librado milagrosamente de las zarpas del amo, y no bien entró en su cuartito, abrió la ventana, recogió entre sus brazos a mi padre, que allí la esperaba, y juntos se descolgaron por el paredón de la masía y juntos corrieron, sin volver atrás la cara, mientras el vientecillo de la sierra les azotaba el perfil, y los perros cortijeros, uno a uno, iban llevando la noticia del rapto hasta el fin del mundo con sus intermitentes ladridos.

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