Donde el orgulloso héroe escribe un libro que no se publicó nunca, y toma sus disposiciones para que le pisen eternamente todos los habitantes de Santo Domingo.

Amaba Ojeda con preferencia las horas de la noche, por ser las de mayor soledad, aislándose durante ellas del trato con los hombres. Cada día iba en aumento su aversión hacia los antiguos compañeros de aventuras, odiándolos igualmente por su indiferencia ó por las conmiseraciones que tenían con él.

La necesidad de buscar dinero le obligaba en las horas diurnas á ir á Santo Domingo, tomando una actitud altiva y algunas veces provocadora al ver de lejos á sus amigos de otro tiempo que venían hacia él.

La noche representaba el descanso en fresca soledad, el momento propicio para la mágica evocación del pasado. Y en el pobre bohío, que era toda su fortuna, escribía horas y horas, relatando las hazañas de su pasado: sus duelos, sus navegaciones, sus guerras, primero con los moros, luego con los indios de esta parte del Asia, cuya verdadera identidad no habían determinado aún cosmógrafos y navegantes.

Aunque no fuese de grandes letras, había leído en su mocedad muchos libros de historia, prestados por su primo el inquisidor y otros hombres doctos. Conocía los _Comentarios_ de César y otras obras de famosos capitanes que al retirarse de sus guerras procuraron describirlas con la pluma.

Su infortunado compañero Juan de la Cosa y otros nautas españoles se habían dejado absorber enteramente por la acción, realizando grandes hechos, sin cuidarse de fijarlos por medio de la escritura, dejando al azar el que otros los relatasen. Sólo aquel mercader florentino de Sevilla, Américo Vespucio, que él había llevado en su primer viaje como aprendiz de piloto, se preocupaba de escribir cuanto tenía visto y cuanto le contaban, dándolo por visto igualmente, y su nombre empezaba á sonar en el viejo mundo.

Hacía esfuerzos el infortunado Caballero de la Virgen para reunir y coordinar los recuerdos de su corta y tumultuosa vida, quedando con la frente en alto, fija su mirada de águila en el techo de paja de su vivienda, del cual caían muchas veces sanguinarios insectos tropicales. Al mismo tiempo mordía distraídamente las barbas de su pluma, una de las plumas de ave que le proporcionaban sus amigos los frailes del convento de San Francisco, recién construído en la ciudad.

Su familia cobriza contemplaba en silencio las meditaciones y escrituras del temible «jefe blanco».

Isabel, después de haber preparado la mísera cena, sentábase en el suelo de tierra apisonada, con los codos en las rodillas y la mandíbula inferior apoyada en ambas manos, fijos sus ojos de brasa en este guerrero cuya audacia había admirado tantas veces desde lejos, durante los combates, y que era á la vez su amante y su amo.

Tres muchachos de diversa estatura, sentados también en el suelo, abarcando sus rodillas con ambos brazos, le miraban igualmente con un silencio admirativo.

Iban medio desnudos; sus carnes parecían brillar en la penumbra con cierta fosforescencia; sus ojos enigmáticos y misteriosos tenían la dulce fijeza de las bestezuelas tímidas.

Una india y tres cachorros mestizos era todo lo que poseía, al final de una existencia tan abundante en altibajos de la fortuna, el famoso hidalgo don Alonso de Ojeda. ¡Y á los veinte años creíase destinado á ser en las nuevas tierras descubiertas uno de los reyes feudatarios del Gran Kan!

Su familia cobriza le rodeaba á todas horas, pronta á servirle y obedecerle. Gracias á esta mujer de otra raza, conseguía comer los más de los días. Y sin embargo, ¡se consideraba tan lejos de todos ellos!...

En los primeros años de su amancebamiento, estos hijos mestizos, carne de su carne, le habían interesado por el encanto de animalillo humilde y gracioso que posee todo niño de las razas que el blanco considera inferiores. Al crecer, sus retoños cobrizos parecían apartarse de él. Se mostraban cada vez menos comunicativos, más supeditados y obedientes, con un respeto excesivo por este padre de origen superior, más temido que amado.

Su pobreza creciente parecía afear á Isabel. Ya no era la india de miembros redondos y frescos, piel suave y sonrisa de brillante marfil. Nada quedaba en ella de la esclava amorosa que había recogido en un puerto de aquel país bautizado por él con el nombre de Venezuela. El trabajo y las penalidades la habían hecho seca, musculosa, con un aire hombruno de bestia de trabajo.

Su nombre y su presencia entristecían muchas veces á don Alonso. Veía á la otra Isabel, fantasma de luminosa transparencia que se paseaba por las lejanas avenidas del jardín de su juventud.

El apartamiento medroso y el excesivo respeto que mostraba su familia ilegítima servía para que la olvidase completamente teniéndola muchas veces á pocos pasos de él, sentada en el suelo, en torno á su rústica mesa. Y la madre y los hijos, mientras el héroe movía su pluma con los ojos fijos en el papel, iba siguiendo su obra desde lejos, en religioso silencio.

Admiraban tal vez la misteriosa operación de trazar signos negros sobre una hoja blanca. Consideraban esto, á pesar de haberlo visto tantas veces, como un arte mágico de profundo misterio.

Cuando el hidalgo estaba ausente, su concubina, al dedicarse á la limpieza del interior del bohío, cuidaba de no tocar este manojo de papeles escritos por su temible señor. El cuaderno parecía reinar sobre la mesa como un fetiche que esparcía en torno efluvios irresistibles. Y su veneración se la transmitía con gritos y golpes á los tres hijos, cuando en la ignorancia de sus pocos años pretendían manosear el grueso cuaderno.

En sus excursiones por la ciudad, encontró varias veces don Alonso á su antiguo protegido Cuevas. No había hecho éste contra él otra cosa que negarse, por indicación de su mujer, á arriesgar la propia fortuna en un nuevo viaje á Tierra Firme. Los hechos venían demostrando la oportunidad de dicha negativa; pero Ojeda era incapaz de admitir una opinión contraria á la suya, y esto hizo que mirase á Cuevas poco menos que como un enemigo.

La desgracia agriaba su carácter, haciéndole injusto en sus juicios. No amaba á nadie; no podía creer ya en la gratitud y la amistad. Cierta envidia inconsciente le impulsaba á odiar á cuantos parecían felices.

Algunas veces, olvidando la negativa de Cuevas, mostraba animadversión contra él, simplemente porque parecía satisfecho de su modesta fortuna, porque estaba rodeado de una familia de su propia raza, muy distinta á la otra que él encontraba todas las noches al volver á su bohío.

Cuando Fernando, enterado de la situación cada vez más mísera del héroe, insinuaba tímidamente generosas ofertas para socorrerle ó le proponía que fuese á vivir con ellos en el campo, don Alonso tornaba á ser el altivo caballero, gobernador por el rey de la provincia de Nueva Andalucía.

--Mis negocios van cada vez mejor--contestaba con arrogancia--. Mis amigos, en la corte, trabajan para que se me haga justicia, y no tardará en llegar una cédula real exigiendo que se me den barcos y hombres para volver á mi gobierno.

Le irritaban las noticias que de tarde en tarde iban llegando á Santo Domingo sobre los progresos de aquel Balboa «el Esgrimidor», al que él no había querido admitir en su expedición.

El voto particular le había hecho jefe de Castilla del Oro. Ahora la gobernación de Ojeda y la de Nicuesa formaban una sola, y los esfuerzos de ambos sólo iban á servir, finalmente, para la prosperidad de este aventurero que había salido al encuentro de la gloria oculto en un tonel.

Otras veces aceptaba don Alonso, con una resignación pesimista, su tremendo fracaso. Había venido á países de la extrema Asia demasiado pronto, á la hora de los navegantes, de los descubridores, cuando aún no había llegado el momento oportuno para las conquistas tierra adentro, y él era un hombre de espada y no de mar.

A sus amigos de rango inferior, que él consideraba como discípulos, iba á tocarles el instante propicio á la gloria y la riqueza. Balboa, tan menospreciado por él, se engrandecía en unas tierras que eran suyas y del no menos desgraciado Nicuesa. Tal vez algunos de sus admiradores de otro tiempo, aquel Hernando Cortés, que estaba ahora en la conquista de Cuba con Diego Velázquez, ó aquel Francisco Pizarro, su teniente en San Sebastián, que se había quedado allá siguiendo á Balboa, acabarían por obtener el oro y la fama que él había soñado á los veinte años, hablando con Colón el viejo sobre las tierras del Gran Kan.

Al verle Cuevas, de tarde en tarde, se daba cuenta de los estragos que causaban en su organismo la miseria y las enfermedades. El veneno del flechazo tan bárbaramente curado iba emponzoñando su sangre. Cada vez cojeaba más al andar. Su rostro enjuto tenía una amarillez cadavérica. Su mirada, siempre imperiosa, parecía aún más arrogante por el brillo de la fiebre.

Después de sus rápidos encuentros con él, se acordaba Fernando de los leones que los reyes de España se hacían traer de África para tenerlos enjaulados en sus jardines. Algunos de estos animales, majestuosos y fieros, enfermaban de tristeza, y avergonzados de su esclavitud, se dejaban morir, pero de espaldas á los hombres, rechazando alimentos y cuidados, mirando obstinadamente al rincón más obscuro de su encierro, hasta que una mañana los encontraban sin vida... Así iba á terminar el famoso Caballero de la Virgen.

No admitía auxilios de los hombres de espada. Respondía con sarcasmo á los que le aconsejaban que fuese á impetrar el apoyo de Colón el mozo, gobernador de la isla. Con tranquila petulancia hablaba de próximas rehabilitaciones, que hacían sonreir á sus oyentes. Pero estas sonrisas sólo eran á espaldas del antiguo gobernador de Nueva Andalucía, más agriado y peleador que nunca, pronto á desenvainar su espada sin tener en cuenta el número de los enemigos, como si desease morir matando.

La única amistad tranquila y duradera que aún quedaba en su existencia era la de los frailes del convento de San Francisco. Algunos de ellos habían ido en sus expediciones. Otros guardaban memoria de sus hazañas, desde el tiempo de Caonabo, recuerdo verdaderamente extraordinario en una colonia adonde llegaban con tanta frecuencia noticias de atrevidas navegaciones y heroicas aventuras.

Conociendo su orgullo y enterados al mismo tiempo de su miseria, los frailes le invitaban con diversos pretextos á que compartiese la comida de ellos, dándole unas veces alimentos del país, convidándole otras á un banquete extraordinario cuando llegaban naves de España trayendo víveres de allá.

De repente, el altivo caballero parecía adivinar la limosna disimulada de los frailes y dejaba de frecuentar el convento, necesitando éstos ir en su busca ó inventar nuevos pretextos para que reanudase sus visitas.

La alegre paz del monasterio recién construído, la fresca soledad de su huerto en el que crecían los primeros naranjos traídos de Europa, el trato afable de estos franciscanos, héroes á su modo, que seguían á los conquistadores en sus avances para predicar el cristianismo, muriendo como los otros bajo el golpe de la macana ó atravesados por la flecha «con hierba», fueron ejerciendo una seductora atracción en el fatigado caudillo.

Sintió de pronto el ansia mística de muchos hombres de aquella época, osados pecadores y duros guerreros, que acababan haciéndose frailes.

Su concubina india y sus bastardos cobrizos no representaban ningún obstáculo para él. Las exigencias de la religión sólo le parecían válidas para los blancos. Podía dejar sin ningún remordimiento á esta familia ocasional. Dios no le exigiría cuentas por tal acto.

Pasaba el día entero en el convento, unas veces rezando en la iglesia, paseando otras por el claustro al lado de estos frailes que parecían haber adivinado sus intenciones, y con palabras insinuantes y sonrisas de dulce confraternidad le impulsaban á continuar avanzando por el mismo sendero que habían seguido ellos años antes.

Con un brusco cambio de opinión reconoció el desgraciado caudillo la imposibilidad en que estaba de ser fraile. Para dedicarse completamente á Dios, debía abandonar algo más precioso y ligado á su existencia que esta familia exótica. Tendría que abandonar su espada, aquella espada que pendía de uno de sus flancos desde los primeros tiempos de su mocedad, la espada que le seguía á todas partes, desde la guerra contra los moros granadinos.

Era un sacrificio más allá de su abnegación. Después de tantos infortunios, renunciar á su espada le parecía el más grande é irresistible que podía caer sobre él. ¡Antes morir!...

Y como si le asustase la posibilidad de que un Alonso de Ojeda pudiese vivir sin llevar un acero al costado, tomó su espada, que estaba pendiente de la rústica silla en que escribía, y la besó repetidas veces. Parecía pedir perdón á su fiel compañera. La besaba como el enamorado extrema sus caricias á la amante, viendo en ello una penitencia por fugitivos propósitos de infidelidad.

Cada vez pensaba más en la muerte, presintiéndola cerca. La miraba de frente como á una antigua amiga, inoportuna, pero familiar, incapaz de infundirle espanto.

Sus desgracias las apreciaba ahora con orgullo, creyéndose más grande cuanto mayor fuese la incomprensión y la ingratitud de las gentes. Ya que no podía servir á Dios como religioso, acataría sus designios con una resignación y una humildad semejantes á la de los santos.

En vano sus amigos los frailes intentaban animar al caballero, cuando éste les hablaba de su próxima muerte:

--Vuestra señoría va á vivir aún muchos años, señor gobernador.

Era una satisfacción para el olvidado héroe oirse llamar gobernador y señoría por estos hombres de Dios, cuidadosos de proporcionarle dicho consuelo moral.

No creyendo en palabras halagadoras para su salud, seguía hablando de su próxima muerte. Deseaba que le enterrasen en la iglesia del convento, colocando sobre su féretro una losa de piedra con una inscripción que dijese: «Aquí yace Alonso de Ojeda, el Desgraciado».

Luego pensó que la póstuma afirmación de sus desventuras era un alarde de vanidad, una protesta orgullosa contra el Destino, perpetuándose á través de los siglos. Dios no podía ver con buenos ojos tal soberbia. Era necesario humillarse más, mucho más, ante el misterio de sus designios.

No pudo seguir sus visitas al convento de San Francisco. Una mañana le fué imposible abandonar su mísero lecho. La pierna herida se había paralizado. Sus fuerzas le abandonaban rápidamente. Esta debilidad se agrandó todavía más por una manía del héroe infortunado.

No quiso comer. La alimentación de él y de los suyos había sido precaria en los últimos tiempos. Muchos días, la india Isabel trabajaba en las casas ricas de Santo Domingo para que don Alonso, al volver á su bohío, hallase algo que comer. Cuando le faltaba trabajo iba en busca de los contadísimos amigos que aún le quedaban á Ojeda, á pesar de su altivez y su carácter agriado, pidiéndoles secretamente unos puñados de maíz, un cesto de cazabe, con el que se mantenían su señor, sus hijos y ella en último término.

--Que no lo sepa «el jefe blanco»--decía la india con expresión medrosa.

El infortunado capitán sólo podía admitir á sabiendas la caridad de los frailes, y aun ésta le impulsaba á huir muchas veces, cuando la consideraba demasiado franca.

Otras veces Isabel buscaba á Lucero y á su esposo, cuando éstos vivían en la huerta próxima á la ciudad, y una extraordinaria abundancia alegraba por varios días el bohío del olvidado conquistador.

Al quedar ahora inmóvil en su lecho, los frailes de San Francisco le enviaban diariamente un cesto de vituallas, alegando la circunstancia de su enfermedad; pero el doliente caballero se negaba á comer.

--Debo morir de hambre--le oyó decir Isabel en uno de los delirios de su fiebre--, lo mismo que Nicuesa murió en el mar. ¡Que nuestro destino se cumpla!

Había dado orden á su manceba india de no recibir la visita de ninguno de sus antiguos compañeros, y Cuevas, conocedor de dicha voluntad, se abstuvo de entrar en el bohío.

Unas veces quedaba fuera de él, esperando noticias. Otros días, uno de los pequeños mestizos de Ojeda iba hasta la huerta, en busca de Lucero, para dar noticias de su padre «el jefe blanco» y llevarse al mismo tiempo un cesto de hortalizas.

Cuevas y su esposa adivinaron que don Alonso había muerto al ver entrar una mañana en su casa á la india Isabel. Lo había hallado, una hora antes, frío é inmóvil en su casa, con el rostro vuelto hacia la pared.

--Lo mismo que un león--pensó Fernando.

En la vivienda del muerto encontró á los frailes de San Francisco que amortajaban el cadáver del héroe para llevarlo á su iglesia. Entre los papeles escritos por don Alonso acababan de descubrir uno referente á su enterramiento, y los franciscanos pensaban cumplir con exactitud sus disposiciones.

Había encontrado la verdadera fórmula de humildad para su sepultura. Nada de nombres, de títulos, ni de alardes de su infortunio. Llamarse desgraciado era una vanidad. Resultaba mejor irse de la vida en modesto silencio, olvidando el propio nombre, sumiéndose en la nada. Una losa de piedra sin ninguna inscripción cubriría su cadáver.

Y el hidalgo provocativo y reñidor, que tantas veces había derramado la sangre ajena, incapaz de sufrir el más remoto propósito de ofensa, jactancioso y amenazante hasta en las peores horas de desgracia, disponía que su cuerpo fuese enterrado en la puerta de la iglesia de San Francisco, como una humilde expiación de su pasado orgullo.

«Para que todos--decía el papel--los que entren en la iglesia, grandes ó pequeños, se vean obligados á pisar los restos de este gran pecador.»