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Se habla de una gran «amplitud de onda», y es cierto que todo movimiento vibratorio del espíritu produce ondas indefinidas. También lo es que la amplitud crece con el ímpetu de la masa vibrante. Pero no nos importe seguir la sucesión, la multiplicación, de las ondas. Basta con el encanto de la primera, la más cercana al diapasón mental. A medida que los círculos se ensanchan, van perdiendo sugerencia; van muriendo, olvidados, en el confín.

Lo que importa es repetir el ímpetu armonioso. Que la campana no cese de lanzar sus guijarros al viento. Así la viva ondulación se renueva y al eco borroso que envía el aro de montañas, sale a recibirlo un nuevo tañido. Que otra nota explote en las cuerdas, y nadie siga el viaje monótono de las ondas.

Hay libros donde solo unos pocos guijarros han roto el diáfano silencio. Todo el resto es amplitud de onda, sucesión, multiplicación de onda. Libros que no provocan un solo comentario, porque, aun los más lejanos y difusos, ya están allí, como enormes nimbos retóricos, en torno al guijarro hundido y perdido en el cauce.

Se habla —aún— de la «llama de la inspiración». Los enemigos del puro contorno sienten la voluptuosidad de sumergirse en el agua y en el fuego. La refracción y el humo desfiguran bien toda impureza de líneas. Y ni la llama ni el torrente purifican nada. O dejan esqueletos y cenizas de las cosas, o ciegan de lodo y despojos de suburbio el cauce limpio y luminoso. Un chisporroteo de hoguera hace mover, sí, las figuras, pero el incauto afirma que viven, cuando solo oscilan.

Brasa, brasa lenta del esfuerzo cotidiano; fuego escondido de disciplina, para que el arte madure y la prosa se dore como un fruto en la rama ofrecida al sol.

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