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Es bueno intentar alguna vez la fuga de toda red fascinadora; hurtarse a la primera e inevitable sorpresa del arte, y avizorar serenamente en la colmena silenciosa donde se elabora la forma inesperada de creación, entrar en esa penumbra sensitiva donde las membranas se adelgazan y estremecen esperando las vibraciones más lejanas. Sorprender la actitud de cazador que adopta el artista ante las cosas transeúntes, su primer gesto de saludo, de incorporación de la vida circundante a ese mundo singular donde todo se somete a un nuevo molde, y aprende un nuevo idioma.
Y, sobre todo, fijar el instante en que la intuición alerta se debilita o muere y se inicia o robustece la fantasía, en que la pupila estética se cansa de perseguir el hondo latido de las cosas y fía a las hermanas menores en la escala de percepción la tarea de cubrir de músculos y de piel coloreada los finos organismos sorprendidos en plena y vibrátil desnudez. Hay un momento de cansancio en todo creador, que decide a favor de la memoria o de la fantasía ese tenaz dilema entre la intuición indisciplinada, recreadora, y esas otras facultades reproductoras, acopladoras de fáciles y más asequibles elementos.
Aun en las grandes obras maestras, hay momentos de cansancio. El arte nuevo, acotador de más breves y acaso más gratas parcelas, puede asistir al desfile de las cosas sin sentir fatiga alguna. Él espera, además, a que ellas le muestren sus aristas más finas, su curva más ágil. Quiere situarse y escoger. Quiere ofrecernos un haz seleccionado de todas las posibilidades estéticas de las cosas, eliminar lo intuido con menos fragancia. Es un agudo geómetra que aspira a trenzar en la red de su prosa las precisas coordenadas.
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