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«El Espectador» es ese buen amigo que nunca llega a la hora de la cita. Una metódica frecuencia le hubiera convertido en el ente familiar a que llamamos periódico o esposa, pero su insólita visita logra siempre calidades de hallazgo y provoca las vivas ondas de toda bien renovada intimidad. Al amigo constante, un recio vaso de vino de la tierra. Al amigo olvidadizo, una fina copa de champagne.

Cada sumario de «El Espectador» es cierta sugerente minuta donde se nos ofrece un denso «plato del día», entre otras suculentas golosinas. En el cuarto volumen, ese plato fuerte lo compone el ensayo «Las dos grandes metáforas». Y hay un postre delicioso, «Conversación en el _golf_, o la idea del _dharma_». Si el postre es una primorosa lección de estilo, en el plato fuerte hay, además, un profundo pensamiento que sería meditado largamente por creadores y reeditores de arquitecturas metafóricas, si ellos atendiesen a algo más que a su propia creación o reedición.

Conceder al que atrapa una metáfora la misma jerarquía científica concedida al inventor de una ley cósmica, es, evidentemente, algo muy lisonjero que nadie se atrevió a confesar al poeta. «En una de sus dimensiones —dice el maestro— la poesía es investigación, y descubre hechos tan positivos como los habituales en la exploración científica». No creó que estas palabras hayan sido suficientemente comentadas. Ni las creo dictadas por el filósofo, sino por el artista. Del hombre del laboratorio nunca podía esperar tal abrazo de camarada, el hombre de los sueños. Del «Espectador», sí. Porque en él cada brazo soporta un mundo distinto. Si con una mano arrastra el peso de muchos siglos del firme pensamiento, con la otra sostiene la graciosa cometa de la aventura que sabe crear, a cada ráfaga de viento, nuevas ondulaciones. Solo el arte podía escribir su bella apología, exaltando así el frágil instrumento metafórico.

Y aquí «exaltar» era, no cantarle una oda, sino equipararle al microscopio, fijar sus dominios, al mismo tiempo que sus prerrogativas. No asignarle un origen divino, sino cierta suprema categoría humana. (Y un claro sentido de limitación. «Ahora, de pronto, el mundo se limita — se nos decía en _El tema de nuestro tiempo_—, es un huerto con muros confinantes, es un aposento, un interior. ¿No sugiere este nuevo escenario todo un estilo de vida opuesto al usado?». Exactamente. Un estilo de vida, y un estilo de arte. Un horror al infinito, y un sincero amor a la medida).

Y no importe que el arte y la ciencia utilicen «al revés» el instrumento metafórico, para que puedan alguna vez llamarse hermanos. «La metáfora empieza a irradiar belleza donde su porción verdadera concluye» —escribe José Ortega y Gasset—. Esta porción verdadera es la porción de Marta, es la parte de la ciencia. Y es también la que pesa en la otra mano de «El Espectador». Pero, cuidado con aventurarnos a decir cuál es aquí la más noble. Estamos —excepcionalmente— ante una balanza, de platillos de oro, en el fiel.

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