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Hay una suerte de prosistas —de exploradores del idioma— que cazan sinónimos para sustituirlos por otros menos gastados. Cambian un traje viejo por otro de bazar.

Tiene la palabra un valor de moneda viva que desaparece rodando. No vale hacerla retroceder. Ya se acuñarán otras nuevas, más resplandecientes. Jugar siempre con las que están a nuestro alcance. La obra del artista no pide muchas excursiones a los museos del idioma. Mejor es que el arte tenga dentro su troquel.

No necesita el idioma sacerdotes ni orfebres; a estos los fue agotando el ochocientos, y apenas queda de ellos algún diácono o aprendiz canijo. Gustan las palabras de esas manos que las hacen saltar al viento, hasta que el milagro de un choque arranque de ellas el haz de chispas; hasta que la frase vibre y en su diáfano torbellino se torne incandescente.

El sacerdote —el académico— y el orfebre cuidaron con pulcra solicitud de embalsamar las palabras, de forjar féretros suntuosos para incrustarlas, de cincelar demasiadas piedras tumulares. Aún quedan en la feria muchas «frases lapidarias»... lapidables. El período fue entonces un pobre cuerpo ligado, con fajas de seda o de cáñamo, tal vez con hilos de oro, pero siempre rígido y mudo.

Y la frase ha de ser ese cuerpo vivo, que brinca y retoza por un prado vestido de tiernas humaredas verdes; que unas veces corre tras el choque luminoso y otras se sumerge en el agua clara, para atrapar en el fondo las floraciones coralinas del pensamiento.

Si cada frase ha de gozar de su singular contorno y organismo, el estilo será moverlas graciosamente en la danza del período, hallando para todas las hermanas un ágil engarce. O, quizá el agua clara, purísima, a la que nos asomamos para contemplar el rítmico ir y venir de las ideas.

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